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Memorias de un Guerrero



(Existir es Resistir)



Updated: 2018-03-05T16:37:28.100+01:00

 



Epílogo

2009-10-25T13:00:15.327+01:00

Al menos, en esta ocasión, el camino se hizo algo más ameno. Por doquier nos cruzábamos con gentes a las que saludábamos o, incluso con algunos, los monjes se detenían a charlar un rato, compartiendo alimentos y lecho donde descansar, según la hora demandase. Mi desconcierto y enojo, a riesgo de parecer pesado, se produjo cuando comprobé que la carne que transportábamos iba más bien destinada a aquellas personas que nos encontrábamos y que aparentaban mayor precariedad que la nuestra. Que, por cierto, no eran pocas.Fue entonces cuando vislumbré, levemente, una de las diversas misiones que mis acompañantes desempeñaban por aquellos parajes donde parecían pertenecer. Además de guías espirituales de la comunidad, estas personas servían de lazo de unión entre las distintas clases sociales del lugar; recibían de los que más tenían y ofrecían a los menos favorecidos.Una labor encomiable y totalmente desconocida por mí hasta aquel momento, ya que ni tan siquiera la había visto ejercer a las personas que por vocación se les suponía, como debieran ser los hombres de ley, sacerdotes y demás dirigentes de cualquier nación....... Pero... no.... no, perdónenme un momento.Volviendo atrás en la lectura de mis escritos, compruebo que nada de lo dicho hasta ahora tiene fin alguno. Muchos son los textos sagrados y profanos que han pasado por delante de estos ojos ya cansados, y, en todos ellos, con independencia de la lengua utilizada en sus fonemas, cultura proveniente o lugar de procedencia, se dejaba entrever un mismo mensaje, una misma intención. De mil maneras distintas han sido dichas todas las verdades y mentiras del mundo, todas las opiniones, pensamientos, ideas o conjeturas, sin que haya nacido aún, que se sepa, persona alguna capaz de discernir entre lo verdadero y lo falso, lo exagerado o lo moderado, lo sensato y lo descabellado.Y me doy cuenta de que nada nuevo puedo aportar yo a este maremagno sin sentido, orden ni control, de cavilaciones y demás reflexiones hechas por el ser humano durante su corta existencia por este mundo, desde que aprendió a dejar impreso todo lo que pasaba por su mente, por irracional o incoherente que fuese.Demasiados han sido los que hasta ahora han tratado de embaucarnos con sagaces conclusiones; los que han pretendido convencernos de que sus existencias fueron las más emocionantes, increíbles o peligrosas; demasiados han querido instalar en cabezas ajenas creencias injustificadas, ideologías absurdas, ciencias controvertidas o, sencillamente, pensamientos procedentes de otras vidas que nada tienen que ver con la nuestra.Cierto es que también se han escrito infinidad de bellas palabras, poemas inspiradísimos, textos sublimes a los sentidos. Pero, para mi pesar, no veo yo que estas modestas memorias puedan encuadrarse en tan excelsa literatura, ni tampoco era esa mi intención cuando comencé con las primeras letras.Así que, en este punto, decido no hacerles perder más el preciado tiempo que les concede la vida, en su devenir efímero e imprevisible, aconsejándoles, si me lo permiten, que lo aprovechen en vivir sus propias experiencias, elaborar sus particulares hipótesis, errar y rectificar las veces que sean necesarias y, en definitiva, gozar del poco tiempo que les quede para presenciar, en toda su magnificencia, la grandiosidad de un mundo que no nos merecemos y que ha sido puesto a nuestra disposición en toda su plenitud.Salgan ahí fuera y disfrútenlo.Y, sobretodo, olvídense de este pobre guerrero que pasó por esta tierra como tantos otros lo hicieron y seguirán haciéndolo, sin pena ni gloria, ni mayor proeza que la de sobrevivir sin perder la sonrisa ni la capacidad de sorprenderse por cuanto le rodea.Hasta siempre.FINNota del autor: Ni que decir tiene que todo el contenido de este blog está a disposición libre de todo aquel que lo desee. No será gran cosa, pero es todo lo que tengo y lo que soy.Gracias por la fidelidad y las amables palabras.[...]



Capítulo Catorce

2009-06-22T08:00:13.718+02:00

El viaje se prolongó durante varios días de incesante e imperturbable caminar. Afortunadamente, mis amigos poseían un arcaico conocimiento sobre las plantas y frutos silvestres que pueden servir de alimento en caso de necesidad, así como los sorprendentes lugares donde la naturaleza oculta su bien más preciado: el agua fresca; un saber necesario, cuando se viaja de forma tan precaria a como ellos lo hacían. Aunque es de entender que así debe ser, si no, otra manera de actuar diferente conduciría sus pasos por este mundo. Esta sabiduría culinaria nos fue de gran utilidad para poder mantenernos fuertes y erguidos durante la marcha, pero debo confesar que eché de menos encarecidamente las chacinas y la carne tierna del cordero joven, las legumbres con elaborados condimentos de las tierras bajas y el buen vino que solían acompañarme en mis días de peregrinaje con la caravana de mercaderes. Estas hierbas, a las que ellos llamaban comida, apenas conseguían aplacar mi voraz apetito y, mucho menos, darme el placer de la buena mesa al que me había amoldado con facilidad durante mis últimos años. Pero es lo que había, y tuve que habituarme a ello, como tantas otras veces a lo largo de mi vida hube de hacer en diferentes situaciones. Es algo que agradezco profundamente a los hacedores: mi condición fácilmente mudable conforme la situación lo requiera. Tiempo atrás, muchos fueron a los que vi lamentarse sufridamente por no poseer esta disposición de flexibilidad en el ánimo. Y dado que la vida no es más que un ir y venir de circunstancias imprevistas, algunas incluso poco probables y sorprendentes, afortunado es aquel individuo capaz de amoldarse a los diversos devenires que su existencia le ofrece, por dolorosos e inesperados que sean. Aún así, me alegró enormemente la llegada a un pequeño grupo de tiendas construidas con grandes lonas, medio ocultas tras la ladera de un escarpado monte que se levantaba con gran poderío ante ellas. Pertenecían a gente humilde, dedicadas casi exclusivamente al pastoreo de una especie de reses totalmente desconocida por mí hasta aquel momento, de buen tamaño para la matanza y dóciles al manejo. Más tarde pude comprobar con asombro como obtenían de ellas prácticamente todo lo necesario para llevar una vida cómoda y desahogada; pieles para cubrir cuerpos y hogares, leche en abundancia y alimentos también de sobra para mantener a toda la comunidad. Que junto con la pericia en la recolección de diversas hierbas y frutas salvajes, al igual que hacían los monjes, parecían no necesitar nada más para una pacífica existencia. Y a pesar de no ostentar lujo alguno, a todos se les veía felices y agradecidos por cuanto poseían, ocupados en sus quehaceres ordinarios sin más pretensiones que el cumplir diariamente con la función que cada uno tenía encomendada, bien por su edad, sexo o habilidades varias. Nada que ver con el resto de pueblos y ciudades que quedaron atrás, por donde crucé con mis mulas cargadas de cuanto un ser humano podía codiciar de forma inexplicable, y que me voy a ahorrar el volver a describir, creyendo innecesario el ser tan repetitivo en asuntos desagradables. E incluso se permitían, sin ningún remilgo, celebrar festejos en días determinados, donde no faltaba la música y el baile, así como echar sus buenos ratos de ocio a cada atardecer. Francamente, aquel lugar me dejó perplejo y maravillado. Y yo que pensaba que en mi vida de mercader errante ya lo había conocido todo... Nuevamente hube de humillarme ante lo incognoscible del universo. La familiaridad con que los monjes fueron recibidos, me hizo comprender que no era la primera vez que pasaban por allí. Cada vecino se mostraba contento y halagado por acoger en su hogar al grupo que formábamos, algo que tuve que intuir por sus expresiones animosas, dado que el dialecto que usaban para comunicarse entre ellos aún me era del todo incomprensible. Me sorprendió gratamente el ser agasajado tan efusivamente con toda suerte de ofrendas, sobretodo p[...]



Capítulo Trece

2009-06-15T08:00:00.412+02:00

Llegados a este punto de la narración, creo conveniente hacer una aclaración, destinada, sobretodo, al lector curioso y ávido de respuestas. Desde la obligada huída de mi país natal, poco he hablado hasta el momento de mi relación con los todopoderosos dioses creadores. Y debo decir que me parece algo de primordial importancia dejar bien claro este tema antes de continuar, ya que es de sobra conocida la relevancia que inmerecidamente tienen en el devenir de acontecimientos, el temor que todo mortal concede a dichas divinidades. El hecho de que este temor sea causado por la ignorancia o por la fe, poco debe interesarnos, lo realmente importante son las consecuencias, tanto buenas como malas, que dichas creencias reportan a este mundo y a los que en él habitamos, de las cuales, tampoco yo pude verme libre. La larga peregrinación efectuada años atrás en pos de lucrativos negocios, me llevó a cruzar una cantidad de países y regiones de los más diversos. Ningún ser humano ocupado habitualmente en menesteres rutinarios que le obliguen a permanecer por siempre habitando un mismo lugar, podría imaginar nunca la cantidad tan inmensa de diferentes pensamientos, creencias y formas de actuar que se dan en esta tierra infinita, donde todos convivimos por igual. Debido a la limitación de mi memoria, me resultaría imposible detallar con pulcra precisión, toda la variedad de cultos y rituales destinados a las más dispares deidades que estos ojos envejecidos han podido contemplar con asombro y algo de admiración. Y aun pudiendo hacerlo, veo innecesario aburrirles con relatos que nada de interés aportarán a sus ya sobre alimentados cerebros, y que sólo conseguiría saturarlos aún más de inútiles conocimientos, algo de lo que imagino andarán sobrados. Confieso que en un principio, durante mis primeros años como incansable viajero, mis plegarias, ofrendas y sacrificios iban siempre destinadas a aquellos viejos dioses que dejé atrás, morando en el interior de las murallas que me dieron protección durante largos años, en mi más tierna infancia y en mi periodo de soldado aguerrido y fiel. También recuerdo que, en este tiempo, trataba inútilmente de hacer ver a mis compañeros de viaje la trascendencia que este culto sagrado tendría en mi vida y en mi posterior ida hacia el misterioso Más Allá. Pude comprobar con sorpresa como la mayoría de ellos se limitaba a escuchar y asentir simplemente, pero sin hacer el menor caso a mis advertencias, o incluso muchos se burlaban de mis palabras y de mis actos, diciéndome una y otra vez que ya me cansaría de perder el tiempo. Conforme íbamos pasando por los distintos pueblos en los que comerciábamos, pude observar el proceder habitual de mis compañeros de profesión más veteranos. Y así fue como me di cuenta de que, a pesar de que durante las marchas entre un lugar y otro, éstos no profesaban culto ni ritual alguno, al llegar a cada ciudad, se convertían en los devotos más pertinaces de la deidad de turno, adoptando la fe que en aquel lugar concreto acostumbrasen y dando a entender a los confiados ciudadanos y clientes que tenían las mismas tradiciones y creencias que ellos. Es de comprender que, al principio, todo esto me pareció extraño e incomprensible. Me resultaba algo de lo más absurdo, además de inútil; pensaba que ningún dios podría tomarlos en serio obrando de tal manera, mudando una y otra vez en sus credos y afirmaciones. De esa forma, jamás podrían obtener salvación alguna para sus espíritus errantes, ni favor alguno que les compensara semejante gasto. No hubieron de pasar muchos años cruzando diferentes regiones para comprender aquella conducta tan arbitraria. Como ya habrán podido adivinar los avispados lectores, tal manera de actuar tan sólo iba destinada a agasajar a los crédulos habitantes del lugar concreto en el que nos encontrásemos, propiciando de esta forma mejores ventas y, en consecuencia, mayores beneficios. Así de simple, aunque muchos se engañasen a[...]



