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Crónicas vagabundas



En esta ciudad, a la vuelta de cada esquina, detrás de las puertas, murmurando detrás de los andamios y las ventanas, están las sombras de los perseguidores, aquellos que acechan sin descanso la belleza o el horror.



Updated: 2018-03-05T18:54:54.445-08:00

 



Alquimia de las marionetas (pura locura de animal salvaje)

2014-12-10T09:11:19.464-08:00

Mr. Fox le tiene fobia a los lobos. Es un hábil perpetrador de granjas y fulmina aves de una mordida y sostiene a su familia escribiendo columnas en el periódico y crea planes maestros como un gran ladrón, pero le tiene fobia a los lobos. En su corazón es un animal salvaje. A pesar del buen gusto y el traje de tweed y su honda, honda sabiduría, en su corazón es un animal salvaje que le tiene fobia a los lobos. Pero esa fobia es el disfraz de la admiración, quizá el disfraz de la envidia que Mr. Fox siente por los lobos, por su poderosa libertad. En el encuentro que tiene con uno de ellos, sus ojos revelan la verdadera naturaleza de la fobia que dice tenerles.La aventura que narra la película de Wes Anderson está a punto de terminar cuando se produce el encuentro. Mr. Fox conduce una motocicleta. Acaba de salvar el pellejo y atraviesa a toda velocidad una carretera rural cuando frena ante una advertencia de Kylie, la zarigüeya. A lo lejos, sobre un montículo de rocas, en una zona del bosque con aspecto glacial, se distingue la figura de un lobo altivo y sigiloso. Un lobo sobre sus cuatro patas que en lugar de usar ropa como los demás habitantes de ese bosque entrañablemente civilizado, está desnudo en su pelaje negro, y sus ojos oscuros y centelleantes están clavados en los del personaje principal de esta película animada. Mr. Fox se pregunta de dónde viene, le pregunta en voz alta, pero no recibe respuesta. Entre los dos animales se establece una clase de comunicación que trasciende las palabras, una conexión metafísica, sugerida en los ojos de Mr. Fox, que se llenan de lágrimas, y latente en una exclamación que sale de su boca como si la porción de aire necesaria para pronunciarla hubiera estado reservada en su vientre desde que era un pequeño cachorro “¡What a beautiful creature!”Qué hermosa creatura es Mr Fox. También hay que decirlo. Hay que decirlo buscando esas porciones de aire que están reservadas en nosotros para hablar de las cosas importantes. Esta película de Wes Anderson merece además un sobregiro en el aliento que sirva para elogiar a cada uno de los personajes, incluyendo a los malvados.Es una obra atípica en la filmografía de este excéntrico director que no se cansa de reafirmar su sello personal en cada nueva producción que estrena. Aunque nunca antes había hecho una película totalmente animada, y tampoco había mostrado interés en adaptar historias que no fuesen suyas, con el libro de Roald Dahl, Fantastic Mr. Fox, hizo una excepción. Anderson fue un niño que leía con embriaguez de fantasía la obra del escritor británico y estoy seguro de que reconoció en esta historia de animales cosmopolitas todo un jardín de juegos en el que podía desinhibir sus pulsiones creativas.El rodaje de la película tuvo lugar en los estudios Mills de Londres, en 2007. Anderson reunió a un copioso equipo de artistas y técnicos para orquestar un proceso de grabación que debía ser minucioso en el cuidado de los detalles y operar con exactitud en la construcción de cada plano. Aunque se utilizaron distintas técnicas de animación, la principal fue el stop motion, un método que tiene tanto de artesanal como de alquímico. Porque no se me ocurre una palabra mejor para describir esta forma de hacer películas.Las animaciones en stop motion son pura alquimia. Para hacer una película tradicional necesitas personas de carne y hueso que asuman un rol y simulen las distintas situaciones y peripecias de la historia. La ilusión de movimiento que queda plasmada en la película depende de una persona viva que en el ejercicio de su talento y voluntad convierte sus gestos, movimientos y palabras en los de otra persona mientras lo graba la cámara. En cambio, un proceso de animación como el stop motion consiste literalmente en darle vida a objetos inanimados, a materia muerta que, como el monstruo del doctor Frankenstein o el Gollum, necesita una descarga eléctrica o una palabra sagrada para despertar a la vida. En el caso de las marionetas usadas en Fantastic Mr. Fox, el soplo de vi[...]



Cerati, una gira en puntos suspensivos

2014-09-04T12:01:41.271-07:00

Todavía esperan que Cerati despierte. Su familia se mantiene incólume a su lado, todos los días, desde hace más de 4 años. No pierden la esperanza. Sus fans, miles en todo el mundo, piensan en él escuchando sus canciones, imaginando cómo serán las canciones que escribiría si regresara de su sueño profundo sin perder el talento que lo convirtió en la voz del rock latinoamericano. La voz que abriga como un manto protector las otras voces que crecieron en la adrenalina de este rock multiforme desde la década de los 80.Aunque Gustavo Cerati ya dejó una huella imborrable en la historia del rock mundial, nadie se atreve a decir que esa historia ha concluido. Serían extraordinarias las canciones que el artista pudiera arrancar del lado de la vida en el que se encuentra en este momento. Así como son extraordinarias las canciones que sus amigos le cantan cuando lo visitan, esperando generar una reacción de lucidez, un signo de que aún no pierde la conexión con quienes lo aman.Son pequeños movimientos los que le anuncian a su familia que Cerati todavía resiste. Dicen que cuando su madre Lilian Clark llega a la visita diaria, en la Clínica Alcla, donde lo cuidan con extremadas medidas de seguridad, Cerati mueve la cabeza como si la estuviera saludando. También traga saliva cuando se lo piden y en las conversaciones que sus familiares tienen en la habitación, cuya puerta solo se abre con la huella digital de su madre y sus dos hermanas, no faltan los intentos por crear un código para comunicarse. Cerati duerme pero quizás escucha lo que sucede alrededor. Cuando lo dejaron escuchar una grabación de su padre, que era locutor, su ritmo cardíaco se alteró, aumentaron sus pulsaciones y sus familiares interrumpieron el ejercicio porque claramente le estaba recordando a Cerati la muerte de su viejo, que le dolió tanto. “Con la muerte de mi viejo, las cosas cambiaron muchísimo. Ahí apareció la debilidad, la posibilidad de la muerte, el arrastre que lleva consigo eso”, dijo el que fue vocalista de Soda Estéreo en una entrevista a la Revista RollingStone, en la cuál además reconoció que ya no se sentía inmune, que atrás habían quedado esos días de excesos y venían los días de renuncias: dejar los litros de alcohol, olvidar el polvo blanco, despedirse de los 30 cigarrillos diarios que fumaba.Eso pensaba en  2006, cuando dejó su hábito eterno y adorado de fumar tabaco porque una tromboflebitis le acalambró las piernas. Como acto simbólico se despidió del cigarrillo inmortalizando su última fumada en el videoclip de atmósfera noir de Crimen. Estaba convencido de que ese había sido su último cigarrillo pero meses más tarde regresó a él con mayor ímpetu. Aunque es inútil señalar culpables, justificar el daño que sufrió en su hemisferio izquierdo tras el concierto en Caracas. Cerati siempre llevó su cuerpo a los límites porque ese era el precio que debía pagar por su ilimitado talento. Desde mediados de los 80, cuando irrumpió en la escena el fenómeno telúrico que fue Soda Estéreo, y hasta su última gira, Cerati fue un creador incansable. Escribía canciones porque era una necesidad tan vital como la de permanecer en gira perpetua. Y eso se notaba cuando salía al escenario y se aferraba a su guitarra como si fuera un ancla que lo mantenía en este mundo y no en el de los dioses. Aunque el 15 de mayo de 2010, durante su último concierto, poco le faltó para volar sobre esa ciudad de la furia que es Caracas. Era la última estación de su gira por América presentando su quinto álbum “Fuerza Natural” y, en la última canción, Cerati se desbocó en las cuerdas de su guitarra, les arrancó un llanto eléctrico por más de dos minutos antes de despedirse. Y aquí es donde quedan los puntos suspensivos de su historia inacabada. Las diligencias de hospital y los trajines de su cuerpo dormido hacen parte de un paréntesis mudo. Fuera de ellos sigue sonando su música porque quienes crecieron esperando un beso después del temblor no quieren [...]



La ilusión de estar muerto

2014-05-25T17:54:19.769-07:00

Cuando Philip Seymour Hoffman murió en febrero de este año, lamenté, como medio mundo, su deceso prematuro y pensé, como el otro medio mundo, en cuántas películas quedarán incompletas solo porque no tendrán entre su elenco a este hombre al que los medios llamaron actor total como si en esas dos palabras pudieran abreviar su endiablado talento. Ya sé que es inútil el ejercicio de imaginar ese universo paralelo en el que Philip no murió y sigue teniendo por delante dos o tres estrenos por año, sin embargo, me atrevo a decir que fuimos miles los que intentamos dilucidar esa realidad alternativa pero ¿cuántos de nosotros pueden mostrar si quiera una minúscula porción de ese mundo en el que Philip Seymour Hoffman sigue vivo? Creo que solo una persona lo ha logrado y lo hizo anticipándose un par de años a esta tragedia.Lo digo porque después de ver por tercera vez Synecdoche New York, la película escrita y dirigida por Charlie Kaufman en 2008, sentí el alivio que le llega a los soldados cuando, en el campo de batalla, reciben cartas de los seres amados que no volverán a ver jamás. En esta película están todos los actores que Philip Seymour Hoffman fue y todos los que pudo haber sido. Lo vemos por primera vez en su mediana edad, tal y como lo conocimos, y lo acompañamos en la decadencia natural implícita en el devenir de la vida: enfermedad, soledad, amor, vejez, tristeza, sexo, muerte. Su personaje es Caden Cotard, un dramaturgo que parece atrapado en el río del tiempo del mismo modo  en que los insectos ensartados en alfileres están atrapados en vitrinas. Nada más fíjense en los detalles ocultos de las secuencias, por ejemplo la inicial, donde las fechas del día cambian de modo arbitrario, así que Cotard despierta un 22 de septiembre –inicio del otoño, inicio del fin- y para cuando está tomando café y leyendo el periódico, es 2 de noviembre. ¿Adonde se han ido los días? ¿Cómo ha pasado el tiempo sin darnos cuenta? ¿Existe algún ser humano que no se haya hecho antes estas preguntas?Charlie Kaufman escribe películas grandiosas ubicadas casi siempre en un escenario ínfimo: la bóveda craneal. En Quieres ser John Malkovich? un pasadizo secreto conduce a la mente de un famoso actor y en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos los personajes principales se someten a un procedimiento que les borra la memoria de manera selectiva. Synecdoche New York es la primera película que Kaufman dirige. Lo que logra es una rareza de 124 minutos que hoy definitivamente y sin que Kaufman tuviera esta intención, es el testamento de un gran actor.La empresa en la que se empeña Caden Cotard después de recibir una cuantiosa beca, es la de reproducir con exactitud milimétrica su propia vida. A través del arte penetra su pasado y revive su presente, contratando actores que lo interpretan a él, a su familia, a sus amigos, a los desconocidos que se topa por la calle, a los desconocidos que se topan con otros desconocidos, etcétera. Y esta labor, vitalicia al fin y al cabo, parece la construcción de una monstruosa matrioska pues recrear a escala Nueva York implica recrear al interior de esa pequeña ciudad otra obra en cuyo interior sucede lo mismo y así sucesivamente. De tal manera que el filme está hecho de capas, en cada una de las cuáles Philip Seymour Hoffman o Caden Cotard transita arrastrando como una pesada cadena sus tormentosos delirios.     A finales del siglo XIX, el médico francés Jules Cotard describió un raro desorden mental que hacía pensar a quienes lo padecían que estaban muertos, que su carne se estaba pudriendo o que algunas partes de sus cuerpos –órganos, extremidades, sangre- habían desaparecido. Madame X fue su primera paciente –murió de hambre- y él llamó a la enfermedad delirio de negación, pero esta heredó con los años el apellido de su descubridor. Las personas que sufren el delirio o síndrome de Cotard niegan su propia existencia, son excesivamente hipocondriacas y entre otr[...]



