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Opinión



Opinión



Published: Tue, 20 Feb 2018 00:54:03 GMT

Last Build Date: Tue, 20 Feb 2018 00:54:03 GMT

 



El milagro luso

Mon, 19 Feb 2018 21:02:11 GMT

(image) PORTUGAL está de moda, y como simpatizante me alegro. Han hecho doblete con la Eurocopa y Eurovisión. Madonna y otras glorias de la farándula cosmopolita se han mudado a Lisboa, al calor de los saldos fiscales para los ricos foráneos y atraídos por el innegable encanto romántico de la capital, que mira a ese gran río –casi mar– que le falta a Madrid. Portugal ha remontado la crisis con gran mérito, después de partirse la crisma y acabar en manos de los drásticos cirujanos de la troika. Bate su récord de turistas y de crecimiento. Cuenta con un primer ministro, Costa, razonable e integrador, en las antípodas del dogmatismo hirsuto de nuestro Sánchez. No es cursilería proclamar que Portugal es un país encantador. El desarrollo espectacular que vivió España desde los años setenta se llevó por delante el tiempo lento. También alimentó un urbanismo tocho y feo, de mal envejecer. En el país vecino los daños se amortiguaron, por la sencilla razón de que no hubo un bum equiparable. Por último, Portugal constituye una reserva occidental de buena educación. La cortesía es tal que los arrogantes españoles acabamos sonrojándonos. Últimamente, especialmente desde la banda zurda, se está dando a entender que Portugal debe ser un espejo para España (ayer, por ejemplo, lo escribía una gran articulista en un periódico gallego). Pues bien, seamos francos, aparquemos por un instante el derrotismo tóxico: media una notable diferencia, pero a favor de España, más rica, variada y hasta más alegre y divertida. Portugal es mucho más clasista, con una clase media más estrecha. La saudade continúa impregnando el carácter nacional, que no es precisamente una fiesta. La sanidad pública está en pañales frente a la española (y lo sé de primera mano). La productividad laboral cae, mientras que en España sube. La manera de trabajar es en general lenta e ineficiente, trabada por circunloquios y pamplinas innecesarias. El número de multinacionales no es comparable (el comercio luso está tomado por cadenas españolas). El PIB portugués es el número 56 del mundo. El español, el 17. Portugal creció el año pasado un 2,7, su mejor cifra del siglo, ¡un milagro!... España lleva tres años seguidos creciendo un 3%. Portugal cuenta con edificios soberbios, por supuesto, pero ninguno de la magnificencia de las catedrales de Burgos y Sevilla, o del calibre de la Mezquita de Córdoba y la Alhambra. En cuanto a lo de que se come muy bien... En efecto, en los locales buenos, pero el estándar medio es mejor en España, con comidas además menos pesadas, que caen mejor. En vida callejera, tapeo y cachondeo huelga decir quién gana. ¿Turismo? Con una costa cortada a ras, las playas lusas son casi siempre un lío, cuando no te come el viento es el oleaje el que te impide nadar. Los servicios públicos y de emergencia funcionan mal, como evidencian de manera dolorosa los fuegos forestales. Portugal tiene, eso sí, una gran ventaja: allí todos se sienten portugueses. Desconocen el virus de las taifas, la exótica fijación por romper en cachitos provincianos uno.



El catalán

Mon, 19 Feb 2018 20:41:30 GMT

SI la base del nacionalismo polaco es el catolicismo, la del francés es la Revolución y la del inglés, la insularidad, la del catalán es su lengua, hasta el punto de haberse quedado como único hecho diferencial. Pues la sensatez, laboriosidad y rigor se han ido al traste en su aventura independentista, al mostrarles tan tercos, fantasiosos, irresponsables y divididos como el resto de los españoles. El idioma es su última ciudadela para poder decir que ellos no lo son. Pero nadie intenta excluir al catalán de las aulas, que sería una barbaridad, ni convertir Cataluña en monolingüe. Todo lo contrario: lo que se intenta es que continúe siendo bilingüe, evitar que el discriminado sea el español, hablado por más de 500 millones de personas en dos docenas de países, Estados Unidos entre ellos, lo que vendría muy bien a los niños catalanes. Aparte de algo aún más importante: cumplirse la ley española y catalana. Pues lo más grave es que, en una parte de España, la lengua española está excluida prácticamente de la enseñanza —dos horas semanales no pueden llamarse estudiar un idioma—, con la aquiescencia de los gobiernos del Estado. Y luego nos extrañamos de que quieran independizarse. La normativa exige que el 25 por ciento de las materias escolares debe darse en lengua española. Pero sólo en 10 de los 948 municipios catalanes se cumple. Y eso, sometiendo a padres y alumnos a un humillante proceso. De lo que se trata es de hacerlo normal, corriente. ¡Eso es segregar a los alumnos!, claman los independentistas, después de haberlos segregado ellos de la forma más expedita: excluyendo de hecho la lengua común de las aulas. En esas estamos y Rajoy necesitará toda su maña para resolverlo sin electrocutarse. Rivera tiene una fórmula salomónica: convertir la enseñanza en Cataluña en trilingüe, catalán, español e inglés. ¿Y por qué no estudiar en todo el Estado otra de las lenguas oficiales, a elegir? Eso resolvería de un plumazo los problemas lingüístico y territorial. Un niño es como una esponja, lo absorbe todo. Lo malo es que no hay profesores ni medios ni voluntad para hacerlo. Las lenguas son instrumentos de comunicación y entendimiento entre los pueblos. Pero lo que ocurre en España es justo lo contrario: son mecanismos para distanciarnos y enfrentarnos. Es lo que hacen los nacionalistas. Estamos, pues, ante un problema político, no educativo. Algo que no puede continuar so pena de que el problema territorial, en vez de resolverse, aumente, ahí tienen el bable. Personalmente, lamento que, en mis años de estudio en Barcelona, no llegase a dominar el catalán, sólo a entenderlo. Cuando una lengua es un tesoro y cuantas más se dominen más rico se es. Eso no es de izquierdas ni de derechas. Es de sentido común. Aparte de que un error o atropello no se remedia con otro en sentido contrario. Pero vayan ustedes con estas cosas a un nacionalista. O a un izquierdista español, que hoy es casi lo mismo.



