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Blog de Pérez Domínguez





Updated: 2018-04-17T15:25:18.559+02:00

 



Paco Camarasa

2018-04-02T23:49:10.454+02:00

Cuando todavía me lamentaba por la muerte de Philip Kerr me he enterado de que también se nos ha ido Paco Camarasa. Qué jodida casualidad que las últimas entradas que escribo en el blog sean dos necrológicas. Mucha gente no sabrá de quién hablo. Sin embargo, para otros ―lectores, sobre todo― Paco era el librero de referencia en España, un país donde hay más escritores que lectores: cada día tengo menos dudas. Su librería Negra y criminal era lugar de paso obligado para todos los autores que de alguna manera ―aunque sea tangencial o esporádica, como en mi caso― nos hemos acercado al género en nuestras obras. Sólo lo vi unas pocas veces, pero siempre fue amable y generoso conmigo. La primera vez, en una Semana Negra de Gijón, al frente de su puesto de libros en el festival asturiano. Le dije que quería comprar una de esas camisetas negras molonas con el nombre de la librería serigrafiado. Para tener una, me dijo, has de venir un día a la librería y te haremos una foto. La foto me le hice unos años después en la puerta del mítico y peculiar local de la Barceloneta. Su mujer, Montse, fue quien me inmortalizó. Era un honor ser retratado y formar parte del álbum de Negra y criminal. Por mucho tiempo que pasara, Paco Camarasa siempre recordaba tu nombre y te regalaba un abrazo al saludarte. Un San Jordi me lo encontré en la Rambla, muy temprano. Yo había salido a dar una vuelta antes de que empezara la locura de las firmas, como el general que se asoma a reconocer el terreno antes de la batalla. Paco ya estaba allí, antes que nadie, ordenando los libros de su chiringuito. Estuvimos hablando un momento y me deseó suerte. 
Me gusta tanto la Barceloneta, donde estaba la librería de Paco y de Montse, que la he sacado en dos novelas. Durante la promoción de una de ellas me acerqué a saludarlo. En la otra, por desgracia la librería ya no estaba. No me cabe duda de que Paco Camarasa y su Negra y criminal tienen mucho que ver con que me guste tanto pasear por ese barrio pintoresco asomado al Mediterráneo. La próxima vez que pase por Barcelona volveré a darme una vuelta por allí. Pero ya no será lo mismo 

 © Andrés Pérez Domínguez, abril de 2018



Adiós a Bernie Gunther

2018-03-24T18:14:21.535+01:00

Esta mañana me he enterado de la muerte de Philip Kerr y he sentido la misma pena que si hubiera perdido a un amigo. Mi querido Óscar Oliveira me ha llamado para contármelo. Se lo ha llevado un cáncer a los sesenta y dos años recién cumplidos. Desde que lo descubrí gracias a las recomendaciones de otro querido amigo, Gregorio León, le he dedicado varias entradas en este blog. No se trata hoy de repetirme, no me apetece. Aún me faltan por leer dos novelas de la serie del gran Bernie Gunther y hoy he sabido que hay otras dos pendientes de publicación en España. He aprendido y sobre todo he disfrutado con los libros de Philip Kerr. No se me ocurre una manera mejor de rendirle tributo que leyéndolo, pero ahora, por desgracia, será de un modo diferente porque sé que los cuatro libros que me faltan serán los últimos protagonizados por el detective Bernie Gunther. Es igual que tener unas pocas botellas de un vino delicioso que ya no se volverá a vender y dudar entre abrirlas o guardarlas para una ocasión especial. En mi estantería tengo algunos libros de éstos: estoy convencido de que me van a gustar mucho y en lugar de empezarlos los dejo que críen polvo y las páginas amarilleen porque, si las cosas se ponen feas en el futuro y te dan ganas de decir a la mierda con todo, serán el último refugio. Es lo que tienen algunos libros, por raro que parezca. Y es lo que nos pasa a quienes la ficción nos conmueve a veces, por suerte, tanto como la propia vida. Philip Kerr ha dejado huérfano a Bernie Gunther y el cínico detective berlinés nos ha dejado huérfanos a todos los lectores que amábamos su cáustico sentido del humor, su rebeldía, su suerte, su coraje y su capacidad de salvar el pellejo en las situaciones más complicadas. Ya no los veremos envejecer. Descanse —descansen los dos— en paz.© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2018 [...]



Alegrías de domingo

2018-03-19T17:22:33.822+01:00


Termino estos días —más bien estas semanas, espero que no meses— una novela en la que llevo sumergido mucho tiempo. La trama está cerrada, sé todo lo que pasa —casi todo, mejor dicho—, pero voy corrigiendo muy despacio el último borrador, entreteniéndome en lo que no me convence el tiempo que haga falta. Como en una montaña rusa —lo de rusa es literal, porque buena parte de la trama sucede en Rusia—, hay capítulos que ventilo en un día; sin embargo hay semanas en las que, con suerte, no consigo apuntalar más de uno. El insomnio se ha convertido en un inevitable compañero habitual y las jornadas de trabajo, cada vez más largas, se dividen entre las que el desánimo gana terreno y te planteas seriamente si merece la pena tanto esfuerzo para escribir algo que tal vez nadie querrá leer, que incluso ningún editor, nunca se sabe, querrá publicar; y las que, a lo mejor porque luce el sol, eres un poco más benévolo contigo mismo y te dices que, al cabo, no lo haces tan mal. Estos días me traía de cabeza encontrar una dirección en el París de los años 30. Si no daba con ella, ya tenía decidida la forma de arreglarlo. Hay muchas formas de resolver estos asuntos, trucos nobles e innobles, pero esta mañana, tras gastar varios días buceando en Internet, por pura casualidad he encontrado lo que buscaba y tres o cuatro cosas más que no esperaba. Ya conozco el lugar exacto de París donde sucede un capítulo fundamental —¿cuál no lo es?— de la novela y unos cuantos detalles más que me darán para añadir un nuevo capítulo que reforzará la trama.

Uno escribe y también busca, pero la mayor parte del tiempo avanza a tientas y es muy difícil encontrar un tesoro. Por eso la alegría de esta mañana de domingo, laborable para quienes sufrimos el castigo del perfeccionismo, la sonrisa de satisfacción del investigador que resuelve un caso muy complicado. Hoy es unos de esos días inesperados en los que sientes uncosquilleo en la barriga al darte cuenta de que, después de todo, este oficio extraño merece la pena.



© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2018



La felicidad de la tierra

2018-03-16T14:50:41.386+01:00

Hay un libro de Manu Leguinechecuyo título recuerdo a menudo: La felicidad de la tierra. Lo tuve en mis manos, hace muchos años, cuando se publicó, pero no lo compré. Luego lo he visto alguna vez en puestos de saldo, creo que se ha reeditado hace poco. Al final acabaremos encontrándonos, seguro. Paseo tanto por el campo andaluzque el título del libro adquiere una resonancia especial, un significado puede que distinto al que quieren expresar sus páginas, pero me da lo mismo. Hace muchos años, cuando empecé a publicar, algunos amigos me sugerían que me fuese a vivir a Madrid, o a Barcelona. No digo que no tuvieran razón. En Madrid, argumentaban, parte de tu trabajo sería acudir a saraos literarios, dejarte ver, conocer a otros escritores, editores, gente de eso tan confuso y engañoso llamado mundillo literario. Pero nunca lo hice, ni siquiera me lo planteé. No sé si obré bien o mal, pero no me gusta alternar, y mucho menos me gusta pasar la mano por el hombro a nadie, ni que me la pasen o me hagan la pelota. Tampoco sé hacerlo. La pelota, quiero decir.Paseo estos días de inviernocon mi perro y no me cambiaría por nadie. Durante las horas centrales el sol apunta a la primavera, aunque falta tanto todavía, y el aire que sale de la tierra recién roturada tiene una deliciosa consistencia húmeda. Dan ganas de tumbarte, cerrar los ojos y  apretar los puños para triturar los terrones. Los olores que disfrutaste de niño te mantienen atado a un lugar, aunque no te hayas dado cuenta: el de la tierra recién arada, el de la hierba mojada, el aroma impagable del azaharcuando llega la primavera en el sur de España; el olor de Mowgli: a veces cierro los ojos, hundo la nariz en su pelo y es igual que viajar cuarenta años atrás, cuando el mejor momento del día era volver del colegio y jugar con mis perros. Tal vez uno se pasa la vida buscando al niño que fue. Pocas cosas me gustan más que viajar, conocer lugares nuevos o volver a visitar los que disfruté, pero soy consciente, y lo soy cada vez con más intensidad, de que mi sitio está aquí, por mucho que, como a un querido amigo ―Nico Gallardo: si no sabéis quién entonces es que esta última reflexión no es para vosotros, no os preocupéis―, me incomoden los tópicos del sur, sobre todo cuando se cumplen. www.twitter.com/aperezdominguezhttp://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2018[...]



Empacho de banderas

2017-10-06T11:47:24.446+02:00

         No tengo nada en contra de esas telas coloridas que manifiestan el entusiasmo o la pertenencia a un grupo, a un territorio o a una ideología concreta o confusa, pero salgo a la calle y me doy cuenta de que estoy empachado de banderas. Una cosa es verlas amodorrado en el sillón durante el telediario y otra toparte con ellas al dar un paseo. Que cada cual decore el balcón de su casa estos días como le plazca, pero que no cuenten conmigo. Nunca he tenido una bandera guardada en un cajón. Al cabo, lo que me cansa no es un trozo de tela, sino la intención de quien la coloca en su balcón o se la anuda al cuello como una burda capa. Hace unos pocos días, en Normandía, me gustó ver que en bastantes casas francesas de la costa ondeaban orgullosas banderas norteamericanas, supongo que por el agradecimiento genuino de la gente al sacrificio aún patente en las estremecedoras cruces blancas del cementerio de Omaha beach. Pero ésa es otra historia. No marearé más la perdiz: me molestan las banderas que antes que una filiación, respetable o no, expresan el rechazo a lo contrario; las que en lugar de sumar restan por mimetismo o por ignorancia, a veces, espero, sin quererlo. Nada en contra de las esteladas si no significaran a menudo, acaso siempre, el rechazo a España; nada en contra de las banderas de España que veo en los balcones del sur si no tuviesen también ese tufillo anticatalán que tanto me molesta. Del mismo modo que evito estos días hablar con amigos catalanes cuyas intenciones independentistas conozco o presumo, procuro sortear conversaciones con amigos andaluces o madrileños para los que el rechazo a todo lo que venga de Cataluña es la única forma posible de enfrentarse a lo que está pasando. Quizá no sea éste el mejor momento para la equidistancia y acabas sintiéndote muy solo. O tal vez es que ya estoy muy cansado. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2017 [...]



¿Emoción o análisis?

2018-01-09T10:56:59.329+01:00

(Si no habéis visto Juego de tronos y tenéis intención de verla, no leáis este post. Avisados estáis...)Muchos espectadores se han sentido decepcionados con algún episodio de la penúltima temporada de Juego de tronos. Traicionados, quizá: suelen ocurrir estos disgustos cuando lo venerado no alcanza las expectativas. Yo no me encuentro entre ellos, ni siquiera porque el colmillo se me haya retorcido irremediablemente de tanto inventar historias. Juego de tronos cada vez me gusta más, y esta temporada que concluyó el otro día es de las que más he disfrutado. Sí, vale, las elipsis son tramposas y todo el mundo no tiene por qué hacer la vista gorda. Pero me puede la emoción de lo que va a pasar aunque lo intuya, o quizá, precisamente, porque lo intuya. Adoro a la mayoría de los personajes, y los que se me atragantan acaban desapareciendo como merecen. También han desaparecido muchos que habrían merecido mejor suerte, pero quién ha dicho que la ficción tenga que ser justa si la vida no lo es. Jon Nieve es demasiado noble, de acuerdo, pero a lo mejor hacía falta alguien que tomara el testigo del ya lejano y tal vez olvidado Luke Skywalker. Si las niñas Stark han sufrido tanto, ¿cómo no vas a perdonarles su frialdad? Jamie Lannisterera un hijo de puta que empezó a caerme bien cuando le cortaron una mano, y esta temporada me he revuelto un par de veces en el sofá para que no se lo cepillara el aliento de un dragón o su hermana vengativa. Me encanta cuando se tapa la mano ortopédica de oro y se marcha solo, esperemos que al peligroso norte, para terminar de redimir sus pecados. Desde la primera temporada, mi favorito es Tyrion, el enano cínico (la ironía, dicen, no es sino amargura destilada): fascinante cuando observa la batalla y murmura a su hermano que se largue aunque el Matarreyes ni siquiera sepa que está allí; fascinante también el diálogo con Cersei en el último episodio. Y ese dragón zombi demostrando que a la hora de la verdad los muros no sirven de nada; y Jon Nieve llamando a la puerta de Daenerys... Yo prefiero disfrutar de todo eso sin preocuparme de los tiempos acortados o de las distancias imposibles de recorrer. Es como ir a un concierto y malgastar el tiempo buscando los fallos de cada músico en lugar de disfrutar del espectáculo. El exceso de análisis te impide pasarlo bien, me temo. Puede que no tenga razón, pero es que nunca he servido para crítico. Y cuando me emocionan soy capaz de perdonarlo casi todo. allowfullscreen="" frameborder="0" height="315" src="https://www.youtube.com/embed/J0DMhrgdgKU" width="560"> www.twitter.com/aperezdominguezhttp://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2017 [...]



