Subscribe: eL JuGueTe RaBioSo
http://jugueterabioso.blogspot.com/feeds/posts/default
Added By: Feedage Forager Feedage Grade B rated
Language: Spanish
Tags:
Rate this Feed
Rate this feedRate this feedRate this feedRate this feedRate this feed
Rate this feed 1 starRate this feed 2 starRate this feed 3 starRate this feed 4 starRate this feed 5 star

Comments (0)

Feed Details and Statistics Feed Statistics
Preview: eL JuGueTe RaBioSo

eL JuGueTe RaBioSo



eSTo No eS MáS Que uN TéMPaNo aTRaGaNTado



Updated: 2015-09-16T12:58:12.124-03:00

 



Gastritis

2010-05-10T13:38:27.685-04:00

Como si la vida
se escapara
líquida
epifánica



Anatomìa de un gato IV

2008-06-28T14:10:07.456-04:00

Eran otras las calles que solía recorrer, pero no por eso cejó en empeño a la hora de trazar cartografías -tristes esbozos- de los nuevos territorios: una librería, un trozo de plástico azul sobre la calle, una barbería con butacas de cuero y grandes espejos con los bordes carcomidos. Seguramente habían cucarachas, tal vez ratones. Pero cucarachas, claro, eso seguro. Se levantaba temprano para reconocer las trampas, las posibles salidas de emergencia en el caso. Porque había que ponerse en el caso, era lo más sensato, no siempre las cosas salen como uno quiere, se decía por las mañanas mientras luchaba por despertar del todo.




Migraña

2008-11-18T20:57:01.891-03:00

(image) Mientras el metro se va desplazando, aéreo, sobre los tejados y las luces y la noche y de algún modo el reflejo del rostro constreñido por el dolor lo sitúa en otro sitio que es en realidad ninguna parte, el señor K. tiene la impresión que en alguna parte, tal como cuenta Borges, las puertas del cielo se abren.
Desfilan frente a sus ojos todos los fantasmas del pasado, rostros indistinguibles y episodios donde los nombres han sido borrados, gastados por la lluvia del tiempo. Esto es lo que tiene, entonces: un pasado de anónimos e imprecisiones. Esto es lo que tiene: anécdotas sin ubicación geográfica clara. Sin coordenadas no hay pasado. Hay metro y hay noche, hay olor a sudor, a suciedad, hay rostros cansados y somnolientos, hay borrachos, hay una especie de espera que no acaba.
Los analgésicos le hierven en el estómago cuando constata que lo que queda es el presente. Elabora listas mentales: películas, libros, música. Piensa en la señorita C. que en su casa está aprendiendo piano de oído no más, en la música de Preisner que ya toca, en la melodía triste de Saint Colombe encerrado en el cuartucho donde compone. Un recuerdo, claro, una transposición del presente recién extinto, una esperanza de futuro.
Metro, noche, luces que parecen moverse hacia atrás de algo, de un telón, de un arbusto oscuro que crece silencioso frente a una ventana de una casa que no conoce. El señor K. presiente, mientras naufraga en las palabras, el dolor que se avecina desde el centro mismo, la onda concéntrica que va a chocar contra las paredes del cráneo una vez, dos veces, treinta, cien. El origen de todo dolor está en el centro, piensa cuando la ola fría arrasa con todo, cuando cierra los ojos y se inclina hacia delante, cuando con la frente se toca la rodilla esperando que pase, que el presente vuelva a ser fugaz como siempre y el pasado retorne del limbo oscuro, del sótano vacío donde al parecer ha quedado atrapado.
Retumban las puertas y el cielo, que vienen a ser la misma cosa, cuando la cabeza estalla y el ser queda, por un instante, extático en la nada.



Anatomía de un gato III

2008-05-08T18:26:25.942-04:00


Los chinos se habían instalado en la esquina sin ningún aspaviento. Primero llegó el chino alto y se puso a afinar una especie de violín con tres cuerdas. Estuvo durante un rato así, y alguna gente se puso a mirar. Se sentó, fumó un cigarro y luego volvió a la carga con el violín, tocando melodías y sonriendo a la gente que pasaba. Más tarde llegó otro chino, más pequeño y también más gordo. Mientras el chino alto tocaba, el pequeño sacó un flauta de bambú, ensalivó la boquilla y entró en la melodía que el chino alto tocaba desde hace rato como si nada. La gente se amontonó y seguramente ganaron buen dinero.

Ellos lo vieron todo desde el café.

- Esta ciudad está cada vez más extraña -dijo Alicia.




