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La cinta sin fin



Escritos de Rogelio Saunders



Updated: 2018-03-05T08:41:38.879-08:00

 



El delirio de Orfeo

2008-03-15T14:13:45.920-07:00

Alejandro creyó que el pensamiento/
era cosa de un Pánfilo.
aquel./¿Un sirio, un Danilo?
No de amianto son, ay, sino de miento

Las cuerdas de la lengua con que canto, o
tartamudeando, veo
al noto Idomeneo
(del núbil Livio, ídolo en adelanto)

en tierra, y sin estola, blasfemando.
¡Qué Polifemo cárdeno!
Así, cuádriple, sin fe, Anaxi(m)and(r)o.

Preso, como útil Merlín, en la —¡oh Félix,
dúctil como el molibdeno!—
mecánica profética de Otto Dix.




La sombra de Otelo

2007-05-23T11:56:54.107-07:00

Ni el mar dudoso diera
moderno azul al negro
acarreo de la era,
de movimiento íntegro.

Del líquido cristal, ¿no
oyes la monótona
sílaba que amontona,
sólido y vacío, el yo?

Cúspide son, y vago
grito simultáneo.
La tierra: insomne neo.

El cielo, amargo, también.
A mí me perdió Yago.
A ti, sin Yago, ¿quien?




Diario

2007-05-13T13:53:06.548-07:00

Primero de diciembre.Calor insoportable.A marchas forzadas, llegamos a una población desierta.(¿No es esto un verdadero contrasentido: una población desierta? Quizá sería mejor escribir: «poblado». O: «despoblado». ¡Pero es que en realidad se trata de una población desierta!)Nos desparramamos, por así decirlo, en un radio de unas 160 yardas. (Imposible contar por metros, aquí, con este calor infernal y donde todo grita la vida que falta, que debió estar aquí hasta el momento mismo [antes] de que nosotros llegáramos. ¿Humo?)Unas chozas diseminadas aquí y allá, de forma cónica (pero no como las de los sioux de los dibujos animados). Es difícil explicarlo. El sueño de Wittgenstein. (De Bernhard, me rectifica alguien, al pasar por mi lado.) No sé, digo para mí mismo, distraído. No sé dónde está el manual etnológico de imitación de cuero negro con esquineras de oro (doradas). ¿Girlandhaio?Por lo demás, ¿quiénes somos nosotros? ........................................... ........................................... Nada más que lenguaje. O mejor dicho: signos. Meras (y mudas) señales. Cierro los ojos y el calor, en lugar de disminuir, aumenta.Abro los ojos.El calor aumenta.Parece que ya no puede hacer más calor, pero sigue aumentando.Es realmente insoportable.Pausa.En el desierto, todo nos mira, y no vemos a nadie.¿Un esqueleto? Lo que hay son unos hoyos incomprensibles, claramente dispuestos por una mano ¿humana? César irrisorio en una absurda Arabia pre-geométrica, con lentos carromatos invisibles en donde viajan los cadáveres de las legiones, como en los preparativos de una fiesta que todavía (equis miles de años después) no ha comenzado.Le cadavre.Le digo a S. (quiero imaginar que se trata de una mujer: silvia, sonia, samantha) que no es hora de eso.No: verdaderamente no es hora de eso.Sé que ni siquiera la noche nos traerá algún alivio.Descubrimiento (¿encuentro?) del pozo cegado. (¿Ciego?)Demasiado cansados para cualquier cosa. Un aullido, a lo lejos, largo y al mismo tiempo repentino, en medio de un silencio aterrador (¿y por qué aterrador?), como un arco-iris rumoroso por sobre la sombra oblongada (y recuerdo ahora la frase: «médula oblongada») de dos lomas (¿dos montañas?) gemelas.Mañana, mañana, mañana.Enero (luna llena) Sin provisiones.Para colmo, casos de canibalismo. (Cuando se está aburrido, se recurre a todo, hasta a lo imposible.)¿Cómo sujetar la mente?Todo está ahí. El desierto.Ligeros de ropa, nos adaptamos a la «situación dada».Si volvimos, pues (este «nosotros», esta resignificación viciosa. Pero el «yo» tampoco resuelve nada. ¿Insoluble?), si volvimos fue porque decidimos no pedir ayuda en ningún caso.Estas dos cosas parecen estar unidas (vinculadas) de un modo que no es posible aclarar ahora y que tal vez no haga falta aclarar de ningún modo, siendo lo Dado mismo. Pero siempre es posible. (¿Cómo?) (¿Cómo?)  (¿Cómo?)Sigue mi mente.................................................................................................Entonces: ocupamos las chozas vacías. (Pero: ¿cómo es posible ocupar lo que está lleno; el lugar donde no hay espacio, donde sólo hay espacio y espacio, espacio más espacio, espacio con espacio? Espacio lleno. Espacio lleno de espacio. Espacio vacío (desbordado). Espacio más allá del espacio. Espacio.)Así, pues, ocupamos las chozas vacías.Una para cada uno: es curioso.¿Curioso?Alguien me habla al oído. Debe ser efecto del viento.Arena en todas partes (también en los oídos). Pero esto ya se sabía.Eureka!Banquete espectacular en los alrededores del pozo cegado (el báratro), que es algo así como nuestra ágora.¿Indigenización progresiva?¿Retrocedemos o avanzamos?Ni lo uno ni lo otro.Cómicos robinsones desnudos danzando al claro de luna.Todo tipo de uniones, de intercambios.Pero no debemos ser exhaustivos. En ningún caso hay que agotarse de esa forma. Dioses, sí. Pero no todopoderosos. (Por lo demás, ¿qué puede signifi[...]



