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Fragmentos.



Fragmentos de Libros.



Published: 2018-02-09T14:38:28+01:00

 



Nochevieja. Juan Manuel de Prada. El Semanal.

2013-12-29T12:42:43+01:00

Nochevieja llave         inShare Imprimir Yo pertenezco a esa minoría ¡happy few! que en Nochevieja se queda quietecita en casa, después de embaularse las uvas. Reconoceré que no es el planazo del siglo (ni siquiera del año), pero no se puede ser sublime sin interrupción, salvo que uno desee perecer por agotamiento. La Nochevieja, en verdad, es una fiesta o parranda un tanto estrafalaria: no tiene sentido religioso ni tampoco político; y se parece a los cumpleaños en que celebramos una circunstancia cronológica, aunque en este caso la celebre todo el mundo al alimón, como si el hito nos pusiera a todos, de repente, felices por decreto. De forma misteriosa o inconsciente, tal vez en la Nochevieja celebremos que somos animales de rutinas; y para que no quede ninguna duda al respecto, la celebramos de manera rutinaria (y algunos también animalesca). Indudablemente, habrá gente que celebre la Nochevieja leyendo a san Juan de la Cruz u oteando las estrellas; pero las maneras más habituales que hay de celebrarla en España son dos: o amorrándose al televisor, para ver programas de variedades más bien infectos (y, últimamente, con eso de la crisis, refritados de años anteriores); o emborrachándose en una de esas fiestas (¡cotillones!) que se celebran aquí y allá, tanto en lugares de postín como en hangares siniestros. Confieso que me cuento entre los que se amorran al televisor, bajeza que no cometo durante el resto del año; pero, en esa noche (¡jo, qué noche!), participar de la vulgaridad reinante ¡sentirme en cuerpo y alma vulgarote y mostrenco! me produce un inescrutable placer. Disfrutar de la somnolencia que producen los vapores de la cena y el burbujeo del champán (perdón, quería decir cava) mientras en la tele canta, por ejemplo, mi predilecta Marta Sánchez alguna canción clásica de su repertorio pongamos por caso Desesperada, o incluso Soldados del amor, en una actuación que tal vez fuera grabada hace cuatro o cinco lustros, tiene su puntito; sobre todo sabiendo que, después de Marta Sánchez, puede venir Eros Ramazzotti, o Mocedades, o Manolo Escobar. (Y, ahora que lo pienso, ¿por qué este año no le hacen un homenaje a Manolo Escobar en la tele, refritando todas sus actuaciones de Nocheviejas pretéritas?). Sobre todo, cuando uno piensa en los horrores que estarán padeciendo a esa misma hora quienes decidieron salir de fiesta o cotillón. En toda mi vida solo he salido de fiesta o cotillón una Nochevieja. Era la época en la que uno pensaba que en las fiestas ocurren cosas inefables, muy delicadamente milagrosas: por ejemplo, que una hermosa muchacha se acerque a pegar la hebra contigo, que toméis una copa juntos y que juntos mantengáis una conversación llena de insinuaciones eróticas y guiños literarios, para terminar dando un paseo por la orilla del río al amanecer. Lo cierto es que por la noche siempre ocurren cosas mugrientas y bochornosas; y si esa noche es Nochevieja, la mugre y el bochorno corren el riesgo de anegarte en su vómito: puede ocurrir, por ejemplo, que un tipo pelma se te acerque a pegar la hebra (aunque, afortunadamente, el volumen de la música se lo impedirá, después de dejarlo afónico); también puede ocurrir que, al pedir una copa, el camarero te haga esperar dos horas, para despacharte finalmente con bebida de garrafón; y, desde luego, lo más probable es acabar a la orilla del río al amanecer, pero en compañía de unos melenudos pesadísimos, a quienes encima debes reír las gracias (aunque carezcan de gracia), por si tuvieran mal vino. Todas estas cosas me ocurrieron en la única Nochevieja en[...]



Impostores. Juan Manuel de Prada. El Semanal.