Sacco y Vanzetti

2008-11-18T20:57:02.252-03:00

La noche anterior había caído una lluvia torrencial sobre Buenos Aires, con relámpagos que atravesaban el cielo porteño y recortaban las siluetas de los edificios contra el cielo como un antiguo decorado de set hollywoodense.El señor K. y la señorita C. venían de una larga caminata por el parque 3 de febrero, donde se encontraron sin saber cómo con un busto de Borges, y de una frustrada visita al Jardín Japonés que tuvieron que abortar a causa de la peste de mosquitos que no dejaban de devorarlos con sus piquetes arteros e invisibles. Se desviaron hacia el MALBA, que recorrieron casi completo sin pagar la entrada, despistados como siempre. En un supermercado de Palermo terminaron comprando un malbec de Norton que los acompañó el resto de la tarde.Puede que al hotel hayan vuelto caminando, puede que en colectivo o quizás en taxi. El asunto es que volvieron al hotel casi de noche y se detuvieron en la esquina de Irigoyen y Zeballos para fumar y sentarse a mirar un pequeño tíovivo quieto, silencioso, evidente contraste con el hormigueo de autos y personas que recorrían las calles desde y hacia el Congreso Nacional.Había anochecido ya y no hacía frío. El cielo despejado, azul intenso, de la tarde se había ido cubriendo, poco a poco, con dramáticos nimbocúmulos que ahora se apretaban en una densidad gris y homogénea. Se levantaron, satisfechos y cansados, cruzaron la calle, entraron al hotel y en el bar pidieron un par de vasos y que les descorcharan el malbec. La chica del bar, sonriente, extrajo el corcho en cinco hábiles movimientos y les preguntó si no preferían copas.Entonces estalló el aguacero. Imprevista y cálida, la lluvia cayó como una tromba desde el cielo. Fue la señorita C. la primera en salir a la calle. Sin pensarlo dos veces, atravesó el lobby del hotel, las puertas de vidrio y se instaló en mitad de la acera, con la cara hacia arriba, mientras el agua le rebotaba con fuerza en las mejillas, se le metía por el cuello y no tardó más que un par de minutos en quedar hecha una sopa. El señor K. dejó las copas y el vino en el bar, bajo la custodia de la chica, y fue tras ella, con el paso tranquilo que lo caracteriza. En la calle sintió, primero, la embestida del viento y luego todo no fue más que lluvia, una cortina transparente y sólida que apenas ofrecía resistencia.Los relámpagos los sorprendieron en eso, riendo como locos, felices. En el estrépito se abrazaron y el señor K. habló de otra lluvia, distante en el tiempo y el espacio, de un primero de mayo en La Habana, también de noche, luego de haber marchado, por la mañana, junto con millones de personas frente al monumento a Martí y al mismísimo Fidel Castro.La tormenta de Buenos Aires duró hasta entrada la madrugada. Al otro día la mitad de la ciudad estaba sin electricidad y sin agua potable y un par de edificios, contiguos a construcciones en obra, se habían derrumbado y dejado a todos sus habitantes en la calle. El aire de la ciudad estaba limpio como nunca y el viento volaba los paraguas de los caminantes.Junto al hotel estaba el café de las madres de la Plaza de Mayo. Fueron temprano y compraron un par de libros. El señor K. encontró una polera estampada con una serigrafía de Sacco y Vanzetti, ejecutados en agosto de 1927 luego de un juicio oscuro y corrupto, y que se convirtieron en los Mártires de Chicago. Es en honor de ellos que se conmemora, cada primero de mayo, el Día Internacional de los Trabajadores.El señor K. se compró la polera, como una especie de recuerdo que le gatilla muchos otros recuerdos, como una llave maestra para infinidad de puertas, y cada cierto tiempo la usa y la muestra orgulloso por las calles de este Santiago ignorante y sin memoria al que volvieron, si no recuerda mal, esa misma tarde ventosa que lloviznaba sobre Buenos Aires.[...]



El patio olvidado

2008-04-30T00:34:30.826-04:00

De pronto, el señor K. se asoma por la ventana del patio y descubre que está invadido de malezas.
Invadido no, piensa, poblado quizás.
La salvedad está dada en que todo lo ajeno al orden regular tiende a pensarse como anomalía. Todo lo que está fuera de nuestro control nos está vulnerando.
Y mientras sobre Santiago la lluvia se cierne amenazante y purificadora, el patio se muestra en jirones de luz y sombra, revelando tonos de verde y pequeñas florecitas que como cocuyos de noche tropical se desvelan mostrando otras posibilidades de belleza.
El señor K. ha encendido un cigarro, no sabe bien si por encontrarse satisfecho con sus reflexiones o simplemente por costumbre. Y mientras contempla esta nueva maravilla que es el patio olvidado -está demás decir que el señor K. se refiere a este patio, aunque por la dudas mejor evidenciarlo- se pone a pensar en un episodio que vivió por la tarde, cuando bebía café en la terraza del edificio donde trabaja. Había un charquito donde se reflejaba el cielo y parte de otro edificio, un paralelepípedo de vidrio que a su vez iba reflejando otro ángulo del cielo. Y mientras bebía su esspreso de máquina, el señor K. observaba, absorto, la evolución de las nubes que en el charquito, abajo, se amontonaban y desintegraban al compás del viento.
Arriba, en el cielo, sucedía lo mismo, pero eso el señor K. apenas podía intuirlo.
Nubes+cielo+charco= espejos.
Todo eso sucedía y a la vez no, puesto que se reproducía a si mismo en lo efímero de una partícula de agua dispuesta a evaporarse y otra vez todo, otro día y con otro café.
Piensa el señor K.: eso fue hoy. Y luego se corrige: a lo mejor fue ayer.
Finalmente se encoge de hombros y exhala el último humo del cigarro, que se eleva dibujando piruetas.
Hay tantas cosas que contar, dice en un susurro que apenas se escucha y que se convierte en vapor que se convierte en conejo, en flor, en tortuga, en nada.
Queda la noche y el recuerdo.
Otra vez nada, piensa el señor K., y cierra los ojos y se duerme.



Notas a una posible existencia

2008-02-16T15:27:09.869-03:00

claro, entonces aparecer por la puerta como si nada, la cara limpia por la lluvia y tal vez la luz de algún farol por ahí. y decir limpia era también decir clara, y con esto el mapa quedaba al descubierto y podía leerse como quién dice como un libro abierto aunque sin duda la cosa no es tan fácil y sin duda también hay que tener ciertas aptitudes cartográficas. el sujeto de pie en la puerta, de eso se trata; también de la lluvia que va quedando adherida a sus pasos, una huella invisible pero táctil, una especie de cicatriz escurridiza. el tipo entra y se queda de pie justo en el umbral, línea imaginaria como tantas, con una maleta en una mano y un paraguas en la otra y parece que espera. hay tantas cosas que esto puede decir, el simple hecho de escoger una maleta y no un girasol, un paraguas y no un cuchillo, que el sujeto entre y no salga, que sea una puerta y no una chimenea. pero a pesar de todo la elección no es excluyente sino que hace evidentes todas las posibilidades que no fueron, la lectura va siempre más allá, se mira con la esperanza de distinguir algo del mundo que sin duda hay más alla de la línea -y ya ves, uno ni se da cuenta y se le empiezan a colar, los límites como parte de la memoria universal- del horizonte.