La noche del cisne

2007-05-07T05:54:39.676-07:00

La máquina, que hace el oleaje eterno del mar así como la suspensión del cielo (oleaje y suspensión cuya perennidad es puesta en duda por la risa silenciosa del émbolo), había decidido que la fusión del día y de la noche no tuviera aquí el frágil contorno, ambiguo pero conocido, del crepúsculo, sino la dureza del suelo despojado de sus agonizantes habitantes (los rombos oscuros que se sucedían en el agotador acarreo, las grupas ondulantes que dibujaban montañas en la geometría despiadada del horizonte, níveo), cubierto de sorda arena roja, de infinitos cristales en los que el tedio de pensar se reflejaba y se perdía. No era que el émbolo girara como una discreta puerta circular sobre su borne, sino que la falla del tosco subsuelo melancólico esta vez empujaba, con olores y rostros y sonidos, con todo su poder pretérito al argénteo culpable hacia la sala de juego subdividida en sus verdes deslumbrados. El ente cansado adivinaba el cuidado para el cual existía (hoy existía) al patético escenario vuelto a colocar en aquella extensión siempre desértica, la valla reciente que señalaba una dirección, que movía una mano leve en la emblemática oscuridad como un infantil ojo. Quisiera haberlo ya terminado, oyóse pronunciar a la voz extemporánea que saliendo de un vientre iba a culminar, exultando, distrayendo, en el cansancio innumerable de las células condenadas a esperar, retenidas por una orden en el sabido universo por el que se vagaba sin fin dentro de la piel metamórfica del ente. Y al mismo tiempo, sin desviarse, sin retrasar ni apresurar la marcha, quería incluir esa tensión (un síntoma de vida, un guiño desvaído en el follaje, acaso algo) y rechazarla, obtener al mismo tiempo el párpado ígneo de la perennidad y la nebulosa heráldica del olvido, sollozar (oh sollozar) en el mismo instante de vertiginoso esplendor en que las palabras sobresaltadas empezaban a retroceder bajo el impulso de su propia ofensiva, y un atisbo de conciencia hacía palidecer el animoso latido inicial y lo convertía otra vez en el hueco suspiro solitario arrojado al abismo poderoso de la intercambiabilidad. Odiaba pensar en el límite (él, que no conocía otra cosa, y ya iba descendiendo) como en la mil veces repetida limitación (y caía la nota melancólica, el gorjeo del pájaro sagrado, seguida de un estornudo espectral, de un matemático murmullo), porque con la idea retrocedía rápidamente el brillo precario de la ensoñación y la respiración se hacía doblemente penosa: el futuro caía como por primera vez sobre sus hombros imaginarios, ahora se dilataba a sí mismo como una flor imposible dentro de una reviviscencia elástica, ya estaba frente a la puerta ausente que un viento desolador batía, muda presencia de la antigua fatalidad en el dilatadísimo espacio ahora casi desierto, manierismo tenaz de las cosas despojadas de su esencia (o sólo subsistentes en su esencia), contorno desesperado y por ello mismo indiferente, ininminente, en la pálida contraseña reminiscente y solar la boca del invitado se abrió para no emitir los sonidos.—Otra vez, otra vez —dijo el Autocrator abriendo y cerrando la mano desde su alta figura, a un tiempo simétrica y desmadejada, y haciendo un giro de ciento ochenta grados lo hizo pasar bajo el arco a la densa sala (¿hexágonos? ¿húmedos romboides?) donde el último sol herido daba la bendición de sus rayos moribundos, recogidos, vueltos a distribuir en el grial mecánico de los intervalos, como en una fantasía grotesca en que los muñecos disfrazados fueran la única humanidad, la única huella, la única rúbrica. Descendit et percipit. Como no se había hablado, como las voces eran el viento y el viento era la ondulación del mar confundido con la tierra (océano, dixit), no se volvió a hablar inclinado sobre el pozo de la medianoche, de la oscura copa de estrellas en que el diálogo adquiría los tintes ya desconocidos de la predicción y del sacrificio, sino que se [...]