Las buenas intenciones

Mon, 19 Feb 2018 16:51:38 GMT

(image) Cuando, en la Holanda del siglo XVII, Philipp van Limborch y Theodor Grasswinkel debaten los límites de la libertad, una sola frontera les parece absoluta: nunca puede un gobierno permitir la formación de pequeños «Estados dentro del Estado», que usurpen el monopolio de la ley, sin el cual la seguridad ciudadana se extinguiría. Da igual si se habla de colectivos perversos o benévolos. No es en la bondad o maldad de sus miembros en donde yace el problema. Sino en la pretensión misma de codificar un nódulo de poder no sometido al juego universal de reglas que el Estado regula. El problema no es Oxfam. Más allá del comportamiento -reprochable o delictivo- de sus dirigentes, que, al cabo, concierne tan sólo a los tribunales. El problema es la existencia de algo que se define sólo por lo que «no» es: una «Organización No Gubernamental». ¿Qué es eso? En rigor, cualquier cosa. O ninguna. En las definiciones que operan tan sólo por determinación negativa, se cuela siempre una ambigüedad letal: decir lo que algo no es, es decir muy poca cosa acerca de lo que sea. Con las ONG sucede hoy exactamente lo que, hace unos decenios, sucedía con los OVNIS. El «no» de ambas siglas es igual de inane. ¿Por qué existe esa ficción de humanitarios «estaditos», para ejercer un funcionariado solidario? Se nos dice que para suplir la incompetencia del Estado, de los Estados. Y es difícil entender eso: un Estado moderno es la relojería más compleja y afinada que ha inventado la sociedad. No tiene ni pies ni cabeza que deba delegar la delicada trama de las ayudas internacionales en manos de aficionados fuera de control: porque fuera del Estado no hay control que merezca ese nombre. La rentabilidad que las administraciones buscan en las ONG es de otro tipo: calmar las buenas intenciones de sus ciudadanos, mediante la imagen de actores no contaminados por la política. Es mentira, por supuesto: nada hay más politizado en este mundo que una ONG. Quien tenga dudas, puede echar una ojeada al añejo anti-israelismo de la Oxfam hoy bajo sospecha. Poblaciones considerables del planeta viven en una precariedad insoportable. Las gentes mueren como moscas en zonas amplísimas de África. Y, en menor medida, en puntos dispersos del tercer mundo. Ese envite es hoy -o debería ser- el más urgente para las relaciones internacionales. Ni siquiera por generosidad filantrópica. Sencillamente, porque es una inmensa incubadora de guerras insolubles que apuntan al corazón de la economía mundial. Dejar eso en manos de los turistas de la solidaridad -por más buena gente que cada uno de ellos sea- es condenarse a lo peor. Los generosos fondos de las ONG acaban, en el mejor de los casos, en el cubo de la basura. En el peor, en bolsillos de caciques locales o transmutados en armas. El Estado posee una estructura operativa. Las ONG deben crearla, gastando en ello porcentajes mayores de sus presupuestos. Su paradoja es que existen para autofinanciarse. Y esa ficción es cara. Insultantemente cara.



La lengua catalana

Mon, 19 Feb 2018 16:36:52 GMT

(image) Resulta, en verdad, curioso que todo lo que José María Pemán escribió en ABC hace cincuenta años sobre el catalán siga siendo tan certero: «Me encuentro –¡otra vez!– el problema del idioma catalán revivido con ocasión de la enseñanza en las escuelas. Pienso que el primer problema del catalán como idioma es calificarlo como "problema". En este caso, como en otros muchos, el problema es el modo de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema: es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son manejadas por los políticos, ¡que esos sí que son un problema!». Es altamente irresponsable hacer creer a los españoles que enseñar en lengua catalana equivale a «adoctrinar». Se puede adoctrinar en cualquier idioma; en castellano, por ejemplo, se está adoctrinando (y corrompiendo) a nuestros hijos de las formas más puercas y miserables sin que nos inmutemos. El catalán es la forma de expresión particular de un pueblo que es naturalmente bilingüe; y cuyo bilingüismo, desde luego, se debe proteger y asegurar, favoreciendo una escuela en la que las lenguas catalana y castellana se den la mano fraternalmente. A la inmersión lingüística no se responde arbitrando que una lengua sea «vehicular» y la otra ancilar, para que los padres elijan a su gusto; pues toda «elección» que amputa las posibilidades de comunicación de un pueblo bilingüe es castradora y criminal. No hay que relegar el catalán para beneficiar el castellano, sino restaurar el catalán como lengua plenamente española, que es lo que siempre fue, hasta que los políticos le dieron fisonomía contorsionada de problema. Presentar la lengua catalana como «adoctrinadora» es también hacer separatismo, porque –en palabras de Pemán– «por una ley de dinámica social el tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera». Cuando Rajoy dice que, en lugar de imponer lenguas, hay que dedicar recursos a la «revolución digital» está mezclando churras con merinas; y lo mismo Rivera cuando aboga por una «enseñanza trilingüe» en Cataluña que junte en patético zurriburri lenguas maternas y foráneas. La lengua catalana es, como nos recordaba Pemán, un hecho biológico tan incuestionable como la montaña de Montserrat; y todas las revoluciones digitales del mundo no valen un comino al lado de un hecho biológico. Tampoco vale nada una lengua foránea como el inglés, que –por supuesto– debe aprenderse con un sentido utilitario; pero una lengua materna se aprende porque nos constituye íntimamente, porque es la sangre de nuestro pensamiento y el motor de nuestras inquietudes espirituales. Pretender poner al mismo nivel el catalán y el inglés es detestable y alevoso; y propio de pitufos extranjerizantes. Mejor sería que los políticos viesen la lengua catalana como una valiosa joya para España; y que mirasen el modo de evitar que los españoles reaccionen con cetrino malhumor contra ella. El catalán sólo adoctrina en manos de adoctrinadores, como le pasa al castellano; liberada de ellos es una gran lengua con una hermosa literatura dentro que conviene celebrar, como hizo Menéndez Pelayo cuando actuó como mantenedor en unos juegos florales y leyó en lengua catalana el elogio del ganador, Jacinto Verdaguer, el inmenso poeta que cantó -en catalán- la Reconquista y el descubrimiento de América. A esa Cataluña hay que volver y dejarse de quitar y poner lenguas (y mucho menos para meter en su lugar revoluciones digitales de chichinabo o chamullas extranjeras). Pero para volver a esa Cataluña hacen falta mucho esfuerzo y amor; azuzar odiosas reacciones viscerales es, en cambio, lo más sencillo del mundo.



Porno

Mon, 19 Feb 2018 12:57:53 GMT

(image) Juan Manuel de Prada tiene razón cuando dice que la pornografía te va matando el alma y que masturbarse es de perdedores. Ambas cosas he podido constatarlas por experiencia propia. Desvincular el sexo del amor ha sido el error fundamental del que han emanado las mayores tragedias de nuestra era, tal como hartarse en Navidad de regalos y capones sin haber entendido y asumido que el Nacimiento es celebrar una victoria que no ha tenido lugar. Masturbarse –y hacerlo bastante– tiene mucho que ver con el facilismo de nuestra era de gastar toda la fuerza en simulacros. He crecido notando cómo efectivamente el porno, y sobre todo el porno actual, de fantasías tan concretas y de consumo tan inmediato, iba atrofiando mi relación emotiva y vital con el sexo, con mi sexualidad: hasta llegó a modificar mi forma de desear, reduciéndola a la anécdota morbosa y despojada de cualquier afectividad, y acabé interiorizando que el sexo era una guarrada como las que solía buscar por internet. Me fui volviendo egoísta –que es el mayor vicio de la Humanidad– buscando sólo mi caprichoso placer solitario, sin preocuparme de haber dado nada antes, y dejé de sentir ninguna emoción en los encuentros reales, ni que sólo fuera la que a los hombres nos sirve para levantar acta. De tanto bajar al supermercado, mi alma se quedó en uno de sus estantes, y aunque el cuerpo me respondía aún, mi deseo podrido por el porno desfiguraba el proceso y no me brotaba el ímpetu ni siquiera para expresar el amor más sincero. También dijo Prada que el porno conducía a la perversión, y también por ello fue linchado, pero es cierto que la experimentación sexual la carga el diablo, y que cuando has visto mil películas de un cantar, quieres mil de otro; y así sucesivamente hasta que, con todo ya banalizado, es sólo cuestión de tiempo que un día te pases de la raya. ¿Quién no pagaría lo que le pidieran si le chantajearan con hacer público su historial de navegación? La ciencia sin Dios –esto lo dijo Ratzinger– conduce a Auschwitz.