Capítulo Doce

2009-06-08T08:00:00.674+02:00

Aquel encuentro fortuito en la humedad de las cavernas mientras arreciaba la tormenta y aquellas palabras concisas, sólo fueron la llave que abrieron en mi alma la esperanza de un mundo diferente y mejor, la consigna que hizo brotar en mi aletargada mente todo un aluvión de preguntas sin respuestas que hasta entonces ni me había planteado, al menos conscientemente. Con el tiempo transcurrido a mis espaldas, he dejado de ver aquel acontecimiento como un comienzo para empezar a entenderlo como algo que tenía que llegar, un paso más en mi arduo caminar por este mundo incomprensible. Pero sea como fuere, lo que sí es seguro es que supuso un cambio radical en el modo de vida que hasta entonces había llevado. Un cambio más de tantos, aunque uno muy importante. Le pregunté a aquel hombre si me permitirían acompañarlos a donde quiera que fuesen. Su respuesta no podía ser otra: “¿Y por qué no?”. Fue el preciso momento en el que dejé de ser un desahogado comerciante ávido de riquezas y expectativas futuras, para convertirme en un sumiso discípulo, pobre como la ratas y sin mayores perspectivas en la vida que las de la siguiente comida. Una locura. Como sospecharán, el despachar todas mis pertenencias no me resultó nada difícil. En un primer término lo vendí todo a buen precio, como correspondía al hábil comerciante en el que me había convertido. Debo reconocer que incluso en aquellos momentos de incertidumbre no pude evitar el seguir comportándome como el mercader sagaz y prudente que llevaba siendo durante tantos largos años, siendo incapaz de desprenderme de ninguna de mis posesiones sin antes regatear un precio justo; justo para mí, se entiende. El resto de compañeros acudieron a mí como las moscas al altar de sacrificios en cuanto les llegó la noticia de mi retirada del oficio. No comprendían mis motivos, claro que tampoco daban mucha opción a explicarlos debidamente, sus preocupaciones se centraban básicamente en hacerse con las mejores piezas que cargaban mis mulas al precio más ventajoso para ellos. Tampoco les importaba mucho el impulso que me conducía a cometer semejante locura, a pesar de las falsas palabras con las que se dirigían hacia mí en un fugaz y vano intento por convencerme de que todo aquello no eran más que tonterías mías de las que me arrepentiría más adelante. Al mismo tiempo me quitaban de las manos, prácticamente y con rapidez felina, lo que ellos codiciaban, supongo que temerosos de que mi arrepentimiento se produjese antes de lo esperado por ellos. Todo fue para nada. Mis esfuerzos por obtener el máximo beneficio posible fueron inútiles. “Todo ese oro conseguido será una pesada carga que tan sólo servirá para retener tu marcha, viajero”, me espetó cruelmente mi nuevo amigo, después de haber estado prudentemente observándome desde la distancia. Supongo que le resultaría divertido el ver mis trajines innecesarios con mis antiguos colegas de profesión. Ni tan siquiera permitió que me quedase con algunas de las mulas que me facilitase el camino, algo que no pude olvidar durante demasiadas jornadas de dura marcha entre las rocas afiladas y que hubieron de pasar muchos años para que comprendiese. Por supuesto, él no llegó nunca a prohibirme nada de forma tajante, lo hacía tácitamente, sin apenas palabras, casi con miradas y gestos, pero de una forma clara y contundente: o seguía sus reglas, o volvía mis pasos por donde había venido. No había otra opción. Fue lo primero que aprendí en su compañía, pero no lo último. Despojarme del dinero conseguido resultó aún más sencillo, como supongo imaginarán, aunque a mí me costó la misma vida deshacerme con tanta facilidad y premura de cuanto había conseguido durante años de duro trabajo y largo caminar. Aquello fue el colofón que necesitaban mis antiguos compañeros de viaje para convertirme en el blanco despiadado de sus burlas y comentarios. Siempre después de haberse hecho con su parte de[...]



Capítulo Once

2009-06-01T08:00:00.778+02:00

Pudiera parecer, por todo lo expuesto, que la vida errante del comerciante no sea proclive a la rutina y al aburrimiento, de hecho, fue capaz de mantenerme durante largos años con la mente despierta y libre del pesaroso tedio. Pero bien conocida es la tendencia de la raza humana a adquirir hábitos estables y monótonos, convirtiendo la existencia en un simple transcurrir del inefable tiempo, viendo crecer y encoger lunas, florecer y marchitar semillas y, en definitiva, acomodándose al paso sereno, pero tenaz, de las estaciones. También yo, como simple ejemplar de mi especie, al cabo de los años, llegué a caer en semejante suerte, viendo correr los días uno tras otro sin más inquietud en el alma que la de hallar nuevas formas de engañar al ingenuo comprador, con el honroso fin de obtener más ventajas por las transacciones entre ambos, haciéndole creer que siempre es él el beneficiado en el intercambio. Pero, al parecer, el germen de la audacia y el espíritu intrépido que albergó en mi corazón durante mi juventud, aún permanecía latente y a la espera de nuevas oportunidades donde dejarse sentir. La ocasión que le indujo a emerger de su paciente letargo llegó en uno de los innumerables viajes de la caravana a través de los escarpados montes que dividían países y culturas. Las nieves de la estación invernal estaban castigando nuestro paso por los elevados riscos algo más de lo habitual, obligándonos a detener la marcha una y otra vez. En una de estas paradas obligadas, quiso la fortuna, o el indeciso destino, que se cruzase en nuestro paso un pequeño grupo de extraños monjes peregrinos y decidiesen pernoctar en nuestra compañía. No era la primera vez que veía gente de semejante índole; solíamos tener frecuentes encuentros con personas de este tipo, tanto por los diferentes caminos que transitábamos, como en las distintas ciudades y pueblos por los que comerciábamos. Pero siempre se trataban de encuentros fugaces, no era gente que le gustase alternar con mercaderes, solían vivir de manera precaria y no eran amantes de alardes ni extravagancias, como lo son el común de los mortales. Así que tampoco nosotros les prestábamos la menor atención; simplemente nos parecían criaturas extravagantes, e incluso grotescas, dado el comportamiento tan inaudito que solían mostrar, viviendo con lo justo y necesario para mantener erguido el cuerpo dispuesto para la marcha, humillándose constantemente ante sus iguales o mostrando una incomprensible compasión por los desconocidos que sufrían aún una mayor pesadumbre. Por aquel entonces, mi ánimo ya se encontraba presto al cambio. Como hice ver anteriormente, el tedio había hecho mella en mi espíritu de tal manera, que incluso mis carnes comenzaban ya a abultarse por rincones de mi cuerpo que hasta ese momento me eran desconocidos. Habían sido varias las veces en las que me sorprendí imaginando escenas del más que posible futuro que me aguardaba de seguir aquella vida nómada y entregada por completo a la obtención de riquezas. Algo nada difícil, ya que muchos de mis acompañantes eran personas bien entradas en años y con muchos caminos polvorientos en sus sandalias; gentes que habían visto morir a muchos de sus camellos de puro cansancio y capaces de vender al mejor postor la más hermosa de sus hijas a cambio de un puñado de oro sangriento. Sinceramente, no me apetecía en absoluto acabar mis días envuelto en paños de fina seda y rodeado de esclavos sumisos y deseosos de ver mi final. Reconozco que el lujo y la holganza que mi modesta fortuna podría haberme aportado, me tentó en ocasiones a instalarme en alguna de las muchas ciudades por las que comercié. Por supuesto tendría que ser una donde la paz y la concordia entre vecinos imperase sobre todas las cosas; ¿de qué podría servir la comodidad de un hogar confortable sin disponer de un mínimo de seguridad? Pero he ahí donde radicaba el problema precisamente[...]