y está también la espera de la lluvia, el mirar al cielo con una expectativa culpable. mirar ya implica ventana y vidrio y en caso primero implica ojos memoria recuerdos.

sentarse a veces a mirar las palabras dibujar espesos bosques sobre el papel.

no siempre lo que sabemos es verdad, y es mucho más posible que la verdad sea justamente eso que no sabemos.

la forma en que las ideas aparecen: un olor a damascos, la fachada de una casa, un viaje en bus. Primero aparece una especie de bolita en el cerebro, un coágulo indefinido que a veces tiene un ojo y a veces un ojo y una oreja.

primero el coágulo, luego una especie de definición vaga, como enfocar el objeto, entender sus direcciones, las líneas que se dibujan con más fuerza, los rincones ocultos. De ahí para adelante se puede deformar a antojo, eso da lo mismo: el coágulo es una cosa distinta a lo que tenemos después en la mano, un objeto no tan preciso pero sin duda más acotado, los límites más definidos pero inevitablemente uno que otro detalle inesperado, producto del azar o de una feliz causalidad.




La noche nunca acaba

2008-11-18T20:57:02.515-03:00

(image)
El tiempo que ya es noche
cae a gotas espesas en el charco y la vida
el suspiro disfrazado de esperanza
se transforma en espejo de sangre
en grito mudo
en el sueño luminoso de los ciegos



Anatomía de un gato II

2008-11-18T20:57:02.740-03:00

(image) Cuando niño tenía un amigo que siempre llevaba un chaleco rojo durante el invierno. Era un chico pequeño, delgado, y el chaleco rojo siempre parecía quedarle grande. A veces jugaban a la pelota en la calle, hasta que los llamaban a dormir. No recordaba haber visto al chico ese durante el verano.



Poesía con Julio Cortázar

2008-11-18T20:57:03.277-03:00

(image) El joven Francisco Javier Oyarce Rojas (28) murió ayer en la esquina de calle Poesía con pasaje Julio Cortázar, en la comuna de Pudahuel, tras ser baleado por un grupo de sujetos desconocidos que viajaban en un auto a gran velocidad por e sector.



Anatomia de un gato I

2008-11-18T20:57:03.470-03:00

(image) - En todo hay verdad -dijo el sabio.
Jesus lo miró con hastío, se encogió de hombros y escupió.

El otro
,

Libro III.

El cigarro no cayó donde esperaba, algo que sucedía tan a menudo, incluso cuando soñaba. Todo se le iba lentamente cuesta arriba, y el cigarro no era más que un signo como tantos. Un cigarro, un basurero, un arco perfecto hacia ningún sitio. También era la noche, el frío cortando la piel. Miró durante un rato la brasa del cigarro que luchaba por mantenerse encendida. Buscar lecturas alternativas, caminos sin señalizar. Y olía tan a trampa todo eso, era tan fácil dejarse ir y esquivar el bulto con elegancia. Pero el frío, claro, y se encogió de hombros antes de seguir caminando.



Bruxismo

2008-11-18T20:57:03.576-03:00

(image) De los muertos se levanta
un párpado, un aguijón, una pregunta

en su nueva batalla. Los vivos

están untados de espanto.


Juan Gelman,
El río.



De cara al cielo, con el silencioso viento agitando la hierba que le rodea, las nubes corriendo por el cielo como gacelas en cámara lenta. ¿Cómo había escapado? El recuerdo vago de las sombras, de los gritos, de la ampolleta colgando del cielo raso desnudo. Ahora tenía el cielo frente a los ojos, con las estrellas asomando a veces sí y a veces no, ahora estaba tendido sobre un campo de hierba verde –aunque a decir verdad esto del verde lo imaginaba: estaba de espalda contra el suelo y era de noche-, respirando lo que parecía la brisa de la primavera.
¿Podía, aún, recordar lo que era el verde y la primavera?
Hizo un esfuerzo y le pareció distinguir en la memoria una puerta entreabierta, un pasillo, las carcajadas groseras de los celadores, el miedo, el frío disfrazado de miedo o viceversa, el deslizar el cuerpo hasta el frío suelo de concreto y avanzar a rastras hasta un patio iluminado por faroles, asomarse a horcajadas a una ventana donde la figura de un perro se abalanzaba sobre un bulto que gritaba con voz de mujer. La certeza de la imagen le revolvió el estómago y una náusea de culpa le apretó la garganta.
Entonces había escapado del horror, había conseguido salir de nuevo al mundo. El cielo comenzaba a despejarse y las estrellas se instalaban definitivamente en compañía de una luna pequeña y apagada. ¿Era así la luna?
Abrió los ojos. La cachetada lo sacudió de la somnolencia y abrió los ojos. Reconoció las risas groseras de los carceleros, reconoció la silueta difusa del torturador que se cernía sobre su rostro. Detrás, colgando del cielo raso, la ampolleta sucia que iluminaba apenas el cuarto. Otra cachetada, despertar a la pesadilla nuevamente, el olor de su propia orina, de sus propias heces. No muy lejos el ladrido de un perro y el grito de una mujer. El cielo raso y sus diminutas grietas, como estrellas de polvo. Una tercera cachetada, el zumbido del generador, el cosquilleo inicial de la electricidad que más pronto de lo que quisiera lo obliga a arquear el cuerpo, a tratar de liberarse de las ataduras que lo fijan al catre de metal.
Hay una noche, pero en otro sitio, piensa, una noche con luna y estrellas y silencio y brisa como de primavera. Ahora a apretar los dientes y aguantar y dejar que por lo menos el silencio de su boca no condene a ningún otro.



