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…la escritura automática es un estornudo de la mente, un tic nervioso de los dedos llevado al límite o a ninguna parte para descongestionar las cañerías cerebrales y verter los residuos en una página sin ningún objetivo, el resultado puede ser cua



Updated: 2018-03-06T17:14:07.649-05:00

 



Me lanzo de cabeza en una taza de café hirviendo...

2009-07-11T10:53:11.584-05:00

... y no chisto al tacto del agua enfurecida. Busco el fondo para libar un poco del azúcar indisuelto y lo mastico a golpes para lastimarme las coronas de los dientes. Intento verme las palmas de las manos y lo logro, poniéndolas casi junto a la nariz. Trago, me hincho, no puedo salir a flote, tampoco lo quiero, camino en círculos, y para entretenerme repito el abecedario al derecho y al revés, multiplico cualquier número por siete y si no sé la respuesta me la invento. Qué más da. ¿Qué mal le puede hacer al mundo multiplicar seis mil doscientos cuarenta y cuatro marsupiales por un simple siete? Hago malabares con los granitos de café que lograron superar el colador. El café ya habrá hecho efecto. Igual no tengo sueño. Pero recuerdo que hay una navaja en el bolsillo trasero de mi pantalón y apuñalo las paredes del pocillo, me cuesta un largo rato de trabajo pero logro hacer una hendidura y cavo, despacio y con fuerza, en círculos concéntricos, tranquilo, tarareo “What a wonderfull world” y cierro los ojos, todas mis fuerzas concentras en la punta de mi arma, y sin parar de hincar el filo recuerdo un día de playa bajo un sol redondo y categórico en el que junto a dos mujeres que aún no conocía bien construimos castillos de arena muy profundos y deformes pero llenos de ganas, con arena colgada de los pómulos, aferrada al redondel de los ombligos, casi un volcán de arena construido como disculpa para mover el cuerpo muy cerca unos de otros, para doblar la espalda y empinar la cintura con las palmas apoyadas un poco más abajo, de pronto siento un dolor agudo en el antebrazo, he cavado ya hasta el otro lado de la taza, un hueco humilde, las aristas me hieren la piel pero el café me sana mientras abandona el recipiente. Una mujer observa el mantel manchado de café, toma la taza abandonada y no entiende qué pudo haber pasado. Mira el fondo, y claro, no me ve. Si hace rato que huí a buscar alguna que me quitara este mareo. Y vaya si la encontré. ¡Pero qué es lo que has tomado!, alcanza a preguntarme antes del primer mordisco.



Cuando los hombres de bien se vuelven irascibles...

2009-06-03T17:24:14.595-05:00

...el pecho se les congestiona con la baba negra de las emociones encontradas y tanta comodidad de felpa acumulada en la frente va dando paso a irradiaciones concéntricas de estupor amargo, nada los contenta en esas pequeñas fracciones de segundo en las que el mundo les muestra la otra cara, una mueca seca y torva que no saben digerir al vuelo, que les hace preguntarse cosas que no logran formular y cuyas respuestas se encogen con las antenas de los caracoles desconfiados. Las velas de todos sus barcos se agitan contra el viento y no se mecen con las olas. Los zapatos que se pusieron al derecho les hacen daño en los huesillos sobrantes de los pies, y los botones de la camisa no encajan en los ojales de enfrente sino en orificios escogidos al azar. Se detienen a entender cómo la bondad no ha sido consecuencia lógica de un mundo bueno ante su pies, pero las lenguas se les muestran opulentas en denuestos y no permiten que sus desazones encuentren el camino de la calma. Hombres buenos, animalitos por momentos subvertidos en el azar de los encuentros, de los choques de poder entre los bichos y los sueños, gordos entumidos de cabeza y flacos de cordura. Valen oro por sus buenas voluntades. Pero no hay quién les pague el precio que merecen. Todo irrumpe a saco y deja sus casas arrasadas. (...)



Puso un dedo sobre una superficie lisa seguro de que algo en sus partículas menores habría de notar su presencia sanadora

2009-05-30T14:53:05.951-05:00

Legó lo que quedaba de su minúscula fortuna a los regeneradores de materiales desechados. Hizo caso omiso del último consejo de su madre aquel día en el que los pantaloncitos cortos ya no le ocultaban con buen tino el vello de las piernas retorcidas. Hizo una nueva pausa sin dejar de orar pestes marchitas en la punta de la lengua. Y contando de quince en treinta sumó cuatromil doscientos cincuenta y dos gallinazos en el cielo. Nada alrededor le entregaba las respuestas envueltas en pequeños papelitos de celofán importado de la China. Y ni haciendo un esfuerzo extra con sus dos pupilas enteras y henchidas de dolor lograba separar las ondas radiodifundidas del resto del aire. Era un momento extraño, sus dedos en la mesa, sus sumas en las nubes, sus pesos repartidos entre hombres y basura y el resto de su cuerpo dividido entre el drama de no hallar señales radiosónicas dirigidas desde algún rincón del mundo especialmente para él, y la desazón irremediable de saber que lo que a esas horas lo tenía en semejante posición no era más que un capricho súbito y recalcitrantemente intrascendente que a lo sumo para él y dos o tres hembras futuras tendría cierto grado de interés. (Escritura: 4' 49”. Edición: 2’ 30”)



Se tiraba del pelo porque sentía que en el fondo algo lindo debería suceder bajo su cuero cabelludo...