Capítulo Diez

2009-05-25T08:00:00.735+02:00

Pasé algunos años dedicándome a esta necesaria actividad de vender y comprar mercancías. Durante este tiempo, conocí muchas y diferentes ciudades, atravesé desiertos inhóspitos, ascendí altísimos montes intransitables, crucé espesos bosques y selvas plagadas de extrañísimas criaturas salvajes y navegué por mares repletos de peligros y maravillas. Infinidad de lugares que me eran totalmente desconocidos y que me hicieron comprender la inmensidad tan absoluta e inabarcable de esta tierra que nos da la vida, así como la insignificancia del ser humano en todo este misterio de la creación, accesible sólo para las también misteriosas deidades y sus caprichos temporales e incuestionables. Al mismo tiempo, también conocí una diversidad de personas como nunca antes ni después me había ocurrido. Pude comprobar como, dependiendo del lugar, las distintas poblaciones poseían también distintas costumbres; adoraban divinidades de toda índole, ofreciéndoles cultos, ofrendas y sacrificios que antes jamás pude haber imaginado; vestían con ropajes de lo más diversos, se alimentaban con productos diferentes, se entretenían con juegos y otras distracciones variadas... En definitiva, cada pueblo había desarrollado su propia cultura, y, cuanto más se alejaban los unos de los otros, más insólita y diferente iba resultando. Aunque había algo que a todos los unía, y era el deseo y la necesidad de adquirir productos nuevos y de otros lugares. De ahí la altísima importancia que alcanzó la actividad del comercio, llegando incluso a influir firmemente en la actuación de determinados gobiernos, reinados y templos sagrados. Recuerdo que al principio era incapaz de comprender como tantas personas intercambiaban las monedas, que tanto sudor les habría costado conseguir, por objetos aparentemente inútiles o repetidos. Veía a cientos de mujeres ansiosas por adquirir más y más vestidos y artículos sin otra utilidad que la de decorar casas y cuerpos, hombres sudorosos dispuestos para la lucha si no encontraban una determinada herramienta para su labor, a pesar de existir muchas otras que realizaban la misma función, o algún elixir desconocido que consiguiese embriagarlos más aún que los ya conocidos. Niños, jóvenes, adultos o ancianos, de distintas razas, credos y culturas corrían por igual a la llegada de las caravanas que venían cargadas de mercancías de lo más dispares. Un frenesí caótico que se apoderaba sin remedio de cada alma, de cada cuerpo y de cada mente, en cualquier lugar de este mundo conocido. El tiempo me ha ayudado a discernir sobre la necesidad de esa vorágine consumidora en el desarrollo y prosperidad de las distintas civilizaciones, aunque sea a costa de la pérdida de identidad y de libertad del individuo. En teoría podría parecer que el bien común prevalece sobre el individual, pero la práctica es bien diferente, ya que sí que existen siempre individuos particulares que salen muy bien beneficiados de este sistema a costa del resto. Pero como yo mismo fui uno de aquellos que supieron aprovecharse de la situación, debo decir que este aspecto de la naturaleza humana, que la hace mostrarse en todo momento ávida de emociones nuevas y curiosa hasta la saciedad por todo aquello que desconoce, es sumamente ventajoso para el devenir futuro de pueblos y ciudades. Soy consciente de que si mi situación fuese la contraria, viéndome postergado al lugar del pobre productor de bienes y utensilios, obligado de por vida, por su condición avariciosa, envidiosa e ignorante, a tener que consumir y adquirir toda clase de objetos a costa de su salud y esfuerzo, malgastando la que podría ser una vida de dicha infinita, digo que, si esa otra hubiese sido mi condición, con toda probabilidad ahora, en mi edad postrera, opinaría algo completamente diferente y opuesto a lo ya expresado. Espero sinceramente que nadie se escandalice ni me juzgue sever[...]



Capítulo Nueve

2009-05-18T08:00:00.053+02:00

Desde entonces todo resultó mucho más sencillo. A partir de aquella pequeña aldea, se abrían caminos pedregosos y polvorientos, hechos por la mano del hombre, que comunicaban unos lugares con otros; sólo tenía que seguirlos. Ante mí se anunció todo un mundo diferente y maravilloso. Decidí guiarme por el imprevisible instinto, como siempre había hecho, y dirigí mis pasos hacia el Este, siguiendo la ruta por donde llegaban y hacia donde se dirigían las pequeñas caravanas de mercaderes que frecuentaban aquellos parajes. Precisamente a una de ellas me uní, ofreciendo mis anchas espaldas a un humilde comerciante que portaba más carga de la que sus vetustas mulas podían llevar. El camino era placentero y entretenido, al menos para mí, que todo lo contemplaba con ojos fascinados. Me parecía increíble; el que otrora fuera un poderoso guerrero temido y odiado por todos sus rivales, convertido en un insignificante muchacho ignorante y torpe en todas las cuestiones que realmente importaban en este otro mundo para sobrevivir. Todo aquello me resultaba nuevo y desconocido, así que no dejaba de sorprenderme hasta de las más intrascendentes incidencias que se presentaban durante nuestra marcha. La novedad siempre coloca a nuestro espíritu en ese estado de zozobra y agitación más propio de un crío durante sus juegos. Y realmente así era, ya que advertí que al resto de mis acompañantes tan sólo les divertía mi infantil comportamiento ante las diversas circunstancias que para ellos sólo suponían mera rutina, como el hecho de que alguna de las bestias de carga se cansase de ejercer su penoso trabajo y decidiese tumbarse al sol, o las precauciones que algunos mercaderes tomaban para evitar el ataque de las fieras durante la oscuridad de la noche. Debo decir, sin temor a errar, que durante aquel tiempo de peregrinaje no dejé un solo día sin aprender infinidad de cosas desconocidas por mí hasta entonces, a cada cual más interesante y útil para esta nueva vida que me esperaba. Para mí resultaba algo completamente novedoso el intercambio de enseres, bienes y alimentos entre personas con el sano objetivo de la satisfacción mutua. En mi extinta tierra, todo lo necesario nos era suministrado por nuestros mandatarios, y cuando alguien necesitaba o se le antojaba algo extraordinario, simplemente lo tomaba por la fuerza, siempre que el poseedor fuese más débil, claro está. O más sorprendente me pareció incluso cuando ese intercambio se producía por lo que llamaban dinero, algo de lo que yo nunca antes había oído hablar y que no era otra cosa más que pequeñas piezas cilíndricas de metales preciosos, como el oro o la plata, a las que llamaban monedas. El uso correcto del dinero ha sido de las cosas más complejas que jamás he tenido que aprender, debido a la gran diversidad de monedas diferentes que existían, cada una de ellas con su propio valor. Además, los buenos mercaderes debían conocer bien las monedas de todos los países y regiones cercanas, ya que cada uno de ellos tenía la costumbre de fabricar su propio dinero, dificultando aún más su aprendizaje y manejo. Pero debo reconocer que el dominio de este arte supuso para mí una gran ventaja en adelante, y que gracias a ello he podido desenvolverme con mayor facilidad por las innumerables tierras que mis pies han pisado hasta el día de hoy. Shafar era el extraño nombre de aquel mercader humilde que tuvo a bien acogerme como aprendiz; por más lustros que enturbien mi avejentada memoria, nunca lo olvidaré. Él me enseñó todo lo que debía saberse sobre el intrincado oficio de las transacciones de mercancías con otros semejantes, algo que siempre le agradeceré. Yo a cambio, como ya he dicho, le ayudaba durante las largas travesías con el transporte de sus mercancías. Durante estas marchas por caminos polvorientos entre poblaciones, manteníamos entretenidas conversa[...]



Capítulo Ocho

2009-05-11T08:00:00.320+02:00

La desaparición de mi estimado compañero de infortunios, me permitió continuar mi camino con mayor celeridad y prestancia. En pocas jornadas pude alcanzar un pequeño poblado de campesinos y granjeros que se alzaba a escasa distancia del gran río. El largo trecho recorrido desde el día de la derrota y el apacible estado de la población que ante mí se abría, me hizo albergar cierta seguridad en mi ánimo, así que me aventuré a abandonar el amparo de los cañaverales y me dirigí con presteza hacia aquel lugar. Aquellos pobladores eran los primeros seres humanos, a excepción del fallecido príncipe, que veía en mi nueva vida de expatriado. Mi desaliñado aspecto de prófugo, me convirtió en víctima de extrañas miradas desconfiadas y recelosas. En principio, también yo temí por mi suerte; es habitual en el alma humana temer aquello que se desconoce, y esta regla universal no dejó de cumplirse tanto en ellos como en mí. Pero no es menos cierto que nuestra desconfiada condición muda con rapidez ante determinadas señales, también universales, y que en este lugar que nos ocupa tampoco dejaron de observarse. Tales señales fueron en mi caso la evidencia de encontrarme entre gente pacífica y trabajadora de la tierra, sin más ánimo que el de alimentar a su familia y el de obedecer los designios de los dioses frente a las adversidades. En lo que a ellos respecta, supongo que comprendieron pronto que un solo hombre, con aspecto cansado y hambriento, poco podía hacer peligrar sus tediosas vidas; aunque quiero pensar que también contribuyó a este fin mi semblante sereno y jovial, ya que, si algo importante aprendí durante mis años de convivencia, fue que una tez sonriente mostrando un buen entusiasmo, a veces logra abrir más puertas enconadas que la más acerada de las espadas. De esta manera, aquellas personas no tardaban en proseguir con sus atareadas labores de labranza y pastoreo tras mi paso. Tampoco me fue costoso el hallar gente dispuesta a ofrecerme un buen trozo de pan de centeno y una refrescante jarra de vino. Después de mi dieta casi exclusiva de pescado y pequeños roedores, aquellos alimentos me supieron como manjares de dioses, con lo que debo decir que aquel día fue uno de las más felices de mi vida, porque ni tan siquiera en mi antiguo hogar había gozado jamás de tanta hospitalidad desinteresada. El devenir de mi existencia me ha hecho comprender otra de las grandes verdades de este mundo, y es que siempre serán los más humildes y trabajadores los que mayor afecto muestren hacia sus semejantes, y se me antoja que este estado de servilismo no necesariamente tiene por qué deberse al temor del poder divino, sino que más bien es condición del talante tranquilo y libre de asuntos belicosos que alberga en el espíritu de los que sólo buscan el sustento merecido de los suyos, sin codiciar otros bienes ni intereses que no les corresponda por justicia o posición. Durante estos días de paz, también aprendí otra importante lección, y es que el gran imperio al que yo creía haber pertenecido en un pasado, y que iba camino de perderse en la memoria, no era más que una ilusión de mi estrecha mente de efebo. La plena contemplación a las rutinarias labores de aquella gente a la que me entregué en este breve tiempo, me hizo comprender la precariedad de un estado volcado casi exclusivamente en las ocupaciones de la guerra, como tal era aquel que me había visto nacer. No supuso una ardua tarea el llegar a comprender que es la correcta manufactura de la tierra y de los enseres cotidianos, lo que posibilita que un pueblo tenga una coexistencia estable y armoniosa, y que es en estos menesteres donde un gobernante inteligente debería poner verdadero empeño para hacer de su país una tierra próspera e imperecedera, si es que tal cosa pudiera existir. Para mayor humillación de mi persona, [...]