Crónica del decimotercero (fragmento)

2007-04-12T10:21:42.558-07:00

El gran féretro como signo eminente de lo que no está ahí. El ojo acorralado por el ojo. Nunca pues el féretro como presencia de la muerte, sino sólo como símbolo del miedo. Oh cuán muerto estoy. Y sólo así, entonces, incapaz ya de hablar en tercera persona. Muerto así una vez devuelto a lo ficticio. No había sino la representación de la representación. No podía seguir, pero seguía —dijo por última vez. Una variación mínima, un: ah. La cabeza despiadada hablando desde lo alto de la gabardina. La gabardina infinitamente separada de la cabeza. El vaso infinitamente separado de una posible mano y más aún de un posible ojo. El vasto espacio circular segregado de la cabeza y donde la cabeza no está. Así pues, ¿qué cosa es una cabeza? La cabeza es lo que no está. Hijos de los hijos, hijos sin hijos, ojos sin ojos. Ojo vacío del ojo-cabeza. Seguir sin poder seguir y, en lo posible, no pensar en no poder decir, en no poder poder. Muchos días y muchas noches, m’hijo. El diálogo incesante como una forma de olvidar la terca intención de mantener a toda costa el equilibrio. Precisamente más allá de lo que no tiene importancia y de lo que demasiada tiene. En cierto modo, pues, la negación de Pedro. Negatio ad infinitum, oh pedro. Yo soy tu negación y tú eres la mía. Miró (miramos) en el mapa. En el sobrevuelo del mapa, todos los mapas nos pertenecen(ían). Las toscas resmas getales y el brazo hinchado en passant: brazo-ojo. Dígame una cifra, cualquiera, y ahí somos (estamos). El verso infinito conservando sólo lo infinito de la derrota (la caída libre). Mas no hay que esperar un eje nariz-boca. Ni una nariz. Ni una boca. Todo había huido antes del primer paso (el improbable). La bofetada que separa la mano de la mano, el ojo del ojo. Más violencia. Violencia de la noche, de la pérdida. Beso violento de la desaparición, fulgor caliente y geométrico del declive, del cálculo cóncavo. ¡Pues precisamente al calcular hizo su aparición el horror de lo que nunca estaría! Tiene toda la razón: no hay ánimo, no hay músculo. Sólo la blanda violencia, infinita y demencial, que derriba a los hombres como soldaditos. Pedro, tan negro como la noche, otea el filo de la desaparición, aferrado a lo horrible como a una última posibilidad, recorriendo el perímetro de la ciudad de los muertos. Ayer o mañana, oigo que dice. —Mejor —murmura el minoano, con la mano levantada. —Signos, ¿más signos? —Abandoné el conocimiento y decidí pasar a otra cosa. —No lo llamaría usted lo crudo. —Ja ja. —La cubierta, Pedro. (O: en la cubierta). Insisto: no crea que hay hilación. O crea que hay hilación sólo como el desplazamiento de la hilación a una zona cada vez más periférica, a un deszonamiento (una desazón) cada vez más omnipresente, ojo-temblor inextenso y ubicuo. Eso somos. Volvió lentamente la cabeza sobre el hombro (dijo/ lo sé). Si pudiéramos decir: eso somos. Dudo mucho y dudo aún más cuando digo que dudo mucho. La mía es la decisión más indecisa. La representación y el teatro en sí se mueve como una lenta barca. El signo. Mas este bogar insigno no está ni en el cálculo ni en el signo. Insisto: no crea por una parte en lo que significa, y no crea por otra en que sólo significa. Tampc. Ojalá pudiera ser de ese negro que señorea en el coágulo de tu sueño, Pedro, dijo el negro, cabeza en mano (blanca cabeza rallada en negro, cabeza oh cabeza). Ojalá todo fuera tan simple, Pedro. Buenamente hubiera concluido todo de un modo concluyente hace ya mucho tiempo, Pedro (oh pedro gran cabeza de vaca). Cabeza pisoteada de los potreros, blanca con rallas negras, cabeza de latón, parladora-bailoteadora, tún tún tún. Y buena cabecita que era aquella, ¡si lo sabré yo! Gran pene rallador vencido por la matria inextensa, incomprendido para sí mismo, desde luego. La muerte, al contrario, era lo que quería decirle, nos salva. Dudo mucho que lo [...]