2009-05-29T23:58:49.804-05:00

... quizá un baile neuronal que se activara sin querer al sentir el ritmo de los folículos pilosos azotados sin ninguna cadencia particular. Tampoco sospechaba que las ranas fueran a dejar sus monigotes de palabras para esa noche, y que la luna se derretiría de manera sutil pero imparable dentro de los recipientes que guardaban las pequeñas para consumir el agua rara de la mañana. No entendía demasiado de helioedros, y por eso decidió dejarlo todo al azar y al encuentro fortuito de los dedos sobre la mesa rota, pero al mismo tiempo sentía que aquel fogón tarde o temprano lo habría de premiar con un buen trozo de pan de amasar los cuerpos. Decidió no ahondar en la fenomenología de los espíritus difusos, pero eso no le preocupaba demasiado, al fin y al cabo nada podía ser mejor que ver caer la tarde sobre un lienzo hecho pedazos. Trató de volver al libro, pero el demasiado orden lo confundió, echó mano de la revista de poemas ilustrados pero seguía sosteniéndola siempre al revés y no sabía cómo librarse de ese sino. Silbó. Y de pronto todo se hizo claro. Lo que acababa de leer le pareció completamente aleatorio, y supo que ni el más desordenado de los cerebros conocidos podría encontrar en ello nada digno de ser puesto en el cajón de la razón. Volvió a silbar por accidente. Y todo volvió a su posición patasarriba. Sonrió. Y se dejó llevar por la corriente. (Escritura: 5’ 25”. Edición: 4’ 30”)



Encontrarte una moneda y gastarla de inmediato en un cigarrillo que no te fumarás

2009-05-29T23:59:40.176-05:00

Coleccionar recortes de prensa y guardarlos en cualquier bolsa imaginando que las frases podrían componer historias mejores que las tuyas pero archivarlas en un cajón que nunca abrís. Dirigirte indiferente a la vecina de tu amigo y contarle en tono grave ciertas complicaciones de salud que sólo a él le atañen. Jugar a lustrarte los zapatos con la bota de los pantalones de tus compañeros de vagón en un metro de seis y media de la tarde. Arrojar un libro nuevo desde la ventanilla de un carro sin importarte nada que en diez minutos haya sido reducido a un amasijo de hojas empolvadas. No distinguir entre la cara de uno u otro ser humano por un rato y suponer que todos son viejos conocidos. Comprar un par de kilos de solomo extranjero y pasearlos por un parque apacible afilando una navaja como quien no quiere la cosa. Desintegrar con un silbido la ilusión y tomar un taxi de repente. Ver llover hasta que todo se te olvide. Informarle a la central de policía que un pedazo de papel no ha parado de dar vueltas hace más de media hora en un remolino que lo tiene arrinconado en la calle tal con la carrera tal. Inclinar tu cuerpo en una venia agradecida ante cada nueva cara que te alegre. Y pedir la hora con susurros a las ancianitas que paseen perros mansos. Vivir así. (Escritura: 5’33”. Edición: 4’12”)



El tren se deshace pero salta de alegría...

2009-05-30T00:01:00.584-05:00

...Las guitarras que alguien lleva en un saco de alambres parecen tronar al ritmo del destartale general. Un banco en el que vibran las nalgas empapadas de siete u ocho negras vestidas de colores, no se inmuta aunque la tarde sea para él un descargar de bofetadas. La puerta del cajón superior en la que viajan las gallinas está a punto de venirse abajo, y los excrementos de las aves son usados por algunos para decorar sus pómulos con gesto de indios agitados. El tambor que el hombre del rincón usa como almohada se ha unido murmurando a la canción que nadie sabe pero de la que todo el mundo ensaya un trozo, puro ritmo contagioso que no se sabe ni dónde ni por qué. Un tarareo bajito entre la caja de dientes le regala al cuadro general un ancianito aperezado que lleva en sus ojos la marca de las muchas rumbas en que se jugó las cartas de la juventud. Pero es un murmullo alegre, de hoja de limón soplada entre los labios con confianza sanadora. Una mujer joven de cinturón ceñido al talle alcanza a imaginar al viejo cuando aún el polvo de los años no se le arremolinaba entre la boca y lo dejaba tan seco como ahora. Y lo ve lustroso de cabeza, firme de brazos y seguro en el baile. Piensa que el pobre viejo mueco debió haber sido un buen galán y no encuentra alrededor a un solo joven que le llegue a él a los talones. De otro vagón se dejan venir cuatro cinco hembras ya maduras pero entonadas quién sabe con qué tragos fuertes y picantes. Porque entre el baile que no deja ni contarlas estiran brazos y palpan carnes por aquí y por allá, lo más redondo y lo más tieso sin importárseles pedir una disculpa o un permiso, el todo es palpar. La ráfaga de vientos improvisados con tubos de papel y chiflar de dedos se derrite entre el fragor dancero que no se alcanza a digerir y que parece esponjarse como embriagado en levadura de pasos y pisadas y agitar de tuercas y latas de tren viejo y poco mantenido en el que de un día para otro una tripulación irresponsable ha dejado que todo se vaya convirtiendo en una agitada masa humana en la que difícil distinguir un brazo de un miembro asfixiado de placer o una cabeza de hombre de la pelambre enmadejada de una vieja sometida de repente por una coquetería ya olvidada. En los pueblos silenciosos al borde de la carrilera que de vez en cuando se ven perforados por semejante ráfaga de ruidos, queda en el aire la sensación de que hacia alguna parte y con toda la prisa se aventará Lucifer a esas horas acompañado por su tropa de sobrinas peligrosas. (Escritura: 9’ 26”. Edición: 6’33”)



Integro un melocotón hirviendo a mi rango de acción...