2013-05-19T12:01:53+01:00

Impostores llave         inShare Imprimir «La realidad siempre supera la ficción». Es una frase que hemos repetido mil veces, al comprobar que nuestras vidas están expuestas a azares rocambolescos y situaciones peregrinas que exceden con creces la imaginación del escritor más fantasioso. Hace algunos meses contaba en un artículo publicado en esta misma revista una divertida anécdota protagonizada por el escritor Luigi Pirandello, quien en su novela El difunto Matías Pascal narra la peripecia de un truhan que, tras leer con estupor en los periódicos la crónica de su fallecimiento, decide inventarse una nueva vida bajo otro nombre, hasta que cansado de su impostura decide volver, algunos años más tarde, a su pueblo, presentándose como quien realmente es y causando todo tipo de soponcios entre sus paisanos. La novela fue tachada de inverosímil por los críticos, contra quienes Pirandello arremete en una coda que incorpora a la segunda edición de la obra, esgrimiendo una noticia que por entonces acababa de publicarse en los diarios italianos, en la que se detallaba un caso exactamente igual al que él había urdido en El difunto Matías Pascal. Resulta llamativo que a las ficciones, que son un producto de la fantasía humana, les reclamemos más 'verosimilitud' que a la propia vida, que constantemente nos deja constancia de sus 'inverosimilitudes'. En mi última novela, Me hallará la muerte, imagino la peripecia de un hombre que, tras combatir en la División Azul y padecer cautiverio durante casi quince años en los temibles campos de trabajo soviéticos, regresa a España tratando de hacerse pasar por un compañero difunto. Yo mismo, mientras urdía la novela, era consciente de que su trama merodeaba el territorio de lo que convencionalmente denominamos 'inverosimilitud'; pero me tranquilicé comprobando que son muchos los casos documentados de combatientes que, tras una larga ausencia de sus hogares, regresan usurpando la identidad de un compañero caído en el combate. El más célebre de todos es el de Martin Guerre, un campesino francés del siglo XVI, cuya identidad fue usurpada por un impostor que llegó incluso a yacer con su mujer durante años; el caso sería luego novelizado por Alejandro Dumas y adaptado al cine en una película protagonizada por Gérard Depardieu. Lo más estupefaciente de dichos casos es que, con frecuencia, el usurpador logra imponer su impostura incluso cuando su parecido con el suplantado es más bien escaso, o conociendo muy superficialmente las circunstancias de su vida anterior; prueba inequívoca de que toda impostura funda su éxito no tanto en las habilidades del impostor como en la pasmosa credulidad de sus allegados. Así y todo, me esforcé en que el impostor de mi novela guardase un considerable parecido físico con el hombre al que suplantaba, y hasta me preocupé de que llegase a conocer al dedillo sus hábitos, querencias y minucias biográficas, durante el largo cautiverio que ambos padecían en Rusia. Escrúpulos que, por supuesto, me han servido de poco ante los zoilos, que como le ocurriera a Pirandello me han reprochado forzar las convenciones de la verosimilitud. Pero, como decíamos más arriba, la realidad supera siempre la ficción. El otro día fui a ver un soberbio documental de reciente estreno, The imposter, dirigido por Bart Layton, en el que se nos narra el 'inverosímil' caso de Frédéric Bourdin, un suplantador francés de sangre argelina, cabellos morenos y ojos oscuros, que a los veintitrés años de edad suplantó con éxito ante su familia a Ni[...]



Lugares donde Leí. Pérez Reverte. El Semanal.