La sapiencia humanista de Ramón Tamames

Mon, 19 Feb 2018 11:02:33 GMT

Ramón Tamames, nuestro economista más universal, es el prototipo de sabio humanista. Sabio porque no solo sabe de economía en tanto en cuanto concibe ésta como un mero instrumento. Y humanista porque propugna una economía humanizadora, integrándola en una visión holística de la existencia humana junto a muchas otras disciplinas: la historia, la filosofía, la teoría política, la física, etc. Su libro más reciente, El último siglo económico: capitalismo, el gato de siete vidas (Erasmus Ediciones) ubica la raíz de la crisis económica de 2007, o Gran recesión, en fallas de índole moral, y no en errores técnicos o en decisiones económicas. Afirma, en consecuencia, que si el capitalismo quiere seguir salvando la vida, después de sortear siete momentos agónicos, debe mutar a una economía humanista. En congruencia con esa visión, aporta una teoría sobre la idea de soberanía. Postula la necesidad de que los estados-nación transfieran sus soberanías a una sociedad trasnacional planetaria. Su referente es la idea kantiana de un estado mundial cosmopolita como el instrumento más eficaz para prevenir las guerras; sólo que Tamames va más allá del pensador alemán, y propone transitar desde el derecho de los Estados (forma actual de derecho internacional público) a un Estado universal. En tal Estado, el derecho de gentes ya sería un verdadero Derecho Mundial. Es verdad que fue Kant quien postuló una asociación de todos los pueblos del mundo o Federación de Estados, pero el correspondiente derecho cosmopolítico lo circunscribió únicamente al comercio, por concebir que es el espíritu del comercio el garante de la ausencia de guerras. Esta idea kantiana ejerció decisiva influencia durante una larga centuria hasta alcanzar al presidente Woodrow Wilson, quien, influido por las ideas de ‘Abdul-Bahá sobre la paz y la federación de la humanidad, creó la League of Nations (Sociedad de las Naciones), versión inglesa de la kantiana liga de pueblos (Völkerbund). Sobre la base de esta idea de Kant acerca de la fusión de los actuales Estados en un organismo mundial que los controle entretanto llega la posibilidad de su disolución total y definitiva en una República Cosmopolita, Tamames exige una soberanía global por creer que no basta con una transferencia de la soberanía comercial; ve necesario que tal traspaso de soberanías sea de naturaleza política, y propugna regular ésta sobre fundamentos morales, en contra de las máximas actuales de “actúa primero y justifícalo después”; “si has hecho algo incorrecto, niégalo”; “divide a tus adversarios, y vencerás”. Para este sabio economista tal renuncia de soberanías políticas nacionales no es incompatible con el mantenimiento parcial de ciertas soberanías concretas de los actuales Estados. Su modelo es la nación americana y su Constitución de 1787. Así, afirma sin tapujos la necesidad de preparar una Constitución Universal de los Estados Unidos de la Tierra, como la siguiente etapa en la evolución humana después del transcurso de 70 años desde la etapa anterior (la Carta de las Naciones Unidas). Como fundamentos de esa soberanía planetaria Tamames concibe cuatro grandes solidaridades en la familia humana: 1) La solidaridad en la lucha contra el tiempo y el ciclo, para superar los peligros de la globalización económica y buscar una globalización de plenitud –que requiere una unión monetaria mundial– y, de este modo, culminar la irreversible globalización y conferirle un sentido definitivo. 2) La solidaridad contra el peligro del arma nuclear. Ello exige la supresión del derecho de veto en la ONU y un tratado mundial de desarme que haga posible limitar el gasto militar al 1 por 100 del PIB. 3) La solidaridad con las generaciones aún no nacidas, pues cada generación sólo tiene el derecho al usufructo del Planeta, no a su apropiación. Para ello, cree necesar[...]



Revanchismo por un puñado de votos

Mon, 19 Feb 2018 04:50:25 GMT

(image) El sectarismo ideológico de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, no tiene límites. Su sentido de la manipulación de la historia y ese revanchismo que corre por las venas del «podemismo» solo conducen a la generación de odio como herramienta electoralista y dañina para la democracia. Homenajear al «chequismo» es guerracivilista y antidemocrático. Es más, es provocativo e irresponsable porque se trata de convertir la mentira en una verdad póstuma y falsaria. Retratar como víctimas del franquismo, y ahora también de la democracia, a auténticos asesinos no forma parte de un revisionismo basado en la justicia histórica, sino en una burda estrategia de adoctrinamiento populista y de fractura social. Contraponer en un estudio financiado por el Ayuntamiento de Madrid la cifra de 273.000 personas procesadas por el franquismo con la ocultación de las más de 9.000 que las checas republicanas asesinaron en 1936 resulta un ejercicio incompleto de análisis de la historia. Sin embargo, parece ser el único argumento que le resta a Carmena para despilfarrar dinero público. La Transición sirvió, entre otras muchas cosas favorables, para cerrar heridas ideológicas que aún provenían de la Guerra Civil. Reabrirlas por un puñado de votos es absurdo, y el PSOE de Sánchez podría asesorar, por cierto, a Podemos al respecto en la práctica malintencionada y carente de sensibilidad de generar artificiales enfrentamientos ideológicos en la España del siglo XXI. Durante la República, la Guerra Civil y la dictadura se cometieron atroces injusticias en una España rota en dos, y la virtud de la democracia residía en restañar esas grietas. Pero es evidente que la izquierda radical quiere ganar votos a costa de una eterna venganza ideológica. Por suerte, la inmensa mayoría de españoles superó hace mucho ese sectarismo.



Sacar adelante los presupuestos

Mon, 19 Feb 2018 04:49:50 GMT

(image) La crisis política que desataron los separatistas catalanes y la pugna electoral que protagonizan los diferentes partidos con vistas a los próximos comicios se están materializando en un nuevo bloqueo presupuestario que no beneficia en nada a los españoles. Ante esta situación, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, avanzó el pasado miércoles que, en caso de no recabar los apoyos necesarios antes de abril, el Gobierno podría prorrogar por segunda vez los Presupuestos Generales del Estado, resignándose así a no actualizar las cuentas públicas hasta 2020, coincidiendo con el fin de la legislatura. Sin embargo, si bien esta vía puede servir de alternativa, desde luego no es la manera más conveniente de gobernar. De hecho, la ausencia de proyecto presupuestario amenaza con generar problemas a diversos colectivos, al tiempo que supondría un obstáculo más para la buena marcha de la recuperación económica. Es fundamental sacar adelante los Presupuestos, ya que, en primer lugar, esta ley no solo constituye la esencia de un Gobierno, sino que determina toda su estrategia de acción, fijando tanto las prioridades a ejecutar como la orientación última de su política económica y social. El diseño de las cuentas públicas es el eje sobre el que pivota el Ejecutivo y, por tanto, ni puede ni debe renunciar a él. En segundo lugar, porque los Presupuesto contienen un gran número de medidas y acciones concretas en diferentes ámbitos, desde infraestructuras y Defensa hasta prestaciones públicas, cuya realización quedarían paralizadas. Como consecuencia de la prórroga presupuestaria, el Ejecutivo tendría que hacer uso de varios reales decretos para poner en marcha ciertas decisiones de calado, como la subida salarial a los funcionarios o los más de 4.000 millones de euros extra comprometidos con las autonomías en el presente año, pero su puesta en marcha, además de retrasarse, tendría que contar, igualmente, con el visto bueno del Congreso, pudiendo surgir nuevos cambios y sobresaltos. Aunque lo más grave es que la necesaria actualización de otras muchas políticas quedaría en suspenso por tiempo indefinido, con todo lo que ello implica para el correcto funcionamiento del Estado y la buena marcha del país. Y todo ello sin contar que es preciso mantener la senda de reducción del déficit para el cumplimiento de los objetivos de Bruselas o que la falta de Presupuestos dañaría la imagen exterior de España, puesto que proyectaría una estampa de inestabilidad política que, de mantenerse, acabaría perjudicando al crecimiento del PIB. Ni el PP puede conformarse con ir tirando de parches en lo que resta de legislatura ni la oposición eludir su responsabilidad a la hora de negociar el nuevo diseño de las cuentas públicas. Unos y otros deben aparcar sus intereses partidistas y dejar sus diferencias a un lado para desbloquear esta situación y pactar unos Presupuestos con los que reactivar el país.