Postales

2007-09-08T04:15:08.280-04:00

La calle Virginia Opazo, sus muros blancos en mitad de la noche, casas de fachada afrancesada, ventanas cuadradas y regulares capiteles, silenciosos y escondidos mausoleos.
Los puentes aéreos del pasaje Phillips, erosionados por el repique de las trasmisiones de radio Chilena, cubiertos de guano y plumas.
El viejo edificio del Partido Nacional, rodeado su mágnifico frontis romano por amarillas malezas, oculto en el patio interior un restorán que por las noches se llena de peruanos, cerveza y baile.
La plaza Brasil una noche de enero, hace mucho, cuando los siniestros juegos infantiles fueron testigos de nuestro primer beso.



La mujer del peluquero

2007-08-30T16:01:18.001-04:00

Hoy, aprovechando el sol primaveral, tomé la bicicleta y me fui a cortar el pelo. No es menor el hecho considerando que la última vez fue en el distante mes de marzo o, siendo optimista, en abril. La verdad, es que ir a la peluquería me complica tanto como ir al dentista. Básicamente, y esto se aplica tanto a las peluquerías como a las consultas dentales, se trata de lo siguiente: las hay que parecen confiables y serias pero que cobran tanto que no me animo a entrar en ellas y las hay, por el otro lado, tan baratas que uno las mira desde fuera y da como una desconfianza culposa el entrar.En marzo, o en abril como ya se ha dicho, encontré una solución a este problema. Recordé una peluquería en mi antiguo barrio donde atendía un tal Mario y algunas otras peluqueras. Mario era un tipo medio afeminado, rubio y chico, que se movía de un lado para otro con una agilidad inexplicable y, al decir de las señoras concurrentes en el local, era un excelente peluquero. No debo haber tenido más de 15 la última vez que me corté el pelo en ese lugar. Luego me convertí en habitué una academia de peluqueros que funcionaba en un departamento en Lastra con Independencia, donde acudía mensualmente a raparme y me entretenía escuchando las conversaciones de las estudiantes, señoras ya pasaditas en años y otras más jóvenes, algunas casi niñas, mezcladas con uno que otro chico/chica. Era realmente, y ahora que lo recuerdo no puedo pensar de un modo distinto, una suerte de comedia de la vida representada en grandes dramas y pequeñas envidias o rencores. Además, era baratísimo: creo que nunca pagué más de $500 por el servicio.Pero la peluquería de Mario seguía existiendo, y yo la veía cada vez que salía a la avenida a tomar micro. Pero Mario ya no estaba. Recién entonces me enteré de la existencia de la esposa. No sé porque medio -seguramente mi madre, o mis hermanos más pequeños- me llegó la noticia: Mario se había suicidado. El mito del barrio era que se había colgado ahí mismo, en la peluquería, luego de limpiar y cerrar por dentro. De esto no tengo certeza. Entonces apareció la esposa, que seguramente se llamaba Denisse como la peluquería, y se hizo cargo del negocio. Y las viejas siguieron tiñéndose y emperifollándose en las mismas sillas y con las mismas tijeras pero ahora sin Mario sino con la esposa.Eso fue hace muchos años y desde entonces me fui del barrio y he naufragado de peluquería en peluquería siempre en el momento límite en que el largo del pelo ya es incontrolable y desarrolla voluntad propia.Y como decía, en marzo (quizás en abril), decidí volver a la vieja peluquería de Mario, sin Mario por supuesto. Sorprendentemente el lugar aún existía y era la esposa, la viuda de Mario quien estaba a cargo. La primera vez, en marzo o abril, casi no hablé con ella. Hoy sí. Hablamos de un montón de cosas: del feriado del 17, de los estilos de peinado actuales, de mi trabajo y del suyo. Le pregunté si vivía cerca y me dijo que antes sí, pero que luego se había cambiado. Agregó que hace mucho se había cambiado de casa y por un momento se detuvo, dejó la tijera quieta en el aire y miró hacia afuera por la gran vitrina que da a la calle. Yo la miraba por el espejo, seguro que ella en ese momento recordaba a Mario, y el momento fue triste y a la vez reconfortante. Fue como un par de extraños que se cruzan en la calle y por un momento, un instante, creen reconocerse.Volví a mi casa montado en la bicicleta y con el pelo corto, con un dedo de largo en los costados y en la nuca y dos dedos en la parte superior de la cabeza. Volví feliz y renovado.Había pensado escribir un post acerca de Cortázar, a noventa y tres años y cuatro d[...]