Un viejo cascarrabias

2017-08-20T03:30:30.047+02:00

Voy camino de acabar siendo un viejo cascarrabias. No puedo hacer nada por evitarlo. Me molestan los ruidos, el bullicio, los lugares multitudinarios, las caravanas para ir a la playa y cada vez tengo menos paciencia con los cantamañanas. Pero, para ser sincero, de jovencito también me molestaban estas cosas. Aunque no recuerdo bien si antes me incomodaban tanto las prisas; la urgencia que los demás quieren transmitirte, quiero decir. Será cosa de estos tiempos (sí, ya lo sé: es la frase típica de un gruñón amargado y anticuado, pero lo avisé en la primera frase): todo tiene que ser inmediato, cuanto antes, para ayer si puede ser. Lo del atentado en Barcelona hace dos días es una muestra triste (y preocupante para un futuro viejo misántropo) de la puñetera urgencia por contarlo todo y por saberlo todo. Para enterarse de lo que está pasando basta tener un móvil y conectarse a las redes sociales donde miles de personas, con mejor o peor criterio, estarán encantadas de informar. Todo sucede tan rápido (los acontecimientos, la información), que los medios de comunicación, para no quedarse atrás, también se contagian de esas prisas y recogen lo que dicen las redes, lo acertado y lo desacertado, lo interesante y el humo. Conducía la otra noche mientras escuchaba en la radio las diferentes versiones de lo que había pasado: después del atropello, dos terroristasse habían atrincherado en un bar con rehenes, el conductor de la furgoneta había aparecido muerto en un coche que se saltó un control, pero resulta que luego el conductor era otro y había muerto en un tiroteo posterior... Hasta el propio jefe de los mossos ha tenido que desmentir varios de estos bulos. No hagáis mucho caso a lo que oigáis sobre el atentado todavía, les dije a unas personas durante una cena esa noche. Es que lo han dicho en la tele, replicaron, como si a estas alturas los medios de comunicación fueran un canal infalible. Algunos periodistas también se contagian de las prisas y vocean noticias sin contrastarlas. Echo de menos los tiempos en los que, cuando pasaba algo, la única forma de informarte era corriendo la mañana siguiente al kiosko para comprar un periódico. Pero es que, y es la cuarta vez que lo digo, voy camino de ser un viejo cascarrabias.  www.twitter.com/aperezdominguezhttp://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2017[...]



Mi abuelo

2017-07-27T19:18:56.807+02:00


(image) El hombre más sabio que conocí no sabía leer ni escribir. La frase no es mía, es de Saramago. Ser escritor es darte cuenta a menudo de que las mejores frases ya las han escrito otros. Si no eres consciente de eso, además de no ser humilde resulta que también eres tonto. Mi abuelo tampoco sabía leer ni escribir. Con mucho trabajo remataba su firma en papeles cuyo significado no podía interpretar. Hoy me entero de que es el día de los abuelos y recuerdo que en mayo pasado se cumplieron veinte años de su muerte. Sólo conocí a mi abuelo paterno y a mi abuela materna. Mi abuela paterna murió cuando mi padre tenía tres años. Mi abuelo materno cuando yo era un bebé y no me acuerdo de él. Tengo la suerte de que aún viven casi todas las personas que he querido, pero de mi abuelo me acuerdo cada día. Recuerdo haberle preguntado de niño por lugares con resonancias épicas donde estuvo en una guerra que perdió (Ebro, Jarama...), pero hasta que no fui mayor no me di cuenta de que no le gustaba hablar de eso. Tampoco de la cárcel en la que lo encerraron luego. Allí le anunciaron la muerte de mi abuela y lo despertaron con un cubo de agua helada porque se desmayó al recibir la noticia. Hace más de cuarenta años que me lo contó. Aún le envidio la forma tranquila, tan digna, de asumir la parte oscura de la vida. Mi padre envejece y cada día se parece más a su padre. No sólo en lo físico. Si se enfada o está triste, es muy difícil darse cuenta. A mí me gustaría parecerme algún día a mi padre y a mi abuelo. Ser tan fuerte y tan digno como ellos. A mi abuelo lo convertí en el personaje de una novela. Esa novela se la dediqué a mi padre y a mi abuelo. Mi abuelo nunca supo que  mi oficio llegó a ser el de juntar palabras. Creo que le habría gustado saberlo. 
 © Andrés Pérez Domínguez, julio de 2017



Vidas paralelas

2017-07-13T14:40:16.523+02:00

Por alguna extraña razón acostumbro a sobrecargarme de trabajo cuando estoy muy ocupado. Será tal vez porque me siento más vivo y con más ganas de hacer cosas cuando las tareas se multiplican, o es que tengo miedo al tedio, a no hacer nada y quedarme bloqueado y con los pies dormidos para siempre si no ando embarcado en algún proyecto. No hablo sólo de trabajo, también hablo de la vida. El verano avanza, inexorable y asfixiante, cada vez más, qué pena, en el sur, pero me levanto muy temprano cada mañana y como muy tarde a las ocho estoy escribiendo. Necesito unas cuantas horas de concentración plena antes de que suene el teléfono (a pesar de que suelo tenerlo en silencio cuando escribo, no puedo evitar mirar la pantalla en los breves descansos y me cuesta no atender las llamadas perdidas o los mensajes acumulados) y la vida, que sigue ahí, al otro lado de la ventana, me requiera para las tareas cotidianas: hacer recados, atender a los amigos y a la familia, ocuparme de cosas importantes que no tienen que ver con el oficio de escritor. Al cabo, me gusta ese desdoblamiento, la posibilidad de vivir no sólo las vidas de mis personajes, sino también dos existencias paralelas que a menudo se alimentan la una de la otra y me mantienen en equilibrio saludable: la escritura y la vida real, lo que pasa en las páginas que escribo y lo que sucede más allá de mi despacho. El escritor que soy y el tipo corriente que pasea por la calle con su perro, va a entrenar, al cine o charla de lo que se tercie con sus amigos. Me entusiasma cuando, como la otra noche, durante una emotiva cena familiar, nadie se acuerda de mi oficio ni se siente extrañamente cohibido por él, y tampoco en la obligación de preguntarme por mis proyectos o por las ventas de mis libros, ni me atosiga bienintencionada y cariñosamente relatándome sus lecturas o sus cuitas.   www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2017 [...]