La represéntation malgré

2007-04-11T13:44:44.889-07:00

¿Pero quién continúa leyendolos pálidos signos?Religare, verbo providencial, nos habla con la voz dolorosa y centelleante del desvío. Lo unido estaba roto para siempre. El ojo, el gran ojo, el ojo último, dejó deacoger su tarea milenaria de cara a un orden (a un ordenamiento) mediante el cual la sentencia se renovaba a sí misma de un modo casi mágico. El perfil es sin duda esencial para entender esto, pues el entendimiento es un acto más del movimiento (dramata) que no suma ni resta, agua ilusoria en el imaginario molino, abatimiento de la copa en la copa. El perfil, digo, el borde o canto atraído a su vez por la tentación de la mirada. Por esa magnitud desconocida que sin embargo ha producido la amargura resplandeciente de la forma, el valle verde, las consignas y las lágrimas. El envuelto hierofante regresa, a lo largo de la divisoria. Ya está en todas partes, sonoro como los golpes de gong de su imperceptible galope, fantasma que levanta las manos en la plena luz sepulcral y jubilosa del quirófano. Es Megafón que vuelve, rico en dialectos, pero como la ausencia de la vuelta, ya que hay algo que no soporta más, algo que no soportó nunca, una carcajada cismática y demencial en el comienzo mismo de la Anécdota. ¿Una sinécdoque acaso? ¿Algo nombrable y acompañable, alguna mano comprensiva en el odio de la jungla, alguna Sonia espectral que santifique y que dure? Tal vez, tal vez —ríe el oscuro verticalizado con estremecimientos de trastorno. Sus noticias van delante de él, pero como la tierra va delante del mar en el maremoto. ¿Quién soy yo, sino un judío? Y en la percha alambicada se oye el clap clap de los papagayos vestidos para la ópera. Hoy por hoy el ojo es desinencia. El delicado instrumento ha perdido su gracia. Ptolomeo y sus círculos, Galileo y su telescopio, Newton y su manzana, ¿qué son sino las figuras alargadas e inextricables de una anamorfosis? ¿Qué son sino un palimpsesto parloteador pisoteado por la marcha triunfal y paradójica de la técnica? Esa banda municipal que vuelve de un entierro, homo sapientísimus que se ha quitado de una vez por todas la peluca. El granjero entusiasmado ha matado a la gallina de los huevos de oro (ah: el huevo de oro), y alelado todavía por el salto mítico de la sangre, cuenta con voz monótona los animales, los árboles y las nubes. Ni patético ni melodramático. El caudaloso río de la iluminación ha desembocado en el caos. Pero esto ya lo sabíamos. Después de encontrarnos, lo difícil, lo verdaderamente difícil, era perdernos. Perdernos para no volver a encontrarnos. Condenados y lúdicos en el ojo para siempre jamás. Era o debió ser así, se iba diciendo a sí mismo el cirujano loco, moviendo las manos paródicas y mortales como el Charlot de los Tiempos Modernos. Conciencia de la colmena y colmena de la conciencia. Oh conciencia. La demasiada eficacia ha producido un enrevesamiento. Pero sobre todo ha producido un reverso. Un verso verso verso verso verso. La versalidad, en suma. La versatililidad que ha zafado los goznes de la casa y la ha dejado a oscuras. Ahí, en esa oscuridad, picotea la gallina ciega y salmodia el idiota. Como si se dijera: el poeta y el filósofo, esos dióscuros que se dan manotazos para arrebatarse la piedra promisoria, el santo grial que rebota y tintinea por las escaleras de los siglos.Era o debió ser así, se iba diciendo a sí mismo el cirujano loco, moviendo las manos paródicas y mortales como el Charlot de los Tiempos Modernos. Conciencia de la colmena y colmena de la conciencia. Oh conciencia. La demasiada eficacia ha producido un enrevesamiento. Pero sobre todo ha producido un reverso. Un verso verso verso verso verso. La versalidad, en suma. La versatililidad que ha zafado los goznes de la casa y la ha dejado a oscuras. Ahí, en esa oscuridad, picotea la gallina ciega y salmodia el idiota. Como si se dijera: el poeta y el filósofo, esos dióscuros qu[...]



Una muerte saludable (fragmento)

2007-04-06T13:56:25.868-07:00

Cayó la tapa del piano con un golpe seco, y la estufa antigua crepitó con apócrifo desmayo, mientras la lengua de fuego sorbeteaba la losa amarilla y auscultaba con horrenda curiosidad el tuétano de la madera barata. No hay, no ha habido nunca, dijo el silencioso Robert, sacudiéndose de la sotana (siempre le pasaba lo mismo) las migajas de los panecillos turcos, otros cataclismos que los mentales. Con lo cual, desde luego, no estaba de acuerdo en lo absoluto el anarquista Alexander, que defendía con uñas y dientes (palabras literales) el señorío sin mácula de la ausencia, por más que los ausentes a quienes así de pronto pudiera recordar más bien eran heraldos de la pérdida y en consecuencia, mi querido Alexander, decía sin palabras y con parcos movimientos el casianciano Robert, es a eso precisamente a lo que te refieres, a la decadencia monumental del yo infinitamente orgulloso de buenas a primeras solo en la cumbre pelada donde sólo sopla el viento, el viento de la dispersión, el viento de la destrucción, el viento de la desaparición, sobrecogido por el desamparo y derribado de una vez por todas como un bulto negro de fieltro sobre la nieve centelleante, allí, en el imaginario ápice de la alta cumbre, nunca conquistada. Iba a decirle justamente al cura maldito con enérgicos movimientos de cabeza acompañados de frenéticos movimientos de manos que no se trataba scheiße en absoluto de eso y que había sin duda otras cumbres, otras aguas, otros vientos y otras inexploradas selvas cuando vi levantarse a la asombrosa Gertraud sin despertar de su sueño y al gato de amarilla pelambre arquear el lomo chamuscado a su paso de rey por el borde de la estufa al tiempo que oía los pasos de alguien tal vez Felice que regresaba en puntillas del cuarto de baño doblados por el paso inaudible de la sombra que bajaba (aunque sé que ese paso sólo lo oí yo y que intentar explicarlo era de todo punto falto de sentido) la simple y a la vez compleja escalera que llevaba de la sala de estar al vasto salón e improvisado teatro de paredes desconchadas y que al mismo tiempo comunicaba el casi sórdido inquilinato con el acristalado y soi-disant postmoderno paralelepípedo de hormigón armado de la iglesia. Gertraud comenzó a cantar y durante un nonasegundo nadie lo reconoció, mas algo distinto del sonido dio cuenta de él y de la genial música y ello fue el sobrecogimiento del lémur Vartan, que sin otra posibilidad dado su ultrasensible oído fue quedando aplastado sobre el taburete digno de un cuento para niños hasta quedar convertido en una papilla informe que recordaba vagamente la forma de una oreja, mientras el resto de nosotros pobres mortales éramos arrastrados inmisericordemente por la irrechazable melancolía de la voz (por su abrumadora carencia de realitas), y cautivos ya de su ascenso nos alejábamos unos de otros sin posibilidad de volver atrás, mirando al mismo tiempo como con ojos de muñeco de fibra de vidrio que mira bajo el agua la turbulencia ondulatoria de la helicoide que se desovillaba como una doble banda de niebla y de ceniza (figura a la vez simple y compleja), y el súbito ausentamiento que metamorfoseaba el otrora tenso y colorinesco arco voltaico en el estallido entrópico de una única célula nerviosa o lo que podría ser considerado como tal (separada ya de sí y de las otras por una distancia inconmensurable: ¿ d ó n d e e s t á s h e l g a d ó n d e e s t á s a n u s h k a ?), a partir de ninguna historia transformada en una pura alea sin rostro y más aún sin posibilidad alguna ya de rostro o sueño, ebria del anonadamiento consciente en el orgasmo sin límite único capaz de despojarnos de nuestro anhelo por los grandes saltos y de la visión incomparable desde el risco vertiginoso allende un vértigo más desacostumbrado y antiguo que incluía (pero que no daba sentido sino [...]