Sufrimiento del impostor

2014-03-20T13:27:27.512-07:00

“Para atrapar la verdad es preciso en parte traicionar la realidad”. Abbas KiarostamiEl primer encuentro entre Abbas Kiarostami y Hossain Sabzian tuvo lugar en la cárcel de Ghasr de Teherán en 1989. El cineasta Iraní había rodado desde que tenía 30 años, en 1970, diez cortometrajes, cuatro documentales y seis películas. Con poco más de 28 años, lo más grande que había hecho el triste desconocido Sabzian hasta el momento era soñar, soñar con películas y protagonizar un caso singular de suplantación que llamó la atención de un periodista ansioso por escribir una historia como las que habían consagrado a Oriana Falacci. La travesura de aparente candidez que había cometido Sabzian, cuando se hizo pasar por el director de cine Mohsen Makhmalbaf, no llegó a la prensa de su país como un escándalo desproporcionado sino como una anécdota curiosa que hubiera estado destinada a perderse entre cientos de casos judiciales (también casos curiosos o macabros o pasionales) de no ser porque conmovió tan poderosamente a Kiarostami que durante un par de noches no pudo conciliar el sueño. El director Iraní había alcanzado un éxito notable en 1987 con su película ¿Dónde está la casa de mi amigo? Y se disponía a rodar una película pedagógica en el Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes cuando leyó el caso de Sabzian: un desconocido pretendía estafar a la familia Ahankhah haciéndose pasar por un afamado director de cine pero fue capturado por las autoridades y conducido a un centro penitenciario. A Kiarostami le faltaba un día para iniciar el rodaje de la película que había estado en preproducción por lo menos con un año de anterioridad, pero después de pasar la noche en vela pensando en ese hombre, quien posiblemente también se había desvelado pensando en el cineasta que pudo haber sido y que no fue, decidió aprovechar todos los recursos de producción que ya tenía disponibles para rodar otra cosa, para rodar Close-Up. Así es como el propio Kiarostami recuerda ese momento: “La historia tuvo tanto impacto en mí que no pude dormir por un par de noches. Convencí a mi productor para hacer este filme en lugar de hacer otro que se llamaría ‘Dinero de Bolsillo’. Close up es la película que más me gusta entre mis otras películas. Para mí es muy diferente. Todo Sucedió muy rápido”.La rapidez de la que habla Kiarostami se nota en la forma en que está construida Close Up. Como espectadores participamos de esa búsqueda, de la fascinación por ese donnadie que habla de cine, de literatura, de la meditación en las montañas como si lo habitara el espíritu creativo de los genios. Vemos a Kiarostami y su equipo de rodaje buscando los policías que participaron de la captura, visitando al juez para pedirle autorización para filmar el juicio, conversando con la familia ofendida y acudiendo a la cárcel para escuchar de su futuro protagonista una frase que atravesará como una lanza las demás escenas. En ese primer encuentro, Kiarostami le pregunta con la cordialidad del hombre libre que visita a un cautivo: “¿Hay algo que pueda hacer por usted?” A lo que Sabzian responde: “¿Podría hacer una película sobre mi sufrimiento?”Después de 40 días de rodaje, lo que resultan son 98 minutos en los que se alternan hechos reales con escenas dramatizadas por los verdaderos protagonistas de la historia. Imágenes de un juicio donde el cineasta participa como un interrogador más, mezcladas con escenas que recrean esa historia en la que se cruzaron los caminos de una familia acomodada y un hombre pobre con sueños de grandeza. Para cualquiera que vea esta película es fácil discernir entre los momentos reales y los “ficticios” –si es que hay algo de esta obra a lo que podamos llamar ficción-, pero si esta separación solo se tuviera que juzgar a partir de las técnicas usadas por el director para construir cada secuencia, no habría tal separación, el estilo es unifor[...]



La mitología personal de Sussane Bier

2013-12-13T07:55:22.779-08:00

Esta historia podría empezar con una familia judía oculta en el compartimento secreto de un automóvil o con un hombre que regresa de Afganistán para tratar de instalarse en la familia que lo creía muerto o con un heroinómano que pierde a su mejor amigo o con un ganso abandonado en un horno durante tres años. Cada situación serviría como un dramático punto de partida para narrar historias que ponen a prueba la naturaleza humana. Algunas de las imágenes hacen parte de la filmografía de la directora danesa Susanne Bier y otras pertenecen a su mitología familiar. Para ella, no es enorme la separación entre ambas. Están mediadas por la fina envoltura que separa lo concreto de lo imaginario pero las personas y los personajes que están a cada lado comparten emociones, personalidades y miedos. Susanne Bier nació en Copenhague en 1960 en el seno de una familia judía. Cuando llegó al mundo, sus padres ya habían superado desde hacía mucho tiempo las amenazantes persecuciones nazis pero el recuerdo de la fuga permanecía estampado en la historia familiar como un peligro que en cualquier momento podía regresar. En las historias dramáticas que Susanne Bier ha rodado, esta historia aparece sugerida pero no desde la reproducción de los detalles autobiográficos. Como artista se niega a caer explícitamente en el tono autorreferencial. Sin embargo, la fuerza dramática de las situaciones y la forma en que sus personajes se comportan frente a la crisis son el reflejo del modo en que ella imaginaba a sus padres y abuelos cuando le contaban la historia. Rudolf Salomon Bier y Hennie Jonas tenían orígenes judíos pero provenían de distintas naciones. Él, ruso; ella, alemana. Coincidieron en Dinamarca años antes de que Europa fuera azotada por la Segunda Guerra. Luego llegó la invasión Nazi a ese país de personas gentiles en 1940. Bier cuenta que los daneses siempre fueron amables con los forasteros y, durante tres años, los judíos no temieron la ocupación alemana. Sin embargo, en 1943 las familias judías empezaron a escapar masivamente hacia Suecia, alertadas por el propio gobierno danés que supo con anticipación los planes nazis de recluir a los judíos en campos de concentración para exterminarlos. Susanne describe a su abuelo como un hombre estoico y caballeroso que no se involucraba mucho en la crianza de sus hijos. Por eso, la única vez que fue a recoger a su hijo Rudolf a la escuela fue el día en que iban a escapar de los nazis. La familia entera se escondió en el compartimento secreto de un automóvil. Estuvo a punto de ser descubierta pues la ruta de escape se acercaba peligrosamente a uno de los cuarteles que los nazis habían instalado en Copenhague. La familia danesa que los auxilió sufrió un difícil momento de tensión al pasar por uno de los retenes, pero la fuga hacia Suecia tuvo un desenlace afortunado. Por la misma época de 1943, en otro lugar de la ciudad, la familia de Hennie Jonas vivía una situación semejante. Celebraban juntos el año nuevo judío, entre los meses de septiembre y octubre. Un ganso se cocinaba en el horno y la cena estaba a punto de servirse cuando un aviso imprevisto los alertó para escapar antes de ser capturados. Cruzaron el mar del Norte hacia Suecia y allí estuvieron a salvo durante tres años. Cuando los nazis mordieron el polvo y la familia Jonas pudo regresar a su hogar, en 1946, el ganso que cocinaban para el año nuevo todavía estaba en el horno.Susanne Bier cuenta esta historia en una entrevista que le hicieron en NPR (National Public Radio) días después de recibir el Oscar a la mejor película en habla no inglesa por su filme de 2010 En un mundo mejor. Su narración está llena de pequeños detalles que la llenan de significado. Entre risas dice que su abuela jamás volvió a comer ganso y cuando la periodista le pregunta si algún día filmará esa historia, ella responde que ya lo ha hecho pero usando otros mold[...]



Alexander Payne, la norma de lo pequeño y lo humano

2013-08-30T07:10:18.284-07:00

Cualquier niño de Omaha, Nebraska, puede cultivar sueños extraordinarios cuando su entorno natural le recuerda la amenaza salvaje del aburrimiento. Alexander Payne nació en 1961 en esa ciudad del medio oeste norteamericano, la cual describe en sus primeras películas como un manantial del que brotan sin pausa seres humanos tristemente mediocres, diseñados por algún designio natural como los pararrayos de la mala suerte y el tedio. Y probablemente el director de cine no sería lo que es, si no albergara la repulsión extrema que le provoca lo acartonado. Su infancia y primera juventud conforman una trayectoria típica de ciudadano bien educado: el niño que sueña con ser astronauta, va a la universidad y aunque no llega a pasearse por la Luna, alcanza el prestigio necesario para representar con orgullo los máximos valores de la comunidad y la familia. Payne intentó aplicar el esquema. La cámara ocho milímetros que su padre le regaló a los seis años fue lo que le inyectó su primer sueño estelar. El niño entró a la pubertad con la imagen fija del adulto que quería ser: se imaginaba una vida futura en la soledad del cuarto de proyección de una sala de cine preparando los rollos, ensamblando cinta en la moviola, asomándose por una pequeña ventana para repetir las escenas de sus películas favoritas. Se preparó empíricamente para este destino organizando proyecciones en su barrio. Gastaba sus mesadas alimentando el hábito obsesivo de coleccionar películas en formatos de ocho y dieciséis milímetros. A los doce años ya poseía la mayoría de los cortos de Chaplin y la gema de su colección era El fantasma de la ópera. Atravesó la adolescencia escudado en el cine y la literatura y su idea de ser proyeccionista cambió por una opción más aterrizada y madura, la de ser periodista. Por eso, su primera elección profesional se encaminó por las letras: arte, historia y literatura española en Stanford; un periodo en la Universidad de Salamanca; algunos meses viviendo en Medellín, donde escribió un ensayo sobre los pobladores que habían transitado por la ciudad entre 1900 y 1930; y cuando ya estaba lo suficientemente formado como para merecer un escritorio en cualquier sala de redacción, ese terror al tedio, esa intención de repeler cualquier estereotipo, lo encausó de nuevo en la locura del séptimo arte. Alexander Payne decidió que jamás usaría corbata y un periodista, por lo menos en su periodo de torpe novato, necesariamente estaría obligado a echarse esa soga al cuello.En el programa de cine de la Universidad de California obtuvo una maestría en Bellas Artes. La tesis de grado de Payne consistió en una adaptación libre de la novela El túnel de Ernesto Sábato. La pasión de Martin (1991) es un film de sesenta minutos cuyo personaje principal es un fotógrafo de Los Ángeles que sufre de celos enfermizos por la mujer de la que cree estar enamorado. Las tribulaciones de este personaje no tienen un desenlace alentador, una característica con la que Payne ha sido consecuente en sus trabajos posteriores, sin llegar a ser un director demasiado solemne o pesimista. Al contrario, la evolución de sus personajes siempre está fundada en una narración rica en ironía y humor negro. Las películas de Alexander Payne tienen engañosamente la etiqueta de la comedia, pero el modo en que las aborda, desde la elección de los personajes, hasta el tema de fondo, merecería una rotulación distinta que permita reír pero que no omita la advertencia de que sus historias surgen del sufrimiento. La protagonista de Ruth, una chica sorprendente (Citizen Ruth, 1996) es una drogadicta que tras quedar embarazada se ve envuelta en el debate político sobre el aborto y los intentos de las partes para convencerla de adherirse a sus posiciones. El profesor de preparatoria de La Elección (Election, 1999) cae en la peor debacle de su vida cuando manipula las elecciones de su escu[...]