En defensa de los venezolanos

Sun, 18 Feb 2018 15:04:57 GMT

(image) Cualquier grupo humano –familia, comunidad, país– que se ve súbitamente expuesto al contacto con forasteros, con los «otros», tiende a colocarse a la defensiva, proyectando sobre esa presencia extraña sus propios demonios, de tal modo que ella pasa a ser culpable de sus problemas. Es la razón por la cual la inmigración alimenta las ideologías xenófobas. En algunos países, el rechazo al inmigrante está empezando a cebarse en los venezolanos, que a medida que su país se deshace van buscado cobijo en América Latina, Estados Unidos y España. Casi cinco millones de venezolanos han huido de las consecuencias espeluznantes del chavismo. Como en el caso de Cuba hace décadas, las primeras olas de emigrantes provenían de clases medias y altas; muchos eran profesionales, gracias a lo cual industrias como la petrolera se beneficiaron en otros países de la contratación de ejecutivos preparados. Luego, también como en Cuba, la diáspora se «democratizó», abarcando todos los grupos sociales. El exilio se empezó a confundir con el refugio: la frontera entre lo primero, que es más bien político, y lo segundo, que tiene un cariz humanitario, se difuminó. Sucedió algo más: la masificación acelerada de la diáspora. Las fronteras venezolanas se llenaron de cientos de miles de seres que protagonizaban escenas dantescas en su intento por pasar del otro lado, en Colombia, Brasil, en menor medida Guyana o, por mar, Aruba y Trinidad y Tobago. Más de medio millón de venezolanos han ingresado para quedarse en Colombia y en varias localidades fronterizas los servicios se han visto desbordados. En el caso de Brasil, ya representan el 10 por ciento de la población de Boa Vista y las autoridades han militarizado parte de la frontera. En Lima o Madrid es imposible moverse por la ciudad sin toparse con ellos; en el sur de la Florida suman ya cientos de miles. En muchos de estos lugares se alzan voces que piden poner coto al ingreso de venezolanos. En algunos países, como Panamá, la hostilidad contra ellos impregna el debate público y en otros, como el Perú, esa discusión empieza a insinuarse. En Colombia Juan Manuel Santos ya pide ayuda internacional, en parte porque cree que la necesita y en parte porque ve venir conflictos peligrosos si el ingreso de venezolanos continúa al ritmo que va. La postura firme del llamado Grupo de Lima contra Caracas de cara a la farsa electoral organizada para reelegir a Nicolás Maduro el 22 de abril tiene que ver con el pánico a que la consolidación definitiva de la dictadura, y por tanto del drama social que allí se vive, provoque el éxodo de varios millones de venezolanos más. Sería una muy cruel ironía que, enfrentados al ingreso de tantos venezolanos que abandonan su país por desesperación, los países democráticos que hoy repudian por vía diplomática el populismo nacionalista del chavismo acaben haciendo suya una de las peores variantes del populismo nacionalista: el odio al «otro». Van a ser necesarias buenas dosis de coraje y lucidez por parte de gobiernos y líderes de opinión de países receptores para neutralizar un sentimiento xenófobo que empieza a notarse y que cuenta con mucho espacio para crecer si tomamos en cuenta que la tragedia venezolana no tiene ninguna solución en el corto plazo. Los venezolanos que huyen son víctimas; hacen lo que haría cualquiera de nosotros en su lugar. No están movidos por el deseo de invadir a nadie ni quitarle el trabajo a nadie, ni por el afán de vivir a costa de un Estado ajeno: sólo por la necesidad de no perecer, el más primordial de los instintos.



Progresofobia

Sun, 18 Feb 2018 14:55:26 GMT

(image) Soy un español de 1964. Nací en La Coruña. En mi infancia había dos vertederos de basura a cielo abierto en la ciudad. Hoy son dos parques. La mayoría de las casas no tenían calefacción. Donde hoy se levanta El Corte se desparramaba un campamento chabolista. Vivíamos en una dictadura y cuando mi padre nos comentaba que «aquí debería haber partidos, como en Francia e Inglaterra», no entendíamos de qué hablaba. No salí de Galicia hasta los doce años y debuté en un avión con 17. Un vaquero Levis era un lujazo. Una operación de cataratas suponía una aventura, o una onerosa peregrinación a Barraquer. La Seguridad Social ha operado a mi madre gratis y en 20 minutos. En mi niñez rara era la tarde en que yendo con tu pandilla por la calle no te atracaba algún mangui. Los accidentes de tráfico eran brutales, fumar estaba bien visto y no pasaba quincena en España sin una salvajada terrorista. La primera vez que un alcalde coruñés creó un parking público subterráneo, la visionaria oposición nacionalista lo tachó de chalado. Si en mi niñez me dicen que algún día mi ciudad iba a contar con la primera multinacional de moda y con una orquesta sinfónica, o que iban a cantar allí Sinatra y Dylan, no me lo habría creído. Steven Pinker, profesor de Psicología en Harvard, acaba de publicar un comentado libro, «Las luces ahora. En defensa de la razón, el humanismo y el progreso». Bill Gates afirma en su blog que es «mi nuevo libro favorito de todos los tiempos». La tesis es clara: el mundo va bien, los últimos 300 años han sido los mejores de la humanidad y no hay mejor momento para vivir que hoy. La obra provoca urticaria al populismo neocomunista y a los intelectuales neomarxistas, a los que él acusa de «progresofobia» (me temo que el Papa actual también bordea el género). Medios como «The Guardian» lo han puesto verde, a pesar de que Pinker acumula evidencias irrefutables. En 1800, el 90% de la humanidad era pobre, hoy el 10%. En los últimos 25 años, los periódicos podrían haber abierto cada día con el siguiente titular: «El número de personas en extrema pobreza cayó ayer en 137.000». En contra de lo que pensamos, los muertos por terrorismo en Occidente son menos que en los años 70 y 80. Las muertes en guerras también han caído y la esperanza de vida se ha disparado. A finales del XIX la jornada media en Occidente era de 66 horas semanales, hoy de 38. Incluso el coeficiente de inteligencia está creciendo tres puntos cada década. Si Pinker ofrece pruebas, ¿por qué lo desprecia la izquierda? Pues porque el estudioso achaca el impulso de la humanidad a «la razón, la ciencia y el humanismo» y –¡horror!– a la democracia liberal. Pinker defiende el milagro de la Ilustración. Advierte que «la razón no es negociable» y se sitúa en el bando de los mejores: Kant, Spinoza, Hume, Adam Smith. Pero el libro también deja una advertencia. No debemos dar por supuestas las conquistas de la Ilustración, toca seguir defendiéndolas contra la irracionalidad, el imperio del sentimentalismo y el veneno del nacionalismo. No será un best-seller en la autodestructiva España.