Mencio y la rosa

2007-04-05T05:38:31.065-07:00

La rosa, muerta, soporta

el peso milenario del silencio.

El aqua viva, donde el monje Mencio

alivia el rostro, transporta


lunas, soles, soles, lunas.

Caen, como en un gran gesto neutro, hojas

moribundas o muertas. Ratas rojas

ondulando entre las dunas


son. El viento es un anillo

que circunda el abrazo de dos astros.

Besos de papel sonoro.


Pasos lejanos de un grillo.

Polvo y tiempo de pétalos los rastros.

Lámina doble: un mismo oro.


(La Habana, 1993)




Nouvel Observatoire (fragmento)

2007-04-04T07:12:45.543-07:00

Lo que se escribe, pues, es lo que no sucedió. (Aquello que no ha sucedido y que no podría suceder nunca. ) Todo aquello que no podía suceder. Lo que se olvidó. Lo que se perdió. El pensamiento como una fiebre. Pero, dijo Vulturius, aquí se esconde algún truco (blage), porque todo lo escrito es inevitable. (Como si Vulturius no fuera uno entre diez mil nombres.) Nuevamente discusión alrededor (a l'entour) del claro de luna. Algo verdaderamente fantasmal. Como si todos hubieran (hubiéramos) muerto hace ya mucho. (Muertos desde un tiempo inmemorial. In-ter-mi-na-ble-men-te muer-tos.) Y Alexandra, cuyo seno era más deseable puesto que no era en absoluto agresivo («por el momento»). Si bien se les desea por separado y también juntos, y la mano se crispa, como la de un bebé alrededor del biberón de leche. Lo artificial más bien que lo real en cualquier sentido. Opongamos el alba a la brisa. (Esto es: olvidémoslo por completo.) Antes de que hubiera sentimiento ya las lágrimas eran de ese perfecto cristal que sólo consigue la inteligencia. (Todo lo natural es sólo lo artificial llevado al extremo.) Ya el bueno de... ¿de quién? Olvidémoslo, olvidémoslo. ¿Let the wind blows throw your heart? ¡Atrás! ¡Atrás! Ninguna complacencia, aquí. Ninguna compasión, ningún patetismo. Negar, negar. Negar y otra vez negar. Nego: ése es mi nombre. A todo decir: “No”. A todo decir: “Todavía”. Fabius el Filarca, que tiene l8 años, ha despertado de pronto en medio de la noche y se ha sentado en la cama como un bulto de fieltro, susurrando: “¡Todos tenemos morir! ¡Todos tenemos que morir!”. “Sí, figlio mio —dice la Muerte—. Duérmete, anda. Duérmete.” Una pura certeza infinita —aclara Elephantus—. (Se muere “de una vez y para siempre”). El asombro como el retumbar interminable de un eco (de este eco, esta certeza). “Vamos a morir”. O bien: “Todos tenemos que morir”. Un puro eco. Ya que: todos estamos muertos desde hace un tiempo infinito. (Véase más adelante.) l. La pena es una función (fonction) ante la que se encuentra un matemático inhábil o un lector incompetente. 2. La pena es una función (una posibilidad) a la que se recurre con frecuencia en virtud de su representatividad (de su carácter representativo) . El estilo —piensa V²— consiste precisamente (solamente) en trasladar el acento. ¿La bifurcación, pues, es lo triste? Los sentimientos se niegan (anéantissement). La posibilidad no se realiza. “Hay una posibilidad real, porque hoy es martes”. “¿Hoy es martes?” Oigo, o más bien: veo. Veo la arena (o veo que veo la arena, ad infinitum). Caerse en la mirada (tomber sur le regard), silenciosa, instantáneamente. Como entrar de repente en el tramo final de un túnel. Sosiego. Sensación de que se avanza sin obstáculos. Los obreros se estrechan vigorosamente las manos y sonríen, con rostros sudorosos (satisfechos). El techo está a punto de derrumbarse sobre sus cabezas. O bien: El techo está a punto de derrumbarse y sepultarlos para siempre. Ojos: infinitos como las arenas. Un ojo: interminable como la arena. Veo, pienso, escribo: “La tolvanera lo tapaba todo delante de los ojos”. Yo: el Observador. “Era —me interrumpe alguien (uno cualquiera, un autre) estertorando— en marzo, lo recuerdo bien”. Salaud! ¿Luchar contra la absoluta atonía (atonalidad) del despertar, contra la falta absoluta de sentimientos del amanecer? ¿Para qué despertar? Una multitud de famélicos ciudadanos recibió... X Discusión (esta vez en o bajo algo muy semejante al claro de luna: certain epanouisement de la lumiére) sobre si Buddha quiso decir en realida[...]