Primera comunión con los monstruos

2013-08-24T10:13:09.208-07:00

El descubrimiento del cine es el descubrimiento de la creación, es decir, de la vida y de la muerte como eventos inseparables. En El espíritu de la colmena (1973), el rostro de la pequeña Ana, perplejo en cada cuadro, es la representación literal de ese viaje hacia la línea que divide el mundo entre las sombras y la luz, para no hablar de realidad y ficción, pues en el contexto que el director Víctor Erice ubica la historia es difícil saber si la ensombrecida vida a la que están confinados los personajes hace parte de una tediosa pesadilla de la que solo es posible escapar abrazado a la imaginación luminosa de una niña.La posguerra española de 1940 ha despojado la vida de los sobrevivientes de cualquier luz salvadora. Todo es ceniciento y mortecino en un pequeño pueblo de Castilla, donde lo único que da color a la fragmentada vida de sus habitantes es el cine ambulante en blanco y negro. Niños y adultos acuden con ilusión unánime a la proyección que se anuncia desde el altoparlante. Pagan sus entradas y con su propia silla en la mano buscan el mejor lugar para contemplar la función. Es la historia de un monstruo, de un hombre jugando a ser dios y de una niña muerta; es la historia de Frankenstein.En el público, una mirada es distinta a las demás. Los ojos de Ana -redondos, negros, brillantes- comulgan con una historia que la fascina e inquieta. El monstruo de la película de James Whale no despierta terror en ella y su juicio todavía no tiene la capacidad de rechazar los actos de la criatura, por abominables que estos sean. En su mente de siete años solo caben las preguntas y son éstas las que nos guiarán a través de un microcosmos de ilusiones rotas.Los cuatro personajes de El espíritu de la colmena están en polos opuestos de la vida. No sólo porque Fernando y Teresa representan un mundo adulto empujado prematuramente al fracaso, y Ana e Isabel son el germen de lo que podría florecer con mayor candor en el futuro, sino porque a pesar de los lazos familiares que los unen, parece que entre ellos hay fracturas insalvables, distancias acentuadas por los silencios, por la soledad de cada uno, por el aislamiento natural en el que se encuentran.  Víctor Erice estrenó su primera película en 1973, cuando la censura del régimen franquista todavía pretendía contener la euforia creativa de los artistas que buscaban señalar, a partir de sus obras, la degradación ética y moral que resulta de una dictadura que impone el yugo de la uniformidad y el silencio entre los gobernados. Pero su ópera prima pasó el filtro de los censores sin sufrir daños. Quizá vieron inofensiva la aventura infantil descrita en los 97 minutos de metraje: ningún contenido escandaloso, ni una declaración incendiara, ausencia de acusaciones directas contra el poder. ¡Qué equivocados estuvieron! Una fortuna para la historia del cine, de lo contrario, el cine español tendría un vacío pues El espíritu de la colmena es considerada la película más bella de toda la filmografía ibérica. No es para menos. La música, los escenarios, los diálogos y la luz, siempre diáfana, como si en cada cuadro atravesara un filtro ambarino, funcionan para crear el estilo alegórico que tiene la historia. Un cuento de iniciación que pone a la siempre reflexiva Ana de cara a la dimensión inmaterial que rodea a la muerte. El primer diálogo nocturno con su hermana Isabel es el detonante de su búsqueda. Inquieta por saber las razones que llevan al monstruo a matar a la niña de la película, Ana interroga a Isabel: ¿Por qué el monstruo mata a la niña? ¿Por qué matan al monstruo? Pero Isabel tiene su propia versión de los hechos y como si fuera la portadora de un esquivo secreto le revela a Ana que el monstruo no ha muerto, que es un truco porque en el cine todo es mentira. Y añade que con los ojos cerrados y valentía, cualquiera puede ser amigo de un espíri[...]



Hard Eight: La suerte del aprendiz

2013-07-24T08:14:43.363-07:00

La primera secuencia de Hard Eight (1996) muestra cómo inicia la relación de un mago con el aprendiz que aparentemente ha elegido al azar. La película no hablará de magia, ni tiene elementos de fantasía. Hablar de un mago y de su aprendiz es una manera de señalar la autoridad de un personaje y la ingenuidad del otro. Aunque desde un punto de vista poético, Sydney cuenta con la cantidad de magia inesperada que puede convertir a un ser humano en el protagonista de una historia ejemplar. En su cortesía de lobo solitario, en sus trucos de tahúr virtuoso, en su gentileza de hombre valiente y en su gallardía de amante en retirada está cifrado el secreto que se mantendrá latente a lo largo de la película y que explica por qué este hombre curtido con la experiencia del inframundo urbano, adopta a un don nadie que encuentra a la deriva en un restaurante de la carretera.La carretera es en el desierto de Nevada, muy cerca de Las Vegas. El don nadie es John, que está sentado junto a la puerta del restaurante como un mendigo o como un derrotado o como las dos cosas al mismo tiempo; lo cierto es que no se hace complicado adivinar que no tiene en qué caerse muerto, como suele decirse, o adivinar que si cayera muerto de repente nadie lloraría por él y a lo mejor su cadáver sería tan ínfimo como los escombros que el viento hace rodar en los pueblos fantasma. Por suerte ahí está el hombre misterioso, Sydney, presente desde el primer cuadro del filme, que se acerca a John dándole la espalda a la cámara, despacio, con la determinación lenta de quien tiene claro su objetivo. “Lo va a matar”, es en lo primero que uno piensa. O como el personaje que se alcanza a ver al fondo es tan pequeño, a lo mejor esta sombra que se acerca lo que quiere es asaltar el lugar. Dar un golpe criminal para desatar la trama. Y si no lo va a matar y tampoco cometerá un atraco, en todo caso, lo que augura la parsimonia del traveling que sigue de cerca a Sydney, cuyo rostro aún no se conoce, es un acontecimiento nada bueno que quizá involucre violencia o trágicas revelaciones. Sin embargo, sucede algo todavía más inquietante: lo que hace el hombre misterioso es invitar a John, esa figura diminuta que se fue agrandando a medida que la cámara se acercaba, a un cigarrillo y un café. La secuencia de apertura del primer largometraje de Paul Thomas Anderson se encarga de perfilar la identidad de los dos personajes principales. Lo hace mostrando una primera experiencia de aprendizaje en la que el veterano le muestra al principiante cómo hacerle creer a un casino que se es un gran apostador cuando solo se tienen unos pocos dólares. No sobra decir que es una secuencia intensa, emotiva y brillante. El diálogo inicial deja claro, sin ser explícito, por qué John es un perdedor, cuánto perdió, cómo lo perdió y cuánto necesita ganar para enterrar a su madre. El hombre que tiene al frente, Sydney, de ojos claros y una piel en la que se amontonan las marcas de amargas aventuras, es un salvador de náufragos que no revela sus motivos y habla como si tuviera bajo la manga una carta que, además de sabio, lo hace imbatible. Las imágenes iniciales que Anderson agrupa para describir un ambiente y crearle una atmósfera lógica a la trama se acoplan con el ritmo ascendente que Scorsese usó un año antes en Casino (1995). Y para la época en que se estrenó Hard Eight –fue exhibida por primera vez el 20 de enero de 1996 en el Festival de Sundance-, tampoco era difícil que algunos la asociaran con la obra de un nuevo realizador que dos años atrás había conmocionado a la industria con su segunda película: Pulp Fiction. Aunque Anderson modera la violencia, a diferencia de Scorsese, y si su primera película tiene algo de humor, lo expresa de un modo tan sutil que para describirlo podría usarse toda la escala de grises en lugar de hablar del humo[...]



Intimidades de la peste empresarial

2013-07-18T09:47:53.618-07:00

Para una nación que lleva tanto tiempo deslumbrada por un estilo de vida engañosamente utópico, es difícil maquillar su decadencia. En la película del director australiano Andrew Dominik, Mátalos suavemente (2012), el escenario, las líneas de diálogo, la actitud de los personajes y hasta el ruido de fondo, se encarniza en esta idea. A pesar de que su estética y su trama se enmarcan en el territorio del cine negro, el espíritu del filme tiene un sabor a thriller político que la dota de ironía y esa clase de humor que hace sonreír con nerviosismo.Para empezar, Mátalos suavemente carece de héroes. Los seres humanos que la protagonizan apenas son dignos de portar la etiqueta de la especie, y el retrato que el director hace de cada personaje parece con la intención de plantar un espejo ante ciertos individuos para que vean en ellos el reflejo de sus pecados. Si el fantasma de las navidades futuras se apareciera en la habitación de algún líder imperial -un Obama, un Bush, un McCain- lo llevaría a pasear de la mano por las calles de esa ciudad arrasada y deprimente que le sirve de escenario al director para contar la historia de un puñado de criminales sin escrúpulos encabezado por Jackie Cogan, asesino de corazón frío que conoce la verdadera naturaleza de su comunidad americana.Omitiendo el ruido de fondo que constantemente surge en las escenas para recalcar que la obra no habla de gángsters sino de otra cosa, se puede reconstruir el esqueleto de un drama criminal de los clásicos, basado en la novela Cogan's trade del escritor George V. Higgins. Frankie, Russel y la “Ardilla” son tres rufianes de baja categoría que planean asaltar una partida de cartas de la mafia, confiados en que la culpa caerá sobre Markie Trattman, un gángster que cometió un golpe idéntico un par de años atrás. Sin embargo, su treta no permanece encubierta por mucho tiempo y los señores de la mafia contratan al asesino Jackie Cogan para ajusticiar a los torpes maleantes.La síntesis del argumento le da una apariencia convencional a Mátalos suavemente. Tiene crímen y venganza, tiroteos mesurados, palizas lacerantes, el ejercicio de una sexualidad sórdida y, sobre todo, personajes con moral de letrina. Especialmente en el último punto, la película tiene uno de sus mayores logros. La dirección de actores es una de las fortalezas de Andrew Dominik, como lo demostró con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007), en la que extrajo de Brad Pitt una interpretación mustia y perturbada que fusionaba la figura tradicional del forajido legendario con el carácter apesadumbrado de los personajes trágicos de Shakespeare. Para esta ocasión, Dominik volvió a encargar el rol protagónico a Brad Pitt cuya apariencia y actitud parecen el resultado del apareamiento entre Scarface y Gordon Gekko. Junto a Brad Pitt están los hombres que uno espera ver en una película de gente mala: Ray Liotta soporta las dolorosas desventuras de Markie Trattman. James Gandolfini aparece como Mickey, asesino a sueldo superado por asuntos de faldas en el declive de su carrera. Sam Shepard hace una aparición breve pero su personaje, Dillon, levita en los diálogos y en la trama como una temible deidad. Richard Jenkins es el portavoz enviado por los padrinos sin identidad ni rostro que deciden la suerte de los subordinados. Y aunque por el momento no son tan célebres, Scoot McNairy y Ben Mendelsohn interpretan el papel de los ladrones Frankie y Russel, cuya interacción tiene la química que se puede esperar del encuentro entre un cerdo y un gorrión, siendo Russell -no se puede negar la contuntende verdad- un fantástico cerdo.Pero la adaptación que escribió el propio Dominik rebasa los límites del género en el que se encasilla la película, pues de los diálogos, el escenario y la musicalización de las es[...]