¡Viva el sentido común!

Sun, 18 Feb 2018 08:19:45 GMT

(image) La Conferencia de Seguridad de Munich, fascinante todos los años como caja de resonancia de las inquietudes en defensa y seguridad de europeos, rusos y norteamericanos, ha tenido este año un carácter muy especial. Como para celebrar este medio siglo que se cumple de la revolución cultural juvenil utópica, antiautoritaria y pacifista de 1968, los líderes políticos han apostado por un solemne entierro de ilusiones peligrosas e inercias temerarias. El lema pudo ser ¡El sesentayochismo ha muerto, que vida el sentido común! El año pasado Munich estuvo aún marcado por los efectos traumáticos de la elección de Donald Trump. Todos tenían que buscar formas de reconciliar su apuesta perdedora con un futuro de colaboración con el demonizado nuevo presidente. Eso ya ha pasado. Los líderes saben que, más allá del griterío, tienen un interlocutor en Washington con el que han de llevarse bien. Y además pueden. Nadie presume de buenas relaciones con Trump. Eso tiene un precio. Pero muchos saludan los efectos benéficos que ha tenido ya su lenguaje directo. De momento sobre defensa. Por primera vez están dispuestos los europeos a dejar de ser parásitos absolutos del presupuesto militar norteamericano. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, será recibido en Washington en abril con una gran visita de Estado. Allí se renovarán los lazos de EE.UU. y Francia, de las dos grandes revoluciones. Se escenifica el retorno de Francia a lo más alto tras años relegada por una Alemania de poder incontestable. Cambia la correlación de fuerzas entre París y Berlín. La Francia de Macron ha enterrado a los partidos tradicionales y avanza en reformas para acabar con una parálisis de décadas. Mientras, Alemania es una desoladora escombrera política en la que Merkel y su socio, el SPD, se hunden. Con el partido derechista AfD como única alternativa. En Munich se vio el cambio de actitud. Alemania pierde peso. Lo ganan el sentido común y el pragmatismo. Se demanda decir la verdad a las naciones europeas, antes de que estas den la espalda al proyecto común. Ahí están los países de Visegrado, eficaces en su interior por discrepantes que sean del discurso socialdemócrata mayoritario en la UE. El primer ministro polaco dijo que «Europa no necesita más think tanks, sino más tanks». Más carros de combate y menos gabinetes de estudio. El canciller austriaco, Sebastian Kurz, exige con Visegrado control de las fronteras exteriores. Se advierte sobre la amenaza china. Hay urgencias. La ideologización izquierdista, penoso legado de 1968, impide a los europeos tomar en serio los problemas serios. Los distrae con añagazas y trampantojos. España, cautiva como pocos por la estulticia del «progresismo», se entretiene con el separatismo decimonónico, la mentira antifranquista y la demagogia sobre brecha salarial o derechos Lgtbizbxy. Mientras, la revolución tecnológica avanza a velocidad de vértigo y la amenaza migratoria se dispara. Como dijo Kurz, «el grande no se come al pequeño, el rápido se come al lento».



Con S de Sánchez

Sun, 18 Feb 2018 08:10:57 GMT

(image) El PSOE que hemos conocido hasta ahora ya no existe. Murió en las primarias de mayo y fue enterrado ayer en un comité federal con ausencia de una oposición interna resignada, léase de una Susana Díaz que prefirió visitar en Jaén un centro de atención infantil temprana. A partir de ahora, el partido de estructuras piramidales y federaciones con gran influencia orgánica queda subsumido en una formación populista de interlocución directa entre el líder y la militancia, una alianza vertical que somete el poder de los célebres barones al dictado de las consultas plebiscitarias. Ha nacido el Partido Sanchista, creado por el secretario general a su imagen y semejanza; pesa alrededor de noventa diputados según las encuestas y es alérgico a toda fórmula de representación jerarquizada. Nadie podrá reprochar a Pedro Sánchez que haya quebrantado su palabra. Ha matizado mucho el «no es no» a Rajoy debido a la crisis catalana; mejor aconsejado que hace un año, o más receptivo a los consejos de personas sensatas, ha acentuado su perfil de hombre de Estado y atemperado sus ímpetus de insurgencia partisana. Incluso ha entablado con el presidente, al calor de la rebelión independentista, una relación de relativa cordialidad en largas conversaciones privadas. Ello no le impide negar toda colaboración al Gobierno y al mismo tiempo acusarlo de paralizar el país por falta de mayoría parlamentaria; las grandes coaliciones sólo son posibles en Alemania. Pero ha dejado de obsesionarse con su rival y ha abandonado la idea de llegar al poder por la vía rápida. Su objetivo más próximo son las elecciones territoriales del año que viene; para las generales está convencido de que se enfrentará a otro candidato y de que el marianismo está en silenciosa retirada. Sin embargo, Sánchez es un hombre de propósitos fijos. Prometió que liquidaría al «viejo PSOE» y lo ha cumplido. En su lugar ha alumbrado una organización de carácter cesarista, impregnada de caudillismo; favorecido por los errores estratégicos de Pablo Iglesias, que se ha autoeliminado como adversario con peligro, le ha copiado el modelo de liderazgo vertical a Podemos para establecer una hegemonía autoritaria a su estilo. Lo que no ha perdonado es el ajuste de cuentas con sus críticos. Ni una concesión, ni un pacto, ni un gesto de generosidad: ay de los vencidos. El diseño de la cúpula de mando garantiza su control absoluto del aparato: se acabaron los coroneles y ya no hay más jefe que él, ni más cuadros intermedios ni más órganos representativos. Las bases que lo encumbraron ejercerán de fuerza de choque, de brigadas patoteras para arroparlo ante cualquier conjura o conflicto. Ha seguido al pie de la letra el adagio de que los compañeros son siempre los peores enemigos. Eso sí: tiene año y medio para acercarse a su objetivo. Ante cualquier contratiempo grave volverán a brillar los cuchillos.



Las afrentas del populismo municipal

Sun, 18 Feb 2018 03:36:52 GMT

(image) Si algo caracteriza a los llamados «ayuntamientos del cambio», más allá de su gestión, es el profundo sectarismo y la intolerancia que tratan de difundir mediante actos y campañas de todo tipo, con el único fin de sembrar el odio y la provocación hacia quienes no piensan como ellos, evidenciando su verdadera naturaleza liberticida. Los consistorios gobernados por Podemos y sus filiales territoriales no han dudado en hacer uso del dinero público para atacar a la religión católica, burlarse del Estado de Derecho o facilitar la transmisión de mensajes violentos y radicales que, lejos de contribuir al interés general y la convivencia pacífica de la sociedad, lo único que pretenden es dividir a base de insultos, ofensas y menosprecios. Los improperios sobre el Apóstol y la Virgen que se vertieron en el reciente pregón del carnaval de Santiago de Compostela, la esperpéntica Cabalgata de Reyes con la que se estrenó Ahora Madrid o las blasfemias que adornaron en su día los premios Ciudad de Barcelona no solo representan un ataque directo a la fe católica, sino a una de las señas de identidad más importantes de la sociedad española. Asimismo, la habitual simpatía que muestran los populistas hacia el secesionismo o las «fiestas antirrepresivas» avaladas por el Ayuntamiento de Zaragoza, donde se carga contra las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, revelan, igualmente, el nulo respeto que profesan estos partidos hacia la ley y sus servidores públicos, al tiempo que sus polémicas campañas sobre sexo y drogas generan rechazo y animadversión entre la inmensa mayoría de la población. Este uso torticero y partidista del dinero público vulnera uno de los principios básicos de la democracia, que no es otro que la búsqueda del bien común.