El delirio de Orfeo

2007-04-02T17:53:12.714-07:00

Alejandro creyó que el pensamiento/
era cosa de un Pánfilo.
aquel/¿Un sirio, un Danilo?
No de amianto son, ay, sino de miento

las cuerdas de la lengua con que canto, o
tartamudeando, veo
al noto Idomeneo
(del núbil Livio, ídolo en adelanto)

en tierra, y sin estola, blasfemando.
¡Qué Polifemo cárdeno!
Así, cuádriple, sin fe, Anaxi(m)and(r)o.

Preso, como útil Merlín, en la —¡oh Félix,
dúctil como el molibdeno!—
mecánica profética de Otto Dix.



Lo sörd(id)o y lo romántico

2007-04-02T17:44:35.497-07:00

a William Blake


No he sido lo que el tiempo deseaba.
Yo mismo, sin mí mismo, mi desvelo.
Cansado empuño la cansina aldaba
como hosca sombra sin virtud ni vuelo.

Mäs —decía la sombra— no deseo,
de acento doble, risa y calavera.
Aün en la amurada humosa, creo
oír lo sordo, lo torvo: en la c(h)imera

el cáncer despiadado, pero amigo
como alelado din don móvil inmóvil,
alzado en copa de siniestro enclave.

Que el cuerpo in/corpore, y que alabe el ave
disuelto en sueño y sin querer testigo.
Muerte no elija entre el bob/vino y el bob/vil.



El escritor y la mujerzuela (fragmento)