Del ojo fílmico al ojo cibernético

2013-06-07T09:39:06.373-07:00

En la exploración previa que realicé para este artículo, abordé diferentes enfoques de interés sobre el documental, intentando acercarme al lugar que ocupa este género dentro del panorama de la realización audiovisual actual. En primer lugar y considerando solamente las obras que resaltan en la superficie, me interesó la súbita espectacularización del género en el ámbito cinematográfico. Reduciendo la mirada a ejemplos evidentes como las obras de Michael Moore, esa pieza de Al Gore que le ha dado la vuelta al mundo intentando llamar la atención sobre el cambio climático o los fabulosos documentales de la naturaleza auspiciados por Disney, que cada vez cuentan con más recursos técnicos y presupuesto, podría proclamarse una época dorada del documental, una reivindicación de este género que nació a la par con el cine y una valorización de lo documental frente a lo ficcional que hace que lo real se imponga como la mejor alternativa ante guiones decadentes y lenguajes visuales que no evolucionan más allá de los malabarismos técnicos del momento. Pero si jugamos en el marco de la industria del espectáculo que de todos modos ofrece cada año pocas obras dignas de mención, sigue en evidencia una oferta en la que es visible, cada vez más, un monopolio que nos impide –a nosotros los que vivimos al sur del ombligo del mundo- el acceso a la producción audiovisual de países que están alcanzando logros más interesantes. Si no existieran los festivales independientes que sobreviven cada año a pesar del escaso presupuesto, si se prohibiera de tajo la cuestionable –pero siempre maravillosa- práctica de bajar las películas de internet, si a todas las personas en las que hierve el interés por el cine se les cerraran los canales alternativos –no siempre legítimos- de distribución e intercambio de contenidos no tendríamos ocasión de ser testigos de la riqueza y diversidad de producciones que cada año surgen a partir de la iniciativa independiente de los realizadores, que para fortuna del documental, siguen orbitando la periferia de la cinematografía en una práctica que permanece fiel al espíritu que impulsó a los primeros documentalistas a desarrollar uno de los inventos más importantes de la humanidad: el cine. El interés primitivo de registrar la realidad, especialmente aquella que escapa de nuestro espectro sensorial, tiene, de hecho, el primer crédito en esta invención. Y aunque suene obvio, a partir de los diferentes adelantos técnicos que llevaron al cine de lo mudo, a principios de siglo XX, a lo tridimensional del siglo XXI, los modos de registrar esa realidad igualmente han cambiado en una transición que groseramente puede clasificarse en tres periodos: empezando por el ojo fílmico de Vertov, siguiendo con el ojo electromagnético que nos proporcionó la era del video y llegando al ojo actual, un ojo cibernético, ojo digital, que día con día demuestra la ausencia de límites y posibilidades. El cine documental nació antes que el cine mismo. Guardando las proporciones, sus primeros logros eran para el cine lo que las pinturas rupestres eran para la pintura. El interés de algunos científicos por documentar algunos fenómenos que eran incapaces de ver con sus propios ojos encendió una mecha que llevó por ejemplo a que en 1874 el astrónomo francés Pierre Jules César Janssen inventara un revólver fotográfico –cámara en forma de cilindro- para registrar el paso de Venus frente al sol. Si bien no logró una película que pudiera proyectar movimiento, registró el suceso y avivó las llamas que ya empezaban a arder en la mente de otros hombres. En cualquier libro de historia de cine, en las cátedras que abordan esta materia y en los antecedentes que se enumeran para hablar de la tecnología que permite e[...]



Carreteras secundarias de la historia

2013-05-10T08:23:26.483-07:00

Comparada con la realidad, la ficción ofrece mejores formas para ganar una guerra. La historia oficial suele ser compleja, vaga, brutal, poco compasiva con sus protagonistas y plagada de dolor. La historia alternativa que suele ofrecer una novela o una película, sin faltar a la verdad, logra acercarnos como lectores o espectadores a una dimensión más legendaria de la existencia, donde los personajes pueden ser extraordinarios sin perder la cercanía que permite ver en sus figuras destellos de lo que somos o ansiamos ser. Parte del valor de El discurso del rey (2010) reside en este hecho. A pesar de ser una historia basada en el drama íntimo de una monarquía imperial que se ha esforzado a lo largo de los siglos por mantener sus secretos bajo llave, se presenta como una situación doméstica que involucra, como las fábulas, ideales perseguidos por la mayoría: perseverancia, amistad, nobleza y una valentía que, en lugar de surgir tras el bautizo infernal que viven los héroes de trinchera, aparece tras la confrontación del personaje con todos los factores externos e internos que lo empequeñecen. Esta forma de recorrer la historia por carreteras secundarias, sin embargo, ha hecho multiplicar los detractores de El discurso del rey, quienes la señalan como una obra poco fiel con la historia verdadera, pues la figura del rey George VI no tuvo un papel tan relevante en la victoria de los aliados contra el monstruo de bigote chistoso que ya todos conocen y en cambio caricaturiza a los verdaderos protagonistas del conflicto, como a Winston Churchill, que en la corte que desfila por los modestos recintos de la película viene a ocupar una posición de bufón entremezclado con sabio consejero. Sin embargo, esto sólo revela que los autores de esta película no cayeron en la trampa de empañar el argumento con un discurso demagógico que una vez más les recordara a las santas almas que pisan esta tierra las infamias que inauguraron el siglo XX. Al centrarse en una dimensión más anecdótica que histórica, la película se desliga de compromisos políticos y se vuelve tan vigente como la saga de cualquier rey medieval acompañado de su Merlín, su fantástica Morgana y su Excalibur monofónica.Imaginen nada más la vergüenza que hubiera sentido Arturo si la espada se hubiera resistido a salir de la piedra. Todo príncipe desmerece atravesar semejante embarazo. Sin embargo, el de esta película es un príncipe vilipendiado por su irrevocable tartamudeo, sometido al escarnio de la multitud, menospreciado por su propia familia y obligado a seguirle la corriente a los farsantes que prometen una cura logrando el efecto contrario de llevar su dignidad hasta la mínima expresión. Si el actor hubiera sido otro y no Colin Firth, se hubiera visto la parodia de un rey pero la elegancia de este hombre logra evadir cualquier faceta caricaturesca para que la atención se concentre en la furia que nace a partir de su miedo. El peso de la historia cae en igual medida sobre los hombros de Geoffrey Rush, que interpreta al terapeuta del lenguaje Lionel Logue; y en menor medida sobre la enigmática Helena Bonham Carter que se pone las vestiduras de la reina madre pero con un aire de salvaje amazona que encaja muy bien como contrapunto de la árida atmósfera que es natural a una realeza más convocada a aparentar que a reinar.Las vicisitudes de un rey tartamudo, los tropiezos de una amistad naciente, la inminencia de una guerra brutal y el lenguaje como esperanza, son los ingredientes sobre los que se fundamenta El discurso del rey: que el cine empiece a obrar desde este punto y que de la Historia se ocupen los historiadores. El triunvirato de actores de esta obra acapara casi toda la atención pero no es porque sean estrellas con luz propia como podría pensarse. E[...]



Sostener la mirada del diablo

2013-05-09T13:47:41.965-07:00

“Te diré por qué sonrío, pero te hará volverte loco.”Michael HerrHay compañías incómodas.  Presencias que inquietan de manera excesiva: es difícil mirarlas directamente al rostro, un leve roce produce temor o asco y el mínimo movimiento tiene una latente amenaza de locura y muerte. En el transcurso de una vida ordinaria pocas veces nos cruzamos en el camino de estas personificaciones malignas, un alivio que disfrutamos con mayor deleite cuando vemos a través del arte los diferentes rostros del mal, sintiéndonos a salvo –solo en apariencia- de su poderoso influjo. La mayoría de las veces, estas obras sitúan al público en la orilla opuesta de un abismo que el mal no es capaz de atravesar, una base heroica de la narrativa nos mantiene a buen resguardo. Sin embargo, hay casos en que los artistas se abandonan a sus impulsos más perversos y zanjan  la brecha de ese abismo que nos protege, dejando que el mal baile junto a nosotros y nos cubra con una investidura que nos vuelve tan infernales e imperfectos como los monstruos que habitan en nuestras pesadillas.The killer inside me (2010) es uno de esos casos y no hay modo de salir ileso tras 109 minutos de soportar la incómoda compañía de su protagonista. Bajo el encanto y la dulce cordialidad de Lou Ford hay una demencia cociéndose a fuego lento. Su voz, la de un pusilánime alguacil del oeste americano, narra lo que es el devenir diario de Central City, un pueblo próspero en las inmediaciones de un desierto tan seco como las vidas de sus insulsos habitantes. Una vida que Ford desprecia y a la que muy pronto intentará arruinar con violentos arrebatos que lo llevarán de un crimen a otro, destruyendo incluso aquello que dice amar.  Este hombre frío y trastornado, interpretado por Casey Affleck, no mide las consecuencias de sus actos: cuanta mayor es la violencia que los caracteriza mayor es el goce con el que parece disfrutarlos, volviéndose un protagonista indeseable y de quien cuesta desligarse pues el punto de vista de la película no abandona en ningún momento su perspectiva maniática.Es un juego peligroso del director Michael Winterbottom el de transitar los caminos de la violencia explícita y al mismo tiempo hacer un despliegue estilístico que parece imprimir una atmósfera sarcástica a la historia. Pero si hay algo de humor en The killer inside me su color es oscuro más allá de lo negro. El desparpajo con el que el personaje cuenta su historia y la música popular que en ocasiones ambienta las escenas con un tono de burla, no alcanzan a hacer contrapeso a las escenas más fuertes de la película. Su efecto es quizá el contrario, las acentúan, convirtiéndolas prácticamente en el núcleo de la trama.De ahí partieron, en su mayoría, las críticas negativas que recibió la película. Winterbottom fue señalado de ensañarse contra las mujeres que eligió para protagonizar esta segunda adaptación de la novela de Jim Thomson que ya había sido rodada en 1976 por Burt Kennedy.Jessica Alba y Kate Hudson hacen parte del reguero de víctimas que Lou Ford deja a su paso. Están involucradas en las escenas más violentas del filme y paradójicamente estas escenas tienen que ver con la muerte y el erotismo. La bestialidad con la que Lou Ford fornica con Joyce Lakeland (Alba) tiene la misma violencia inhumana que los golpes con los que le desfigura el rostro, en una escena difícil de ver que a partir de primeros planos y una construcción sonora en extremo realista provocan fuertes emociones, pues en cuestión de pocos minutos lo que empieza como excitación sexual se degrada hasta los niveles subterráneos de la perversión humana, donde tienen cabida las peores brutalidades.Pero esta historia y el carácter del personaje [...]