2009-05-30T00:01:50.919-05:00

...Separo la piel ardiente y la pongo sobre un libro abierto. Cierro ese y todo los demás que andan regados por ahí y ordeno con un golpe que sepan conservar la calma. Deterioro algunos trozos de periódico que pastan aquí cerca, y renuncio a degustar los titulares de hace varios días. Las plantas que asoman entre las grietas del suelo piden algo que no entiendo, pero asiento y les entrego un objeto raro que las deja satisfechas. Dirijo mi mirada hacia un sombrero que alguien olvidó, y se posa sobre mí como esperando. Pasa un ave distraída que me pide algún consejo. Le digo sé discreta y no sé si alcanza a oír. Pasa un aeroplano con aires de perdido y se acurruca entre las hojas secas. Un insecto de antenas encogidas y papeles en los ojos intenta darle alientos pero es inútil porque se deshace sin hacer ruido. Lanzo un silbido sin estrépito y nada vuelve a la normalidad. Pienso en cualquier letra por dejar que pase el viento y el resultado sigue siendo igual. Le doy la bienvenida a las jirafas de madera que llevan hilitos de nylon atados a los dedos para poder seguir el ritmo, y un pastel de frutas secas se ofrece a acompañarnos. No sé cómo asumir todo esto. Y entrego mis pistolas para no tener que responder de cualquier forma. (Tiempo de escritura: 7’ 56”. Edición: 2’ 26”)



Sobre el tapete rojo de pequeñas cabezas resplandecientes...

2009-05-30T00:03:20.351-05:00

...que alguien olvidó en el fondo del desván, se dio de pronto una creciente discusión. Las miles de testas diminutas se negaban a ver pasar sus horas entre polvo y cucarachas, y tras la tos de alguna alguien preguntó por la mejor manera de hacerle el quite al tedio. Una cabeza como todas con forma de alfiler algo ovalado respondió que la tierra era un giro continuado y que lo mejor era bailar al son de su desplazamiento. Ofendida por la candidez de la propuesta otra cabeza casi exacta replicó que la tierra no era nada más que un triste balón de masa amorfa relleno con el fuego que al cabo nos pasaría a todos por sus brasas, y que ante semejante perspectiva lo indicado era comer a manos llenas mientras llegaba la hora miserable. Las risas de unas cuantas cabecitas acostumbradas a ahuyentar las malas leches formaron una nube de ruditos que alteró el fondo de la escena. Casi unidas la una a la otra cantaron como en coro que la tierra era un ensayo en el que no había resultados preferibles, que todo era posible y digerible y que los fuertes eran los que usaban los lentes indicados para cada color del cielo. Antes de cerrar su intervención se decidieron por el baile, meciéndose en círculo como oleadas de pelamen llevada por ciclones: no queremos nada más que ver llegar las cosas, que ver pasar las risas y huir de los dolores. Nos disgusta que ustedes se desplacen llevados por los sueños que no los dejan ver. Entre polvo y cucaracha sonreímos mientras tanto, que no está lejos el momento de pasar al centro de la sala. La multitud no respondió como esperaban, salvo algunos grupos de minúsculas cabezas por aquí y por allá. Las demás o no quisieron escuchar o habían sucumbido ya al cansancio de intentar un escape del tapete al que estaban más que reclavadas.



Lijaban sin poder siquiera detenerse a dar una mirada alrededor...

2009-05-30T00:03:59.094-05:00

...Los dedos ya eran fibrosas masas abotagadas por el calor del roce. Las uñas habían engrosado su carácter, y bajo la cutícula purpúrea algo espeso se movía lento. Las articulaciones de la mano crujían a cada movimiento, pero el fragor de la faena parecía limar las asperezas que asomaban entre hueso y hueso. Los tendones cumplían su función pese a la evidente capa de óxido que intentaba sofocarlos. Y el aire caliente no era alivio para nada. Bajaban por los hilos de las lámparas hileras de insectos encendidos, pero perdían la vida al menor contacto con la mesa. Ojos temblorosos preferían conservarse en la paz temporal del aserrín acumulado sobre el suelo. Cuadernos manchados llevaban sin esfuerzo la contabilidad perfecta de cada herida provocada, y en un vaso de agua sucia esperaba su turno un racimo de cuchillas. En las junturas de los muros se dibujaban ya los paisajes premonitorios de archipiélagos de hongos. Las esporas se arrojaban por espasmos al ambiente. Y algunas pieles aún vivas no soportaban el contacto corrosivo. El chirrido de la máquina era inaudible desde hacía varios meses por atrofia de todos los oídos. Pero si alguna cosa viva se acercaba por los menos a kilómetros, podía sentir la vibración aguda que brotaba del pequeño cobertizo salvaje que alguien había instalado algunos metros bajo tierra para probar con carne y músculos la capacidad de tolerancia a la tortura de ciertos organismos agitados.



Nacían en pequeños puertos junto a las rocas...

2009-05-30T00:33:59.274-05:00

... Daban tres miradas alrededor y se lanzaban con la panza al viento sobre la corriente tumultuosa. No sabían en qué dirección nadar para saciar el hambre, pero se regocijaban en cada brazada y en cada nuevo trago de agua salada que embocaban. La sensación de hartazgo tardaba, pero de buche en buche su piel entera se iba colmando por dentro y por fuera. Sobre la raya del horizonte las nubes estallaban en partículas filosas y el ruido que se producía llegaba sordo, desplegado a la manera de las sábanas raídas sobre la superficie marina. Ciertas algas comprendían el mensaje de la atmósfera que se formaba, y con el habitual paso lento de las plantas acuáticas adoptaban posiciones seductoras, de raíces superpuestas como piernas y brazos vegetales aferrados a bloques más compactos. El nado se adaptaba a las vacilaciones del entorno susceptible, los brazos se hinchaban y vencían, se expandían y forraban según la intensidad de las columnas de agua vertical o replegada. Bajo el agua un rumor de plancton enardecido atemorizaba algunos peces de poca envergadura, pero los más robustos tenían la certeza de que lo que se gestaba era soberbio. Aletas poco vistas se acercaban a la zona, picos cuneiformes sobre torsos de una redondez más que apretada. Nubarrones de pequeña voracidad preparaban espirales de potencia desgarrante. La luz era filtrada por las nubes turbias. Chorros de rosa y verde sucio golpeaban contra todo en una danza lenta, pegajosa, en la que ninguno de nosotros podría haber sobrevivido.