Prohibido discrepar en el PSOE

Sun, 18 Feb 2018 03:36:15 GMT

(image) El Comité Federal del PSOE entregó ayer el control del partido a Pedro Sánchez, como un acto de desistimiento de sus críticos y una victoria, sin paliativos, del poder del secretario general sobre las bases socialistas. Casualidad o no, el acto se celebró en la Casa del Gobernador, en Aranjuez. El nuevo PSOE es una coalición de su máximo dirigente con la militancia, movilizada con ese permanente espíritu de revancha de la izquierda socialista contra el Partido Popular, inoculado por Rodríguez Zapatero. De aquellos «barones críticos» que echaron a Pedro Sánchez para evitar la deriva extremista del partido ya no queda nada, porque han demostrado no ser mejores bazas que su secretario general como alternativas a liderar la izquierda constitucional que necesita España. No han dado un paso atrás, sino que Pedro Sánchez les ha pasado por encima. El nuevo reglamento del PSOE aprobado por el Comité Federal es una norma a la medida de su secretario general, quien asume el control de las primarias y, sobre todo, de las consultas a los militantes, algo que le es tan querido. Las direcciones territoriales estarán sometidas a la pinza de Ferraz y de las bases, vigilantes de que no haya desviaciones en la obediencia a la dirección nacional. El federalismo político, la desconcentración del poder, el respeto a la diversidad los reserva Pedro Sánchez para apaciguar a los nacionalistas, no para predicar con el ejemplo. Es cierto que en esta segunda etapa como secretario general Pedro Sánchez ha cambiado su táctica -pero no su estrategia- reduciendo el lenguaje combativo contra Rajoy, aunque la crisis catalana no le hacía aconsejable perseverar en aquella actitud. Pero Cataluña acabará cediendo protagonismo en las prioridades del PSOE a medida que se acerque 2019, un año en el que se celebrarán elecciones europeas, municipales y autonómicas, salvo adelantos forzados por la disputa entre PP y Ciudadanos. Después de una etapa de crisis internas, los dirigentes del PSOE firman una tregua que pone al partido en estado de excepción electoral, con el que los barones antaño críticos, puestos en la encrucijada, quieren salvar su continuidad en el poder local que ocupan. La excepción del asturiano Javier Fernández confirma la regla. Las encuestas de GAD3 para ABC mantienen al PSOE ligeramente por encima de sus resultados en 2015, en torno al 24 por ciento de los votos. Sánchez sabe que la política incendiaria de su etapa anterior es contraproducente en un momento en el que ha superado el riesgo del «sorpasso» por Podemos, pero empieza a resentirse de la fuga de voto hacia Ciudadanos. Por eso, este PSOE hará menos ruido para lograr más nueces, juramentándose en torno a Pedro Sánchez, porque no tiene otra opción mejor que ofrecer a la sociedad española.



Lo del PDECat y Ciudadanos

Sat, 17 Feb 2018 16:29:00 GMT

(image) El pasado 30 de enero publicaba yo una columna de 478 palabras en estas páginas («Cuando Rivera respalda al PDECat y a Puigdemont») en la que explicaba cómo desde el partido europeo en el que está Ciudadanos, la Alianza de Liberales y Demócratas Europeos (ALDE), el partido de Rivera no hace nada por expulsar de sus filas al partido de Puigdemont, que en este minuto se llama PDECat. Recibí horas después una encendida réplica del portavoz de Ciudadanos en el Parlamento Europeo, en la que requería de 1.453 palabras –más del triple de la extensión de mi texto– para intentar contraargumentarme. «ABC y sus Lectores» publicó el domingo 4 de febrero un extracto de la réplica de Nart. Afirmaba en esa carta, entre otras muchas cosas, que desde enero de 2016 el propio Nart «es el vicepresidente del grupo ALDE y presidente del grupo de trabajo responsable para política exterior, cooperación, derechos humanos y defensa, mientras que Ramón Tremosa [el eurodiputado del PDECat y palmero de Puigdemont en Waterloo] lleva sin aparecer por el grupo más de dos años y su presencia es puramente anecdótica». Pues hay que reconocer que Tremosa gestiona esa presencia anecdótica en el grupo controlado por Ciudadanos con enorme eficacia. El pasado jueves se produjo en el Parlamento Europeo la votación no vinculante sobre la candidatura de Luis de Guindos a la vicepresidencia del Banco Central Europeo. Resulta que el partido ALDE, en el que está Ciudadanos, votó por el candidato irlandés en lugar de por el español. Y la explicación es que la portavoz de ALDE en esa comisión, una holandesa flamenca, consultó el sentido del voto no con quien dice mandar en el grupo, Ciudadanos, sino con quienes dice Nart que son irrelevantes, Tremosa y su PDECat. Más vale un hecho que réplicas de 1.453 palabras. En estos días en que desde el Gobierno se lanzan foros sobre las «Fake news» que inaugura la vicepresidenta del Gobierno y en los que cree conveniente la presencia de periodistas de cualquier medio que no sea ABC, conviene recordar cómo Ciudadanos ha logrado el apoyo de muchos medios de comunicación para hacer ver al electorado que el 155 de Rajoy fue una realidad gracias a que Rivera le obligó a aplicarlo. Menos mal que Edurne Uriarte ha aclarado en estas páginas («La posverdad sobre Ciudadanos» ABC, 13-02-2018) que esa gran mentira no se sostiene ni con mucha imaginación. Ciudadanos lleva mucho tiempo disfrutando de un noviazgo con el electorado en el que todos los errores se consideran menores y las fallas se perdonan porque la ilusión permite menospreciar esas pequeñas incidencias. Pero habrá que ver hasta dónde llega el idilio incólume. El ejemplo de esta semana es muy relevante. Ese electorado potencial de Ciudadanos ¿está de acuerdo con que desde su grupo en el PE se apoye a un candidato irlandés frente al candidato español? Con toda probabilidad ese apoyo al celta será superado por el voto del Consejo de Ministros, lo que habrá valido para evidenciar el descontrol de Ciudadanos en el ALDE y la inutilidad de las tomas de posición de ese partido en el que el señor Nart dice tener tanta influencia. Sobre todo cuando se trata de apoyar a un irlandés frente al ministro de Economía que sacó a España del abismo en que la dejaron los socialistas, que también apoyan la candidatura del celta a pesar de que no consta que sea mujer, principal argumento en detrimento de Guindos.