La piel fría

2017-07-12T08:58:05.913+02:00

Fue mi querido Félix J. Palma quien me puso sobre aviso hace trece años. Por aquella época hablábamos a menudo, nos contábamos nuestras inquietudes literarias e incluso algunos años antes cotejábamos mes a mes nuestras bases de datos con certámenes para concursar. Félix me alertó, decía, sobre una novela que había leído y estaba seguro de que me encantaría. Como tiene buen criterio y me conoce como lector y como escritor, le hice caso y compré La piel fría, de Albert Sánchez Piñol. Todavía tardé varios meses en leérmela (otras lecturas mandaban y yo estaba entonces arremangado en la promoción de La clave Pinner) pero cuando la empecé no pude parar hasta el final. Una historia tan sencilla como inquietante y fascinante: un exactivista del IRA llega a una isla del Pacífico Sur en la segunda década del siglo XX. En ese lugar apartado, sólo vive un tipo peculiar que responde al no menos peculiar nombre de Batís Caffó y cada noche les atacan unos monstruos que vienen del fondo del mar. No sé cuántas veces habré animado a leer esta novela a los amigos que intuyo que la van a disfrutar. También hice lo propio con los oyentes del programa de Punto Radio donde recomendé libros durante cuatro temporadas. Hoy me preguntaba un amigo si acostumbro a releer. No suelo hacerlo, por falta de tiempo, le he contestado, pero, ahora que lo pienso, La piel fría es uno de los libros que me gustaría releer. Me fascina. Hoy he vuelto a pensar en esta novela porque he visto en las noticias que en octubre se estrenará su adaptación cinematográfica. Hace tiempo leí que Matthew McConaughey andada detrás del proyecto, pero no supe más del asunto. Tengo curiosidad por ver  La piel fríaen el cine, pero me pasa igual que con esos libros que me gustan tanto: no sé si será mejor quedarme con lo que leí. Supongo que la curiosidad ganará la partida. www.twitter.com/aperezdominguezhttp://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2017 [...]



La dificultad

2017-06-22T23:58:55.836+02:00

Un amigo me preguntaba hace un par de días por mi nueva novela. Chasqueé la lengua, incómodo, sacudí la cabeza. Ahí ando, le respondí, que es lo máximo que acostumbro a contar cuando estoy atascado, no sólo en el trabajo, sino en la vida en general. No suelo dar muchas explicaciones. Por coherencia, tampoco las pido. Pero Alfonso es un chaval al que aprecio y me explayé un poco: estoy peleándome con ella, añadí; ya veremos quién gana... Alfonso, que además es compañero de tatami, sonreía, convencido de mi victoria mucho más de lo que yo puedo estarlo. No creo haber escrito nunca un libro, y ya van unos cuantos, sin que la incertidumbre y el desánimo estén ahí agazapados, esperando a que bajes la guardia. Aún queda la mitad del trabajo por hacer, pero hay días que me cuesta avanzar ―el calor y el verano no ayudan― porque se me ocurren o descubro cosas nuevas y para hacerles hueco he de descartar otras ya escritas y encajadas. Es un continuo cambio de párrafos estos días, de añadir personajes nuevos y quitar otros para al día siguiente, tras recapacitar y consultarlo con la almohada ―este trabajo no es bueno para quienes padecemos episodios de insomnio―, rescatarlos y volver a colocar en su sitio. Al final lo consigues, claro. Es la única certeza que puedes tener en este oficio, lo he dicho más de una vez: por muchas dudas y por muchas ganas de arrojar la toalla que tengas, al final sabes que lo conseguirás. Es eso lo que te empuja a continuar. Eso y el amor propio, la ilusión de hacerlo mejor que la última vez aunque quizá esa sea la principal dificultad porque cada vez te pones el listón más alto y la exigencia es mayor ―sí, cada nueva novela, por raro que parezca, es mucho más difícil de escribir que la anterior―; y también sigues adelante ―también y quizá sobre todo― porque no quieres decepcionar a los amigos que creen en ti. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017 [...]



El sofá de los raros

2017-06-13T09:53:44.587+02:00

Sala de espera de un hospital. Tengo que buscar acomodo mientras le hacen una prueba a una persona muy querida. Es la tercera planta, con vistas al campo, tan lejos del bullicio de abajo que casi parece la recepción de un hotel vacío. Sólo falta el hilo musical. Uno de los sofás está frente a la cristalera por la que pueden verse varios huertos, con líneas de olivos verdeazulados, terrones secos y alguna envidiable piscina. La estampa cualquiera del campo andaluz en esta época del año: calor y encanto, sudor y alegría. Me acomodo en ese sofá, el sitio perfecto para aislarte. Sólo hay tres o cuatro personas. Todas móvil en mano. Pongo el mío en vibrador, como si a alguien le importara que suene, y mi hermana me llama para preguntar si todo bien. La informo y abro un libro, de espaldas a los que pasan el dedo por la pantalla del móvil para no perderse una conversación por whatsapp, para no dejar de estar al día en las redes sociales. Siento que cualquiera que me mire va a pensar que me he sentado en el sofá de los raros. O que he venido para me vea un psicólogo y como soy tan raro me pongo a leer un libro mientras espero. Apenas llevo tres o cuatro páginas y he subrayado alguna frase que me gusta, para eso traigo un lápiz y en el sofá de los raros uno puede permitirse algunas excentricidades, pero ha venido más gente a la sala de espera. Desde el sofá de los raros me entero del calor que ha pasado una mujer en el camino del Rocío, de lo bien que debe de bailar sevillanas su sobrina y de la sospecha de cuernos en un matrimonio amigo, no sé si durante la romería o en cualquier otra época del año. Me gustaría seguir leyendo, pero ya es imposible. Tampoco tengo interés en las cuitas rocieras. Resignado, saco los auriculares y el móvil y enciendo la radio. Al menos el murmullo consigue aislarme. Ya he contado que me he sentado en el sofá que me corresponde. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017 [...]