El embrujo yakuza

2013-02-27T05:55:24.026-08:00

Hay un sabor a leyenda en todo lo que está relacionado con el lejano Japón. Al menos para nosotros, los extraños del hemisferio occidental, ese país siempre estará lleno de misterios y sus habitantes serán individuos indescifrables, como si en verdad hicieran parte de un lugar apartado del tiempo. Japón es el país que recibió la tormenta de fuego de la bomba atómica, el país de los samuráis, los ninjas, las geishas, los kamikazes y el harakiri. También es el país de los yakuza y el estricto código de honor que los gobierna. En todo esto hay un atractivo que supera los deslumbramientos de lo exótico. Ese país tiene el poder de adherirse a las personas desde adentro si estas han estado el tiempo suficiente expuestas a sus distintos embrujos. En el caso de Paul Schrader y el primer guión que escribió para un largometraje, el encantamiento operó por reflejo. Entre 1968 y 1972, el hermano mayor de Paul, Leonard, se estableció en Japón como un maestro de inglés que se vio desempleado una vez la revolución estudiantil de la época hizo cerrar las universidades. El norteamericano estaba en Japón porque huía. Cuando recibió la notificación de que debía enlistarse en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam, tomó un vuelo hasta esa isla al otro lado del planeta. Tenía 24 años. En la nación del sol naciente llevó una doble vida: de día enseñaba literatura inglesa en las Universidades de Doshisha y Kyoto. En las noches se sumergía en el bajo fondo de las ciudades regido por el poderoso clan Yamaguchi-gum, de la mafia yakuza. Así fue como se familiarizó con una clase de hombres violentos pero honorables. Frecuentando los clubes nocturnos que eran epicentro de las operaciones yakuza, Leonard Schrader se acercó lo suficiente a ellos como para concebir una novela.Sin embargo, cuando regresó a los Estados Unidos, liberado de  la obligación de ir a morir a una guerra, su hermano Paul lo convenció de escribir el guión de una película. Durante ocho semanas de encierro produjeron tres borradores del guión cuya versión final estuvo lista en enero de 1973. Mientras ellos escribían, el agente de Paul Schrader se encargaba de esparcir el rumor sobre el fantástico guión en el que trabajaba su protegido. Robin French acudía a cenas y cócteles con los peces gordos de la industria para seducirlos y garantizar una jugosa recompensa. Cuando salió a subasta, el precio base del guión fue de 100 mil dólares pero sorprendentemente esta cifra se elevó a un total de 325 mil dólares, pagados por la Warner Bros.La productora no tardó en embarcar en el proyecto al director Sydney Pollack y encargó la revisión final del texto a Robert Towne quien en el momento de firmar el último borrador -diciembre de 1973- se encontraba en plena producción de Chinatown (1974) la película de Roman Polanski cuyo guión era de su autoría.El eje central de The Yakuza, estrenada en 1974,  es la contradicción entre mundos opuestos que comparten principios morales. Harry Kilmer (Robert Mitchum) es un veterano de la Segunda Guerra Mundial que debe regresar al Japón 20 años después de haberlo abandonado con el corazón roto. Un clan yakuza secuestró a la hija de su amigo y ex compañero del ejército, George Tanner, quien le encomienda la misión de liberarla. Sabe que ese viaje abrirá viejas heridas y lo confrontará nuevamente con el amor de Eiko. Pero debe hacerlo, es su forma de pagar la vieja deuda que tiene con su amigo. Si la historia de esta película pudiera simplificarse en un solo tema sería ese: el sentido del deber. Los personajes principales son hombres que pagan sus deudas por encima de cualquier cosa, incluso de sus propias familias. Y en el universo yakuza,[...]



El bestiario del diluvio

2013-02-26T15:09:52.259-08:00

Esa niña que intenta descifrar el mensaje oculto en los latidos del corazón de sus mascotas -aves de corral, cerdos y perros- es la dueña de una voz nacida para contar historias. Porque son las palabras de la actriz Quvenzhané Wallis las que hacen funcionar a Bestias del sur salvaje (Beasts of the Southern Wild, 2012) como un relato oral que tiene el tinte de las cosmogonías tribales con las que se explica el origen del universo.  Desde su solitaria intimidad, la niña de seis años hace que su punto de vista sea la ruta de acceso al entorno particularmente salvaje de una comunidad anfibia que le debe su supervivencia, y también toda su alegría, al agua. “Hushpuppy” –el personaje de Wallis- tiene infinitas preguntas acerca de las cosas que no entiende. Pero, como suelen hacer los niños excepcionales cuando las respuestas de los adultos son vagas, ella elabora sus propias conclusiones: como en el relato de El Principito, su imaginación crea y al mismo tiempo interpreta su realidad personal.Esta película, estrenada en el Festival de Cine de Sundance, en enero de 2012, es un cataclismo sorpresivo que surgió de la nada para que nadie en la industria -a veces carnívora- del cine pudiera ignorarla. Lo mismo que pasaría si la ciudad perdida de la Atlántida emergiera de su tumba de agua en medio de un balneario turístico. Primero, se alzó con algunos premios importantes: Mejor película en Sundance, Cámara de Oro en Cannes, Película del Año del American Film Institute, entre otros. Y, después, recibió cuatro nominaciones a los Premios Oscar más importantes: mejor película, director, actriz principal y guión. Por supuesto que los trofeos y las nominaciones se agradecen, permiten que una película que inició como realización marginal tenga una distribución más amplia, pero lo más importante es valorar el modo en que se ejecutó la producción. Una lección de creatividad, trabajo colectivo e imaginación.El director Benh Zeitlin es un hombre de 31 años que, después de educarse en Nueva York, viajó a Europa para trabajar en el equipo de producción del realizador checo Jan Svankmajer. Sus primeros trabajos fueron animaciones -Egg (2005), The origin of electricity (2006)- en las que se nota el aprendizaje adquirido junto a un equipo de talentosos expatriados provenientes de diversos lugares de Europa. Pero Zeitlin no quería hacer películas como un forastero en el viejo continente, quería filmar historias americanas. Así lo declaró a la revista Film Comment en la edición de mayo de 2012. Por eso regresó a su Louisiana natal, donde los estragos del huracán Katrina todavía eran visibles sobre los mares, la tierra y las personas.Empezó a trabajar en la idea de un primer cortometraje en el que una comunidad ficticia llamada La Bañera (The Bathtub) -pariente de otros pueblos fabulosos como el Yoknapatawpha de Faulkner o el Comala de Rulfo- vive en los límites de una realidad azotada por diluvios y un limbo subacuático en el que los seres queridos flotan a la deriva con los ojos abiertos. El cortometraje de 25 minutos, Glory at Sea (2008), cosechó premios en los festivales de South by Southwest, Boston, Woodstock, entre otros. El director y el equipo de producción viajaban por tierra recorriendo el circuito americano de festivales alternativos cuando un conductor ebrio chocó el vehículo en el que se transportaban. Zeitlin sufrió graves heridas: cadera y pelvis fracturados, meses de recuperación: tiempo para pensar en su primer largometraje.Tenía interés por el trabajo de su amiga Lucy Alibar, dramaturga de Florida que había escrito una obra de teatro -Juicy and Delicious- en la que narraba cómo el cáncer de su padre signific[...]



Los héroes trágicos

2012-12-13T11:12:44.056-08:00

El amor, el poder y la muerte conspiran en el destino de los héroes y no para mostrarlos como hombres victoriosos. La crónica de sus vidas configura una saga admirable con múltiples capítulos dispersos en la historia del cine. Por cada miembro de esta selección hay cien más que  merecen ser mencionados. 1. Charles Foster Kane, el oro del mundo no compra el tiempo perdido El magnate aplastado por el peso del tiempo. Charles Foster Kane es un hombre que lo tuvo todo aunque la figura que por partes se va configurando a lo largo de Ciudadano Kane (1941) da un resultado que dice todo lo contrario: fue un hombre que no pudo conservar nada. Ni el amor, ni los pocos buenos amigos, ni las memorias de su paraíso perdido: la remota infancia. Los fragmentos de esta vida contada con maestría por un debutante Orson Welles funcionan como una metáfora de la existencia rota que llevan los personajes que acumulan poder ilimitado. Mientras más grandes son sus moradas y más artilugios acumulan en sus elegantes salones, más ruinas quedarán para el futuro. 2. Rick Blane, un dandi del desierto con el corazón roto¿Hay algún personaje interpretado por Humprey Bogart que no sea trágico? Todos sus personajes nacieron para perder, para morir, para estar solos. El modo de asumir cada desgracia es su principal encanto. En Casablanca (1942), es el sofisticado regente de un bar al que todo el mundo acude para ahogar sus penas. Hasta que la repentina aparición de la hermosa Ilsa Blund (Ingrid Bergman) revive los dolores que él ya había ahogado. El amor muerto se despierta para cavar más profundo en las heridas pues ambos deberán elegir un propósito mayor que sus deseos. El gesto final de Rick Blane es renunciar por segunda vez a la chica de sus sueños. Por supuesto que sufre, pero la cara de palo de Bogart tiene pocas variaciones, el rictus de sus labios y la impavidez de sus ojos son murallas insalvables. Será por eso que Casablanca tuvo y tendrá tanto éxito, pues a lo largo de los años empuja a sus espectadores a adoptar como suyo ese corazón hecho añicos.3. Michael Corleone, la corrupción de un ángelEntre todas las películas de gángsters no hay destino más aciago que el de Michael Corleone (Al Pacino). Lo admiramos en la primera entrega de El Padrino (1972) cuando se levantó como el jefe de la mafia italiana a costa de enormes renuncias; lo empezamos a detestar en la secuela de 1974 cuando ordenó la muerte de su propio hermano y en el epílogo de la saga (1990) le entregamos toda nuestra compasión cuando lo vimos reducido a escombros por la sangre derramada de su hija. Como el emperador de una familia criminal, cada victoria lograda significaba una lista interminable de enemigos: un modo elegante de estar acorralado. Ver las tres películas en una sola jornada es un interesante ejercicio para comprender a fondo la metamorfosis de este personaje: 537 minutos para ver cómo un ángel se convierte en el verdugo oscuro de su propio destino.4. Travis Bickle, delirios en la gran ciudad El ex-combatiente que ya no encuentra su lugar en el mundo. Así es Travis Bickle, como cualquier soldado que hubiera participado en una guerra tan brutal como la de Vietnam: los horrores que pasaron por sus ojos en la selva se siguen proyectando en el filtro con el que observan la sociedad en la que intentan instalarse. En esta película de Martin Scorsese, la locura es un refugio ineludible y la violencia surge como una reacción alérgica, un sarpullido incontrolable que domina las acciones de un personaje interpretado con esmero por el Robert Deniro más desorbitado de toda su carrera. El clímax de violencia que estalla en Taxi Driv[...]