Panc con pebre

2007-08-22T13:14:57.152-04:00

La sala repleta hasta los pasillos, gente sentada en el suelo o tratando de acomodar las sillas que aparecieron de pronto para unos pocos escogidos. La señorita C. y el Cuervo buscan donde sentarse pero es inútil. En el escenario hay una mesa con un Mac Book y una lámpara como de velador, tres sillas, un bajo, dos guitarras electricas y una de palo. El público es mayoritariamente femenino, en grupos o en solitario. La cita era a las 22:00 pero ya llevamos, fácil, quince minutos más. No importa mucho, de cualquier modo, pues deja tiempo para tomarse un vaso de vino en la entrada o darse una última vuelta por el baño.Finalmente se apagan las luces y anuncian que no se pueden consumir comestibles ni bebidas dentro del recinto y que se dará inicio a la presentación de María Perlita, novel artista que nos convoca en la fría noche de Santiago. Aunque lo de novel no es tan así, pues ya lleva un tiempo cantando esta chica, según escucho decir a un concurrente, en bandas como CHC y Elevador y que además teloneó a Olivia Ruiz en su gira por Chile. Ninguno de estos nombres me suena y, luego de encoger los hombros, me acomodo en el piso mientras frente a mi pasan tres chicas con latas de cerveza en la mano, en abierta trasgresión a lo anunciado por parlantes un minuto antes.Pero no es María Perlita quien aparece en el escenario, sino un sujeto rapado con una pequeña consola que instala en una mesa plegable. No se presenta ni saluda, sino que de inmediato hace sonar una melodía bien pegajosa sobre la que ensaya todo tipo de efectos y distorsiones. Al final de la canción recibe un aplauso tibio. Un nuevo tema, bien parecido al anterior. El Cuervo me dice, de manera muy acertada, que parece música de película chilena. Al final del segundo tema el aplauso es mayor, pero la verdad es que se está poniendo fome. Mientras dura el tercer y último tema pienso que hay música para escuchar en casa y otra para ver en vivo: definitivamente este es el primer caso. El tipo rapado, que se hace llamar o pertenece a un colectivo llamado El sueño de la casa propia, se despide con un movimiento de mano y desaparece con su consolita.Entonces sí, María Perlita se toma el escenario, acompañada por Nataniel Cox, en bajo y guitarra, Patricio Muñoz, el hombre orquesta, y Francisca Benítez, la mujer coros. La voz de María Perlita es notable, juega con las melodías y las inflexiones desde el primer tema. Abusa también, a veces, de su calidad vocal, reiterando tarareos que podrían omitirse dentro de la estructura de la canción. No importa. Suena y se ve bien. Los coros y la instrumentación, a pesar que podrían tildarse de minimalistas -término al extremo manoseado para referirse al los actuales "cantautores independientes" nacionales-, tienen una fuerza que llega por el lado de la simpleza. Tres o cuatro acordes de guitarra y un par de bases lo es todo en estas canciones de letras sencillas que hablan, principalmente, de amores desencontrados, rozando el cliché y salvándose con cierto toque de humor e ironía.Todo bien. Distinta de Javiera Mena y Francisca Valenzuela, más entretenida sin duda, con más complicidad con el público. Parecida a ratos a la Christina Rosenvinge (sin Subterráneos) de Continental 62, a ratos a lo primero de Juana Molina, en la época de Rara, María Perlita logra crear un ambiente íntimo al que ayuda, sin lugar a dudas, la iluminación que acompaña el show y la disposición de la audiencia. Recorre los once temas del disco como un paseo por un paisaje conocido y recorrido muchas veces. No hay errores y si mucha buena onda.La gente lo está pasando bien y al final de cada canción, literalmente, ovacionan a María P[...]



Invierno en el país de Alicia

2008-11-18T20:57:04.039-03:00

(image)
Lo primero es el olor a orines avinagrados y el movimiento pesado de los bultos que se refugian en las sombras de la escalera de una estación de metro, de los niños que se amontonan como cachorros en los rincones o los borrachos que duermen cubiertos con hojas de periódico. Así amanece cada día en la ciudad, esto es lo primero que el sol toca y descubre y revela. Luego, unos minutos después apenas, vendrán los otros, los que con overoles azules se encargan de remover los cadáveres, los cuerpos momificados de los que no soportaron el frío.



Con lápices como armas y letras como colores

2008-11-18T20:57:04.258-03:00

(image)
A enviar cuentos, relatos por cientos y miles, a cubrir la ciudad de palabras, a pintarla de voces, a despojarla del silencio.



Lugares comunes

2007-07-13T12:12:06.793-04:00

No pasó ni una imagen de mi vida frente a mis ojos mientras el cañón del revólver me apuntaba a la mitad del pecho, mientras la rabia me encendía las orejas ni mientras lanzaba el celular con toda mi fuerza contra el piso y la tapa se abría y desfortunadamente la batería se quedaba fija en su lugar y me largaba a putear al tipo que me amenzaba en un idioma incomprensible, mientras la calle y la noche se convertían en más calle y mucha más noche, mientras me iba convirtiendo en una estadística más, en un número de parte en una comisaría de amables pero ineficientes carabineros, en un argumento de la derecha para llenar este país de cárceles y las cabezas de los chilenos de miedo.
Ni una imagen de mi vida, ni una instantánea, ni una secuencia de hechos largamente olvidados. Ni una luz en los rincones porlvorientos del recuerdo.
Era una esquina oscura, una noche muy tarde, una camión encendido junto a la vereda, un sujeto que balbuceaba algo debajo de un gorro que casi le cubría los ojos, detras de una pistola que apuntaba y se mecía, nerviosa, era yo de pie con una bolsa en la mano mirando el celular a los pies del tipo, era el enojo imparable como tsunami, era la culata del revólver estrellándose contra mi cabeza y el hilito de sangre y los varios días de hinchazón y el recuerdo vago del camión que partía y se perdía en la noche ya tantas veces mencionada y en la avenida cubierta por serpientes de roja luz.
Puro cliché, puro lugar común no más.
Entonces los nuevos días, el celular nuevo y más moderno, los mismos caminos, el miedo que no pudo sembrar su semilla, la sonrisa que nunca se borra de la cara -bueno, a veces sí- y la lluvia que viene como a lavarlo todo, a limpiar y purificar.
Y la música, Rosalía de Souza cantando O rico acorda cedo e já começa a resmungar / O pobre acorda cedo e já começa a trabalhar / Vou pedir ao meu babalorixá pra fazer uma oração pra Xangô / Pra pôr pra trabalhar gente que nunca trabalhou / Pra pôr pra trabalhar gente que nunca trabalhou / Pra pôr pra trabalhar gente que nunca trabalhou.
Y el video, por supuesto.