La ternura infinita

2017-06-08T11:52:20.679+02:00

  Tendrá ochenta años, quizá un poco más. Renqueando, se sienta a mi lado, en el banco del andén donde espero el cercanías. Para variar, yo he llegado pronto. Estoy contento porque el médico me ha dado una buena noticia (mis rodillas están en perfecto estado y puedo seguir practicando karate otros treinta y cinco años, por lo menos...) y para aprovechar el tiempo he abierto, lápiz en mano, un libro sobre el penoso exilio de Lev Trotsky mientras Stalin y los suyos le hacían la vida imposible. Hace poco acaba de salir un tren, el del anciano que me acompaña. Si tuviera veinte años, murmura, para sí, pero en realidad me está hablando a mí, no se me habría escapado el tren. Ni con cuarenta, insiste, mirando de reojo la portada del libro que tengo en las manos sin conseguir descifrarla, me temo. Sin cerrarlo, dejo de leer. Sonrío, le doy la razón con un leve movimiento de cabeza. El pantalón gris, la camisa blanca, las alpargatas, el acento cerrado y la dirección en la que acaba de partir el tren que se le ha escapado, me dan todas las pistas que necesito sobre él: humilde, de un pueblo de Sevilla, lejos de la ciudad, en el límite de la provincia. Un viaje a la capital, temprano, para una visita al médico o para realizar un trámite burocrático en la oficina de alguna administración. Gente de bien, de otra época, acostumbrada a trabajar de sol a sol, que en la ciudad se siente como un extraterrestre. Dos mujeres de mi edad acaban de llegar. Si fuera más joven, vuelve a lamentarse, dirigiéndose a ellas, no habría perdido el tren. Sus hijas sonríen y me miran, buscando complicidad. El libro sigue abierto, pero las vicisitudes de Trotsky en la complicada Europa de los años treinta ahora quedan muy lejos. Mejor subamos, le sugiere una. Aquí hace demasiado calor. No le falta razón. Aún faltan un par de semanas para que empiece, pero el veranoamenaza a ratos desde hace días, temible, en Sevilla. El hombre sacude la cabeza, enérgico, con una convicción inquebrantable que me recuerda a la de mi abuelo. Yo no me muevo de aquí, sentencia. Una de las hijas suspira, resignada, pero enseguida el gesto se torna amable. Aún falta una hora para que salga el próximo tren, le cuenta, y con la palma de la mano le acaricia el hombro. Me fijo en su camisa, impoluta. Puede que una de ellas, o las dos, por turnos, se encargue de lavarle y plancharle la ropa. Intuyo que falta la esposa, la madre de ellas, aunque la imaginación a veces me juega malas pasadas. La otra se inclina sobre él, le da un beso. Me dijiste que me invitarías a una cerveza, le recuerda, al oído. No te vas a librar. Anda, papá, vámonos para arriba. Hay tiempo de sobra. El hombre chasquea la lengua, con contrariedad fingida por haber claudicado, se levanta, se coge de los brazos de sus hijas y se marchan los tres en busca del bar. Me dicen adiós. Pocas cosas me desarman más que la ternura con los mayores. El mismo trato amable y paciente que necesita un niño. He cerrado el libro. Ya no podré volver a leer mientras esté en la estación. www.twitter.com/aperezdominguezhttp://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017 [...]



22/11/63

2017-06-05T14:58:50.760+02:00

         A estas alturas, decir que Stephen King es un genio resulta una obviedad tan manida como prescindible, sobre todo cuando hasta muchos de sus detractores se han ido rindiendo a su talento. El novelista de Portland podrá gustar o no, como cualquier escritor, pero no creo que mucha gente, por muy estirada que sea, ponga en tela de juicio su ingenio. El Stephen King que más me gusta no es el terrorífico, aunque Misery me parece, a pesar del miedo que recuerdo, una obra maestra. El Stephen Kingque me conquista es el que ambienta sus tramas en décadas pasadas, con guiños constantes a su juventud o a su infancia. Y, también, como no, el de Rita Hayworth and Shawshank redemption o La milla verde. De los últimos años cincuenta y de los primeros años sesenta trata sobre todo 22/11/63. Como tantos otros libros, tenía esta novela esperando en la estantería desde hace mucho tiempo. Creo que se publicó en Españaen 2012, así que no es una novedad, ni falta que le hace. Pocos lectores no conocerán al menos una parte de su trama: un profesor de Literaturaviaja en el tiempo para tratar de impedir el asesinato de Kennedyen 1963. La premisa es atrayente, pero no resulta más que una excusa para retratar un mundo desaparecido que con el paso del tiempo se antoja mágico. El asunto del magnicidio me interesa mucho menos que la mirada y las peripecias de Jake Epping / George Amberson en el pasado. “Creo que fue entonces cuando decidí que nunca iba a regresar”, piensa en un momento dado, y yo cada vez me identifico más con él, y soy feliz cuando lo veo integrarse poco a poco en un mundo tan distinto al de ahora. No me interesa el magnicidio, decía, y me da igual que se pueda viajar al pasado a través del cuartucho de una cocina o en una máquina del tiempo. Lo que me hechiza es ponerme en el pellejo del protagonista al conocer a Sadie, o cuando baila con ella In the mood en una fiesta delante de los alumnos. De la novela 22/11/63 se rodó una serie que tenía grabada y no he querido ver hasta leer la novela. No he podido terminarla. Y es una pena, porque, por desgracia, no está a la altura. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1 © Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017[...]



La incertidumbre

2017-06-02T00:39:11.300+02:00

 En una entrevista, hace muchos años, recuerdo a Steven Spielberg confesando que hacer películas era un trabajo muy frustrante porque, al rodarlas, nunca te salían como lo habías planeado. Mucho tiempo después, Pedro Almodóvar contó algo parecido: cada vez que empezaba a rodar una película sentía que no sabía cómo hacerla. La experiencia no parece servir de mucho cuando la creatividad y el azar son parte inseparable del trabajo. Hace apenas una semana, en una entrevista conjunta a Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías, este último manifestaba que cuando está escribiendo una novela lo asaltan dudas terribles: ¿le gustará a los lectores? ¿Me la publicarán? ¿Me la publicarán? se preguntaba Javier Marías, por más que a más de uno le dé (nos dé) la risa al imaginarlo. Parece mentira, pero es posible que dijera la verdad. Literariamente hablando, y si nos ceñimos a las ventas y al número de personas que conoce tu trabajo, yo soy un escritor de clase media (aunque la clase media literaria, igual que en la vida, amenaza con extinguirse) y Marías es millonario, pero la incertidumbre, presumo, es la misma, o al menos parecida. Durante las últimas tres semanas he hecho una pausa en mi nueva novelapara plantear con cierto detalle la segunda mitad que aún me resta por escribir. Durante estos días en los que las páginas han dejado de avanzar al habitual ritmo lento pero constante me han asaltado muchas dudas: si esta novela encontrará un editor que la quiera publicar, que además apueste por ella y la mime; si seré capaz de terminarla y el resultado no será sonrojante; si habrá algún lector al que le interese. Es parte del oficio y es parte de la vida, vaya. Te acostumbras. A veces hasta te ríes. Total: si Javier Marías tiene dudas, por qué no habrías de tenerlas tú. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1 © Andrés Pérez Domínguez, junio de 2017[...]