Colgué un pesado fardo de cosas recogidas por ahí y salí al campo abierto a tomar algo de aire

2009-05-30T00:05:56.676-05:00

Me gustó la vista del camino, seco y despeinado, tupido de espigas que saltaban entre sonidos zumbantes. Un tábano se entretenía bailando entre las nubes de polvo, intentando descifrar la proveniencia de diminutas partículas suspendidas en el aire. Una mariposa reseca por el sol pero aún así sonriente remontaba las oleadas de vapor de agua que se batían a muerte con los remolinos de polvo, y a pesar de perder un par de manchas en las alas logró escapar con vida. El sol se descolgó en reflejos, como un balón de luces ocres y transparentes pegando aquí y allá. Aves desviadas de su ruta aterrizaban sobre los baches de roca, resistiendo el calor en los cojines de sus patas. Algunos picos desprendidos se convertían de inmediato en banquete para varias clases de hormigas. Y eso nos fue dando ánimos para avanzar entre el desorden, perfectamente coordinados. A ella la sensación de las partículas extrañas en los ojos le incomodó al principio, pero relajó los brazos y estiró los dedos hasta sentir las membranas tensas entre ellos. Su falda parecía desprenderse, pero azotada como estaba por el viento decidió resistir con la actitud de la ropa que se seca en pleno vendaval. La tomé de la mano y la llevé adelante. Cerró los ojos por buscar un juego y la obligué a pisar las hojas secas, y no pudo evitar a reír con los cambios repentinos de rumbo que le hicieron llenar la boca de aire turbio. Sólo un gato aferrado a la copa de un árbol sin hojas logró vernos antes de que un tronco de balso nos cayera encima, doblándonos bajos sus ramas, con la cara apretada contra el suelo. Subimos el volumen a la música, y mientras alguien se decidía a liberarnos agitamos nuestras piernas de la manera más cómoda , siguiendo el ritmo pegajoso de una canción sencilla de Velvet Underground. (Tiempo de escritura:8'54". Edición: 6' 15")



Tirarse de la cama bocabajo y arrastrarse hasta la sala

2009-05-30T00:07:33.414-05:00

Ordenar abrir las tablas del techo y dejarse llevar hacia la luna. Permitir que algo baboso y repugnante pase por delante sin estornudar y devolverse de un tirón a ver morir la tarde. En el balcón del mar esperar que algo suceda. Decirle a los que pasen que el tiempo es ilusión. Y cantar con guitarras viejas y sin cuerdas algunas tonadas melancólicas. Si pasa algo hacerle venia. Y si no también. Arrastrar los zapatos hasta la estación de Núñez, pedirle a una mujer que te acaricie el pelo. Y si accede dibujarle pajaritos en el aire. Retomar alguna tarea inconclusa y pedirle a los trenes que la pisen. Comentar entre susurros que han hecho algo desastroso y que han acabado con tu carrera policial. Desenterrar clavos de vagones derruidos, y ponerlos entre las ruedas de tus camiones preferidos. Insultar a los ancianos que no escuchen, para no herirlos en el pecho. Y dejar que un exabrupto te guíe de momento. Si una nube de insectitos se te acerca, sumarte a ellos entonando zumbidos de metal. Y posarse entre las ramas de un limón a someterse a los efluvios cítricos mientras obran locuras en tu mente. Esperar el paso de los osos hormigueros y lanzarse sobre ellos con la punta envenenada. Picarlos hasta que estallen de lo hinchados. Y recobrar las energías al borde del estanque. Cuidarse de las ranas que fabrican poesía, de su leche tibia y erudita, de sus croados soporíferos y complacidos de sí mismos, y al menor impulso correr en dirección contraria. Ver nacer luciérnagas de las burbujas pantanosas y esperar hasta que formen una hélice en torno de la noche. (Tiempo de escritura: 6’ 44’’. Edición: 4’ 01”)



El toro saltó sobre la verja y en el otro lado lo esperaba el cachorrito

2009-05-30T00:08:03.521-05:00

Abrieron sendos hoyos en el cielo y por ahí se tiraron a malditos. La gente que sabía de su idilio se integró pronto al convite planetario. Y juntos como rastas de piscina navegaron mucho tiempo entre raros aerolitos. Una tarde en que Neptuno embelesado, se ponía despacito sus galas de chorlito, una niña vestida de azafata los tiró por la borda a toditos por las patas. Saltando entre cuerdas y rotitos una pera dulce dejó la paz del olmo. Y feliz por sus nuevos amiguitos les dijo a toditicos que ella era capitana. Liderados por la pera y su dulzura remaron todos pero sólo hacia estribor. Y cantando como patos de vikingo recorriendo mil veces el mismo punto negro. No importándoles tan fútil precisión, decidieron por fin poner un pie en la tierra. Y bajáronse saltando por la borda embriagados de aire y de polvo sideral. Descalzáronse todos, exhibiendo a su paso variadas garras multiformes. Unas largas y delgadas, como raíces aplanadas en la plancha del espacio. Otras de uñas anchas y redondas, como aretas derrotadas en la oreja de Van Gogh. Una hembra que todo lo miraba en lo alto de una piedra tendida y renovada, decidió salir al paso y preguntarles frente a frente qué era lo que buscaban. “Somos los visitantes, y de aquí para allá vamos haciendo nada”. “Y es en son de paz”. “Y en son despacio. “Yo soy Eufrasio”, dijo un pato muy locuaz. La hembra radiante y convencida arrojó a la arena su gorra y su morral. Y siguioles el paso por la tierra a los extraños visitantes . Borrachos y locos de bailar, decidieron por fin volar hacia La Habana. Y sentados ahí en El Malecón ordenaron mojitos y un trío sabrosón. Poco a poco llegaron los turistas. Vino Radio Francia y un fotógrafo del Granma. Y al otro día su estruendo silencioso fue el protagonista de la primera plana. Fidel se hizo un nudillo en la punta del bigote y pidió que los enviaran. A su puerta llegaron al momento los trescientos visitantes y la hembra colombiana. Y desde entonces en la casa del bigotes viven tomando ron unos cuantos amigotes. Bichos, bestias y sus amos más extraños, y uno que otro pasmarote que les vino de rebote. No habido ganas de fugarse. No habido motines ni revoluciones. Todos pasan sus tardes en la hamaca. Contándose recuerdos y estirándose las caras. Las manos también cuelgan, prendidas a un vasito repleto de mojito. Y en el espacio, ahora tan tranquilo, ya nadie se pregunta qué fue del carnaval. (Tiempo de escritura: 9’ 48”. Edición: 6’ 04”)