(object) (embed)




Un sueño, curiosamente no una pesadilla

2008-11-18T20:57:04.877-03:00

Es un pueblo a orillas de un lago, un pueblo de casas de madera, sin edificios altos ni modernos, rodeado por vegetación muy verde, por bosques de enormes árboles que se alzan como despeñaderos junto al lago, en la otra orilla de este lugar que podría ser Puerto Varas o Paguipulli. Hace frío, seguramente es invierno.Soy yo en el sueño. Quiero decir: tengo mi apariencia y mis actitudes, tengo mi nombre. No hay nadie conocido pero hay una gran cantidad de gente, todo un pueblo. Conozco a algunos y todo parece normal. Parece. Hay algo que me hace sentir incómodo, una especie de comezón interna. De pronto me doy cuenta que las uñas me crecen muy rápido y debo cortármelas todos los días. Alguien menciona, a la pasada, que estoy muy chascón y al mirarme al espejo me doy cuenta que tengo el pelo particularmente largo y que la barba está más tupida de lo usual. Puedo oír ruidos distantes con gran precisión y cuando estoy solo me quito los lentes para leer libros que coloco a cinco, seis metros de distancia. Todo es extraño, pero lo más extraño es lo bien que me siento. Como renacido, como despertando de un largo sopor.Hay algo más. Cuando estoy mucho tiempo junto a alguien, esta persona se molesta, me grita, parece que no puede controlarse. Una chica en la calle me pega una bofetada sin razón alguna, y un comerciante me echa de su tienda sin querer atenderme. Mis amigos -tengo un grupo de ellos- se irritan en mi presencia, discuten violentamente entre ellos y conmigo. A pesar de cuidar mi apariencia, de cortarme la barba, el pelo y las uñas para parecer normal, ellos parecen intuir que hay algo que no encaja. Pero sus reacciones no son conscientes, sino que parecen generadas por algo profundo, atávico.Un sujeto de mi grupo de amigos también parece distinto. No se violenta y, muy por el contrario, parece disfrutar la situación. Puedo sentir que él, como yo, está cambiando. Pero de otro modo, sin preocupaciones, sin pensar mucho en ello, hasta que se revela. Su cuerpo crece y él trata de ocupar su poder para someter a otros. Mata a alguien sin remordimientos. ¿Debo también revelarme, mostrar mi nueva escencia y combatir a este engendro maligno? ¿No soy yo también un monstruo? ¿No es este sujeto mi alter ego, mi reflejo en el espejo distorsionado de la vida, mi doppelgänger?Un nuevo crimen es cometido en mitad de la noche y el miedo se huele en todo el pueblo. El sujeto ya no tiene freno, está lanzado a su propia y sangrienta cruzada. Cuando comienzo a buscarlo, la noche se abre para mi como un nuevo misterio, silencioso y fantástico. Es como caminar sobre un corazón que palpita a mil revoluciones por minuto, es como nadar con tiburones, es como convertirse en un tiburón y sumergirse en la oscuridad nocturna del océano.Lo encuentro al tipo cuando está a punto de matar a mi amigo -eso es en el sueño-, un chico de anteojos y pelo claro. Me abalanzo contra el sujeto y nos trenzamos en una pelea. Es fuerte, pero yo también lo soy. Mis uñas crecen, y también mi pelo. Con cada golpe que le doy mi cuerpo acelera su transformación, mi piel se cubre de rugosidades, mis orejas crecen, mis extremidades se alargan rasgando mis ropas. La pelea me abre heridas que cierran al momento, la pelea se convierte en un rastro de sangre que se abre camino entre la gente hasta la orilla misma del lago. Finalmente, contra un árbol de ancho tronco, despedazo el pecho de mi oponente y su cuerpo, inerte, queda colgando de una de mis manos.Vuelto a la paz, cansado, me encuentro con los ojos aterrorizados de la multitud. Mi amigo, [...]



MATASANOS

2008-11-18T20:57:05.265-03:00

(image)
(todo lo que sigue va a sonar a resentimiento y me importa un bledo)
Detesto a los médicos.
No a todos claro (tengo una tía que es médico y Bachelet, que goza de mi simpatía aunque no de mi adhesión política, también lo es), pero casi.
Detesto que cuando uno les dice “señor López” lo corrijan por “doctor López”, como si eso fuera parte de una condición social superior. No pasaría lo mismo con el profesor López, o con el simple cartonero López.
Los detesto porque creen que nos hacen un favor al atendernos y más encima nos cobran, y no precisamente barato.
Detesto que lucren de nosotros, pobres mortales, y nuestras enfermedades.
Detesto que nos usen para pagar sus autos último modelo y sus consultas en La Dehesa.
Detesto que nos hagan esperar tres cuartos de hora para luego echarnos una miradita en cinco minutos, extendernos una receta de mínimo $15.000.- y mandarnos de vuelta para la casa.
Detesto que si uno llega cinco minutos tarde te dejan para el final del turno, si es que.
Detesto sus rostros impávidos, sus ademanes robóticos, su falta de calidez para tratar a otro ser humano (que, dicho sea de paso, además está enfermo).
Detesto que te dejen con el torso desnudo para contestar una llamada personal en su celular.
Detesto que no te tomen en serio, que no te pregunten lo mínimo, que, luego de que uno les ha dicho que ha tenido fiebre alta, dolor de cabeza y vómitos, escriban en mi ficha que me atendió por “dolor en el pecho y tos” (a esta altura ya se nota que es personal el asunto).
Detesto a los médicos porque, después de haberle dicho que ayer sentía pésimo y que tuve que faltar al trabajo y que en ningún lugar pude encontrar hora de atención apenas me dio un papelito como justificativo, al estilo del colegio o de la universidad, ni siquiera una licencia médica, pese a que se la pedí.
Una vez, el hermano de la señorita C. justificó el alto costo de una consulta médica pues “había que recuperar la inversión”. He aquí el problema. Uno no debiera estudiar medicina para hacerse rico a costa de las enfermedades de otros. Deberían estudiar medicina por el interés de sanar a otros, de ayudarlos, y así ganarse el pan en una ocupación digna y hermosa.
Seguro que hay muchos médicos que están de acuerdo conmigo, y lo hacen de esta manera e incluso mejor.
Por eso les pido disculpas, porque hoy detesto a los médicos.