Doce hombres sin piedad

2017-03-05T22:48:59.422+01:00

  Comentaban el otro día en la radio la película Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet, con guión de Reginald Rose. Espléndida, por cierto. La he visto más de una vez, hace siglos ya. Doce hombres encerrados para deliberar sobre la culpabilidad de un joven, que parece clara hasta que uno de ellos se empeña en aguarles la fiesta sugiriendo que el chico puede ser inocente. En la radio mencionaron la memorable versión de Doce hombres sin piedad que se hizo en el programa Estudio 1, de TVE, que también recuerdo haber visto, no en su estreno, porque fue en 1973 y yo era demasiado pequeño para acordarme, pero seguramente en alguna reposición, siendo un niño todavía. Por esos caprichos de la memoria, sólo tenía grabado a José Bódalo en su papel de tipo amargado empeñado en condenar a un inocente. Pero en la web de TVE se puede rescatar esta joya y he corrido a buscarla. No es sólo José Bódalo: también están José María Rodero, Manuel Alexandre, Rafael Alonso, Jesús Puente, Sancho Gracia, Ismael Merlo, Pedro Osinaga, Luis Prendes... Así hasta doce. Un plantel que te ríes de los Ocean´s twelve. Echadle un vistazo. No lo lamentaréis. Yo hace casi cuatro décadas que lo vi en Estudio 1. España era un país muy diferente, mucho más gris, puede que más triste, pero cuarenta y cuatro años después uno enciende la televisión y siente que se ha perdido algo mágico. Basta mirar la programación de la mayoría de las cadenas y el esfuerzo de rebuscar entre programas zafios donde vociferan vagos recalcitrantes y alguna folclórica caduca ―disculpadme el fácil pleonasmo― ni siquiera merece la pena. Y quizá lo mejor de ver Doce hombres sin piedad en Estudio 1 sea comprobar, satisfecho, que, aunque muchos se empeñen en negarlo, ministros incultos incluidos ―perdonadme el pleonasmo, de nuevo―, muchos de los actores españoles no tienen nada que envidiar a los extranjeros, a los americanos quiero decir: José María Rodero no le va a la zaga a Henry Fonda, ni José Bódalo a Lee J. Cobb. Casi siempre la diferencia estriba en la falta de medios. Pero ésa es otra historia. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1 © Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2017[...]



Lo único que queda

2017-01-19T15:29:02.701+01:00

Un libro se publicará o no, tendrá más o menos lectores, contará con el favor de la crítica o pasará desapercibido. Con el tiempo comprendes que todo eso es secundario y aceptas, felizmente, que, a pesar de los sinsabores y trabas del oficio, escribir supone ventajas innegables. Para mí, una de las mejores es que cada nuevo proyecto se parece a estudiar un máster en el que aprendes muchísimo. Estoy convencido de que soy una persona distinta, y espero que mejor, tras haber leído tantos libros sobre el espionaje en la IIGM para escribir La clave Pinner y haberme pateado tantas veces el barrio de Triana por las mismas calles que mis personajes; haber visto tantos combates de boxeo, estudiar sus reglas y viajado a Lisboa para encontrar el destino de mi querido Rafa Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli; empaparme sobre la vida del físico más famoso, cruzar el Atlántico para encontrar la casa donde pasó el verano de 1939 y leer mucho sobre el comportamiento de las partículas subatómicas para escribir El factor Einstein; devorar testimonios de supervivientes del Holocausto y visitar campos de exterminio para escribir El violinista de Mauthausen; buscar concienzudamente pruebas del apoyo del gobierno de Franco a los nazis huidos tras la guerra y recorrerme una y otra vez las mismas calles de Madrid por las que transitaban el capitán Navarro, Erika Walter o Gregorio León en El silencio de tu nombre; pasar muchas horas hablando con policías y visitando comisarías para escribir Los dioses cansados. La nueva aventura de Gordon Pinner que ahora ando escribiendo es un ambicioso proyecto que, cuando ni siquiera está mediado, ya me ha llevado a recorrer 12.000 kilómetros y a leerme con atención de opositor una docena de libros. Ahora estoy a punto de zamparme este tocho de casi 1.000 páginas sobre la dinastía de los Romanov porque, aunque en la novela apenas se verá la punta del iceberg (no, no es una broma gratuita teniendo en cuenta que buena parte de la trama sucede en la Unión Soviética), seguro que encontraré algo interesante, algo inesperado también. Dicen que las buenos libros son los que te sacuden por dentro, los que te han vuelto una persona distinta una vez leídos. Puede ser. Pero estoy seguro de que si un escritor sigue siendo el mismo tras haberse pasado un par de años conviviendo con fantasmas que le rondan por su cabeza, si no ha aprendido algo, principalmente sobre sí mismo, entonces su trabajo no habrá servido de mucho. . Andrés Pérez Domínguez, enero de 2017 [...]



Premios polémicos

2016-10-21T13:50:23.120+02:00

La semana pasada se fallaron dos premios a los que a menudo acompaña la polémica: parece que a los suecos les va la marcha y, permitidme el fácil juego de palabras, Bob Dylan les ha correspondido haciéndose el sueco. Con el premio Nobel a Bod Dylan tengo sentimientos encontrados: por una parte, me parece bien que se valore la poesía convertida en cancióny se popularice un galardón que demasiadas veces suele descubrir a un autor ―a menudo por razones políticas o de justicia geográfica― antes que reconocer una carrera; por otro lado, dudo que la dimensión del poeta Bob Dylan fuera la misma sin la muleta imprescindible de la música, y eso resulta injusto para quienes batallan con la única ayuda de la plumay el papel.  Unos pocos días después se celebró la gala de otro premio, el Planeta, que también suele ir acompañado de polémica. He de confesar que nunca había oído el nombre del finalista ni sabía de su obra, pero sí de Dolores Redondo, porque lleva vendidos muchos, muchísimos ejemplares, de su trilogíaambientada en el valle de Baztán. No conozco personalmente a Dolores Redondo y, aunque la curiosidad no deja de crecer, he de confesar que aún no he leído ninguno de sus libros. Tiene mucho sentido que una autora superventas, y que además publica en la casa, pueda acceder a un premio como éste. No entiendo ni comparto la mala baba que algunos de los colegas de letras han vertido en las redes sociales estos días sobre la obra de la escritora premiada y los organizadores del premio. Un premioque, en muchos casos, y aunque lo nieguen, estarían encantados de ganar. Escribir es un oficio hermosísimo pero, a poco que uno se descuide, empieza a compararse con los colegas que venden más y a buscar argumentos que se reducen solapadamente al tan manido por qué él y no yo (ella, en este caso). Y, al cabo, las redes sociales son un altavoz de la miseria, de la amargura que a muchos escritores les provoca el éxito de los demás. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1 © Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2016[...]