Admirable

Sat, 17 Feb 2018 16:28:48 GMT

(image) Difícil que funcionase. Vaya choque de civilizaciones. Un isleño atlántico con una bisabuela de Cabo Verde, obsesionado por el ejercicio físico, y una bellísima montañesa del pie de los Urales, de padre tártaro y madre rusa. El clima oceánico subtropical frente al hielo ruso. Al final, tras cinco años mediopensionistas, aquello no cuajó. La chica debía sentirse extraña instalada en un chaletazo de Madrid de hechuras minimalistas y lujo desbordado, pero habitado por un clan de portugueses revolviendo arriba y abajo: la madre, los hermanos, los cuñados, el representante... Cháchara en luso. Platos de Madeira: bifes de atum, bolo do caco... Al final la guapa se largó a Hollywood con Bradley Cooper. ¡Vaya gañán! ¿Cómo pudo perder a Irina? Comentaba algún garrulo en las tascas. No es la única crítica. «Es bueno... pero no como Messi». Un clásico. También lo han tildado de chuleta, ególatra, narcisista patológico, hortera... No acaba de amarlo ni su público, al que ha regalado 101 goles. Dos tardes sin una gran faena y el híper exigente Bernabéu ya enchufa el congelador emocional. Admiro en serio a Ronaldo, porque ha pulido cada día su talento natural y ha superado muchas cuestas, empezando por la estrafalaria idea de su nombre, que le cayó en honor a Ronald Reagan, o siguiendo por una operación de corazón con solo quince años. No es un julai de cuna de encajes. Lo ha ganado todo a pulso. Dormía en un único cuarto con sus tres hermanos, en casa pobre de barrio esquinado de Funchal, allá en Madeira. Su padre, jardinero municipal, nunca logró divorciarse de la botella, que lo derrotó en 2005. Su hermano Hugo ha pasado también por las adicciones. El divo, el narcisista, lo socorrió una y otra vez (sin darse pote). De niño, con solo doce años, se propuso ser «o melhor», y comenzó a machacarse para ello. A los catorce aterrizó en Lisboa para labrar su utopía, solo e ignorante. A los 18 ya había emigrado al áspero Mánchester. Arrasó. «De muchos jugadores se ha dicho que son el nuevo George Best, pero por primera vez esa afirmación es un cumplido». Lo dijo en 2003 el propio Best, hablando de aquel delantero nervudo y rapidísimo de Alex Ferguson, muchacho de prestaciones casi animales, que desbordaba con una punta de velocidad de 33,6 km/h. Florentino (y los socios) le abonan 21 millones netos al año. Su entramado publicitario le reporta otros 105 (solo Nike son 32 millones). Un alud de oro que volvería imbécil a cualquier joven. Pero no ha dilapidado sus dones como Best, un Falstaff de citas memorables: «Gasté mucho dinero en alcohol, chicas y coches. El resto lo malgasté». Ronaldo entrena como un espartano. A su modo, sus hábitos son monacales. Un obseso de la conservación de su arma de trabajo: su cuerpo. «Su secreto es que compite contra sí mismo», explicaba Ancelotti. «Si tuviese una oreja media micra fuera de sitio se tiraría cuatro horas en el gimnasio hasta colocarla», se ríe un compañero de Deportes. Suma 33 años, edad pesada para un delantero que vive del físico y no es ningún mago del regate. Pero ahí está, dándole lecciones al flaco Neymar, haciendo lo habitual: trabajar con un hambre única. Bendito egocéntrico.



Pisha

Sat, 17 Feb 2018 09:37:44 GMT

(image) Recordemos aquel programa de televisión en el que Évole se llevó a Junqueras a conocer unas familias andaluzas. Para contar la expedición de Junqueras por Andalucía nos habría venido bien que ya estuviera acuñado el gentilicio «tractoriano» porque en verdad era la crónica del descubrimiento del mundo más allá de su linde rural y mental de un gran cateto. Por eso, la premisa del programa era falaz: partía de la idea de que el encuentro de catalanes y andaluces era el de civilizaciones que se desconocían mutuamente. Como si bajaran los marcianos y dijeran «Venimos en son de paz». No es cierto. Esa ignorancia del otro era un problema personal del «tractoriano», educado en la endogamia supremacista, en el achicamiento de espacios nacionalista. Por otra parte, y esto también se le notó a Évole por la elección de las familias, existe un automatismo xenófobo en las pijerías catalanas según el cual los andaluces representan todo aquello que les permite desarrollar su complejo de superioridad. Lo más remoto. Lo menos desarrollado. Lo peor. El patio trasero de su supremacismo. La coartada perfecta para levantar muretes profilácticos inventando, por añadidura, informes de pureza de sangre vinculados con el otro lado de los Pirineos. Cuando a Inés Arrimadas la envían de vuelta a Cádiz, lo que surge ahí es la eugenesia nacionalista detectando corrupciones de raza, además de atrevidas ambiciones de mudanza social: ¿qué hace la sangre andaluza trascendiendo «el servicio», la condición de «la chacha», como decía Sostres cuando el castellano aún le olía a lejía? Eso sólo se permite haciéndose primero perdonar el origen mediante la sumisión al credo nacionalista. Que la xenofobia es transversal, y no sólo patrimonio de la burguesía, lo demuestra el último desprecio a lo andaluz perpetrado por un cierto Baños, de profesión cupero. El «pisha», los finos y la incapacidad de pensar en términos complejos, he ahí Andalucía vista desde el cuarto de Baños, que ha de tener, el pobre, mucha culpa de origen que hacerse perdonar, si tanto sobreactúa el racismo. El nacionalismo siempre aspira a la esencia incorrupta. Teme la sofisticación, el cosmopolitismo, lo abierto. Pero, cuando Otegui decía que no quería internet en pueblos como Lekeitio, sino sólo tradiciones y montañas sagradas, lo suyo al menos remitía a una pureza reaccionaria, casi carlista, que no destilaba el narcisismo de las élites nacionalistas catalanas. Éstas intentan consagrar una hazaña: hacer pasar la xenofobia por prerrogativa de ilustrados urbanos. Achicarse intramuros de lo agro y al mismo tiempo pretenderse un foco de irradiación sofisticada. Ir en tractor pero al Bulli. Y, por supuesto, odiar a los demás, despreciarlos, ignorarlos, sin por ello dejar de legitimarse como una víctima hasta de los árbitros. Ozú.