No sé cómo llegué al agua pero aquí estoy, pasando tragos fuertes de algo como ron en llamas

2009-05-30T00:09:16.196-05:00

Tal vez haya sido el aire que se transformó en delirios de humedad y me dejó tendido en oleadas de licor. Siento cacerolas angustiadas que no encuentran el camino al horno rojo. Detonantes de tristeza que te estallan el oído de memoria. Trailers empujados por hombres jorobados en los que viajan las familias exiliadas del valle de las gentes recubiertas de pelaje. Todo tirita entre las ramas del árbol cacatúa. No pasa un segundo en que sus plumas de hoja o sus hojas de pluma no se agiten estremecidas por su canto involuntario de ave trastornada. Los cuernos de animal abandonados por ahí saben que no falta mucho para que un alma buena los adopte entre su puño y los clave con ahínco entre la carne blanda de amigos o enemigos. Más debería preocuparle a la hierba el insecto que carcome su raíz que la huella pasajera que la talla. No se asuste nadie cuando el estornudo traqueteante de la embarcación de corcho deje todo el cargamento de blablablás y balbuceos regado sobre el agua como una colección de contrabando para ambientar la tarde que se hunde. Disparar de nuevo contra el sol de caucho que hoy nos mira fijo y abrirle un hoyo negro entre la yugular y la aorta. Mirarlo arder de nuevo y comprender que su risa suave no es más que el preludio de un rayo helicoidal que te perforará de buche a espalda. Contar las monedas que crujen en tu pantalón, lanzar dos o tres al aire y huir a tu guarida antes de conocer el rumbo de tus suertes. Al fin y al cabo da igual que en la estufa te aguarde un pavo bien relleno o las cabezas endurecidas de calor de una familia entera de conejos. El hambre siempre será hambre, y de algo debe alimentarse quien da tumbos como forma ideal de rebeldía. (Tiempo de escritura: 8’ 41”. Edición: 2’ 48”)



Abro un ojo sin mucho fervor y veo el gato pintado que se escabulle en el pequeño cuenco de la sal

2009-05-30T00:10:06.717-05:00

No me sorprende que su pelo se vuelva pálido y se seque como pasando por un horno intempestivo. Sus ojos ruedan de sus órbitas y suenan como canicas. El perro mueve la cola y se lanza sobre las bolas de colores. Pero al morderlas se le hinchan en la boca y ya no puede sacarlas, su quijada está abierta y casi desprendida, como boa tragando un baobab. Yo que soy el amo no me decido a poner y orden. Y opto por dejar caer la aguja sobre el disco de colores que hace días me trae loco de adicción. Los parlantes tiemblan y los objetos minúsculos que pueblan las mesas avanzan tranquilos hacia el borde. El perro ya no tiene forma humana, y las canicas siguen creciendo en su cabeza. Por la ventana asoman pájaros de pelo lacio atraídos por la vibración. Y aunque el vidrio se sacude con espasmos al son del bajo, lo siguen todo con un ridículo gesto de atención. Del suelo ya agrietado han salido tropas aisladas de hormigas y gorgojos. Algunas de ellas llevan en sus hombros trozos de queso parmesano cristalizado, pan endurecido y motas negras que más tarde me entero que son viejas migas de paté de hígado que de alguna manera encontraron la ruta del subsuelo. Algunas mariposas afelpadas se han instalado sobre la lámpara, produciendo al trasluz chorros de tonos claros y cálidos que lo envuelven todo en un ambiente confortable. La niña no ha querido entrar, y observa desde una ranura. Aún lleva juguetitos en la mano, pero se le han ido cayendo sin darse cuenta. Y a cada movimiento que ve dentro del cuarto sonríe y espera impaciente qué vendrá. Pero el último gesto de esta máquina de hacer que suceda cualquier cosa nos toma a todos por sorpresa. Los gorgojos eran muchos más. Y de repente todo se desmorona en pequeñas partículas redondeadas que forman un montículo de arena exactamente igual al de las dunas del desierto, sólo que con vetas de colores de lo más simpáticas. (Tiempo de escritura: 12’ 59”. Edición: 6’ 32”)