2013-02-10T14:05:39+01:00

Ordeno mi biblioteca. Y abriendo libros al azar encuentro huellas olvidadas, recuerdos de momentos y lugares donde fueron leídos por última vez. Escribí alguna vez que atribuyo a los libros un carácter particular; una vida propia que espero sobreviva a la mía y continúe en otras manos, enriqueciendo y consolando a quienes los posean en el futuro. Si no ocurre así, y mi biblioteca, como tantas otras cosas que he visto desaparecer, está condenada a las ratas, el agua, el fuego y la destrucción, tampoco pasa nada: nadie podrá arrebatarme lo ya leído. En cualquier caso, debido a mi certeza de que toda posesión es temporal, y también por la melancolía que me suscita encontrar en libros que llegan a mis manos huellas de vidas anteriores, procuro que los míos estén desprovistos de detalles que puedan identificarme en el futuro. No quiero que nadie compadezca los restos de mi naufragio en un tenderete de rastro o en una librería de viejo. Así que, en cada revisión para ordenarlos o limpiarlos, aprovecho para borrar la huella que a veces, por descuido, dejé en ellos. Esta vez también ocurre: tarjetas de embarque de líneas aéreas, postales con notas al dorso, acreditaciones de prensa. Casi todo fue utilizado a modo de señal de lectura: medio teletipo con una crónica de 1976 sobre el Líbano -Beirut, de nuestro enviado especial A.P.-R.-, un recibo de taxi de Buenos Aires con fecha de 1982, una factura de restaurante de Damasco... De la mayor parte olvidé su oportunidad y sentido. Otros me permiten recordar muy bien el momento en que los puse ahí: la lectura de ese libro, el lugar, las circunstancias. También encuentro otra clase de huellas: marcas antiguas deliberadas o involuntarias, subrayados, notas que a veces nada tienen que ver con la materia del libro -esas hojas blancas de respeto al principio y al final, tan útiles cuando no había papel a mano-, huellas de suciedad, quemaduras o ceniza de cigarrillos, manchas de lluvia o agua salada, café, aceite de latas de sardinas, tierra rojiza de África, mosquitos aplastados, restos de arena de una playa o un desierto. Incluso posibles dramas olvidados. Hasta en la página de título de uno de ellos -Memorias de La Rochefoucauld-, impresa con deliberada nitidez, hay una huella dactilar de color pardo, que supongo será mía. Una huella de sangre de la que nada recuerdo; ni siquiera si es propia o ajena. Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía. Hojeándolos mientras ordeno los estantes, compruebo que muchos de esos lugares y momentos los olvidé; pero otros siguen claros en mi cabeza: salpicaduras de agua de mar en varios volúmenes de la serie náutica de Patrick OBrian, incluida una que emborrona levemente la tinta de la dedicatoria autógrafa del autor; el tomo II de las obras completas de Thomas Mann, que durante veintiún años viajó en mi mochila y fue leído tanto junto a mesillas de noche de hoteles de lujo como a la luz de una vela o una linterna en lugares olvidados de la mano de Dios; las Vidas paralelas de Plutarco en un solo volumen que conserva entre sus páginas tierra y suciedad de hace treinta y cinco años, en Eritrea; la edición compacta y viajera de Moby Dick, de la que una vez alcé los ojos para ver, resoplando muy cerca, ballenas azules al sur del cabo de Hornos; El amante sin domicilio fijo, que leí sentado en la punta de la Aduana de Venecia, cuando allí aún no iba nadie, antes de que fastidiaran el lugar con la estúpida escultura del niño y la rana; l[...]



Un Asunto Sospechoso. Arturo ´Pérez Reverte. El Semanal.