“Lo que no vemos también nos define”

2013-05-10T08:51:52.815-07:00

Cuando trabajó como asistente de Walter Salles en la dirección de Diarios de Motocicleta (2004), Julia Solomonoff prácticamente recorrió Latinoamérica de punta a punta. Pero este derrotero volátil no era nada nuevo para ella. Un seguimiento a cada etapa de su carrera permite hacerse la idea de una mujer inquieta que ha construido una obra diversa con la suma de itinerarios que la han puesto justo en el ojo del huracán si es que el cine pudiera compararse con algo parecido. Nació en 1968, año emblemático para la historia universal de la rebeldía,  y quizá sea una coincidencia que en sus años de adolescente ella ejerciera un liderazgo que todavía recuerdan los que eran estudiantes en aquella época y sobrevivieron a la brutalidad de la dictadura. Su primer largometraje, Hermanas (2005), se basa precisamente en las cicatrices que este periodo oscuro de la historia Argentina dejó sobre todo en los jóvenes que, renunciando a la alternativa indeseable de hacerse los de la vista gorda, decidían luchar conociendo los peligros implícitos en su causa: desaparición o exilio.Y estos asuntos tan dolorosos aún, los aborda Julia con la delicadeza de quien conoce desde adentro el sufrimiento pero toma distancia para narrarlo y hacer aunque sea un poco de la justicia sanadora que permite la memoria. Es desde la distancia que Elena y Natalia vuelven a su pasado común: Natalia intentando descifrar los hechos que originaron su exilio y Elena esforzándose por redimir la culpa sangrante que la entristece. El guión de la película construye el perfil de dos mujeres fuertes, muy distintas una de la otra pero que al reencontrarse actúan como los elementos de una reacción química que por separado son inofensivos pero lo hacen volar todo al mezclarse. Las protagonistas de Hermanas están descritas en un tono íntimo, casi familiar, que debe su verosimilitud a la serenidad de un guión que dice tanto con lo que oculta como con lo que muestra. “Creo que ser mujer me da una manera de observar otras mujeres. Puede ser una ventaja, permitirme identificarme con cada una de ellas en distintos niveles y también puede ser una desventaja. Como todo punto de vista, se define no solo por lo que ve, sino también por lo que no ve. Y lo que no vemos también nos define.”La frase anterior encaja perfectamente en ese bello fragmento del universo que Julia Solomonoff dejó ver en su segundo largometraje, El último verano de la Boyita (2009), donde el conflicto y la tensión surgen por todo lo que no se puede ver. En las dos películas la directora hace el ejercicio de retratar un mundo doméstico pero si en Hermanas toma distancia para hacerlo, en El último verano…, literalmente, lo hace desde el corazón mismo  de la Argentina. Según cuenta la directora, la historia de Jorgelina y Mario transcurre en un lugar donde se mantienen varias prácticas agrícolas de siglos atrás (Aldea San Juan, en Entre Ríos). Un entorno rural donde es claro el choque entre lo masculino y lo femenino, entre lo agreste y lo sutil. Dicotomías encarnadas en el  personaje de Mario y reveladas ante Jorgelina, que las usa para saltar desde su trampolín de niña y dar la primera zambullida en su mundo de mujer. A lo largo de la película los dos personajes evolucionan pero en Jorgelina es más evidente la formación de un juicio que se independiza de los adultos. ¿Un autorretrato de la directora? Ella misma responde que no lo sabe pero le gusta la idea: “Escribí una historia que reúne muchos elementos autobiográficos: una infancia rodeada de mujeres (tengo dos hermanas, ningún hermano, mi mamá es ginecóloga, mis abuelas sobrevi[...]



La jauría de los infames

2012-12-12T11:33:13.673-08:00

“Esta solía ser la ciudad de Los Ángeles”, dice Gustav Briegleb, el personaje de John Malkovich en El sustituto, como obertura a su descripción personal de la decadencia y corrupción que se apoderó de esa ciudad a finales de los años 20. Las imágenes que acompañan su testimonio son algunos clásicos tiroteos protagonizados por hombres sin escrúpulos y metralletas de tambor escupiendo 300 balas por minuto. Pero algunas imágenes prestadas del cine de gangsters no bastan para dar cuenta del horror in crescendo que curtirá los 140 minutos de la obra de Clint Eastwood. Una Angelina Jolie haciendo de Christine Collins escucha más o menos aterrada lo que cuenta el reverendo Briegleb, porque, no teniendo suficiente con la desaparición de su hijo Walter, gratuitamente es puesta en la primera línea de fuego en la batalla contra el sistema más corrupto y peligroso de ese tiempo: el LAPD, o Departamento de Policía de Los Ángeles. Se cae en cuenta de que no son necesarias balas perdidas para que caigan inocentes y que si la vida fuera una película, como bien lo entiende Eastwood, no estaría circunscrita a un solo género; al contrario, sería una reunión de las diversas formas del cine con brochazos de romance, thriller, cine negro, melodrama, ciencia ficción y tragicomedia. Hacer con éxito esta amalgama requiere unas agallas que van más allá de escribir en los créditos iniciales “A true history” para decirle al público que por muy kafkiano que sea lo que verá a continuación, todo es absolutamente cierto. Esa tarea de contar sin malabarismos semejante historia es reservada a unos pocos, especialmente a los veteranos que todavía conservan el dominio de lo clásico, especialmente a Clint Eastwood.Porque la historia de El sustituto no es fácil de digerir. La madre que pierde al hijo. El impostor que regresa a ocupar su cuarto. El manicomio. Los tribunales. Los niños hechos pedazos en el gallinero de Wineville. Los trece escalones del patíbulo. La infamia reproducida en una escala de personajes que empieza en el capitán de policía y se extiende en médicos, siquiatras, enfermeras, funcionarios públicos y un mocoso circuncidado… Hacer coincidir las piezas del rompecabezas, sin matar el misterio, conservando la coherencia, manteniendo además unidad entre los diferentes hilos es algo que Clint Eastwood consigue con narraciones paralelas y retratos sutiles que no se encarnizan con los personajes pero tampoco se toman el tiempo de compadecerlos. Los planos demoran lo justo para mostrar un gesto, puntuar una emoción o presentar en su debida proporción los detalles de un escenario. Y en esta gramática tan propia de Clint Eastwood a la hora de atar los cabos que construyen o deconstruyen un personaje también se le da cabida al lugar común como vía rápida para significar las tormentas internas. ¿Cuántas veces se ha repetido en el cine la imagen de la madre abrazando el oso de peluche de su hijo ausente? Pero también, ¿cuántas veces se repite esta imagen en el lado real de la pantalla? La vida es una sucesión interminable de lugares comunes tal vez porque Dios no se atreve a jugar a los dados, la diferencia es que en su cine Clint Eastwood sí se atreve, es más, él es descarado y no sólo arroja los dados sino que también juega a la ruleta rusa. En las películas de las últimas dos décadas, más que nunca, Eastwood ha hecho martillar el percutor sobre cartuchos densamente cargados. Los imperdonables y Un mundo perfecto en los noventa o Río Místico, Millon Dollar Baby y Cartas de Iwo Jima en los primeros años del siglo XXI, son obras de un hombr[...]



Un kamikaze en el cascarón del gringo

2012-12-07T12:51:23.198-08:00

Los kamikazes no paran. Aceleran a fondo. Van con todo –armados hasta los dientes- contra su objetivo. Son fugaces. No le temen a nada y pocos llegan a veteranos. Pero Clint Eastwood es un kamikaze inusual.  A sus 78 años de edad se ha inmolado como director en una treintena de películas y como actor ha registrado más de 60 apariciones en pantalla. ¿Hasta cuándo Clint? “Pues hasta que me dé la gana”, parecería responder este gringo de pura cepa nacido en el frío San Francisco, que al día de hoy conserva bajo su piel arrugada la energía para rodar en tan solo 32 días una obra maestra de la que además es protagonista.  Pero también parece que a Clint Eastwood le gusta jugar con la prensa e inventa nuevas respuestas a esta supuesta pregunta. El anuncio de que Gran Torino sería su última interpretación puede tildarse como parte de un juego que empezó con Los imperdonables en 1992 cuando Eastwood en persona había asegurado que no volvería a estar tras las cámaras y frente a ellas al mismo tiempo. Aunque sus seguidores hace rato perdieron el interés por este tipo de especulaciones, pues no todo está escrito en el cine, y si a las manos del director  llega un guión con algún personaje apto para él, es probable que lo volvamos a ver antes de que exhale su último suspiro. A Clint Eastwood las ganas le pueden y definitivamente el guión de Gran Torino estaba escrito para él. Por eso no se contuvo y una vez se despidió de Cannes en 2008, donde recibió una Palma de Oro como tributo a su carrera, volvió a Estados Unidos a rodar la historia del octogenario Walt Kowalski y la de sus vecinos y de cómo se las arregla Mister Kowalski con su nuevo estado civil –viudo- para mantenerse indemne a los cambios del vecindario. Es un último mohicano en Detroit: los vecinos de siempre se han mudado; sus casas fueron ocupadas por inmigrantes hmong –un pueblo del sudeste asiático-, las pandillas patrullan las calles y Mister Kowalski es el único que mantiene verde el césped y todavía iza la bandera de las 50 estrellitas como buen veterano de la guerra de Corea. A través de los ojos entrecerrados de Clint Eastwood resuma el desprecio, su garganta gruñe protestando en actitud racista y uno esperaría que en cualquier momento detone su Harry Callahan interior diciendo tras una Magnum 44 “Alégrame el día”.  Pero esta historia es más compleja, no hay Magnum 44, si mucho un viejo rifle M1, y lo que termina por alegrarle los días a este jinete de cara pálida será esa gente de raras tradiciones que vive en la casa de al lado. “Tengo más cosas en común con estos monos que con mi propia familia”, es lo que descubre Walt ya con su cascarón ablandado del que deja salir al hombre ecuánime, cariñoso, capaz de darlo todo por sus amigos, incluso su Ford Gran Torino del 72.Cuando se  supo que Eastwood estaba rodando una película llamada Gran Torino corrió el rumor de que en realidad se trataba de la sexta entrega de Harry el sucio. Se pensó en un argumento con persecuciones y tiroteos. La despedida del gran Clint Eastwood sería por todo lo grande, volviendo a uno de los personajes que lo hicieron legendario. Sin embargo, la sorpresa fue todavía mayor: una historia sencilla traducida en secuencias bien construidas donde la intimidad de lo doméstico se impone sobre los pocos estallidos de violencia en los que sí aflora algo del detective duro de roer o del  intrépido vaquero que pervive en la carne añeja de este mito llamado Clint Eastwood. De hecho, a lo largo de toda la película aparecen las diferent[...]