Capítulo Siete

2009-05-04T08:00:00.750+02:00

De esta manera fueron pasando los días sin que nada destacable alterase nuestra rutinaria labor, dedicada exclusivamente a la supervivencia. En ningún momento relajábamos la vigilancia; desconocíamos por completo los designios que moverían a nuestros enemigos, y éramos conscientes de que podrían en algún momento cruzar sus caminos con los nuestros, a pesar de que la ruta que habíamos tomado era contraria a la que conducía a su nación. Pero bien sabíamos que cuando un pueblo se hace fuerte, rara vez se conforma con una victoria, dado el afán de conquista y expansión que los dioses nos insuflaron en nuestras almas cuando nos crearon. De ahí que siempre tuviésemos en cuenta la posibilidad de que algún destacamento enemigo anduviese tras nuestros pasos. Para mayor seguridad, intentábamos en todo momento movernos bajo la protección de los cañizos y la abundante vegetación que se levantaba en los márgenes del río. A su vez, éste nos proporcionaba alimento, agua, higiene y la certeza de no errar nuestro rumbo hacia las tierras bajas del sur, donde pensamos podríamos estar a salvo de los pueblos bárbaros a los cuales, en otros tiempos, habíamos hecho morder el polvo bajo el yugo de nuestro incontenible ejército. Aunque en verdad, estos asuntos concernientes a nuestra seguridad, parecían preocuparme sólo a mí; el joven caudillo al que me unía ahora la amistad, aún se mantenía demasiado ocupado en arrancarse de la piel el apestoso olor de las incontables ciénagas que cruzábamos, o en protegerse, sin mucho éxito, de las temibles picaduras de los insectos que habitaban en aquellas charcas. Por más que yo trataba de convencerle de que el lodo, a pesar del olor, era el mejor remedio contra tales eventualidades, él no hacía caso, resistiéndose una y otra vez a dejar su piel cubierta del barro maloliente. Aún era pronto para hacer desaparecer de su inconsciencia los hábitos adquiridos durante largos años en la casa real, viviendo rodeado de altos muros protectores y con todo tipo de aceites aromáticos a su alcance que le habían permitido vivir alejado de los hedores que emanaba el mundo real. Su anterior vida de lujos y placeres desmedidos aún pesaba demasiado sobre su aturdida mente y, por qué no decirlo, también sobre la mía, ya que me veía obligado a aguantar durante gran parte del día y de la noche sus constantes quejas: le molestaba el tórrido calor proveniente del sol en su cenit, la nocturna brisa refrescante, el persistente roce de la espinosa vegetación sobre sus miembros entumecidos e incluso el tenaz ulular del viento largo a través de las cañas que anunciaba el cambio de estación. Su falta de costumbre en largas caminatas a pie, también me obligaba a detenerme con frecuencia, algo que tampoco me preocupaba mucho, ya que desconocía si nuestro incierto destino sería mejor que el que dejábamos atrás o, por el contrario, encontraríamos en nuestro camino un final más amargo del que huíamos. Pero como digo, esta incertidumbre no parecía hacer mucha mella en el ánimo de mi acompañante, el cual había dejado toda la responsabilidad de las decisiones importantes del viaje sobre mí. Se ve que tampoco estaba muy habituado a tener que decidir sobre cuestiones relevantes, y pronto comprendió que le sería de mayor provecho el dejarse llevar por mis disposiciones, dada mi más extensa experiencia sobre territorios inhóspitos y salvajes desconocidos para él. No me atrevería a augurar si fue la falta de experiencia o el infortunio, lo que deparó el angustioso final que las deidades tenían escrito para el que nunca llegó a reinar. Lo cierto es que una mala mañana abrió los ojos tras un amargo sueño lleno de delirios, con la piel ardiente y sudorosa. El temblor hipnótico que le recorría todo su ser, me hizo comprender con prontitud el mal[...]



Capítulo Seis

2009-04-27T08:00:00.887+02:00

Pero estas tribulaciones no pudieron atormentar durante largo tiempo mi cansado espíritu, ya que sólo me vi obligado a pasar tres jornada sin compañía. A la mañana del cuarto día como prófugo solitario, algo más relajado por la distancia recorrida y mientras me disponía a intentar capturar alguno de los escurridizos peces que poblaban el río para aplacar el hambre, mi aguzado oído me puso en guardia de nuevo. El trotar lento de un caballo a través de la maleza era un sonido inconfundible. Oculto y con el acero afilado aferrado fuertemente a mi mano, pude ver como se acercaba serenamente el animal en busca, sin duda, de un trago de agua fresca; su respiración agitada y el pesar que le embargaba, me hicieron sospechar que había cabalgado durante largas horas de manera precipitada. En un principio, al verle asomar la cabeza del color del barro mojado por la crecida hierba, me alivié, bajando la guardia al pensar que nadie lo montaba, pero cuando lo tuve a tan sólo unos pasos, mi corazón volvió a acelerarse torpemente. Un error así podría costarme la vida. Sobre su grupa llevaba un jinete, sólo que éste no iba erguido, como era la costumbre, sino que se encontraba echado pesadamente sobre la crin del animal y con los brazos rodeando su formidable cuello. Parecía no existir amenaza alguna, aunque permanecí oculto y en alerta hasta estar completamente seguro de que se trataba de un jinete solitario. Cuando lo tuve por entero a la vista, me sorprendió gratamente el hecho de que el caballo llevase el faldón propio de la caballería de nuestra insigne nación y el jinete vistiese ropajes bien conocidos por mí. La persona que se encontraba desvanecida sobre el cobrizo animal, no podía ser cualquier conciudadano, supe que se trataba de algún personaje honorable, porque su rica vestimenta correspondía a la usada por los ilustres habitantes del palacio real. La fortuna parecía que me volvía a sonreír, o al menos eso creía yo. Siempre con extrema cautela, me hice con el real cuerpo dejándolo reposar en la hierba húmeda mientras su montura calmaba la sed visiblemente aliviada. Y fue entonces cuando le reconocí. Se trataba, ni más ni menos, que del príncipe Jartum, el primogénito del rey, el sucesor de la corona de tres puntas. No daba crédito a lo que veía, hasta hacía sólo unos días, para mí, aquel hombre que yacía moribundo a mis pies, había sido casi como un dios, alguien inalcanzable. Nunca antes había estado tan cerca de un personaje tan célebre y notorio; recuerdo que incluso me sentí torpe e indigno de su presencia, habituado como estaba a contemplarlo gallardamente en la distancia, ataviado con ricas ropas de fino lino tejida con hilos de oro y siempre rodeado por los más fieros y aguerridos soldados que componían su guardia personal. Pero eso fue antes de caer en la cuenta de que ya no tenía reino que gobernar ni súbditos a los que fustigar... exceptuándome a mí, claro. Como el fiel servidor que había sido siempre, me precipité al agua para darle de beber de mis propias manos, con la humilde intención de reanimarle. Al segundo sorbo reaccionó. Tosiendo convulsamente, entreabrió los ojos y pude comprobar que aún estaba más asustado que yo. Sin apenas verme, se incorporó de rodillas aceleradamente, profiriendo alaridos incomprensibles para mí y protegiéndose la cara con los brazos como un niño acobardado por el aullido de las alimañas nocturnas. Tan sólo pareció tranquilizarse al verme ante él, humillado y con la frente tocando el suelo en posición de sumisión, como mandaban nuestras leyes; ni siquiera me atreví a pronunciar una palabra que pudiera incomodarlo, por temor a ofender su sagrada persona. No podía olvidar que injuriar o profanar a un personaje de la realeza era castigado con la muerte. Aún[...]



Capítulo Cinco

2009-04-20T10:41:11.694+02:00

Aletargado, en ese estado de semiinconsciencia, permanecí durante interminables horas, hasta que el frío me caló en los huesos obligándome a reaccionar. Lentamente, y cobijado aún por las horas desprovistas de sombra que la noche nos otorga, fui arrastrándome como una culebra asustada hacia parajes más cerrados y cubiertos de profunda vegetación. Me incorporé con toda la precaución que un cuerpo tembloroso y dolorido puede proporcionar, avistando los cuatro puntos cardinales en busca de movimientos sospechosos y con el corazón palpitante por la incertidumbre de los acontecimientos que estaban por venir. El ser humano es un animal curioso; nos quejamos continuamente por las prohibiciones y el hostigamiento a que nos someten sin piedad nuestros líderes, compartimos con gran pesar nuestros escasos bienes con los dioses que nos protegen, proclamamos nuestras ansias de libertad a los cuatro vientos, pero cuando ésta nos abre sus puertas, nos sentimos solos y abandonados, perdidos en una inmensidad incomprensible, desamparados y con la mente desbordada de temores y sospechas inexplicables. Hasta hacía muy poco tiempo, yo era un soldado fuerte y valeroso, temido por todos, ni aun rodeado por los más bravos contendientes me temblaban las piernas ni se me afligía el ánimo, me sentía poderoso y dueño de mis actos y de mi conciencia... Y sin embargo, en ese momento de orfandad, sin ningún bruñido hierro amenazando mi cuello y libre del látigo que en tantas ocasiones me había horadado la espalda, me sentía la persona más desdichada y necesitada que poblaba esta tierra inmisericorde. En aquel momento comprendí otra gran verdad: en el fondo, todos los seres necesitamos un orden establecido, algo o alguien que guíe nuestros pasos por caminos ya empedrados, aunque no sea el mejor ni el más seguro de los caminos. No sólo me conmovía por la pérdida de mi hogar y de mis compañeros y conciudadanos, también, y para mí era lo peor de todo en aquellos momentos, me sentía olvidado por las divinidades que otrora velaran por mi seguridad. ¿Cómo en semejante situación de precariedad podía ofrecerles los sacrificios y ofrendas que requerían de mí para que continuasen protegiéndome? Mi desgracia había alcanzado límites extremos, no se podía caer más bajo, a una muerte lenta y agónica le seguiría un eterno vagar por el cavernoso Abismo, donde los más crueles demonios de las profundidades atormentarían mi alma hasta el final de todos los tiempos, ya que nadie sepultaría mi ajado cuerpo rodeado de enseres y alimentos para el viaje infinito, como mandaban las leyes, y mi carne terminaría sirviendo para engordar a sucias alimañas carroñeras.Con la cabeza confundida por semejantes reflexiones, corrí cuanto pude ciego de espanto y de dolor, alejándome más y más de todo lo conocido y adentrándome con torpe impaciencia en la oscuridad de lo inexplorado. Corrí sin parar hasta que la luz ambarina del astro soberano empezó a filtrarse con timidez por los cañaverales que me amparaban. La temporada de lluvias parecía haber remitido para siempre; era evidente que los dioses daban paso a una nueva edad, donde los registros de la que fue mi nación habían quedado archivados para las memorias venideras. Estaba por comprobar si también mi huella sería un apunte del pasado o aún se me permitiría perforar nuevos trazos en el barro en el que se inscribiese esta nueva época que ahora empezaba a asomar.La luz del día suponía una nueva amenaza para mi seguridad y para la libertad recién adquirida. Sabía que me encontraba lejos de la ruta hacia el este que seguirían de vuelta a casa los hombres de ojos rasgados que habían aniquilado a mi pueblo. También conocía la imposibilidad de volver a mi antigua ciudad; allí el botín era [...]