Easy like a saturday morning

2007-06-16T09:36:53.238-04:00

Sábado por medio, temprano en la mañana, paso por una calle donde se instala una feria libre.
Recién los feriantes están armando sus puestos de fierro, recién están cubriendo los armatostes con lonas listadas en azul y blanco, uniformaditos todos, obedientes y, seguro, también trasnochados. Van descargando los hombres los camiones, van desordenando cajas, sacos y colores: verdes distintos de acelgas, lechugas, repollos, achicorias, zapallos italianos, apios, pimentones; colores cálidos de naranjas, manzanas, ajíes; tonos de púrpura que se desparraman desde el claro rábano y el casi trasparente nabo hasta la sanguinolienta betarraga y la oscura berenjena. Hay también cebollas, puestos de ropa usada, repuestos para bicicletas, cachureos, libros. Hace tiempo me compré allí Ayer, de Juan Emar, a no más de doscientos pesos, una edición antigua y algo ajada.
Los feriantes y sus toldos de colores, su variedad de matices y olores, sus palabrotas gruesas para el oído dormido, el humo de sus cigarros y cafés, sus braseros de carbón teñido de blanco, sus mujeres con delantal y sus niños sonámbulos, todo este paisaje me sale al encuentro los sábados por la mañana -uno sí y otro no- mientras recorro esa calle habitualmente desierta en dirección a la cordillera nevada después de las lluvias. Aparecen los feriantes como sacados de un cuadro renacentista, reproduciendo sin querer esquemas áureos de composición, asomándose unos tras otros y escondiéndose, hurtándose a la vista y al recuerdo.
Camino, invisible, entre ellos, reconociéndolos, censándolos, tratando de grabar sus risas en el papel ajado de mi memoria somnolienta, dejando escapar las volutas de vapor que dibujan animales fantásticos frente a mis ojos, silbando sin querer una canción de White Stripes cuyo video clip dirige Michel Gondry, de quién vi la semana pasada La ciencia del sueño, una bonita fábula, una terrible fábula de amor e imaginación desbocada, conceptos que son un poco sinónimos en este mapa inconmesurable -feriantes incluídos- que se llama vida.
Y así va.

(object) (embed)




Al principio de todo estaba -está- el Verbo

2008-11-18T20:57:05.460-03:00

"Lo primero es lo primero"Pienso que éste es el peligro de llevar un diario: se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad", escribe Sartre en La náusea.Vamos a ver, entonces, como nos va con las mentiras, con esta especie de doble virtual que estamos creando, criatura de Frankenstein que, en una de esas, hasta cobra vida propia. Eso no sería ni de lejos lo peor. Lo peor sería que esto no se convirtiera más que en un espejo, que no fuese ya nunca una puerta o una ventana o el autorretrato de un pintor ingenuo.En fin, bienvenidos."Hace poco más de dos años, exactamente un 28 de abril, escribí esto. Fueron las primeras palabras que poblaron este espacio, fueron las que de alguna manera lo predefinieron y lo condenaron a ser lo que es. Comencé como un juego, un poco por burlarme de mi buen amigo Crisis, quien me habló de su blog y al que traté de exhibicionista virtual. El arte es exhibicionismo, me respondió en un mail, aunque no estoy seguro que con esas palabras exactas. Touché.Durante los primeros meses escribí con una vehemencia suicida, a toda hora y prácticamente todos los días. Escribía a las tres de la mañana o las cinco de la tarde. Todo. Lo que se me pasara por la cabeza. La verdad es que no era una muy buena época, ahora que lo pienso. Ciertas confusiones, ciertos desaciertos, me habían sacado del mapa y puesto en órbita por un rato. Estaba más perdido que encontrado.Quizás durante un año o algo así este blog no fue más que una especie de desahogo seudopoético y urgente. Luego vino la calma. Ya la lista de frecuentes en el costado derecho se había armado y una especie de comunicación se gestaba a parpadeos, apareciendo y desapareciendo a ratos. Esto es un poco como el asteroide de El Principito: hay que fijarse en la limpieza de los volcanes para que no nos pillen desprevenidos. Así, algunos volcanes se extinguieron, nacieron nuevos, se mantuvieron los más. Si bien ya no los acicalo tan seguido como antes, de todos modos me doy una vuelta y los visito de vez en cuando, silencioso, solapado y observando.No creo que esto de los blogs sea una revolución de las comunicaciones, en tanto el acceso a internet no está al alcance de todos y tampoco es en internet donde se jugaran las cartas cuando tengamos que salir a la calle a exigir una vida más humana, más justa. La mayoría del tiempo me parece más bien una especie de autocomplacencia pequeño burguesa, para utilizar una terminología decadente. Yo mismo soy, la mayoría del tiempo, un pequeño burgués autocomplaciente.Pero no iba de eso este post. Iba de una especie de aniversario. De una copa de champaña virtual que se levanta para todos aquellos a quienes alcance y quienes quieran brindar. Dos años de esta especie de juego, de haber abierto la tapa de la caja, de lanzarse a la pantalla luminosa del computador.Dos años ya, y el futuro completo por delante.[...]



Cumpleaños de la señorita C.