Monstruos demasiado humanos

2012-12-06T11:54:08.730-08:00

A mediados de los años 40, el señor Alfred Hitchcock se encontraba recorriendo las instalaciones de diferentes hospitales mentales, entre ellos el asilo de Hartford en Connecticut y el Hospital Bellevue en Nueva York. Contrario a lo que podría pensarse, no se hallaba en busca de un lugar de reposo para apaciguar el remolino creativo que se agitaba en su cabeza, buscaba las locaciones ideales para rodar Spellbound (1945), un drama psicológico con el que mataría dos pájaros de un solo tiro: por un lado le daría gusto al productor David O. Selznick al abordar en una de sus películas el tema del psicoanálisis pero, por otro lado, haría algo más importante: volcar sus propios traumas y culpas en una trama de persecución con la que penetra la atormentada mente del personaje principal John Ballantyne, interpretado por Gregory Peck, para resolver la misteriosa desaparición del Doctor Edwardes, cuya identidad es usurpada por Ballantyne tras un episodio de amnesia que se convertirá en el McGuffin que pondrá en marcha la trama detectivesca y romántica.  La culpa es básicamente lo que perturba al personaje de Peck en Spellbound. De hecho, es un arraigado sentimiento de culpa el origen de los trastornos mentales que proyectan algunos de los personajes de la filmografía de Hitchcock. Desde la delirante Henrietta Flusky que Ingrid Bergman personificó en Under Capricorn (1949) hasta la enigmática ladrona interpretada por Tippi Hedren en Marnie (1964). Personajes que comparten una culpa insoportable, oculta en profundos recuerdos, que causan dolor cuando se acercan a la superficie y por lo tanto son reprimidos en una agitada lucha que el director aprovecha para crear turbulentas escenas, torturar a sus adoradas rubias y provocar en el público emociones de extrañeza y masoquismo.     Esa manera que tenía Hitchcock de hurgar en la culpa de sus protagonistas hasta hacerlos sangrar se puede interpretar como un intento encarnizado de ahondar en su propia culpabilidad, infundada desde sus primeros años de infancia por la estricta educación a la que fue sometido por parte de su padre y de los maestros jesuitas que lo formaron en el colegio.Hitchcock aprovechaba sus películas para hablar de sí mismo y convertir sus recuerdos en piezas clave del lenguaje personal que inventó a partir de sus estudiadas imágenes. La culpa que en Spellbound detona los delirios de Gregory Peck es la de haber asesinado una figura paterna primordial lo que quizá refleja los sentimientos que Hitchcock guardaba hacia su padre, quien en una ocasión lo envió con una carta a la estación de policía. Al leerla, el oficial que lo atendió lo encerró en una celda y le dijo: “Esto es lo que se hace con los chicos malos”. En uno de los ataques de pánico de Spellbound, Gregory Peck grita a viva voz lo que quizá el pequeño Hitchcock gritó en las profundidades de su alma cuando salió de aquella celda: “¡Por qué las luces están apagadas! ¡Enciéndanlas! ¡Abran las cerraduras de las puertas! ¡No pueden mantener a la gente en celdas!”.  Pero Hitchcock no era, como sus personajes, un cántaro de traumas, complejos y entelequias. Simplemente usaba sus temores como el combustible para una creatividad sin límites que configuró una de las obras más completas y exquisitas del séptimo arte, apoyado además en el séquito de talentosos artistas que reclutaba para sus filmes. La mítica secuencia onírica diseñada por Salvador Dalí para Spellbound, o la chirriante melodía que Bernard Herrmann compuso para la truculenta escena d[...]



Ritual para el hombre invisible

2012-12-06T08:44:01.297-08:00

Un grito apaga el bullicio callejero de Nueva York y llama la atención de un hombre invisible que flota sobre los edificios. Es un grito breve y seco. Un grito animal, auténticamente desesperado y proferido por alguien que se topa de repente con la muerte. El hombre invisible desvía su atención del paisaje urbano de 1948 para encontrar con rapidez el lugar donde tiene lugar la tragedia. Se acerca a una ventana bloqueada por cortinas color mostaza y usando las facultades de su omnipresencia ingresa al apartamento donde dos gallardos hombres terminan de estrangular a su amigo.A continuación, transcurrirán ochenta minutos en los que siete personajes celebrarán un insólito ritual alrededor de un cadáver oculto, mientras un plomizo atardecer sepultará a la ciudad de lapidarios rascacielos como si la luz fuera un reflejo directo de la conciencia de los protagonistas, la cual va saturándose de culpa, temor y desconcierto en un proceso que tendrás el privilegio de atestiguar en primera persona, desde el punto de vista de un fantasma imparcial que se filtra por las rendijas de las paredes y los objetos: la cámara.La soga (1948) es una película sin preludio. Tiene un inicio brutal que logra el efecto de empaparte de inquietud, sobre todo cuando Brandon Shaw y Philip Morgan, los asesinos, lentamente, te hacen partícipe del sacrificio que le ofrecen al dios de su propio ego. Claro, es que tú haces parte de la escena, eres el hombre invisible que se metió por la ventana para observar sin parpadear las distintas fases de un ritual que lo tiene todo para ser macabro y a pesar de ello posee los detalles típicos de una creación concebida para deleitar hasta el espasmo: por ejemplo los diálogos de doble filo que cada personaje esgrime como si en lugar de haber sido invitados a una cena apacible en un penhouse de Manhattan, hubieran asistido a una convención de espadachines.Dos íntimos amigos, interpretados por John Dall y Farley Granger, llevan a la práctica la premisa de que el arte del asesinato está reservado solo a quienes poseen superioridad intelectual. Como ellos son jóvenes, apuestos, brillantes y muy talentosos, deciden asesinar a su amigo David, a quien no consideran tan inteligente. Sin embargo, no basta con matarlo para que su crimen se convierta en una obra de arte. Hay que preparar una farsa alrededor de esta broma mortal, acercarse peligrosamente a la amenaza de un castigo o una condena y salir finalmente triunfales, a no ser que alguien con las habilidades de un curtido sabueso ate los cabos sueltos y destruya la espina dorsal de ese crimen perfecto. Aunque La soga no es la favorita de su director, tiene algo que la diferencia del resto. Es su película más experimental al haber sido rodada simulando un plano secuencia ininterrumpido que le da una atmósfera de obra teatral particularmente perturbadora, pues la interacción de los personajes, por momentos, parece una danza ritual pensada para invocar al diablo.La soga inaugura una nueva etapa en el cine de Hitchcock. Es la primera película que filma a color, su primera realización bajo el sello de su propia productora, la Transatlantic Pictures, y su primera colaboración con el actor James Stewart, quien protagonizaría también La ventana indiscreta (1954), El hombre que sabía demasiado (1956) y Vértigo (1958), algunas de sus películas más importantes.Al estar libre del yugo de grandes productoras (como RKO y Universal) y de las intervenciones arbitrarias de hombres como David O. Selznick, quien se tomaba la libertad de modif[...]



Maldad

2012-12-05T09:01:19.482-08:00

"El escritor que se niega a explorar las regiones oscuras del corazón jamás podrá escribir convincentemente sobre la maravilla, la magia y el goce del amor, por lo mismo que la bondad no puede ser confiable a menos que haya respirado el mismo aire que la maldad".Nick Cave Un día como hoy me gustaría ser una criatura unicelular, submarina, sin extremidades, sin boca, sin ojos. Recibiendo sólo un estímulo del mundo: la deriva que en mi estado sólo significaría placidez o indiferencia. Pero no puedo ser indiferente, algo espinoso hay en mis fibras, algo que no me deja dormir y me hace tener clara consciencia de la lentitud con la que pasan las horas y la paradójica velocidad con la que el amanecer rasga los entresijos de las persianas para anunciarme que mi insomnio no tuvo el suficiente poder para detener el día. Paso un día con mi alma atorada en la medianoche, con mi cuerpo suspendido en la ducha de agua tibia que me di en la madrugada, con mis manos inconformes porque el amor solitario que pueden darme no compensa lo que podrían ofrecerme mis amores imposibles, esos que se me escurren casi siempre entre las manos. Y esa medianoche es gris, fría, hay nubes de tormenta y hay tormenta: esa lluvia que en Medellín nos vuelve tristes pero inútilmente optimistas, que también nos vuelve indecisos. Acaso una llovizna que nos vuelve en extremo violentos. La violencia que hay en mí se delata por el silencio encarnizado que le dedico a las personas que amo, la veo desbocada en las imágenes atroces que produzco con frecuencia: en ellas mato, robo, defenestro, violo y muero. He vivido solo, acumulando ansiedades diversas como las que surgen en la víspera del viaje. La ansiedad de recorrer indemne el camino del exceso, la de zambullirme en las cloacas de la promiscuidad, la ansiedad de bañarme con un delirium tremens, la de inflar mi cabeza con todo el humo del mundo, la de rasgar mis paredes cerebrales con cristales selváticos, la imperante ansiedad de amar y la más indispensable que es la de ser amado. La ansiedad de escribir y nada más, extinguida en mi empeño testarudo de no hacerlo. Escribir, escribir, nada más escribir, escribir solo, vaciar en el papel lo que he visto y luego nada, la ceguera, el mutismo, las escurridizas palabras, la imaginación endurecida, la pérdida gradual del placer que encontraba en la lectura. El advenimiento del miedo. Hoy escuché una historia que aflojó la carne de mis huesos. Me atrincheré en la incredulidad mientras la escuchaba. Ensayé uno o dos chistes. Sonreí fríamente ante los narradores que se turnaban para aportar detalles a la historia. Uno decía huesos, otro decía sangre y el otro se apresuraba a agregar cementerio. El uno decía tierra, el otro hablaba de insoportables chillidos. Entre los dos hablaban de la maldad y de la muerte. Ella sonreía porque la esperanza que tiene adentro es más grande que su cuerpo, él se frotaba las manos porque en poco tiempo enfrentará solo la oscuridad más grande y yo en mi incredulidad era hielo, es decir, era miedo. En la historia había alguien que temblaba oculto bajo una cama o en un armario, y lloraba y soñaba con el momento de arrojarse a los carros. Y estaba este hombre en silla de ruedas con poderes extrasensoriales que le permitían enfrentar esa sabiduría atroz de la que algunos mucho saben, como Lovecraft, a través de quien, superficialmente, he explorado esos abismos, pero de la que él y ella sabían poco. Aun así narraban virtuosamente una h[...]