Sentarse al borde de la acera a remendar los zapatos

2009-05-30T00:10:44.648-05:00

Y ver cómo los tambores improvisan felices sus cuentos de tedio y humor. Dejar que la mujer de la ventana de enfrente lance sus flores de juguete sobre las corrientes de aire. Hacerse el muerto para no ir a cine cuando todos los teatros ofrezcan crispetas viejas. No detenerse ante la marcha del camión que se aproxima y recibirlo con exclamaciones elegantes mientras te aplancha la cabeza. Pegar del cuenco negro de la noche figuritas incandescentes que te recuerden que nada está dicho aún. Que aunque todo parezca esperar su turno, la verdad es que no hay filas, excepto la de la puerta del baño. Discurrir a todo volumen, con algún viejo que pase, sobre el futuro de una plantita sembrada por ahí, y ponerse de acuerdo simulando sinembargo un radical y completo desacuerdo sobre el tema. Desafinar cuando llegue el gran concierto y cacarear como gallina enrazada en borriquillo cuando te pidan cuentas sobre algún desacierto que abotague tu mirada. Pensar en algo tridimensional y sólido alojado en tu cerebro, enviarle corrientes de poder hasta que se tome el lugar entero y comience a asomar sus aristas en tu frente. Imaginar que es cierto, y desbaratar tus planes de ir al mar en el momento en que todo estalle. Reírse de la niña del vestido negro que hace piruetas de circo sobre la mesa principal, y recoger su arete en silencio con movimiento sutil. Robar el vaso en el que su abuelo guarda una caja de dientes con molares forrados en oro, y simular dolor estomacal para salir a tomar aire en la copa de los pinos. Dejarse caer de cabeza, y dormir una larga siesta en los agujeros de los topos. Lo demás es respirar, que ya el sol y el agua se encargarán de lo demás. (Tiempo de escritura: 8’ 34” Edición: 3’ 04”.)



Remaba sobre un charco en el que las flores de plástico lamentaban su suerte

2009-05-30T00:11:30.716-05:00

En la barca íbamos Ella, las otras dos y yo. Una era un poco muda, aunque lograba comunicarse con complicados juegos de parpadeo y risas ahogadas. La otra sabía que la malla que recubría sus piernas causaba efectos hipnóticos en los espectadores, y se limitaba a verlas obrar sobre la mente de sus acompañantes con una sonrisita de actriz mediocre. Y Ella me ayudaba a remontar la corriente con exhalaciones forzadas. El cielo poco a poco se poblaba de zeppelines y globos aerostáticos que la empresa fabricante había decidido poner a prueba para generar noticias, pero eso aún no lo sabíamos, y por eso hacíamos apuestas sobre qué podría estar pasando. No podía ser una carrera porque todos iban en direcciones diferentes. Y para ser una simple exhibición le faltaba el aire festivo. No había colores intensos. No había rojos subidos ni azules cielo en las carpas de las aeronaves. Todas eran de un tono de piel pálida, como vejigas de balón desamparadas, cosidas con tejido burdo como heridas de guerra. Y como tenían formas tan disímiles llegamos a pensar que era un experimento militar de alguna clase, sin sentido de lo estético y en el fondo con cierto afán de amedrentar. Como si quisieran decir: atención ciudadanos, que estas cosas parecidas a hígados o riñones o pulmones en cualquier momento pueden descargar algo terrible sobre ustedes. Sin darnos cuenta aceleramos la marcha, y en un momento estábamos sentados sobre el muellecito tocando la superficie del agua con la punta de los dedos, hablando de los efectos del Napalm sobre el organismo humano, de la mejor técnica para perder la vida rápido en caso de un ataque nuclear que no haya arrasado con nosotros, o intentando especular sobre los efectos de mezclar cianuro con ácido clorhídrico y un poco de arsénico pasado por mercurio. La una se había quitado las medias, un poco avergonzada, me dio la impresión. La otra se encerró en un gesto vacío, como de estar viendo la peor parte una película entretenida. Y Ella se me aferró a la espalda, apretando con la fuerza de una niña que sabe que ha llegado la hora de abandonar para siempre a su osito de peluche. (Tiempo de escritura: 9’ 31”. Edición: 7’ 34”)



Dejar que tus poros destilen el polvo gris de la plata triturada

2009-05-30T00:12:34.018-05:00

Extirpar de tus oídos el sentido de lo torpe, y relamer con ansiedad el último dulce del Halloween. No importa que ante ti se abra un portón hecho de brazos que te empujan a saltar a la cascada de cemento. No importa que un costal de aves rapaces llegue ante tu puerta. No es posible ver el muelle erguirse entre mástiles de piedra si antes no has rociado la superficie del mar con papeles impregnados de letras diminutas. Saltar por la borda y largarse a correr. Despejar el ambiente de papel picado, y retener en tu paladar el sabor del primer tetero de la infancia. Dejarse de balbuceos. Arrojar el tartamudeo lejos. Detener las rosas perfumadas que amenazan apestar en la punta de tus dedos. Y pensar en clave negra. Un tornillo apretado en la sien de cada uno de tus enemigos. Así se trate de orugas criadas en petróleo o de raíces amputadas que se asoman al filo de tu ventana. Una catarata de brea que se desliza implacable sobre las callecitas de tu barrio. Un puerco chillando empinado en sus pezuñas aterrado ante el rugido de las bestias que han dejado sueltas. Aves engrasadas que vuelan casi a ras de suelo, capturando a picotazos salvajes cosas como dedos o gusanos que pertenecieron a personas simples. Nutrias con la cola erizada de pólvora, rasgando el fango para salvar el pellejo a último momento. Y un roce inoportuno que se vuelve chispa, un zumbido general del apacible paisaje abotagado de formas aceitosas y oscuras, y un tronar final de placas tectónicas felices de andar liberando una insoportable sed telúrica después de siglos. (Tiempo de escritura: 8’ 15”. Edición: 3’ 23”)