Capítulo Cuatro

2009-04-13T08:00:00.606+02:00

No puedo dejar de narrar en estas memorias, con rigurosa pulcritud, aquel nefasto día para el pueblo que me vio nacer, pero afortunado para mí; el día en el que dejé de ser un disciplinado soldado vulgar, integrado en el más temido de los ejércitos conocidos, para convertirme en el solitario guerrero perseguido y sin otra causa más que la de su propia vida, que llevo siendo hasta el día de hoy, cincuenta y dos años después.El invierno estaba resultando más despiadado de lo habitual en la región. La muerte precedida por agitadas fiebres y convulsos dolores corría imparable e impunemente bajo nuestros pies, impulsada por las rancias aguas corruptas que anegaban las tierras sobre las que acampábamos, donde las gélidas lluvias no habían dado tregua en toda una interminable estación. En tan calamitosa situación, la mitad de los que aún sobrevivíamos se encontraban enfermos o moribundos, y el resto estábamos hambrientos, asustados y muy desesperados.Con veintiséis años a mis espaldas, habiendo participado en cientos de cruzadas y con incontables enemigos atravesados por la afilada hoja de mi espada, me podía considerar como uno de los más maduros y curtidos de los militares que componían nuestra numerosa tropa de a pie, algo que, junto con la incomprensible fortuna, me ayudó a mantenerme lo más entero e incólume posible frente a aquel inesperado enemigo climático que se había llegado a convertir en el peor y más mortífero de los rivales contra los que nuestros soberanos tuvieron que lidiar jamás.Esta determinante circunstancia de debilidad no supuso más que el preludio del ocaso del temido Imperio al que pertenecía por entonces, a pesar de que en ningún momento pudimos sospechar que éste tuviese fecha de caducidad. Al menos los más humildes ciudadanos, que vivíamos ajenos y en la más completa de las ignorancias en lo que respecta a los altos asuntos políticos que se fraguaban a nuestras espaldas, en el interior de las alejadas estancias del impenetrable palacio que servía de residencia a la notable realeza que imponía nuestros designios venideros con total frialdad y despotismo.De manera que, aquel venerado monarca autoproclamado dios y dueño de nuestras vidas, tuvo a bien, quiero pensar que ajeno a la lamentable situación de su otrora poderoso ejército, enviar las tocadas tropas al encuentro de uno de los más tenaces enemigos con los que nunca antes tuvimos que combatir. El inquebrantable pueblo de los hombres del oriente había aprovechado con paciente inteligencia nuestro período de pujanza y desidia para fortalecer y engrandecer enormemente el regimiento motivado, que en mejores tiempos fue vencido por nuestras entonces superiores huestes, de modo que, conocedores de la actual situación de miseria de sus eternos rivales, decidieron que aquel era el momento propicio para lanzar la tan esperada ofensiva contra nuestra gente.El encarnizado y desigual encuentro tuvo lugar en las llanuras del este, a tan sólo media jornada de distancia de las murallas de la ciudad, con lo que todos sabíamos que el peligro era latente para los que allí habían quedado. Si conseguían doblegarnos, nuestras mujeres e hijos, junto con el resto de conciudadanos civiles, quedarían a merced de lo poco que pudieran hacer las exiguas defensas militares que guardaban los muros. El enemigo no tendría piedad con ellos, al igual que nosotros nunca la tuvimos con su raza.Nuestra entrenada fiereza y la eterna e insaciable sed de sangre enemiga que siempre nos había caracterizado, hicieron esperar más de lo previsto el inevitable desenlace de aquella contienda. Vendimos bien caro nuestro pellejo, luchamos como leones intentando conquistar un pedazo de carne fresca, nos lanzamos hacia el enemigo como siempre l[...]



Capítulo Tres

2009-04-06T08:00:00.800+02:00

Aquella guerra sólo fue la primera de muchas otras que me tocó lidiar durante los siguientes años. Podíamos cambiar de rey o incluso de dioses a los que ofrecer nuestros sacrificios, pero ni a unos ni a otros les faltaban nunca motivos para entablar feroz combate con cualquier otro pueblo que mostrase valor para aproximarse a nuestras fronteras.Hasta entonces, mi corto entendimiento juvenil me hacía pensar que todo el mundo vivía igual que nosotros, en un constante estado de alerta o en guerra abierta todos contra todos. Cuando con el tiempo advertí que era siempre nuestro pueblo el que se declaraba enemigo del resto, me explicaron que éramos una antigua raza de guerreros, y eso justificaba plenamente la ambición de poder que nos conducía incesantemente a masacrar a otros seres humanos por el simple hecho de poseer tierras y riquezas que podían sernos de utilidad.La realidad era mucho más sencilla: nuestra civilización había hecho de la guerra su único medio de subsistencia; simplemente necesitábamos para vivir los recursos que otros pueblos vecinos conseguían con mucho esfuerzo y el sudor y la fatiga de sus humildes ciudadanos. Aparte de ampliar sin límite las fronteras del insigne Imperio, nuestros soberanos eran expertos en explotar con extrema frialdad y crudeza todo aquello aprovechable que pudiesen tomar por la fuerza: esclavos para trabajar la tierra, mujeres jóvenes para la reproducción y el goce, niños sanos que engrosasen aún más el robusto ejército del Estado, ofrendas para las agradecidas deidades, ya fuesen animales o humanas... Ni que decir tiene que lo que no resultaba de utilidad alguna, sencillamente era aniquilado sin más. En definitiva, la guerra era nuestra razón de ser, y por ello éramos temidos y odiados en todos los confines de la tierra conocida, allá donde alcanzaba nuestra fama de salvaje ferocidad y crueldad extrema. Claro que para todos mis conciudadanos, incluidos los más altos dirigentes, los confines de la tierra conocida abarcaban lo inconmensurable, lo infinito, cuando la realidad era bien diferente, como pude comprobar más adelante.Pero como decía, todo esto resultaba ajeno a mi precario intelecto durante mi niñez y juventud, cuando apenas tenía tiempo siquiera de plantearme cuestiones de otra índole que no fueran las puramente militares que pertenecieran a mi humilde rango. Por entonces no podía comprender por qué los esclavos se sublevaban continuamente contra sus amos negándose a asumir con dignidad su condición de derrotados en una lucha de igual a igual, poniendo en peligro sus precarias vidas una y otra vez; o por qué las jóvenes y bellas mujeres extranjeras tenían que ser forzadas a entregarse a nosotros y lo hacían con el rostro afligido y humedecido por las lágrimas, en vez de sentirse orgullosas de tener el privilegio de perpetuar nuestra notable y superior estirpe. Claro que tampoco era capaz de entender la desolación y la amargura que las envolvía cuando sus hijos tenían que ser sacrificados por nacer con alguna deficiencia, o debido a su debilidad al caer enfermos prontamente tras los prematuros baños en las gélidas aguas del río a los que se sometía a los infantes durante sus primeros días de vida, y con los que debíamos continuar hasta que la muerte nos llevase, con el noble objetivo de hacer guerreros fuertes e inmunes a cualquier enfermedad; para mí, aquello resultaba de lo más natural y necesario para el mantenimiento de la raza, y así trataba de explicárselo a las acongojadas muchachas con las que rara vez podía tratar, aunque, debo reconocer, que sin mucho éxito.Lo cierto es que, para un simple soldado como yo, la vida fuera del acuartelamiento no tenía mucho sentido. Tras aquellas murall[...]



Capítulo Dos

2009-03-30T08:00:00.916+02:00

El día se presentaba luminoso. El tímido sol naciente que asomaba por la huidiza línea del horizonte, apenas hacía presagiar el baño de sangre que en breves instantes cubriría el valle seleccionado por los sacerdotes, de acuerdo con las deidades guerreras, para la masacre. A los primerizos nos colocaron en mitad del destacamento, tras los jinetes y los soldados de infantería más aguerridos, armados con espadas, hachas y machetes, y protegidos por una exigua armadura que tan sólo nos cubría parte del desnudo pecho, el yelmo característico de nuestro ejército y un escudo que todos coincidíamos que resultaba demasiado pequeño, y que pronto muchos pudieron comprobar lo acertado de la apreciación.Una vez vencidos los primero embates de los arqueros enemigos con los escudos en alto, el temible encuentro no se hizo esperar. La barrera protectora de los veteranos a caballo apenas sirvió para retrasar unos pocos segundos nuestra entrada en acción. El griterío era ensordecedor. En esos breves instantes de desconcierto, y antes de enfrentarnos a nuestro primer rival, ya habíamos visto más sangre derramada que en todo nuestro pasado, ya muerto y olvidado.Todas las pautas arduamente aprendidas durante tantos años para despreciar el miedo pasaron a la historia en cuanto vi caer justo a mi lado a uno de mis más apreciados compañeros de fatiga con la cabeza destrozada de un hachazo y las tripas desparramadas por el suelo, fruto de una certera estocada que le produjo un soldado bárbaro que entonces me pareció un gigante inmortal. Yo me esforzaba inútilmente por recordar todo lo que mis maestros habían tratado de enseñarme en mis años de instrucción, pero el penetrante hedor de la sangre caliente, el fragoso estruendo de miles de hierros entrechocando, los insoportables alaridos de los mutilados y la agonía de los moribundos a mi alrededor, me impedían siquiera concentrarme lo más mínimo en la espada de mi contrincante, tal y como tantas veces me habían repetido que hiciera. Creo que fue entonces cuando comprendí la importancia y el valor de la providencia en nuestro devenir por el mundo, algo que ningún maestro se había dignado a enseñarnos durante nuestro apresurado aprendizaje.Por algún motivo incomprensible, la diosa Fortuna quiso que yo sobreviviese a aquel trance, haciendo que mi primer glorioso combate tan sólo durase para mí apenas unos terroríficos instantes de total confusión, justo hasta el momento en el que me cayó encima el cadáver de un enorme y pesado soldado enemigo que me dejó completamente fuera de combate durante toda la contienda.Intuí que con un poco de esfuerzo podría librarme de tan indigna prisión que me impedía cumplir con mi bravo deber de soldado, pero, justamente en aquel inquietante momento, aprendí lo que el temido e inevitable miedo era capaz de hacer con una persona. Mi cuerpo quedó paralizado, incapaz de mover un solo músculo, mi aturdida mente se negaba a enviar ninguna orden racional o alentadora que me ayudase a afrontar la humillante postura en la que el destino me había colocado; simplemente me quedé inmóvil, observando aterrado, con el corazón palpitando ferozmente y sin poder controlar los temblores que invadían la totalidad de mi minúsculo e inexperto cuerpo infantil.El robusto miliciano que yacía sobre mi famélico cuerpecito y me servía de parapeto, no me impidió contemplar con horror y desolación el desenlace de la feroz refriega que se estaba produciendo sobre mi atormentada cabeza de crío. Por ningún lado podía ver el honor, la gloria o la dignidad de la que tanto nos habían hablado en lo que allí estaba aconteciendo. Lo que sí podía ver, con espantosa claridad, era mucho mie[...]