2008-11-18T20:57:05.668-03:00

"Qué puede haber sino silencio en mitad de una noche sin tu silueta completando el esquema de la constelación más cercana, qué puede haber sino la soledad cuando la luz de tu sombra no se dibuja en ninguna puerta. Entonces los espacios se van vaciando de tu presencia, lo que de algún modo también significa que yo me voy vaciando de ellos, voy suspendiendo mi existencia en una suerte de limbo otoñal, cercado por las amarillas hojas de los plátanos orientales."Así comienza la carta, las letras vertidas en la madrugada como palabras de un náufrago delirante en medio de un océano denso y oscuro. Una carta lenta, fuego silencioso que se arrastró frente a los ojos como un reguero de sangre. Así no más.Después vinieron otras cosas, menos fiebre y más sonrisa: comprar un alfajor y un berlín para desayunar con la señorita C. en su nuevo aniversario, un ramo fresco de flores blancas con centro de un amarillo intenso, de aspecto salvaje y a la vez ingenuo, que le iluminaron el rostro como si recién amaneciera en su cuarto, una larga conversación acerca de las propiedades curativas de los imanes, mi condición de karma en su vida -según la misma tía de los imanes-, revisar las fotos del viaje a Baires, que resultaron ser muchas menos de las que pensabamos y que consideramos normales para una pareja de vacaciones (me encanta una donde aparezco mirando un busto de Borges en el Parque 3 de febrero, y otra donde aparece la señorita C. iluminada por el sol del atardecer en la estación San Isidro), encargar una torta de bizcocho y piña para la celebración, sin mucha crema y cubierta de merengue, ir en bus y en metro leyendo Moros en la costa, de Ariel Dorfman, una novela del año '72 que es una extraña mezcla de voces y silencios, de imágenes enrevesadas y críticas literarias a libros que nunca existieron, y de aquí en más el resto del día es pura presunción, pues nótese que el aquí es realmente un aquí y también un ahora, es este momento preciso en que termino este párrafo con este punto.Será más tarde, entonces, después de una siesta y de envolver el regalo, un libro de fotografía de tamaño bastante considerable, después de recoger la torta y viajar por la noche casi invernal de Santiago, será después de la fiesta familiar y las copas de vino que podré nuevamente mirar los ojos límpidos y emocionados de la señorita C. para brindar con nuestras pupilas como con vasos rebosantes de ambrosía, si se me disculpa la cursilería."Entonces hoy, como siempre y para siempre, vengo a tí apenas vestido de noche, armado con una letra en una mano y un signo de interrogación en la otra, con un beso incompleto en los labios, vengo a encontrarte en este terreno oscuro de la madrugada mil veces revivida. Caigo en la noche, inocente, como se cae en el sueño infantil de las sábanas recién planchadas, caigo en tí como en una piscina de dulce agua, de argentino brillo y fulgor, un océano lunar y propio. Caigo una, dos, treinta veces, diez mil novecientos cincuenta veces. Y luego, muy después, siglos más tarde, despierto y te miro. Digo entonces: esto debe ser la belleza. Despierto y te miro. Digo entonces: ya no hay nada que me falte, y aunque todo me faltase, con esta imagen me bastaría para convertir todo el mundo en tu jardín, en tu parque personal poblado de baobads y pájaros multicolores."Así termina la carta. Aquí las palabras reconocen que no bastan, que no son suficientes. Aquí el corazón se abre[...]



Pequeño trozo de otoño transubstanciado en papel y tinta

2008-11-18T20:57:05.776-03:00

(image)
Una pareja se besa y un niño mira hacia la oscuridad del túnel. Una mujer abre su cartera y saca un espejito redondo. La primera hoja que aparece en su mano es anaranjada y pequeña. La segunda hoja es más grande, quizás de álamo. Las cinco siguientes parecen arrancadas de un jardín japonés. El niño ve con la boca abierta cómo las hojas salen de la cartera y caen al piso del vagón. La muchacha, olvidando a su amante, deja escapar un grito de espanto que se pierde en el olor del bosque que lentamente se va cerrando alrededor.

(Este cuento, cuyo título es simplemente Otoño, acaba de aparecer en Santiago en 100 palabras: los 100 mejores cuentos, librito que pueden retirar gratuitamente durante la semana en la Biblioteca de Santiago)



La ciudad y las ciudades

2008-11-18T20:57:05.904-03:00

(image) Dentro de cada uno de nosotros hay una ciudad.
No me refiero a una metáfora del cuerpo, con sus arterias, órganos y tejidos. Digo: dentro de cada uno de nosotros hay una ciudad, con sus calles, edificios, parques, ríos, perros vagos y personas. Hay una ciudad hecha de costumbres, de códigos, de silencios y soledades, de esquinas peligrosas, de paranoias -unas más acentuadas que otras, por supuesto-, de sonidos y de olores. Tenemos nuestras propias líneas de metro -subte, le dirían allende la cordillera-, nuestras autopistas, nuestras formas de conducir, nuestros automóviles y nuestras bicicletas. Insisto: no es una alegoría.
Es como una especie de sello de agua, como parte integrante de eso que llamamos identidad. Es parte de la forma que tenemos para concebir la realidad que nos rodea, de relacionarnos con ella, de reproducirla e incluso de crearla, si viniese al caso; es el filtro a través del que casi siempre vemos, medimos y juzgamos al mundo, el conocido y el por conocer. Es nuestra propia privada ventanita que nos cobija y proteje y, casi siempre, aisla.
No digo que sea malo, de ningún modo. Uno debe estar parado en algún sitio para poder caminar, para dar un primer paso hacia eso otro que se nos ofrece o que nos llama. Y por parado me refiero a geográficamente situado, mas no encerrado. Hay que saber mirar hacia dentro, a nuestra propia ciudad, para lanzarse hacia el exterior.
En Buenos Aires, por ejemplo, los automovilistas dejan mucho que desear. Sin ofender, claro, pero ¿quién puede concebir manejar con las luces apagadas por la ciudad? Este hecho, que es sin duda peligroso -tanto para el que maneja como para el potencial atropellado, sea en Rodriguez Peña o en la Nueve de julio-, es, también, parte del discurso o del ser porteño. En Santiago no podríamos concebirlo y si vemos a alguien sin luces por la calle le hacemos señas desde la vereda para que las encienda. En Buenos Aires, las manos se nos acalambrarían de tanto hacer agitarlas.
No hay ciudades buenas ni malas. Lo que hay es una gran cantidad de ciudades distintas: ciudades con el olor del smog y la asepsia de la modernidad, ciudades con olor a corbatas y maletines, ciudades con olor a petróleo y puerto, ciudades con olor a tierra y animales, ciudades con olor a árboles y alegría. Ciudades con música tecno, ciudades con rock & roll, ciudades con ritmo de salsa o meregue, ciudades donde no se escucha nada, apenas la respiración de los que duermen.
Eso no más.
Ahora mismo me voy a dar una vuelta por mi ciudad, mi ciudad querida, envuelta por la noche y el frío, silenciosa bajo el murmullo de los televisores, cegada por las luces del consumismo, acotada por la pobreza disfrazada.
Voy y vuelvo.