Encender la cámara y lograr que en lugar de tragar dispare luz

2009-05-30T00:13:29.496-05:00

Echarle fuego a los caballos que huyen sobre las plagas cenagosas del Llano. Arrojar mariposas sobre los fogones de leña. Dirigir la mirada a la carpa del circo, dejarse atraer por las risas y lunares de las mujeres que ofrecen sus ombligos y ensayar con alas de angelito el papel de payaso principal. Descolgar papayas del árbol de utilería, y fabricarse collares de fruta picada antes de lanzarse al río Cauca. Dejar caer como títeres las calaveras desmadejadas en los corralitos carcelarios de una pradera tropical en la que la Vírgen de las Mercedes se desviste y exige respeto. Esconder una calibre 35 entre las fosas nasales y aporrear el vestidito de la actriz principal sobre un mapa de Colombia hecho de cementito pintado. Tronar los dedos y hacer que ese mismo mapa se levante borracho de risa y se sacuda de encima sus recovecos más brillantes como si fueran joyas indignas en un cuerpo tan manchado. Ponerse una máscara de Culebro Casanova y salir a ajustar cuentas con niñas despistadas por las callecitas de Santa Fé de Antioquia. Escupir sobre la tumba de Augusto Pinochet. Señalar con el dedo los árboles más densos, y colgar entre sus hojas latas de películas ya idas. Ingeniarse la manera de que la savia se haga luz y el tronco proyector, y que de ese árbol de iguanas o zapotes salvajes broten como la señal de Batman los rayos titilantes de un cine hecho golpetazo en la cara de los que esconden su rabito de paja. Levantar la mirada al cielo negro del cine colombiano, y ver cómo se abre un espacio trunco para alojar a un maestro-guayacán amarillo, un hombre-aguja que tejía fino y constante disfrazado de quijote, con nariz de hacha y una mirada limpia de la que siempre salió el cine hecho palabras, hecho tajadas de jamón de celuloide en salsa de vino chileno. Un estornudo tramposo en homenaje a un flaco aguerrido al que un monstruo sin ojos se le agazapó entre el buche y gritó “corten”. El plano final de un hombre sin aliento que se aleja horizontal en el vientre de una camioneta fúnebre a contracorriente del río Cauca no es tan final. Al grito de “corten” de su bicho oscuro el maestro grita “acción”. Y alebresta esa tropa de cinéfilos heridos que aúlla alrededor de un guayacán bebé del que si todo sale como debe, brotarán como espantos las flores de lucecita envenenada para fabricar la mermelada que sacuda de alegría el pan insípido en que se han convertido los desayunos de cine en este vallecito de Aburrá. In memoriam, Dunav Kuzmanich. (Tiempo de escritura: 9’27”. Edición: como media hora, por primera vez en la historia de Automática. Una trampa que la ocasión ameritaba. Ahí perdonan.)



Gatos sin dientes que piden un poco de leche

2009-05-30T00:14:04.701-05:00

Hipopótamos indigestos de filosofía a los que la risa les hace una mueca desde el otro lado del pantano. Un niño gitano que sabe el triple que todos los del barrio y reparte frasecitas en papel mantequilla en las que como un brillo que naciera en las esquinas ilumina mentes y despeja bestias atragantadas de problemas. Neveras bien organizadas dispuestas como floreros en los balcones. Vidrios deformantes por los que una niña podría entender la histeria que apura las caries de su madre. Tal vez frenar de vez en cuando valdría la pena. Poner el pie sobre el asfalto y bajar un minuto del troncomóvil. Mirar sin afán el paisaje que se ofrezca. Y pensarlo dos veces antes de pasar a la siguiente frase. Pero juego es juego y así se juega este. Disparando dardos de mermelada a los ojos de la luna. Golpeando con manzanas acarameladas el costado del centro comercial. Hiriendo de indiferencia las vitrinas y poniendo enormes monigotes parlantes en los corredores de cada establecimiento que expenda baratijas. Monstruos casi de carne que enseñen que el secreto de la vida está en comer a toda hora, lanzar billetes al retrete y colgarse cuanto trapo extraño y caro pase por delante. Nivelar el ritmo de la mente con un poco de queso dulce. Esencia de vainilla envuelta en hojas de plantas recién brotadas. Y distraer los dedos saltando de roca en roca hasta que su propia torpeza los deje ir a reventarse al fondo del acantilado. No dejarse vencer por la pereza de morirse niño. No azorarse ante el embate de ojos verdes de los hombres de armadura. Copiar canciones sencillas en la superficie de tus muelas. Y dedicarte a cantarlas entre murmullos por la orilla de todos los mares que valgan la pena ser pisados. Acariciar los lomos de los libros como alentando caballos diminutos. Y hacer que de sus bordes nazcan pequeñas plantas trepadoras que sin prisa pero sin pausa te encierren en una agradable red constríctor que haga para ti las veces de verdugo. (Tiempo de escritura: 7’ 43”. Edición: 3’ 25”)



Siete bulldozers en manada pueden hacer tanto como una oveja enardecida

2009-05-30T00:18:22.100-05:00

Los ojos que se les quieren salir de las órbitas y bajo su mentón se apelmazan los tiempos del pasto fresco. Hicieron bien los antiguos maiceros en desertar al borde del atlántico. No pasaba nada entre los cocos y entre las frondas nuevas probaron el dulce sabor del chicle interoceánico. Un algo de ballena y de batata recorre las nubes amargas de los cultivadores de cebolla. Sus tristezas nos son nada comparadas con los mares de lágrimas atentas con las que destierran los amores inventados a cada minuto. Gastar dinero en paños limpiadores puede ser mejor que aficionarse al juego interminable del azar. Y sin embargo para emprender cualquier proyecto conviene adicionarle unas gotitas de caos al coctel. Ni siquiera los bufidos de quienes rugen exigiendo frases dignas pueden espantar a los gallitos de pelea que se baten en el ring de los dados hechos letras arrojadas con pistola de bengala. Joyas pueden estar lejos de ser. Pero determinar su destino en un puchero puede ser igual de equivocado. No hay nada de malo en coleccionar trozos de basura bien seleccionada, y empastelar bajo el hojaldre los hallazgos intuitivos de los buscadores de piedritas. (Tiempo de escritura: 4’ 32”. Edición: 2’ 53”)