Capítulo Uno

2009-03-23T08:00:00.981+01:00

Aún recuerdo, con una nitidez aterradora, mi primer combate real, la batalla que puso fin a la ingenuidad de mi infancia e inició el rápido proceso de conversión hacia la brutal e irracional alimaña asesina en la que llegó a transformarme el tiempo, batalla tras batalla, golpe tras golpe. En aquella ocasión fueron los bárbaros del norte los elegidos para medir las fuerzas de nuestro poderoso ejército. Pero quienes fueran es lo de menos, lo realmente importante era que por fin había llegado el momento de poner a prueba el largo y penoso entrenamiento al que había sido sometido prácticamente desde el mismo día de mi nacimiento.Con la edad en la que la gran mayoría de las criaturas aún temen a su propia sombra, intentaron convencerme, y lo consiguieron, de que había sido tocado por el sagrado dedo de los dioses, los cuales habían decidido para mí, así como para tantos otros, un glorioso destino como guerrero. Con lo que pasé a engrosar prontamente el privilegiado y envidiado grupo de los infantes destinados al campo de adiestramiento militar del Estado. Por entonces, mis ojos tan sólo habían visto pasar cuatro entrañables primaveras.Ahora ya sé que, más que del impenetrable designio de los dioses, mi destino fue producto de la meritoria labor de mi padre durante largos años como sumiso miembro del ejército regular a las órdenes de nuestro excelentísimo y todopoderoso rey Melquiser, como casi todos los hombres nacidos bajo el estandarte del Reino. Las misteriosas deidades tenían problemas más importantes y urgentes en los que ocupar su infinito tiempo que el devenir de una pobre criatura nacida en la más humilde y oscura tienda levantada en el más lejano y olvidado páramo de la menor de las regiones que componían nuestro basto Imperio.Había sido entrenado para soportar los más terribles dolores, para aniquilar sin compasión a todo enemigo que se cruzase en mi camino, me habían adiestrado en el arte de la guerra y en el manejo de las diversas armas con las que contaba nuestro magnífico regimiento, como la espada corta, el machete, la jabalina o la doble maza; también me habían mostrado la manera de alejar el miedo de mi espíritu, de modo que no presentase el menor temor a la hora de lanzarme sin reservas contra el más valeroso de los contendientes. Había sido hábilmente instruido para la defensa y el engrandecimiento de la notable patria que me alimentaba y me daba cobijo, e incluso había sido educado para arrojarme a los brazos de la insondable muerte en nombre de nuestro amado rey en caso de que así fuese dispuesto por los arcanos deseos de los dioses. Tanto mi cuerpo como mi mente se encontraban plenamente preparados para enfrentarse al más temible de los ejércitos enemigos que se terciasen.Al menos en teoría.La práctica fue bien diferente a cuanto podíamos haber imaginado todos los que, al igual que yo, nos disponíamos a acometer nuestra entrada por la puerta de servicio en la áspera realidad de la vida.También nos habían hablado extensamente del honor del guerrero; los soldados más valientes y veteranos, nuestros héroes por aquel entonces, nos hablaban con admiración y devoción sobre el recóndito arte de la guerra, sobre el sagrado privilegio de afrontar el paso al Más Allá luchando por nuestro venerado y divino rey; nos repetían hasta la saciedad que no existía mayor honra para un hombre que su nombre fuese recordado hasta el infinito gracias a su valor en el campo de batalla y que los poetas compusiesen odas y cantos sobre sus victorias que embelesasen el fino oído de las damas que frecuentaban los templos y palacios reales. Nos habían hecho creer que éramos invencibles guerr[...]



Prólogo

2009-03-16T13:26:59.300+01:00

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Reconozco que no soy nadie como para pretender que mis palabras desafíen al tiempo más allá de lo establecido por la ley natural. Tampoco son mis intenciones establecer nuevas consignas, ni mostrar nada que no haya sido dicho ya bajo el sol. Bien es sabido que existen textos escritos, algunos de ellos llamados “sagrados”, que lograron despertar algunas mentes más lúcidas en momentos determinados, pero para mi pesar, aún no conozco ninguna letra impresa que haya logrado agrandar en algo el corazón de toda la humanidad, haciendo mudar a esta raza llena de contradicciones a la que pertenezco de ese estado de ceguera permanente en el que parece haberse quedado estancada.
Así que culpen al siempre desafiante ego de este pobre anciano, de querer traspasar los límites impuestos por los divinos creadores para dejar huella sobre esta tierra maltratada. Porque supongo que sólo es esta manía del ser humano de transgredir las leyes divinas, la que me ha llevado, pasando por encima de la razón, a dejar sobre el pergamino todo aquello que en mi ajada memoria se agolpa, condenándome en mi postrera vida a soportar el peso del implacable tiempo.
Quizás mi intención no sea otra más que la de librarme de tan molesta carga, aunque algo me dice que poco podré lograr acongojando a otros de mis pesares e infortunios. Juzguen ustedes mismo, sufridos lectores, si el fruto de mis desvelos en estos últimos años que me ven morir, ha merecido la pena o, por el contrario, tan sólo ha supuesto otra pérdida de tiempo más, de tantas otras que se sumarán a las ya almacenadas sobre mis doloridos huesos. Si de algo me ha servido mi incansable curiosidad en tantos años vividos, ha sido para comprender la desconfianza que debería producirnos cualquier palabra escrita por un desconocido. Nada que ver con la transparente sinceridad que se desprende de la actitud incuestionable del hombre de bien, aquel que en todo momento dio muestra patente de su sabiduría a través de sus actos, y que siempre podremos ver y escuchar sin que ninguna sombra de duda nos nuble la razón.
Sea como fuere, cuando sus ojos se posen sobre estas letras que aquí les ofrezco, no dejen nunca de olvidar que mi persona ya sólo será un puñado de polvo y ceniza volando al viento del oeste, y que mi caprichosa memoria, como la de cualquier humano, nunca ha dejado de mezclar los recuerdos de su vida con los sueños del pasado, ilusiones del presente y espejismos de un futuro esperado y que nunca aconteció. Así que tengan compasión y apiádense de este desdichado viejo que un día soñó con la libertad, albergando en su corazón la única esperanza de morir en paz.





A mi amiga Raquel

2009-02-25T13:30:30.991+01:00

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Rompo mi silencio temporal para informar de algo que me duele en el alma, y no podía callar.
Una buena amiga, de esas de las de verdad, de esas de las que van quedando pocas, está pasando por una mala racha. Les hablo de nuestra querida compañera bloggera Raquel Sultana, del blog El Piano Huérfano. Blog que ya no existe, porque ella se ha visto obligada a suprimir, a pesar de ser uno de los más seguidos y admirados que conozco.
Y lo ha tenido que hacer porque está siendo acosada impunemente por alguien que no voy a nombrar, porque es algo que sólo a los afectados compete.
Sólo quería expresar mi rabia, mi impotencia y mi solidaridad hacia Raquel, que se ha visto arrastrada a esta situación lamentable simplemente por ser como ella es, una persona amable, cariñosa, transparente y muy emotiva.
Desde aquí, Raquel, sólo puedo decir que espero volverte a ver pronto repuesta de este duro golpe, escribiendo desde el corazón, como siempre has hecho, y libre de toda culpa y remordimiento, como siempre ha debido ser.
No olvides que tu piano ya dejó de ser huérfano hace mucho tiempo, porque ahora tiene muchos amigos que esperan impacientes volver a escuchar sus apasionantes notas y exquisitas melodías.


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Un fuerte abrazo, amiga, y hasta siempre.






La Revolución del Manifiesto

2009-02-05T19:18:23.502+01:00

Todos los chicos esperaban impacientes aquel momento mágico que se producía cada noche de luna llena. El cielo nocturno lucía un centelleante manto de estrellas titilantes, y el satélite rey se mostraba majestuoso y autoritario, conocedor de su supremacía absoluta en las noches cálidas del verano. Corría una ligera y agradable brisa proveniente del cercano océano que haría la velada aún más placentera para el grupo de jóvenes que ya se habían reunido alrededor de la hoguera, bajo el cielo raso y protector.El anciano retrasó a propósito su llegada unos momentos; le gustaba crear expectación, aunque sabía que no era necesaria. Cuando su figura desgarbada apareció bajo el resplandor de las llamas, no pudo reprimir la sonrisa que le provocó la algarabía de los más pequeños. Siempre se repetía el mismo ritual. Con mucha solemnidad y en silencio, como solía acostumbrar, tomó asiento en el lugar habitual, aquella pesada roca que reservaban sólo para él.Y tras un breve, pero intenso instante, cuando las únicas voces de la noche provenían de los grillos y las lechuzas, comenzó su relato ante la mirada atónita e ilusionada de todos los presentes.–Cuenta la leyenda, que en el albor de los tiempos, cuando la civilización era aún joven e inexperta, esta misma tierra que pisamos vio nacer una casta de personas muy enigmática y sorprendente. Os preguntaréis por qué, ¿verdad? –hizo una pausa mientras esperaba interrogante los gestos de afirmación de los muchachos–. Pues bien, yo os lo diré. Estos hombres y mujeres resultaron ser tan especiales porque ellos mismos tuvieron el valor de encumbrarse en las elevadas posiciones hasta entonces reservadas a las más poderosas deidades.–¡Ohhhh! –exclamaron algunos.–Sí, como lo oís –prosiguió–. Claro que todo resultó ser una falsa ilusión creada por ellos mismos, como sabéis nadie puede sobrepasar en poder a las más altas fuerzas de la naturaleza que nos gobiernan. Pero lo importante es que ellos lo creían así, y en consecuencia actuaban de manera alocada e imprudente pensando que nada ni nadie podría jamás desplazarles de ese lugar privilegiado que estaban convencidos de poseer.–¿Y qué hacían? –interrogó uno de los mayores con curiosidad.–Eso mismo es lo que voy a contaros ahora. Prestad atención porque estoy seguro de que os resultará imposible de creer.»¿Cuál pensáis que será el mayor de todos los poderes que una divinidad puede otorgarse? –interrogó expectante. Y sin esperar respuesta, continuó la narración–. El de dar o quitar la vida caprichosamente. Pues efectivamente eso es lo que hacían estos humanos sin miramiento alguno. Y no creáis que se limitaban a hacerlo sólo con otras especies, no, también, y esto es lo peor, se creían con el derecho de eliminar a otros muchos seres de su misma especie.–¡Aaaalaaaa! –se oyó al fondo.–¿Y con qué objetivo hacían algo así? –quiso saber alguien.–Eso precisamente es lo más sorprendente de todo. El único afán de aquellos que se creían con más poder, era sólo mantenerlo o conseguir aún más. Pero lo curioso es que este poder supuesto no les hacía más dichosos, ni les confería mayor conocimiento o sabiduría, muy al contrario, los mantenía constantemente en tensión y asediados por múltiples peligros y amenazas que los forzaban a continuar matando una y otra vez. De esta manera jamás podían vivir en paz y armonía entre los suyos, porque la alerta era permanente para estas personas, y se veían obligados a vivir rodeados de medidas de seguridad y custodiados por ejércitos fu[...]