2007-04-11T08:07:35.427-07:00

—Es el equilibrio del mundo, mi querido Osaín —respondió Gracielle—, como diría tu inmencionado maestro, el oscuro Krishna. Es el compendio de la historia natural que incluye la tristeza, la melancolía y el hastío. Es el catálogo de biombos que ilustra el cuarto que antecede a la meditación. Allí donde el discípulo debe entregarse por última vez al sentimiento del mundo, y despedirse del amigo del que no se despidió hace años a causa de un imperdonable descuido. Es el pathos mismo de la existencia (dasein) lo que está en juego en esa despedida. Quién sabe cuántas veces no habremos vuelto a esa celda, impelidos por el (pre)sentimiento de que algo nos faltaba por aclarar, y cada nueva vez ha ido sumando imágenes de nosotros mismos que, bien lo sabemos, no alcanzan a constituir una única (una sola). Volveremos, pues, a encontrarnos otras veces, otras noches y albas que el mundo, que cede a nuestra mirada su informe cantidad de nostalgia, de resentimiento y angustia, ignorará. Pero así debe ser, mi querido Osaín. ¿No era eso, en definitiva, lo que susurrabas en el banco del parque, encogido como un gran mono que ha abandonado la manada? ¿No era eso lo que farfullabas cuando yo te besé en los labios de moribundo (de indefinible clochard) bajo la sombra cómplice de los laureles?—. Gracielle había pasado un brazo por encima de los hombros de Osaín y le masajeaba el mentón y la mejilla con un movimiento continuo, rítmico y obsesivo, mientras su voz se iba volviendo cada vez más apagada. —Sí —continuó, en su delirio sencillo de muchacha—. Y el tamarindo y el olmo sonrieron, y la lluvia cayó entonces como la carcajada confusa del atardecer, mientras los muros volvían a fusionarse con las hojas para formar la ruinas entre las que tú y yo nos pasearíamos una y otra vez como oscuros hijos del cosmos heridos por la fatiga del sol (indeclinables adoradores del alba, sin esperanza ya, sin pensamiento, sin futuro).—No lo sé, no lo sé —jadeó Osaín, con el pelo empapado y revuelto, pero perfectamente lúcido—. Tus palabras me llenan de dudas, Gracielle (sobre ti, sobre mí, sobre este relato, sobre el mundo). De grandes e irreconciliables dudas. Eres, ahora lo comprendo, la Incertidumbre misma. (Precisamente, como dasein). Eres el loco mundo abierto: su temor y su temblor. Eres la pregunta infinita, el infinito dubitando que erra en lo celeste, privado de recuerdo, de retorno. Vienes a darme una noticia que, buena o mala, siempre me desasosegará, porque en el fondo es siempre la misma noticia áfona, la misma hipóstasis ahusada. Eres insegura, porque el mundo es inseguro. Pasas de la ternura a la violencia con una inmediatez que anula toda reflexión, toda necesidad de un cogito. Eres la duda, sí, pero no como pensamiento, sino como lo que pone en duda todo pensamiento. Pero lo comprendo, lo comprendo. ¿Qué sentido tendrían aquí las mediaciones? Fue para huir de ti por lo que fui a sentarme en ese banco.—Te equivocas, infinito Osaín. ¿Por qué no puedes comprender de un modo sencillo lo que esto, todo esto (Gracielle hizo un gesto paradójico, tratando de mostrar lo evidente) significa? Tienes delante de ti el cuerpo vivo; el pozo en el que podrías hurgar con tus diez dedos aguzados por la escritura. Todo el incontable número de historias que podrías referir y distribuir como con un ábaco. La cifra secreta que guarda, en su mudo símbolo compuesto por un gigantomáquico hieroglifo, el espejo que nos libraría para siempre del aprisionamiento que es el mundo. ¿Qué más podrías desear? ¿A qué esperas? Todo está aquí, mi querido Osaín, en este cuarto final cuyo espacio se ha reducido tanto que se ha vuelto infinito. Yo soy el espejo que necesitas, ignorantísimo Os[...]



Un gato llamado Adam Smith

2007-04-03T12:00:34.242-07:00

A tu memoria, Gran LocoÍbamos bailoteando por un camino de tierra cuando de pronto el gondolero (Sartre se había empeñado en llamar así al flaco y granujiento conductor del yip, especie de golfo sacado de un extraño cuento ruso) detuvo en seco el aparato y dijo vuelvo enseguida jua jua jua y eso fue todo. Los seguimos como piedras rodantes entre las altas cañas como juncos flotantes. Íbamos como ranas en imperfecto zafarrancho, cañada tras cañada. Nada. Nadie. Oh sueño. Confabulados como niños en medio del cerco de charcos de agua grasienta. Pero reencontrados o perdidos. Sabíamos no sé cómo que nos observaban los ojos insomnes y fijos de todos los camaleones. Salidos de ninguna parte. En marcha hacia ninguna parte. Jua jua jua. Y un sol de cara de luna y pelambre roja calcinándolo todo en un radio de 1000 Km. a la redonda.Así era. Así fue. Llegada a un claro en medio de la densidad (siempre la forma del diario ¿eh querido Sartre? y todo lo que ya sabemos). En medio del mayor espesor y de su transparencia. Arte del agrimensor sobre las hojas de silueta de venablo repetidas ad infinitum. Peso y densidad. Forma y volumen. Medir y volver a medir. Medirme a mí mismo. Pesarme a mí mismo. Y luego medir y pesar a la bella Simone. Tomar el peso de sus pequeñas nalgas y sobre todo escapar hacia ese azul imponente atrayente erótico denso inmenso de una vez por todas. ¿Perdidos porque (re)encontrados? ¿Dónde están las ciudades que nos prometieron? Y tener que lidiar durante años con todo ese serrallo increíblemente vulgar de la jodida Niza. Eso sí que era náusea, naussicaá. Es seguro que a payaso no te gana nadie decían los ojos repetidos de las ranas, las púas repetidas de los puercoespines (aquí no había sí había), los cuernos repetidos de los alcaravanes y las pupilas profundas de las cucarachas. ¿Dónde estaba lo nuevo (el novum), mi querida Simone?¿Quién es Simone?O bien: ¿conoce usted el pecado de simonía?¿Y el golpe del simún, lo conoce?No conozco nada, no soy nada, no sé nada.Bien dicho, susurró el gato, apareciendo de ninguna parte, como un dibujo animado que brota de una gota de tinta. (Excelente imagen, la del dibujo animado. A ver si nos escapamos de una buena vez de la ajorca pohorca del viejo descartes.) Los ciclos y las estaciones, quién los conoce mejor que el anciano Culthard traído aquí por el anómalo ciclo de la guerra (y ¿por qué no? una religiosa), disfraz acaso de una pasión más secreta y, como todas, inconfesable. No se me ponga melancólico, mi viejo, y échese un trago. ¿A que eso no lo tenían donde la absurda Escocia? Ojalá pudiera decir que mi delirio procede del sol, o acogerme a la sombra bienhechora y todojustificante de los manicomios (menos mal que a Proust no le dio tiempo a escribir esa parte). Pero volvamos a aquello de las estaciones. Observo el cielo con un solo ojo-telescopio y veo con claridad asombrosa todo lo que debí abandonar hace tiempo, sin agonía de por medio. ¡Ras! ¿Sí o no? Y lo que debí aprender, no lo aprendí. De modo que a lo único a que se podía echar mano ahora en tan románticas circunstancias era al asombroso Verne Jules. (O si gustáis: en julio y viernes). Es mi beso el que procede del sol, de ahí que calcine instantáneamente todo venablo imprecatorio con boca bífida. ¿No lo cree usted así, mi querido Felipe? Arderás en la hoguera, puta. (Mi ojo de cíclope interviene, y mi mano tullida mueve la mecedora tenebris, mientras dos siluetas agenciales descienden prodomo del improvisado arco de triunfo donde —¡si lo sabré yo!— no pocos culos de cabeciduras menores han volado jubilosamente a la dinamita.) Íbamos pero de algún modo ya no íbamos. Entre otras cosas y aunque parezca me[...]