Largar la carrera de brujas y darle a cada una un beso en la frente

2009-05-30T00:19:30.862-05:00

Pedirles que te traigan turrones de dientes de conejo embadurnados con anís. Soltarle la soga al duende y enseñarle a caer parado en tres saltos mortales. Introducir tu entrecejo en un zapallo y dedicarle horas al estudio de las semillas de hortaliza enorme. Preparar algún discurso en caso de que los viejos anacoretas te reclamen por tu falta de emoción. Y despistar las burradas con golpes de hombro. Si un lugar común te manda una tarjeta de invitación, puedes simplemente hacerlo pasar, ofrecerle un tinto envenenado e invitarlo a seguir la ruta del sanitario. Depende un poco todo esto del talante de tu mascota de turno. Porque si se trata de bulldogs apaleados en su infancia es posible que nada fructifique. Que un colmillo asestado en el lugar erróneo te deje viendo oscuro por el resto de tus días. O que de pronto bailes el foxtrot diabólico con los personajes incorrectos. No reduzcas tu mirada al estertor. Alimenta de frutas en papilla tus oídos, y degusta el zumo de naranjas con la punta de tus tímpanos. Reduce tus gustos a la mermelada de limón. Y bébela a chorros por los poros de tus manos. Invéntate una disculpa cuando lleguen los leones. Y hazte compinche de quien replique que la suma aleatoria de palabras da lo mismo que un pepino cohombro secándose al sol en medio del desierto. (Tiempo de escritura: 6’ 03”. Edición: 3’ 20”)



Siento que el conejo me sonríe y asoma por mi oreja

2009-05-30T00:20:17.810-05:00

Yo lo dejo que se largue, y le digo "conejo, que la vida te sonría amigo". Él no me escucha pero se pierde sobre las cabezas de la gente dando tumbos. Kioscos de color de rosa. Jamones sencillos que largan un humito pasmoso e hilarante del que todos nos colgamos para pasar el tiempo. Decimos cosas por decirlas. Nos reímos por ejercitar los músculos de la cara. Y le ladramos a las raíces de los árboles hasta hacerlas erizar de amor. Qué bestial que puede ser la palabrería cuando se arroja de frente, sin ponerle matras ni pomburos, qué bonito que puede ser cuajar nubes entre las manos cuando escuchás de fondo lo mejorcito del Cuarteto de Nos. Decile al ovni que se acerca que se largue. Que vos estás de lujo tirado en la pradera y que las manzanas caen fácil en tu mano. Que no tenés nada que hacer en el espacio exterior y que saludos por Marte o por Saturno o por donde quiera que hayan venido. Que vos estás que no te cambiás por nadie. Que una horda de tigrillos te protege y que en la luna tus amigos te ven por telescopio y te escriben chistes que entendés sin verlos. Hacete el muerto si te quieren llevar. Y cuando se hayan ido aplaudí como loco, hasta que lleguen los camiones de peluche y te lleven a tu cama. (Tiempo de escritura: 4’ 27”. Edición: 2’ 46”)



Los labios de las niñas merecen la suerte de los campeones

2009-05-30T00:20:57.445-05:00

Si algo se desprende de tus ojos déjalo ir sin preguntarle nada. Cuélgate recuerdos de la infancia sobre la espalda y recréate con las miradas sorprendidas de todos los que pasan. No lances el anzuelo sin ponerle un chicle en la punta, y cuéntales chistes a los gusanos para que su muerte no sea demasiado seria. Nunca cedas en tus pretensiones ante un dueño de circo, corres el peligro de que te ofrezca el papel de simio hembra o que te ponga el gorrito rojo del domador domado. Tapiza de musgo la superficie de tu cama. Negocia con los hongos y vegetales repentinos que pretendan habitarla, y para mantenerte a salvo dales de comer a los zancudos. No aceptes fajos de billetes empacados en enormes tinajas de caucho. Los problemas tienen mejores maneras de llegar. No sueltes la mano de tu novia cuando un tigre la requiera, y cántales poemas retorcidos si logran huir juntos. Embotéllate siete u ocho horas en el trancón más concurrido y aprovecha para crear pequeñas obras maestras, asegúrate de abrir las ventanillas a menos de que optes por conectar el escape de tu carro al aire acondicionado para despedirte del mundo dejando obra inconclusa. Escríbele cartas desfachatadas al club de leones y al ministerio de salud. Y aflora alguna tarde ante los ojos de toda tu familia, que ignoraba que no eras más que una enorme larva con forma semihumana que de aburrimiento ha decidido brotar convertido en una flor carnívora con pétalos gruesos como solomo crudo. (Tiempo de escritura: 6’ 29”. Edición: 3’ 28”)



Cuando los ojos de todos los viejos amanecen azules...

2009-05-30T00:21:45.582-05:00

...un cambio sutil pero grave se opera en el mundo. No son pocas las hordas de aves que aterrizan en tropel sobre las calles atestadas de autos. El vuelo de sus plumas desprendidas es en sí mismo un espectáculo digno de ser visto. Hay quienes abandonan sus puestos de trabajo para ir a sentarse en los parques a lanzarles maní a las palomas y poder observar de cerca los ojos de los viejos. Esos días, las nubes se hinchan y bajo la tierra las quebradas ocultas resuenan tumultuosas. Mientras más ancianos se reunen más crece su alegría, sus risas se tiñen de blanco y aún los niños desearían ser viejos, de tan plácidos y frescos que se ven todos. Si un día comienza con aleteos inusuales, y sobre la ciudad se forma una nube entre pálida y brillante, mira a la cara al primer anciano que se cruce en tu camino. Si sus ojos están claros, pintados de azul, busca al siguiente. Y si confirmas que es un día de viejos de ojos azules, no luches contra el magnetismo del ambiente. Déjate arrastrar, y verás cómo desembocas en una plazuela o en un andén donde algunos de ellos sonríen y pintan recuerdos de tonos pastel. Sé noble con todo lo que un día como esos te suceda. Y guárdalo en la memoria. Porque rara vez hay dos días continuos en los que todos los viejos despiertan con ojos azules. De resto, son los ojos tristes y opacos de las legiones de la vejez melancólica los que habitan la tierra. (Tiempo de escritura: 6’ 46”. Edición: 3’58”.)