2013-01-11T13:24:32+01:00

Un asunto sospechoso XLSemanal - 07/1/2013 Han caído en mis manos algunos libros de texto escolares para niños de diez a trece años. Sólo fueron media docena, aclaro. Ignoro si todos tocan el mismo registro, o por una siniestra casualidad cayeron en mis manos sólo raras bazofias. El detalle es que con ellas se forman escolares en España. No sé si muchos o demasiados, pero da igual: con los que he visto estudian miles de niños. Todo lleva mucho dibujito, mucha estampita, mucho colorín. Como envoltorio. Y dentro, unos textos escritos con desgana, sin criterio. Superficiales y sin sentido. Hasta el punto de que su atenta lectura me deja en la tecla varias preguntas. ¿Quién los hace?, es la primera. ¿Nadie es responsable de su contenido?... Porque, aunque figuran nombres y editoriales, este aspecto parece más bien difuso. No queda claro si se trata de autores con implicación directa o de comités de lectura, supervisores apresurados de textos que redactan otros: mano de obra barata que debe cumplir plazos urgentes, negros sin cualificación y sin motivaciones. Porque dudo que gente solvente, seria, con autoridad docente, sea responsable de algunas de las cosas que he visto.Resulta menos evidente en matemáticas, por ejemplo. En disciplinas donde dos y dos suman cuatro. Pero cuando se refieren a lengua, conocimiento del medio y cosas así, el desorden y la aparente improvisación saltan a la cara en cada página. Las ideas básicas se pierden en detalles accesorios, lugares comunes, vaguedades facilonas. La Historia se plantea sin cronología, con absurdos y confusos saltos adelante y hacia atrás que nada establecen. Tampoco hay lecturas, o muy pocas. Ni criterio. Sólo ideas simples sin contexto intelectual, ni contrastes. Los textos se limitan a cumplir, supongo, con programas generales; pero no ahondan en nada. Todo es falto de rigor, sin plan último. Sin establecer qué conocimientos debe tener un niño para entender el mundo en el que vive. Sin estrategia para determinar qué interesa que los niños sepan, y cómo lograr que lo sepan: sólo tácticas oportunistas que buscan hacerlo todo fácil y asumible. Hojeando esas páginas comprendo perfectamente por qué hay niños de trece años que conocen los ríos de Valencia o de Extremadura y no los de España. Por qué ignoran qué es una preposición o un adverbio, para qué sirven y cómo deben usarse. Por qué hemos quitado a los chicos la posibilidad de comprender, y de pensar usando lo que han comprendido. Nadie lo dice porque suena retrógrado; pero cualquier educador serio lo reconoce por lo bajini: ¿cómo es posible que la ley de Educación de 1957, pese a su paternidad franquista, siga siendo -en el país de los ciegos, el tuerto es rey- la más seria y eficaz? ¿La que mejor preparaba a los niños en materias generales como lengua, historia, lectura, redacción, literatura, ciencias naturales?... ¿Cómo es posible que en todos estos años de democracia, con dos partidos alternándose en el poder, no se haya llegado a un pacto de Estado en materia de Educación? ¿Que cada intento de consenso nacional se haya abortado por la vileza política, la cobardía moral, la foto en prensa y el telediario? ¿Que todavía, en este país desmemoriado, absurdo y ruin, haya tontos que sostengan, sin despeinarse, que la actual generación es la más culta y mejor formada de nuestra historia? ¿Quieren saber mi conclusión, con esos libros en la mano? ¿Lo que pienso al considerar que el conocimiento se renueva cada década, pero nuestros textos escolares cam[...]



Lorenzo Silva ganador premio Planeta 2012. El Heraldo

2012-10-16T09:10:55+01:00

Lorenzo Silva y Mara Torres, ganador y finalista del Premio Planeta Efe. Barcelona|15/10/2012 a las 23:55   Silva, tras el seudónimo de Bernie Ohls, ha ganado con la obra 'La marca del meridiano' y Torres, que se ocultaba tras el nombre de Pilar Otero, es finalista con 'La vida imaginaria'. Twittear Recomendar Tuenti Menéame Compartir Enviar Imprimir Favoritos RELACIONADAS Silva desea que la única división Madrid-Barcelona sea el meridiano que da título a su novela Lorenzo Silva, la novela negra y la Guardia Civil Mara Torres, de la radio a la novela pasando por la televisión El escritor madrileño Lorenzo Silva, oculto tras el seudónimo deBernie Ohls, ha ganado esta noche la 61ª edición del Premio Planeta de novela, dotado con 601.000 euros, con la obra 'La marca del meridiano', una nueva entrega de su pareja de investigadores Rubén Bevilacqua y su ayudante Violeta Chamorro. En la novela ganadora, presentada bajo el título seudónimo 'Te protegeré', el brigada Bevilacqua y su inseparable compañera, la sargento Chamorro, investigan un extraño crimen que les llevará tras la pista de un caso con derivaciones éticas y emocionales. En la misma velada literaria, en la que han coincidido en la misma mesa el ministro de Cultura y Educación, José Ignacio Wert, y el presidente de la Generalitat, Artur Mas, el jurado, integrado por Alberto Blecua, Ángeles Caso, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Rosa Regàs y Emili Rosales, ha seleccionado como finalista la novela 'La vida imaginaria', de la periodista Mara Torres, que se ocultaba tras el nombre ficticio de Pilar Otero. En la presente edición, se habían presentado al premio 432 novelas, de las cuales más de la mitad procedían de España, y casi una quinta parte de Latinoamérica. Silva ha asegurado sentirse orgulloso de formar parte de una nómina de ganadores en la que están sus admirados Ramón Sender y Manuel Vázquez Montalbán. Ha explicado que la novela ganadora es la historia de un hombre que nació en Montevideo y vivió en Madrid y "el meridiano del título es el de Greenwich, la línea que hay entre Madrid y Barcelona". Este hombre que vive en Madrid, tiene que investigar un crimen en Barcelona, donde vivió en otra época, y esa pesquisa será también "un viaje a su propio pasado". En unas breves palabras tras conocerse el fallo, Lorenzo Silva ha dado las gracias a su familia y a Barcelona, "un personaje más de esta novela y que se ha mostrado muy generosa conmigo, pues aquí recibí mi primer gran premio (el Nadal) y también me dio la mujer que quiero y una casa para vivir". En un tono más político, Silva ha dicho en catalán que "vivimos en democracia y todos pueden decir lo que quieren y piensan", pero su deseo es que "nunca haya otra línea divisoria que ese meridiano, que después de todo no es más que una línea imaginaria". [...]