Shakespeare y el tequila

2008-03-31T10:44:26.494-07:00

Este cuento debía haberlo contado Chéjov. Pero como Chéjov está muerto, voy a contarlo yo.Conocí al gran Belacqua en una cita (o fiesta) ocasional. En un café concurrido, para ser más exactos. Para ser más exactos aún: en una cantina asfixiante, donde era de suponer (y así era) que se concluían los pactos más extraños. (Obsérvese cómo nos atrae el pasado, sobre todo el pasado verbal.) Lo conocí de una sola vez y no he podido olvidarlo nunca. El señor Sánchez nos había dado cita allí después de una serie de accidentados desencuentros. Ni yo ni Dioscórides habíamos pisado nunca (ni volveríamos a pisar) aquel lugar inmundo.Estábamos sentados todos a una mesa: el señor Sánchez, uno que tenía una sonrisa sempiterna, dos mujeres (una de ellas realmente hermosa: trigueña, de estatura media), el bueno de Dioscórides y yo. Ambos éramos escritores, y creíamos que teníamos mucho más talento del habitual. Para decirlo francamente: nos daba náuseas la mayor parte de lo que se estaba escribiendo alrededor, y nos considerábamos a nosotros mismos como una vanguardia secreta, a pesar de no haber publicado casi nada, por decir lo menos. En fin, que estábamos llenos de suficiencia (no sin razón) y hartos ya de todo en medio de nuestra dilatada juventud. (Esta introducción es, probablemente, demasiado larga, pero aquí, como he dicho ya, no hay ningún Chéjov. Es más, en cierto modo, un Chéjov sería completamente imposible aquí. Ya se verá por qué.)Estábamos, como decía, sentados todos a una mesa (el señor Sánchez había llegado hacía cosa de una semana directamente de Ciudad México, para asistir a una absurda feria), y el tema giró desde el principio (previsiblemente) en torno a los escritores y las editoriales. Yo, desde luego (sin dejar de mirar de reojo a la hermosa mujer que se sentaba en el extremo opuesto) fui quien abrió el fuego.—En efecto —afirmé con mi habitual seguridad falsa—, hoy reina la infamia en el mundo editorial.—Bah —replicó con sorna Dioscórides, que estaba sentado a mi derecha—. Eso lo dices porque te olvidas de que siempre ha sido la misma historia con las editoriales. He estado leyendo la biografía de Faulkner. No te imaginas cómo lo trataron sus conciudadanos.El señor Sánchez intervino con gesto apacible:—No digo que no tengan razón, muchachos. Con qué no habré chocado yo durante cuarenta años en este negocio. Pero les digo una cosa: no hay que desesperarse. Por cierto —dijo, volviendo lentamente la cabeza a uno y otro lado, con mirada crítica—, ¿no les parece que los camareros de este lugar no son nada amables? Cómo se extraña la amabilidad de allá, ese trato cariñoso. Aunque, en lo de la infamia, para volver a nuestro tema, estoy completamente de acuerdo. Precisamente por eso es que tenemos tantos problemas en nuestra pequeña editorial. Pero prefiero eso a lo otro, la esclavitud y la factoría. En fin, es el precio de publicar algo que valga la pena. Ahora, que lo otro... —dijo, dejando la frase en el aire y haciendo una mirada circular que terminó en un guiño cómplice. Se refería a las mujeres, desde luego, cosa que mi misoginia recalcitrante y mi budismo de manual me hacían condenar a rajatabla.Dioscórides se inclinó hacia mí y me susurró al oído: «El señor Sánchez trabaja él mismo abajo, en el taller, junto con los obreros. Lo verifica todo personalmente, y arrima el hombro como uno más. Es uno de los antiguos (esa palabra tenía para nosotros una resonancia mágica, desde que habíamos erigido el mito del Editor Puro), y si te dice que te va a publicar, es seguro que te publica. Ponle el cuño», remachó, inspirando con fuerza por la nariz, como hacía si[...]