Manifiesto por la Solidaridad

2009-01-30T08:55:32.489+01:00

Hoy es el día en el que decenas de bloggueros hemos decidido unir nuestras fuerzas y todo nuestro potencial por una causa común y solidaria. Ayúdanos a que las decenas se conviertan en centenas, y las centenas en millares compartiendo y difundiendo este mensaje humanitario, para que llegue allá donde la injusticia impera, donde los oídos no quieren escuchar nuestra voz unida, para que se enteren de que existimos, resistimos, y no estamos de acuerdo con lo que están haciendo por resolver los verdaderos problemas de la Humanidad.Porque es lo que sabemos hacer, publícalo, difúndelo y participa de verdad en este proyecto global que parte de la genial mente del amigo Cornelivs.Hazlo tuyo también.MANIFIESTO POR LA SOLIDARIDADQUIENES SOMOS:Los que suscribimos este manifiesto somos ciudadanos en el pleno uso de nuestros derechos civiles, y titulares de la soberanía popular, de la cual emanan los poderes del Estado.Los firmantes nos dirigimos a todos los ciudadanos del mundo, conocedores de la situación de pobreza, hambre y enfermedad en la que se encuentra gran parte de la población humana en un momento histórico, como el actual, en el que se disponen de los suficientes medios políticos, económicos y científicos que pudieran solucionar estos problemas.Este manifiesto tiene vocación de universalidad, y va dirigido a toda la humanidad, a cada ser humano que habita el planeta, para que tome conciencia de la terrible situación a la que se enfrentan millones de personas y de alguna manera actúe en consecuencia para terminar con esta insostenible situación. Por ello la versión original en español será traducida a diversas lenguas, pues nuestro propósito consiste en hacer oír la voz de la opinión pública en los lugares en las que se toman las decisiones políticas y económicas del mundo.A QUIÉN NOS DIRIGIMOS:Nos dirigimos a la clase política gobernante de nuestros países; así como a los más altos mandatarios de las Organizaciones Internacionales, tales como la Organización de las Naciones Unidas, y a los Presidentes y Gobiernos de los países más poderosos económicamente de la Tierra.LES MANIFESTAMOS:1.- Que este texto tiene su origen en la constatación de la extrema situación de necesidad y de hambre que sufre una gran parte de la población de la Tierra y en el desigual e injusto reparto de bienes que existe actualmente en el mundo. Entendemos que la ecuanimidad y la armonía en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana, por lo cual es inadmisible que una gran parte de la población mundial tenga que enfrentarse a una realidad tan precaria, a tal grado de injusticia y desigualdad, a tanta hambre, pobreza y desnutrición.2.- Que consideramos que dicha situación es intrínsecamente perversa y no admisible ni moral ni éticamente, dado que todos los seres humanos nacen libres e iguales. Igualmente, tenemos presente que todos los ciudadanos del mundo tienen esos derechos desde el mismo instante de su nacimiento y no como una promesa futura cuya conquista dependa de la realidad política, social o económica de sus países.3.- Que defendemos que es completamente injusto, inmoral y un crimen humanitario punible ante los tribunales internacionales y la Historia que, en pleno Siglo XXI, existan seres humanos que pasen hambre en el mundo, y que mueran por ello. Que es un agravante de ese crimen que, existiendo las leyes internacionales suficientes, así como los medios técnicos, económicos y científicos para [...]



El Arbol del Guananí

2009-01-22T19:04:49.129+01:00

En los anales de la historia se puede encontrar una leyenda de un hecho que ocurrió en un lugar muy lejano, quizás incluso en otro mundo, y en otro tiempo también muy, pero que muy, remoto. Nadie puede asegurar que se trate sólo de un relato de ficción o, por el contrario, de unos hechos que aconteciesen en la realidad, pero se me antoja que eso es algo que carece de toda importancia, si no juzguen por ustedes mismos.Por aquellos tiempos, toda la humanidad estaba constituida por dos familias que vivían relativamente cerca la una de la otra, aunque no lo suficiente como para evitar el que cada una tuviese hábitos de vida diferentes. Por ejemplo, mientras una de ellas se dedicaba casi exclusivamente al pastoreo y la caza para subsistir, la otra ocupaba su tiempo en las labores de la tierra y la recolección de alimentos silvestres.Sus distintas ocupaciones no impedían que ambas se mostrasen amistosas. Es más, mantenían una relación muy cordial y se intercambiaban sus bienes constantemente y sin ningún compromiso. Los pastores solían ofrecer algo de carne a sus vecinos, mientras que éstos les correspondían con frutas y hortalizas que cultivaban. Siempre había sido así, y no había ningún motivo por el que esta situación tuviese que cambiar.No hasta aquel aciago día que transformó la historia de esta pequeña humanidad para siempre.Varías lunas habían recorrido ya el cielo estrellado desde la última vez que tuvieron un encuentro, así que el patriarca de los agricultores decidió hacerle una visita a su amigo y vecino pensando que aprovecharía también la ocasión para alguno de sus intercambios. Pero conforme se acercaba a su destino, su sorpresa fue en aumento. Por todo el camino de entrada aparecían una serie de imágenes echas en madera o barro, todas muy parecidas, que representaban una especie de tronco de árbol o algo así, aumentando su número a medida que se acercaba al hogar. Por las paredes de la vivienda aparecía también esta misma imagen pero pintada de diversos colores y tamaños y justo a unos metros de la entrada principal se encontraba la mayor de todas, una gran talla de varios metros de alto y de un grosor desproporcionado fabricada con retazos de madera apuntalados y también coloreada de forma extraña.Cuando los dos hombres se dieron al encuentro, esta es la conversación que se registró:–¡Amigo Mel! –saludó el agricultor efusivamente–. ¿Pero qué es todo esto que te traes entre manos, algún tipo de reclamo nuevo para tus bestias?–No digas bobadas Roy –contestó Mel, el pastor–. Y muestra un respeto, haz el favor. Estás ante el Gran Árbol del Guananí.–¿Cómo dices, el gran árbol de qué? –preguntó de nuevo Roy con una gran sonrisa en el rostro pensando que su vecino le tomaba el pelo.–No te hagas el tonto, ¿quieres? He dicho el Gran Árbol del Guananí. –en esta ocasión Mel se mostró más serio y tajante en su aseveración.–Perdón, perdón, no quise ofender, pero es que no entiendo nada. ¿Qué es eso del árbol del guananí? Es la primera vez que lo escucho en mi vida.–Lógico, ya que sólo a mí me ha sido revelada su existencia –respondió Mel con aires de superioridad–. Pero no te preocupes, eres una persona afortunada por ser mi amigo. Yo te lo contaré todo al igual que hice con el resto de mi familia.–¿Qué tienes que contarme? –le interrogó Roy muy intrigado.–Presta atención porque esto que vas a oír es sumamente importante para nuestra futura existencia, amigo. Esta imagen representa al Gran Árbol del G[...]



Para ti

2009-01-18T20:27:35.321+01:00

Cuando entras en el infierno de las noches eternas,
y el frío se instala para siempre en tu alma.
Cuando intentas detener el tiempo,

que imparable te roba la esperanza.
Cuando el sol ya no da nada.
Cuando la luz se apaga.
Qué triste llega a ser el desconsuelo,
y qué vacía la mirada.
Para ti, padre,
que te empeñas en parar el viento que te apaga la llama.



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Mi buen amigo y hermano Caselo me invita a participar para obtener el libro "El Fuego" de Katherine Neville. La idea viene de Araque-Mezclado no agitado- quien promete regalar uno autografiado por la escritora el 14 de Febrero.
Yo elijo a mis siguientes cómplices: Jose María (Rincón de la imagianción), Silvia (Reikijai) y Cornelivs (Diario de Cornelivs).
El siguiente paso es que cada uno de mis seleccionados deje un mensaje en el blog de Araque, publiquen este meme en sus espacios y escojan a tres de sus cómplices.


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Al fin libre

2009-01-12T13:09:42.228+01:00

(image) Al fin dejaron de tronar los obuses a la puerta de mi casa,
en la calle donde juego y en la escuela en la que aprendo.

Al fin mis rodillas se ven libres del duro asfalto que las daña,
cuando el hambre las empuja tras ese pan que cae al suelo.

Al fin vuelvo a ver a mis padres, hermanos y amigos,
después de tanta soledad, vuelvo a ser bien recibido.

Al fin el miedo ya se fue, y con él el desconsuelo,
no más lágrimas vertidas, no más gritos nunca oídos.

Al fin el cielo amanece limpio, sin humo y sin ruido,
aunque ya no necesito el sol, porque ahora todo es mío.

Al fin la sonrisa vuelve a surgir en mi rostro compungido,
hundida en un charco de sangre quedó la tristeza y el olvido.