Ángel Exterminador 2

2012-11-14T08:16:22.754-08:00

"Mientras los fantasmas engordan, nosotros nos morimos".Franz Kafka  Cuando se metió la mariposa a mi boca, permanecí más de una semana, mudo terror, esperando a que algún miembro de mi familia se muriera.  Yo veía a mi papá, a mi mamá y a mis hermanos muy aliviados así que temía lo peor: un bala perdida, un bus que se queda sin frenos o un ahogamiento en la piscina. Sin embargo, no le conté a nadie que estaba condenado, que una enorme mariposa negra había marcado mi destino con el sello de la desgracia por haberse metido en mi boca. Creía que si los terrores eran lo mismo que los deseos, pero al revés, el hecho de contarlo haría que se cumpliera así como si contamos un deseo o un sueño éste no se cumple. Pero esta decisión convirtió mis nervios en algo quebradizo. Sonaba el teléfono y yo lo dejaba repicar por miedo a que esa llamada fuera la portadora de la mala noticia. Tocaban la puerta y yo ni me atrevía a mirar por la ventana por la misma razón. Casi no dormí esa semana porque mi padre trabaja hasta la madrugada y yo necesitaba oír sus llaves entrando en la puerta para saber que había sobrevivido otra noche. En esos desvelos yo rezaba ofreciéndome como voluntario si es que alguien de la casa tenía que morirse. No recuerdo cómo fue que se disolvió ese espanto pero siempre que veo una mariposa negra recuerdo el mal sabor de boca. Últimamente he visto muchas y mi reacción es casi un reflejo. Hago rechinar los dientes, aprieto los labios y evito mirarlas como si se trataran de los perro bravos que te muerden si huelen tu miedo. Creo que fue mamá la que me dijo alguna vez que si una mariposa te tocaba en la boca significa que alguien de la familia va a morirse. Yo no le paré muchas bolas en ese momento pero cuando sentí el primer contacto de las patas de una mariposa con mi boca volví a escuchar sus palabras como si fueran una reverberación que viaja por el tiempo. Fue recién entrada la noche de un viernes. Regresaba del colegio con mi amigo Edison, hablando, riéndonos, miquiando, tratándonos a las patadas como hacen los mejores amigos. Cuando él dijo algo chistoso y yo solté una carcajada, en ese momento me atrapó un torbellino de locura y muerte: primero fue una sombra que descendió del árbol de mango bajo el cual, semanas atrás yo había matado, por piedad, a un gato que se retorcía de dolor por envenenamiento; después fue un aleteo que me golpeaba la cara y unas patas hormigueando en la punta de mi lengua. En medio de la confusión la agarré como pude y la lancé al piso. Luego, como si hubiera sido presa de convulsiones demoniacas, me restregué los labios y corrí hasta la esquina, dando vueltas y sacudiendo la cabeza y lanzando sonidos guturales como si me estuviera quemando. Edison se estaba partiendo de la risa mientras tanto. Cuando me calmé, tenía la boca reseca y recordé, también, que alguien me había dicho que el polvo que recubre las alas de la mariposa era venenoso. Cuando llegué a casa fui directo a la nevera y acabé con el jugo de mango. Mi mamá me saludó con tono de reproche: "quihubo, se lo va a tomar todo?". Yo la miré y le iba a contar lo de la mariposa pero el miedo me detuvo y me quedé pensando que ojalá a ella le quedaran muchos años antes de tener la mala suerte de morirse.Leer la primera parte de la serie [...]



El enano del cinematógrafo

2012-11-08T07:36:47.071-08:00

Foto tomada de Cadenaser.comApurado por la inminencia del estreno de El baile de la victoria, Fernando Trueba recorría el Teatro Heredia de Cartagena con la urgencia de un roedor que busca un agujero para escapar de un barco que se hunde. Se notaba que algo iba mal. Estaba a diez minutos de presentar por primera vez en Latinoamérica su película rodada en Chile y su humor se veía  a punto de colapsar. Lucía un semblante tan desorbitado como su ojo derecho, que parecía dirigido al cielo con premeditación, rogando por un prodigio que lo sacara a flote. El estrabismo extremo de Trueba le da la facultad de parecer un animal mitológico de dos miradas, una terrenal, para atender los asuntos de los hombres, y otra capaz de entablar contacto con un plano esquivo a las capacidades sensoriales de las personas comunes.La evidencia de sus malas pulgas no le puso freno a mi torpeza, que me empujó a interrumpir su tránsito errático por el teatro para preguntarle si era posible que me dedicara unos minutos. "Señor Trueba, Señor Fernando, Director...", era lo único que le alcanzaba a decir. Él ni me miraba, ocupado, como era claro, en un asunto de vida o muerte. En la puerta del teatro una multitud estaba a punto de buscar antorchas encendidas para castigar la tardanza con un Apocalipsis y los asistentes del director corrían detrás de él ofreciendo explicaciones, haciendo llamadas por celular y buscando ese agujero que les sirviera para ejecutar el plan de fuga. Yo insistí cuando lo vi de nuevo. Trueba se aproximaba con el gesto agrio del momento y cuando escuchó mi llamado, antes de desaparecer tras las cortinas del teatro, dijo: "Ahora no tengo tiempo".  Pronunció esta frase girando su rostro hacia donde yo estaba, hacia la derecha, y creo que su intención era tener la cortesía de mirarme, pero su ojo derecho tenía el blindaje orgulloso de los estrábicos. Levitando en la cuenca ocular como en una ensoñación con la que apunta siempre a las alturas, el ojo no me miró sino que me dio una cachetada.El hombre que había empuñado un Oscar y trabado amistad con su propio dios, Billy Wilder, se atrincheró en el camerino mientras el público atravesaba las puertas del teatro y trataba de encontrar un asiento disponible. Las butacas se ocuparon en un parpadeo. Los palcos del segundo y tercer piso no daban abasto y por poco me quedo sin puesto. Encontré un lugar libre en la penúltima fila, entre una señora octogenaria de alegría dionisiaca, y una pareja de extranjeros que a pesar de su bronceado irregular, su cabello desarreglado y el desparpajo de su atuendo, no podían esconder que eran bellos. Había en el auditorio un cuchicheo estridente. El movimiento de las personas aglomeradas, que agitaban abanicos y apaciguaban la impaciencia con alguna conversación pasajera, imprimían a la escena los temblores de una colonia de termitas. En medio de este vaivén distinguí en el escenario a un hombrecillo de camisa blanca que miraba hacia el público como buscando a alguien. Descendió las escaleras y caminó por el pasillo central mirando a cada lado. Se detuvo cuando llegó a la penúltima fila, pues, al parecer, yo era a quien andaba buscando. "¿Usted necesitaba hablar con el maestro?", dijo y a continuación me invitó a que lo siguiera. Me condujo tras bambalinas donde Fernando Trueba esperaba en una silla haciendo carrizo con la actitud de un dandi del Mediterráneo. Tan apacible que parecía un hombr[...]



Una reseña epistolar: razones para leer Seda

2012-11-08T07:13:57.238-08:00

En sus contadas páginas existe toda la aventura que cualquier ser humano desearía para almibarar su triste vida. El personaje principal tiene un nombre elegante que bien podría aplicarse a un poeta o a un asaltante de caminos, y de hecho, en un modo profundo, lo es. Joncour es un asaltante de caminos y los conoce todos o si no los conoce todos por lo menos conoce los imprescindibles. Llenos de peligros, amenazas y trampas mortales, son caminos que conducen al amor o al ideal del amor o a los sueños de amor que cada día llueven sobre cualquier persona, sólo que Hervé Joncour decide no escamparse, decide vivir a la intemperie de esa amenaza, de esa promesa, de esa utopía que aguarda en unos ojos cerrados al otro lado del mundo: esa es la verdadera épica: no hay aventuras con espadas que sean significativas o que borren la belleza que subyace por ejemplo en la huella que los pájaros pueden dejar sobre la nieve como si conocieran una rara caligrafía de palabras monosílabas y miradas hondas como los abismos del mar. La sangre que fluye en este libro no alcanza a nivelarse con el caudal de tristeza que lo inunda y esta simple decisión del escritor nos ayuda a entender justamente esas islas de melancolía que a veces descubrimos navegando a través de las horas o días o semanas en que redunda la ausencia como si de verdad imitara el impetuoso apetito de una serpiente que se muerde la cola. Además, en este libro, palpita viva la posibilidad del viaje y eso hace que sienta la satisfacción de estar regalando un tiquete de partida, nunca de vuelta, con el cual podrías deslizarte a través de un vórtice que conduce al asombro. En el asombro siempre podremos ser felices. Cuando lo leas no pienses en ti ni en tu historia ni en ninguna de las personas que te rodean: piensa mucho en que existirás en el mismo tiempo que existen esos personajes, una época no muy antigua, cuando la luz eléctrica era solo una hipótesis y cruzar el mundo era tan difícil como lo era llegar en la mitología de los griegos al reino de los muertos. Y piensa que, a pesar de ello, Hervé Joncour llegó hasta Siria, hasta Egipto, llegó hasta África, hasta la India, pasó por el mismísimo fin del mundo, por la estepa rusa y después hasta lagos que la gente llamaba el mar o el demonio. A pesar de cualquier imposible itinerario todos somos capaces de llegar a ese reino perdido, somos igualmente capaces de fugarnos de él, lo que le queda imposible a cada uno es evitar el irresistible impulso de mirar hacia atrás; la ventaja es que no en todas las historias voltear la mirada implica condenarnos a una eternidad de sal o a ver, impotentes, el amor que se aleja. En algunas historias voltear la mirada significa proclamar el dominio sobre el tiempo y esa es la ventaja que me gusta regalar con este libro: ver en el aire cosas que los demás no ven y saber qué cosa es la maravilla.[...]



Gabo, una proeza de la imaginación

2012-11-01T14:51:51.507-07:00

"Mi fidelidad a la memoria de mis antiguos amigos debería dar confianza a los que me quedan: para mí, nada desciende a la tumba; todo lo que he conocido vive en torno a mí: según la doctrina india, la muerte al tocarnos no nos destruye, sólo nos hace invisibles".François-René de Chateaubriand El temor que sobrecogió a los seguidores de Gabriel García Márquez cuando circuló la noticia del ocaso de su memoria es un temor infundado. Ni algo como la demencia senil o la peste del olvido podría corroer ese mundo alucinante que el escritor se construyó con el prodigio de su imaginación y compartió con la humanidad a través de sus libros. Sus amigos cercanos fueron inmunes a los estragos del rumor. Hablaron en los medios mermándole grandilocuencia a la supuesta tragedia y no dejaron de reconocer que, a sus 85 años, Gabito, como le dice su hermano Jaime, manifiesta en ocasiones uno que otro desliz mnemotécnico.No es la primera vez que una noticia hace que extrañemos al escritor de Aracataca antes de tiempo. En 1999, cuando las habladurías de un cáncer inminente se estaban convirtiendo en una triste certeza, un cable despachado con descuido hacia las agencias de prensa anunciaba falsamente la muerte del Nobel colombiano. Y en un caso más reciente, ocurrido en marzo de este año, la cuenta en Twitter de un no oficializado Humberto Eco (@UmbertoEcoOffic) le contaba a sus escasos 400 seguidores que el más allá le había dado la bienvenida al creador del realismo mágico. Así como el olor de la pólvora impregnó con la velocidad de un relámpago todos los resquicios de Macondo, cuando el pelotón de fusilamiento finiquitaba la existencia aventurera del coronel Aureliano Buendía, el barullo de esta ficción noticiosa se regó por todo el planeta. Algunos medios hicieron eco del suceso temiendo perder la primicia aunque después tuvieron que rectificarla, pues esos fieles camaradas que conocen al escritor como hombre, hermano, padre, maestro o amigo volvieron a decir que Gabo estaba más vivo que nunca o, mejor dicho, tan vivo como siempre.Es cierto que en algún momento de los próximos cien años tendrá piso y fundamento ese trágico anuncio y que será como si un siglo solitario se abalanzara sobre quienes aman al hombre y a su obra pero, por el momento, el escritor universal más importante de Colombia sigue ejerciendo la más bella de las resistencias atrincherado en la mágica fortaleza de su obra.Jaime García cuenta que su hermano lo llama todos los días desde México para sostener una conversación fraternal con la que busca iluminar las penumbras de su mente, costumbre en la que cree reconocer los síntomas del mal que abrigó a su madre, Luisa Santiaga Márquez y a su hermano Eligio, durante los últimos años de vida.                                                                                        Pero Gabo siempre ha sido olvidadizo. No es de extrañar que uno o dos nombres se le escapen cuando ha llegado a olvidar cos[...]