Sobre libros, cañas y tapas.Pérez Reverte. El Semanal.

2012-01-22T11:40:20+01:00

  Sobre libros, cañas y tapas     Unos cazan conejos o venados, y otros cazamos libros. Transcurre una de esas mañanas frías y soleadas de Madrid, cuando las casetas de la cuesta Moyano se alinean en una luz cegadora con sus mostradores y tenderetes llenos de libros de lance. Entre esos naufragios de librerías, pecios de bibliotecas, restos flotantes de vidas y mundos desaparecidos, me muevo atento y sigiloso como un francotirador adiestrado por viejos hábitos. Dispuesto, como estipulan las reglas, a actuar sin piedad frente a otros eventuales cazadores, madrugándoles la pieza codiciada. Llevo así hora y media, mirando, tocando, husmeando como un depredador pertinaz, del mismo modo que mi teckel Sherlock lo haría, si su amo le permitiera hacerlo, tras el rastro de un codiciado jabalí. Con el pálpito en el corazón y el hormigueo en los dedos sucios de buscar y rebuscar que siente todo psicópata de los libros en lugares como éste. Ávido por cazar hasta sin hambre. De colmar el zurrón aunque vaya bien repleto. Saciado al fin, o casi, cargo con un botín que justifica el paseo: una biografía de Nelson, el Napoleón de Ludwig –lo habré regalado cinco o seis veces–, el Viaje del Parnaso en edición crítica de Rodríguez Marín, la biografía de Engels de Tristam Hunt, tres novelas de Ágatha Christie y una de Eric Ambler. Entre los ocho libros, el desembolso total no llega a los setenta euros. Sabiendo mirar con paciencia y atento a las ediciones de bolsillo, puede comprarse aquí una docena de libros por quince o veinte mortadelos. Eso incluye policíacos o de aventuras y grandes obras de la literatura universal. De Beau Geste o Adiós muñeca a La línea de sombra o Crimen y castigo. Absolutamente todo. Sin embargo, en este paraíso de libros y felicidad lectora que es la cuesta Moyano, hay cuatro gatos. Menos de treinta personas se mueven por las casetas y los tenderetes. Y eso, en día casi festivo como hoy; en que, con crisis como sin ella, bares y terrazas están llenos. Como de costumbre, la charla con algunos amigos libreros ha sido un rosario de lágrimas y pesares. No se vende un carajo, es frase que lo resume todo. Cada vez viene menos gente, y esto se muere. Y fíjate, añaden, que no hay lugar donde se concentre una oferta cultural tan extraordinaria y barata como ésta. Escuchándolos, recuerdo con amargura una discusión que mantuve hace días en Twitter con algún cantamañanas que argumentaba, en defensa de la piratería salvaje y del todo gratis para todos –confundiendo cultura de fácil acceso con cultura impunemente saqueada–, que los libros son caros y eso justifica trincarlos de Internet por la patilla. Lugares como la cuesta Moyano, las librerías de viejo o las ferias que los libreros de lance organizan con gran esfuerzo en diversos lugares de España, desmienten esa simpleza. Y si es cierto que la novedad editorial alcanza en ocasiones precios indecentes, a quien desea tener un buen libro en las manos le basta darse una vuelta por lugares como éste con diez euros en el bolsillo. O con menos. El precio de una caña y una tapa. Raro sería que no se fuese con tres o cuatro libros. O más. Quien no compra un libro es porque no quiere, o porque no lee. No porque todos los libros sean caros. Así que déjenme de milongas y cuentos chinos. Aunque, para cuento chino, el de las autoridades municipales con la cuesta Moyano. Durante años, el ex alcalde Ruiz Gallardón desoyó el ruego de los libreros de que, para darle vida a aquello, instalase en el paseo [...]