¿Tú qué escribes?

2016-10-16T13:58:36.247+02:00

Vaya por delante que la mayoría de la gente es amable, y que uno ha tenido la suerte de contar con lectores fieles desde su primera novela, que ni la prensa ni la crítica lo ha tratado mal y que, además de halagador, pocas cosas resultan más reconfortantes en este oficio que el entusiasmo de un lector agradecido. Pero he de confesar que sucede a menudo: cuando alguien te presenta, con buena voluntad añade pomposamente el calificativo de escritor, y la persona a la que acabas de conocer se queda mirándote un instante, preguntándose si tu cara o tu nombre deberían sonarle. Teniendo en cuenta la afición lectora de este país, se trata de una cuestión estadística: un encuentro casual entre un escritory sus lectores es poco menos infrecuente que ganar la lotería. Como estás acostumbrado al ritual, ya que no has podido escaquearte, te armas con una sonrisa. Muchas veces, la persona que te acaban de presentar te pide que repitas el nombre y, como un colegialque aún no sabe vocalizar, vuelves a decírselo, más despacio, aunque sin mucho entusiasmo, porque te sabes la conversación de memoria: lo siento, no me suena; yo es que leo poco, no tengo tiempo, y cuando leo suelen ser cosas relacionadas con mi trabajo, o cosas de egiptología, o de astrología, o de temas sevillanos (en Sevilla pasa muchas veces). Pero buscaré tus libros, añade, ¿dónde puedo encontrarlos? Y entonces entiendes por qué cada día cierran dos librerías en España: algunos lectores no saben que existen unos lugares donde los libros se pueden comprar. A veces, si la persona a la que acabas de conocer no se ha percatado de tu cara de póquer, te pide que le recites, otra vez como un párvulo, los títulos que has publicado, pero has decidido que ya tienes bastante. Ahora que conoces mi nombre puedes buscarme en Google, le explicas. Ahí está toda la información que necesitas: títulos, entrevistas en la prensa, tele, radio, reseñas... Tienes unas cuantas novelas donde escoger. Lo mejor es que lo decidas tú. El marketingno es lo mío, vaya. Alguno incluso te lo dice: anda que así vas a vender libros... Yo es que no los vendo, respondo. Los escribo. Lo más sensato es inventarte una profesión y, cuando te presenten como escritor a alguien que no tiene ningún interés en los libros en general y en los tuyos en particular, mantener la sonrisa y decir que se trata de una broma, que en realidad eres astronauta, sexador de avestruces, observador paciente de nubes, gigolóen paro. Y todos contentos. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1 © Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2016[...]



Granada Noir

2016-10-08T13:28:39.835+02:00

   Las reuniones donde se juntan varios escritores a menudo se parecen a una competición ridícula en la que, el que más y el que menos, intenta demostrar que es el más gracioso, al que agasajan con más ofertas de traduccioneso adaptaciones cinematográficas de sus obras, el que más liga o el que la tiene más larga, vaya. Por haber padecido esa sensación incómoda alguna vez, he desarrollado una tendencia natural a declinar participar en la mayoría de los saraos a los que me invitan, y he de confesar, y no me da vergüenza confesarlo, que muchas veces estoy equivocado. Cuando en mayo pasado estuve en Granada, Jesús Lens y Gustavo Gómez me invitaron a volver en otoño para participar en la segunda edición de Granada Noir. Hay un par de razones por las que, a pesar de lo que apuntaba más arriba, acepté: la primera, porque de niño me enseñaron que hay que ser agradecido con quien se ha portado bien contigo, y Jesús Lens se había tomado la molestia de zamparse Los dioses cansados y presentármelo en Granada y, aunque te pueda gustar una novela o la obra de un autor, a veces, y por diferentes razones, presentar un libro resulta una carga insufrible; la segunda, porque Granada es una de las ciudades más hermosas que conozco, y no creo que nadie que camine de noche por el Paseo de los Tristes ―a un lado el Albaicín y al otro la Alhambra― tenga los arrestos de afirmar que no ha merecido la pena visitarla. Acercaos por Granada Noir hoy, si os pilla cerca, o empezad a organizaros para hacerlo el año que viene. Os aseguro que merece la pena, que no es una competición entre escritores para ver quien es el que la tiene más larga, sino una reunión de amigos. Le auguro un futuro espléndido a este festival granadino. Ojalá vuelvan a invitarme.www.twitter.com/aperezdominguezhttp://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2016 [...]



Múnich

2016-07-23T14:38:36.373+02:00

    Llego al final de una agenda como quien cierra una etapa. El número de cada página anotado en el margen superior hasta llegar a la última, la 244, y apuro las últimas líneas como si no hubiera otro cuaderno intacto esperándome. Este que clausuro ahora me ha acompañado durante los últimos nueve meses en la soledad de mi despacho o en la de la habitación de un hotel, en la mesa apartada de un bar, en un tren o a bordo de un avión (las salpicaduras de tinta, que tan mala pasada te juega cuando falta presión, lo demuestran en más de una página), en ciudades que conocía y en varias que visitaba por primera vez; palabras que me llamaron la atención y otras cuyo significado habría de buscar más tarde en un diccionario; curiosidades, notas para una novelaque tengo empezada y otra de la que aún no he escrito una sola frase; una suerte de diario casi siempre incomprensible salvo para mí, como debe ser; apuntes sobre cosas que he leído, he visto o me han contado; gastos de viajes, entradas de espectáculos o de lugares que visité y guardo buen recuerdo (teatros, restaurantes de Madrid, tarjetas de hoteles a los que siempre querré volver, museos de Rusia y de San Petersburgo). En Moscú, precisamente, cuando apenas llevaba unas pocas páginas de este breviario que ahora se acaba, estaba la noche en la que unos terroristas que invocaban a Alá ametrallaron a los clientes de una discoteca de París. Que el día que otro malnacido ha asesinado a nueve personas en Múnich ―otra de las ciudades de las que conservo hermosos recuerdos― sea el mismo en que llegue a la última página no sé si es casualidad, pero tal vez sí el reflejo de a lo que nos hemos acostumbrado, lo que nos queda por vivir. Quizá el único antídoto para esta sinrazón sea el de seguir viviendo. El de seguir escribiendo. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2016[...]