La ley en barbecho

Sat, 17 Feb 2018 09:16:39 GMT

(image) Oh sorpresa. España se despertó ayer perpleja ante un inesperado descubrimiento. Resulta que las sentencias sobre la enseñanza del español en Cataluña se incumplen sistemáticamente. Resulta que estudiar en uno de los dos idiomas oficiales allí, que además es el más hablado en la región, es imposible de facto porque los nacionalistas no tienen a bien cumplir la ley (burla apoyada por el PSC, pues a nacionalista no le van a ganar a Iceta, o antes a los hermanos Maragall). Resulta que descubrimos que los sucesivos inquilinos de La Moncloa se encogieron de hombros mientras el español era marginado; se inhibieron olímpicamente ante la tenaz vulneración de la legalidad en las escuelas catalanas (incluido, por supuesto, Aznar, hoy pródigo en clases magistrales). Tampoco el aparato judicial se movilizó con la diligencia debida ante un flagrante incumplimiento, que sirvió además para convertir las escuelas en fábricas de independentistas. Un Estado entreguista y acomplejado. Reconozcámoslo, hasta que llegó el golpe del 1-O imperaba de facto un execrable principio: a los nacionalistas catalanes ni tocarlos aunque pisoteen las normas; toca poner la legalidad en barbecho, prudencia, hay que evitar el "choque de trenes". Cuando se cede toda la cancha al adversario solo ocurre una cosa: pierdes. Así se fue escribiendo la historia del españolismo en Cataluña. Ahora el Gobierno, agobiado por la crecida de Ciudadanos, asoma la patita: aprovechando el 155, tal vez aplique por fin la ley. Dicen que intentarán que quienes lo soliciten puedan recibir un 25% de las clases en castellano (a esa magra porción la llama el Gobierno convertir el español en "lengua vehicular"). La iniciativa no hace más que reponer la ley. Es lo mínimo. Pero aun así el ministro portavoz la presentó ayer de manera confusa y reconociendo que todavía "está en estudio" cómo reinstaurar la legalidad. Si finalmente lo hacen tendrán enfrente al PSOE, siempre pusilánime ante el nacionalismo –así le va en las urnas–, y a Podemos, chamuscado también por tontear con el separatismo. Apena que una persona capaz como el ministro Méndez de Vigo no se atreva a hacer un discurso político más valeroso, cuestionando abiertamente la idoneidad filosófica del modelo de inmersión nacionalista –que en realidad consiste en acogotar el español–, que no ose a decir en claro lo que tantísimos españoles pensamos: que es un disparate que en una región de España no se puedan estudiar la mayoría de las asignaturas en una lengua oficial del Estado, la de mayor uso allí. No hay país desarrollado del planeta que admita tal aberración. Hacer política es creer en tus ideas, tratar de convencer, postular tus principios con orgullo. No basta con quedarse en la exposición burocrática de los recovecos de las leyes, que por supuesto hay que respetar. Los periodistas de medios catalanes que cubren los actos del Gobierno defendían ayer el modelo lingüístico del nacionalismo con una convicción que se echaba en falta en los representantes del Ejecutivo, agarrotados a la hora de apoyar al español. El PP se pregunta por qué se le fugan votos. A veces no es difícil de entender.



La casilla

Sat, 17 Feb 2018 09:06:59 GMT

(image) La inmersión lingüística es la clave de bóveda del soberanismo, la viga maestra angular, el centro de gravedad de la construcción identitaria. Pujol la diseñó como una especie de espoleta retardada, programada para detonar cuando la inmigración castellanoparlante se extinga por el mero declinar de la curva demográfica. Lo hizo con la naturalidad amable de su estilo y sólo faltó que el Estado le diera las gracias. Con esa misma inercia se impuso primero el modelo de lengua única en la enseñanza y luego se colonizó ideológicamente la escuela a base de doctrinas dogmáticas. El pensamiento único se ha impuesto a través del habla. En Cataluña no hay un problema de convivencia idiomática porque el bilingüismo social aún es fluido; lo que sí existe es un designio supremacista de imposición administrativa que excluye el español de las relaciones oficiales normalizadas. Hasta tal punto ha tenido éxito el programa soberanista que el mismo Gobierno no acaba de saber si tiene competencias para forzar a una autonomía a impartir servicios educativos en nuestra lengua franca. El simple anuncio de que estudia el modo de hacerlo ha sido interpretado como una especie de amenaza, un amago destinado a urgir a los nacionalistas para que recuperen pronto el autogobierno, su posesión política más preciada. No es imposible que así sea, que al Gabinete le queme el 155 y tenga prisa por devolver las competencias temporalmente expropiadas; sin embargo, cuando eso ocurra el Estado seguirá teniendo el deber y el compromiso de preservar la ley y obligar a las autoridades catalanas a respetarla. Lo que dice la ley es que los padres tienen derecho a solicitar para sus hijos un determinado porcentaje de educación en castellano. Los veredictos de los tribunales lo han establecido en una cuarta parte de las horas lectivas, que tampoco es demasiado. Y siempre bajo demanda –la famosa casilla–, lo que garantiza un alcance minoritario porque las familias no desean que su prole crezca en un ambiente segregado. Pero es el fuero lo que importa, el derecho de cualquier sector social a ser atendido y escuchado: la existencia de un amparo jurídico igualitario que el nacionalismo siempre ha considerado una invasión de su propio marco. Ésa es la razón por la que el Estado ha de ganar esta batalla, que no es simbólica sino de vital importancia. Si no prevalece la Constitución en el ámbito lingüístico tampoco lo hará en ninguna otra escala, y la media sociedad no separatista será derrotada, aherrojada en un gueto culturalmente marginado, excluida y confinada. Si se permite el incumplimiento de las normas y de las sentencias judiciales, la nación democrática, la nación de ciudadanos libres e iguales, habrá renunciado a defender literalmente su propia palabra. Y habrá convertido en una extravagancia la aspiración de estudiar español –o en español– en una parte de España.



Una promesa de obligado cumplimiento

Sat, 17 Feb 2018 02:55:06 GMT

(image) El nacionalismo catalán seguirá siendo un problema para la convivencia en Cataluña y, por extensión, en España mientras en esa comunidad autónoma no cambie el sesgo separatista del sistema educativo, de la política lingüística y de los medios públicos de comunicación. El mantenimiento de las mismas condiciones políticas y administrativas que han permitido al separatismo provocar el colapso en Cataluña hará efímeros los efectos de la aplicación del artículo 155 de la Constitución y devolverá a los catalanes a nuevas arbitrariedades secesionistas. El Gobierno de Mariano Rajoy abrió hace unos días una pequeña esperanza al anunciar que introduciría el castellano como lengua vehicular en la preinscripción para el próximo curso escolar. El control que ha asumido el Ministerio de Educación en Cataluña lo legitima para adoptar esta medida, pero aún más lo amparan las innumerables resoluciones del Tribunal Superior de Justicia catalán y del Tribunal Supremo que han exigido de la Generalitat un bilingüismo efectivo. La respuesta ha sido el desacato a las sentencias y la marginación de las familias que reclamaban para sus hijos el derecho a estudiar en castellano. España es el único país de Europa en el que el idioma oficial del Estado está arrinconado en una de sus regiones. Incluso se permite que un comerciante sea sancionado en Cataluña por rotular sus carteles sólo en castellano. Los libros de texto son manuales de nacionalismo y la inmersión lingüística en catalán, lejos de ser una razonable política de extensión de un activo cultural, representa un ejercicio continuo de asfixia del castellano. La iniciativa del Gobierno de Rajoy puede tener un recorrido corto: su portavoz y ministro de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, la diluyó ayer en un mero compromiso para garantizar el uso del castellano en las escuelas catalanas. No hubo concreción de plazos, de reformas legales, de políticas activas. El Gobierno debería saber que no es bueno lanzar compromisos si no está seguro de que puede cumplirlos. Y en este objetivo tendría el respaldo abrumador de la sociedad española. De la misma manera que la aplicación del artículo 155 no conmovió los cimientos de Cataluña -incluso los ha reforzado-, quizás un cambio en las situaciones protegidas por el miedo a las consecuencias fuera igualmente poco traumático. Dicho de otro modo: la política monolingüística en Cataluña necesita un 155 también. Como era previsible, el PSOE no apoya la idea del Gobierno de Rajoy y opta de nuevo -como ha hecho con TV3- por mantener en manos nacionalistas los resortes esenciales para el intervencionismo en la sociedad catalana. Los socialistas quieren seguir teniendo un pie en cada orilla.