Al fin dejo de ser víctima o verdugo, para convertirme en ángel divino,
allá quedaron los jueces, que ellos decidan su sino.

Al fin puedo entender palabras como justicia o esperanza,
muchos las usan, ¡cuántas veces las habré oído!

Y a esa bala maldita que me arrebató el futuro
le debo mi libertad, mi dicha... y mi agrio destino.



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Sabiduría para la Paz

2009-01-08T21:27:18.719+01:00

¡Casi nada, la paz mundial! Aquí me he colado, pensarán ustedes. Pero no me juzguen severamente antes de oír (o leer) lo que tengo que decir al respecto. ¿Por qué incluyo este capítulo arriesgándome a parecer presuntuoso y exagerado? Cuando se le pide un deseo a alguien de forma general, casi todo el mundo pensamos en lo mismo: la paz mundial. Por supuesto que todos creemos que esto es algo descabellado e imposible (yo incluido), pero sin embargo no nos impide que sigamos deseándolo fervientemente. Por eso precisamente me gustaría hablar sobre ello; ya que es algo que a todo el mundo nos interesa y porque la única forma de acercarnos a ese deseo es a través de la sabiduría.¿Por qué solemos ver la paz mundial como algo lejano e imposible? Muy sencillo, porque casi todo el mundo cree que es algo que sólo compete a los gobiernos, organismos oficiales, ejércitos y demás organizaciones que trabajan exclusivamente para este fin. Ese es el error que todos cometemos y por el cual es tan difícil de lograr la tan ansiada paz.“Para que haya paz en el mundo,es necesario que las naciones vivan en paz.Para que haya paz entre las naciones,las ciudades no deben levantarse una contra otra.Para que haya paz en las ciudades,los vecinos deben entenderse.Para que haya paz entre los vecinos,hace falta que reine la armonía en el hogar.Para que haya paz en casa,hay que encontrarla en el corazón de cada uno.”Esta es una de mis citas favoritas, pertenece al creador del taoísmo chino Lao Tse. Resume perfectamente la idea que trato de transmitir. Si realmente se desea la paz, primero hay que buscarla en nuestro interior y en nuestro entorno. Ustedes pensarán que muy poco pueden hacer para evitar que se peleen israelitas y palestinos, por ejemplo, y tienen razón, eso les pilla lejos. Pero piensen que lo que ahora está ocurriendo allí y en otros muchos países, cualquier día puede ocurrir aquí, en el nuestro, como de hecho ya ha pasado en otros tiempos, y la única forma de evitarlo está en cada uno de nosotros. Recuerden las palabras de John Lennon: “¿Qué ocurriría si estallase una guerra y nadie va?”, o algo parecido.Además, una guerra no tiene porqué ser sólo a base de bombas, tanques, soldados y aviones; la proliferación de la violencia callejera, la falta de seguridad en las ciudades, el fanatismo religioso y político, el aumento de los accidentes de tráfico, el vandalismo en los acontecimientos deportivos, el racismo y la xenofobia, etcétera. En definitiva, cualquier acto que viole la armonía entre ciudadanos se podría considerar como un acto de guerra, ya que éstos provocan miles de muertes y daños, tanto físicos como materiales, todos los años en cualquier país, independientemente del grado de desarrollo de éste.Y no me podrán decir que no está en sus manos el evitar muchas de estas acciones que acabo de mencionar. El pacifista indio Prem Rawat lo define de la siguiente forma:“No es el mundo lo que hay que arreglar, sino las personas. En el momento en que cada ser humano esté en paz interiormente, habrá paz en el mundo.La paz, la alegría y la auténtica felicidad no existen para que pensemos sobre ellas, sino para que las sintamos. Creemos que necesitamos una explicación de lo que es la paz, pero la paz no se puede explicar; sólo se puede sentir.Las sociedades no tienen paz. Las sociedades no existen, como tampoco existen los gobiernos; sólo existe la persona. La paz es algo sencillo, algo[...]



El Renacer de la Humanidad

2009-01-05T20:44:41.555+01:00

"Año 2099; la población mundial alcanza ya los catorce mil millones de habitantes. Debido al inminente agotamiento del petróleo y del gas natural sobre el año 2040, la Confederación Mundial de la Energía logró que se aprobara en ese mismo año la prospección, hasta entonces prohibida, de las regiones de Alaska y Siberia, consideradas hasta ese momento reservas naturales de la biosfera, las cuales había que proteger a toda costa, ya que, junto con lo poco que quedaba de la selva del Amazonas, constituían las únicas grandes zonas del planeta donde aún se podía ver fauna autóctona salvaje y libre del peligro que siempre supone la cercanía del ser humano. Los yacimientos fueron muy numerosos y cuantiosos asegurándose de nuevo el abastecimiento mundial durante al menos otros ciento cincuenta años.Sólo se necesitaron veinte para acabar con el hábitat antes mencionado y, por tanto, con las especies que lo habitaban, a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron por evitarlo. Como siempre, todo era cuestión de prioridades. Al mismo tiempo, se había permitido que una sola empresa se encargase de la explotación de estos nuevos yacimientos, consiguiendo así el monopolio total sobre la energía mundial una vez que se agotaron el resto de yacimientos repartidos por el resto del mundo. Los enormes intereses económicos que suponían dicha explotación, en manos de las más poderosas naciones del mundo, provocaron la caída en el desarrollo de las energías limpias alternativas, como la solar, la eólica o la obtenida del hidrógeno, precipitando de esta forma la destrucción del, ya por sí, maltrecho medioambiente. En el presente, el setenta por ciento de la población mundial se concentra en los países desarrollados de Norteamérica, norte de Europa y Asia, por dos razones fundamentales: La primera, debido al abandono paulatino por parte de los países desarrollados al tercer mundo, que se ha traducido en la desaparición total de gran parte de la población de África, Sudamérica y parte de Asia, debido a las hambrunas, epidemias y a las guerras entre pueblos por conseguir los, cada vez más escasos, recursos, como son el agua y las tierras cultivables. Los más afortunados han conseguido emigrar al norte, y muchos de ellos aún se dejan la vida en el intento.En segundo lugar, debido al incremento de la temperatura, producido sobre todo por el continuo aumento de los gases de efecto invernadero vertidos a la atmósfera, y que han provocado la desertización de gran parte del planeta; la mitad de África, el sur de Europa y Asia, casi toda Oceanía y parte de Sudamérica se han convertido en regiones inhóspitas y tórridas donde sólo unos pocos son capaces de sobrevivir durante parte del año.Por otro lado, la deforestación paulatina del planeta a raíz de la constante búsqueda de tierras cultivables y de materia prima, también contribuyó a la precipitación del desastre climático; del bosque amazónico sólo queda un diez por ciento de lo que había hace cien años. Al igual que el aumento de la masa oceánica provocado por el masivo deshielo de los polos, invadiendo casi la totalidad de islas menores y penínsulas situadas en los límites de los bloques continentales con los océanos. Hasta hace sólo unos sesenta años, las zonas costeras eran las más pobladas del planeta; su rápida desaparición en apenas quince años, ocasionó una masiva migración hacia el centro, desarrol[...]



Una historia de amistad

2008-12-30T21:34:11.732+01:00

Esta es una historia de amistad y compañerismo. Es una historia de amor y fraternidad entre dos seres destinados a comprenderse y compenetrarse, aunque, como todo destino final que merezca la pena, también éste será alcanzado únicamente tras un largo camino repleto de amargos sinsabores, contradicciones incomprensibles y un sinfín de arduas pruebas a cada cual más dura y traumática.La futura unión de nuestros protagonistas estuvo escrita desde que ambos vieron la luz, ya que, aunque parezca increíble, estos dos personajes comenzaron su existencia siendo un solo ser, una única entidad excepcional e irreemplazable. Y digo excepcional porque, a partir de ese irrepetible momento del alumbramiento, sus caminos comenzaron a distanciarse irremediablemente y ya nunca más volverían a conformar esa única forma sin forma y sin apariencia de la que surgieron en el instante primigenio.Esta ruptura se produjo de forma paulatina, poco a poco, sin que apenas se percataran cada uno de ellos, los cuales emprendieron cada uno su camino por separado, llegando incluso a convertirse en determinados momentos en rivales irreconciliables, al menos en apariencia, porque esa raíz primitiva y común que los une también los condena de por vida a permanecer en absoluta comunión, a pesar de sus eternas divergencias.Estos dos seres son el Consciente y el Inconsciente. El primero es extrovertido y dinámico, expuesto en todo momento a cambios provocados por su entorno exterior, del cual se alimenta a través de los sentidos, siempre ávidos y a la expectativa de nuevas sensaciones. Es un ser extremadamente curioso y voraz, y esto lo hace ser muy manipulable y estar en constante cambio, evolucionando con el medio ambiente que lo rodea, intoxicándose con las malas influencias, aprendiendo y desaprendiendo, creciendo y menguando todo ello al mismo tiempo.En cuanto al Inconsciente, es más introvertido y bastante menos voluble. Su extrema prudencia y sensatez lo convierten a menudo en alguien aburrido, poco sociable. Se nutre de los mismos impulsos que su hermano el Consciente, y de millones de ellos más de los cuales el otro ni se entera, debido a su escasa paciencia. El Inconsciente es infinitamente más reflexivo y la gran cantidad de datos que maneja lo obligan a comportarse de forma más cauta y reservada. Con frecuencia trata de advertir a su compañero de posibles consecuencias a sus alocados actos, pero éste rara vez lo escucha, sobretodo en esas etapas de la vida donde las diferencias son tan exacerbadas que ni tan siquiera tienen conocimiento el uno sobre el otro.Pero el Inconsciente es más inteligente, y en algunas ocasiones consigue sus propósitos por encima de la voluntad del Consciente, a lo callado, aunque, claro está, tampoco es perfecto y también se equivoca a veces. Pero su capacidad de aprendizaje es mayor y, con el tiempo y la experiencia, va consiguiendo poco a poco dominar la impetuosidad de su adversario y amigo, contagiándole en parte su calma y su espíritu reflexivo.En aquellos momentos de sus vidas paralelas en los que las diferencias entre ambos se acentúan y se hacen más extremas, rara vez conocerán la paz y la quietud, y sólo cuando consigan unir sus esfuerzos para un mismo propósito, la armonía estará presente en ellos y vivirán sus mejores momentos. De ahí que, como dije en un principio, estén predestinados a entenderse, porque la evolución es co[...]