Borrar la sonrisa

2016-07-15T21:23:10.464+02:00

    Si se te instala una sonrisa en la cara que nadie será capaz de borrar, merece la pena, ya lo creo, recorrer algo más de doscientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir a ver una obra de teatro. No siempre tienes la oportunidad de sentarte en las mismas piedras de las gradas de un teatro donde hace dos mil años se sentaron otros espectadores, como tú, y tal vez también emocionados cuando flameaban las luces de las antorchas antes de empezar la función. Hay cosas que por estar tan al alcance de la mano corremos el riesgo de no darnos cuenta del privilegio que supone disfrutarlas. Alejandro Magno, que se representa esta semana en el teatro romano de Mérida, vale la pena. Eso ya lo he dicho al principio. Pero en un lugar así la función es lo de menos. Es el marco lo que verdad importa. La sonrisa imborrable en la cara, como un niño feliz. La emoción es tan intensa que no te importan los kilómetros recorridos ni los que tendrás que recorrer a la vuelta, ni el tipo tan grande, tan gordo y tan maleducadoque ha bajado por la grada con la función ya empezada ―seguro que sin entradas porque alguien lo ha dejado pasar o desde una parte más lejos del escenario porque ha visto un sitio libre― y se ha encarado con una mujer que lo estaba mirando. Te alegras de no haberte enterado y de que te lo cuenten en el viaje de vuelta, porque estabas muy cerca y las tripas te hierven, tanto que hasta puedes oír las burbujas, cuando de malos modales se trata. Pero nada puede robarte la sonrisa anoche, decía; nada te puede impedir aplaudir, de pie, hasta que te duelen las manos, no sólo porque Félix Gómezy sus compañeros de reparto lo han hecho muy bien, sino porque durante dos horas sentado bajo las estrellas el mundo se ha parado. Es muy tarde cuando por la radio del coche te enteras de lo que ha pasado en Niza. Qué frívolo te parece de repente haber disfrutado tanto, ajeno a esa tragedia. Qué pena que un hijo de puta, o muchos, cualquiera sabe, haya sido capaz de cancelar tu sonrisa cuando menos te lo esperabas. www.twitter.com/aperezdominguez http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2016[...]



Truman

2016-07-02T12:58:13.866+02:00

MowgliNunca es fácil el verano. Tampoco éste tendría por qué ser diferente. Estás a punto de salir para un viaje, no muy largo, apenas un día, y cuando llamas a la residencia donde cuidaban de Mowgli el año pasado resulta que no van a abrir, al menos de momento. Mala suerte. Cancelas el viaje, con buen ánimo, y te dices que los problemas están para solucionarlos. Pero no es tan sencillo. Como un ratoncito aplicado buceas en Internet para encontrar un lugar donde puedan acomodar a tu perro, porque ya es verano y el resto de la familia también está lejos y no puede cuidar de él. Miras las fotos de la gente que se anuncia como cuidadores de mascotas, intentas adivinar si tienen un lugar donde tu perro pueda correr, o si lo que está a su espalda es un parque. Mandas correos, llamas a algunos. Están demasiado lejos o las fotos engañan. Vivimos en un piso, te dicen, pero los fines de semana cogemos el coche y nos vamos con los perros al campo. Como el año pasado descubriste un lugar donde lo cuidaban bien ahora te cuesta más fiarte. Durante cuatro días pasas muchas horas buscando una solución. Tienes viajes que hacer, y no puedes llevarte al perro y tampoco pedir a nadie que lo cuide. Después de visitar varias, encuentras una residencia canina que, aunque está lejos, te ha gustado. Total, lo importante es el bienestar de Mowgli. Y también has encontrado una casa con parcela grande, donde podrá estar con varios perros y jugar. Lo dejas una noche, para probar, y al volver a tu casa te hace gracia que sin darte cuenta te hayas convertido en el padre responsable de un animal de dos años. Te preparas una cena ligera y sin muchas ganas te pones a ver el partido de Gales y Bélgica en la Eurocopa. Apenas faltan unos minutos para que termine y los de Gareth Bale ya se han asegurado un puesto en semifinales. Cambias de canal y están poniendo Truman. La casualidad es muy puñetera: Ricardo Darín, inmenso, como siempre, le cuenta a Javier Cámara lo triste que está por haber dejado a su perro a dormir en casa de unos desconocidos.                                                                       www.twitter.com/aperezdominguezTruman http://www.facebook.com/perezdominguezandres1© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2016[...]



Firmas en la Feria del Libro de Sevilla

2016-05-05T11:17:40.662+02:00

(image)
Queridos: estaré firmando ejemplares de Los dioses cansados (y de toda mi obra, claro) en la Feria del Libro de Sevilla.

Os dejo las coordenadas:

-Sábado 30 de abril: Casa del Libro, 21-22 horas. Justo antes, a las 20 horas, será la presentación en la Pérgola y habrá una copa de Barbadillo para los asistentes.

-Domingo 1 de mayo: El corte inglés, 13-14 horas.

-Sábado 7 de mayo: Beta, 20-21 horas y Palas, 21-22 horas.


Nos vemos en la feria.






Los dioses cansados (presentación en Sevilla)

2016-04-19T10:39:34.401+02:00

Queridos: el próximo 30 de abril, sábado, a las 20 h será la puesta de largo en Sevilla de Los dioses cansados, en la Feria del Libro. El presentador será Cristóbal Cervantes, a quien ya he puesto en el compromiso de presentarme y entrevistarme en público varias veces (para eso están los amigos): la primera, hace 12 años, cuando se publicó La clave Pinner. Y, ahora que caigo, desde enero de 2008, cuando los dos mantuvimos una charla con los lectores para dar a conocer El factor Einstein, no presentamos una novela en Sevilla, así que ya iba tocando, y Los dioses cansados es algo especial... Pues eso: será una excusa para que todo el que quiera se acerque y hablemos de libros. Además, habrá una copa de Barbadillo para los asistentes. Esa misma noche estaré firmando en la caseta de Casa del Libro, y también volveré a firmar el domingo 1 y el sábado 7 de mayo. No digáis que no os he avisado con tiempo... 
Nos vemos en la Feria del Libro.