Libro electrónico. Juan Manuel de Prada. El Semanal.

2011-12-12T09:03:41+01:00

  Libro electrónico Nunca dejará de sorprenderme la actitud suicida adoptada por las editoriales ante el libro electrónico. En otros sectores de la industria cultural, la plaga del pirateo digital se encontró con el terreno allanado: música y cine llevaban ya mucho tiempo comercializándose en formatos digitales –CD, DVD, etcétera– que favorecían su duplicación; y quien pirateaba una película o un disco obtenía una copia en calidad óptima, que además podía distribuirse en el mismo soporte que la propia industria había elegido previamente para su negocio. Quien deseaba piratear un libro, en cambio, tenía previamente que escanearlo: la copia resultante de ese escaneo distaba de ser óptima; y, además, para leer esa copia menesterosa debía utilizar un artilugio electrónico que en nada se asemejaba a un libro. En la expansión de la piratería, como en el comercio de réplicas e imitaciones, interviene muy poderosamente el factor psicológico: quien compra un bolso o un reloj falsos que imitan un bolso o un reloj `de marca´ lo hace porque tales falsificaciones reproducen minuciosamente su diseño y aspecto exterior. Nadie compraría un bolso o un reloj con un evidente aspecto cutre o de baratillo, por el mero hecho de que tal bolso o reloj ostenten el logotipo de tal o cual marca de moda; pues quien adquiere un bolso o reloj de imitación desea, ante todo, que esa réplica pase por auténtica. Este es el mecanismo psicológico sobre el que se asienta toda forma de piratería: la réplica tiene que `dar el pego´; de lo contrario, lejos de mitigar el `complejo´ de quien la adquiere, contribuye a agravarlo. Este mecanismo psicológico, tan evidente en el comercio de réplicas e imitaciones, también explica el éxito de la piratería cultural: si películas y discos empezaron a ser pirateados a mansalva era porque previamente existían los soportes digitales que permitían disfrutar de tales películas y discos en igualdad de condiciones con quienes los adquirían en una tienda. Este mecanismo psicológico no funcionaba en el pirateo del libro, pues un libro pirateado no podía `volcarse´ sobre papel impreso y encuadernado; y por esta razón el comercio de e-books no funcionó durante años o décadas: pues quienes leían un libro en estos artilugios tenían conciencia de estar leyendo de forma subalterna o sucedánea, frente a quienes lo hacían en papel. Y aunque durante años o décadas los fabricantes de e-books no cejaron en su empeño de impulsar la lectura electrónica, tenían que comerse con patatas sus artilugios: porque la imitación solo adquiere carta de respetabilidad si `da el pego´; y un e-book se parece a un libro lo mismo que una mortadela a un jamón serrano. Nadie podía presumir ante las amistades de poseer una biblioteca de libros electrónicos; y viajar en tren o autobús con un libro electrónico en las manos resultaba casposillo. El mecanismo psicológico sobre el que se funda el negocio de la réplica busca `sociabilizar´ a quien la porta; y el e-book lograba el efecto exactamente contrario: señalaba y, en conclusión, excluía. Pero la fascinación tecnológica propia de nuestra época acabó engatusando a la industria editorial, que pensó ingenuamente que, si el uso del libro electrónico se generalizaba –si empezaba a `sociabilizar´ y no a excluir–, podría desarrollar una nueva `v[...]