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Barco de madera.



He de pagar el meu vell preu, la mort, i avui els ulls se'm cansen de la llum.



Last Build Date: Tue, 06 Mar 2018 14:29:42 PST

 



Vida y otras cosas

Mon, 02 Nov 2015 09:36:03 PST

IDe cuando los patos le atinaron a las escopetasLa labor del crítico de cine es ingrata. Desairado a veces por el público, vituperado en otras por los intelectuales y menospreciado por los artistas, su vida puede parecer la de un ave de corral que ve a otras volar. Pero algunas de ellas también pueden volar, incluso de mejor manera que las aves que nacieron volando, siempre que tengan una motivación. Esta pequeña fábula puede ilustrar lo que pasó con el grupo de Cahiers du Cinéma que, con el tiempo, formó la base del movimiento conocido como Nouvelle Vague, el cual revolucionó el cine francés y, de paso, la forma en la que entendemos el cine como un objeto de expresión personal. Los datos son muy conocidos: desde la teoría de la caméra-stylo, acuñada por Alexandre Astruc y que, proponiendo que el cineasta empleara la cámara de una forma similar a la que el escritor usa la pluma, sembraría la semilla de lo que posteriormente conoceríamos como cine de autor; hasta el artículo de François Truffaut titulado "Une certaine tendence du cinéma française", escrito para Cahiers du Cinéma y en el que consignaba que, de toda la producción francesa de la época, apenas habrían 10 o 12 películas que realmente interesaban a los críticos y a los cinéfilos debido al estancamiento de loa cineastas de la época y las formas narrativas poco atractivas; este movimiento fílmico tuvo la particularidad de estar constituido por verdaderos estudiosos del cine que, a través de su conocimiento crítico, crearon nuevos moldes y formas de lenguaje visual.Uno de los principales sellos distintivos de la Nouvelle Vague es el punto de vista del autor, alejándose permanentemente de los enfoques académicos que lastraban a las otras producciones de la época, más empeñadas en realizar una buena adaptación de un guión literario predeterminado, en la mejor tradición inaugurada por D.W. Griffith con filmes como El Nacimiento de una Nación -adaptación fílmica de la novela "The Clansman: An Historical Romance of the Ku Klux Klan", de Thomas Dixon Jr.-, que de lograr transmitir el punto de vista del artista, marcando con ello una distancia considerable entre él y su público. Como nunca, el autor se convirtió en protagonista de su obra y su expresión como el fin máximo del cine, dejando atrás la máxima preocupación clásica de la industria fílmica: la ganancia económica. Para ello, se peleaba por una mayor libertad en términos narrativos, de encuadre y enfoque, pero también de temática, como lo demuestran historias personalísimas como Los 400 Golpes (Truffaut, 1959) o Hiroshima, Mi Amor (Resnais, 1959), donde no queda duda de la inmersión artística de sus creadores. A pesar de su desapego a las formas del cine anterior a su aparición, la Nouvelle Vague también se alimentó de estéticas nacidas en otras partes del orbe y épocas precedentes. Desde los panoramas depresivos habitados por mujeres fuertes, rotundas, herederos dignísimos del Neorrealismo Italiano, hasta los rodajes en escenarios naturales, sin mayor intervención para la producción que la pone en sintonía con el Free Cinema británico, esta vanguardia supo distinguir los aportes de otros cines para apropiárselos y convertirlos en parte de un manifiesto artístico que permanece vigente hasta nuestros días. Los avances técnicos también fueron parte importante en la explosión de este movimiento. Las cámaras cada vez más económicas y ligeras, la llegada de las grabadoras de sonido sincrónico y la película cada vez más sensible a la luz ambiental, fueron herramientas aprovechadas por los nuevaoleros para sacar al cine de los estudios y llevarlo a las calles para retratar, de forma más o menos fiel, la manera en que el cineasta veía su mundo. Así también se desmarcaría de los oropeles y sets creados a golpe de talonario, con reglas estrictas de rodaje y grandes equipos técnicos, que derivaban en costos altos de producción. En términos específicos, los diálogos grandilocuentes, alejados de[...]



Luz

Sun, 05 Jul 2015 19:52:35 PDT

Lo primero que vi fue luz. No importa si no lo recuerdo, es seguro que lo primero que vemos es la luz, algo que ciega de una manera tan natural que lo olvidamos.

La luz es calor, movimiento, vida. La luz guarda memoria de quien la ve, de quien la necesita.

Buscamos en el exterior, en las cosas realmente bellas: pero toda luz es un reflejo, una anécdota visual.

¿Dónde está y que significa? Nadie lo sabe: sólo se sueña -porque la luz nace de un abrazo del interior.

¿Qué nos cuenta cuando la vemos? Nadie lo sabe: no siempre nos ilumina.

Pero la luz está allí: aliada permanente de nuestro paso inseguro, de nuestro deseo. Saber verla es destino y deseo; sentirla es vivir... y con eso basta.




Memoria

Wed, 27 May 2015 07:49:05 PDT

Tengo cada vez más problemas para recordar las cosas. A veces, cuando despierto, no logro siquiera reconocer mi cama, mi habitación, mi rostro.

No es algo nuevo. Desde pequeño, me guío más por las memorias ajenas que por las propias, tan poco fieles que también son propensas a la imaginación.

Y es que quien no recuerda, desea haber vivido, que las cosas tengan una historia propia, que todo cuente algo.

Por eso pongo tanta atención en la vida que pasa: me esfuerzo por recordar el pájaro que acompaña, con su canto, el aroma a pan nuevo que surge en las mañanas; la señora que me ve con sorpresa cuando la veo correr con sus hijos; la gota indecisa de un grifo que no cerré bien para tener compañía...

Desde luego hay cosas que permanecen. Una iglesia que desconozco, pero que se asoma a mi ventana para recordar su existencia, las nubes que, no siendo las mismas, tienen memoria del mar o río que fueron, las paredes, todavía blancas.

Sobre todo hay, encima de mi mesa, una pequeña botella de vino casi vacía. Dos pequeños ramilletes de flores lo habitan: me las dieron hace algunos meses -o eso creo- y aún siguen allí, con pasividad, viendo como corre el tiempo.

Me recuerdan a quien me las dio: esas manos que crean el mundo, esos ojos que le dan sentido. Y entonces sonrío un poco.

Poca cosa pueden parecer estas flores en una botella, el no pedir más que lo que se desea dar. Pero para alguien que nace en cada día, simboliza que se ha vivido bien y en la mejor compañía.




Amor y fe

Sat, 23 May 2015 18:06:54 PDT

Describirlas es complejo. Sería labor de varias vidas saber, conocer de qué se tratan, por qué existen. Lo dejaré para la próxima.

Sé que no se puede vivir sin ellas, que son inasibles y, por eso, desatan tanto deseo, que son sueños soñados por los sueños, que no existen.

Y, sin embargo, cada pensamiento las convoca, como hadas o sortilegios, como deseo. Amor y fe, dos caras del mismo corazón.

Pueden estar en lugares distintos, pueden emerger lejos una de la otra, pero siempre habrá un vacío insondable a su alrededor.

Y es que sin amor, la fe es fría, vacía. Es una vereda recta y oscura, es el futuro sólo,sin sustancia, es un dogma.

El amor sin fe es aún peor. Desconfía, crece sin sombra ni asidero, quema todo a su paso y fácilmente odia.

El amor y la fe, a partes iguales, pueden salvar al mundo.




Padre

Mon, 18 May 2015 07:43:27 PDT

Mi padre fue un soñador. No es una metáfora: gran parte de su vida la pasó soñando, yéndose lejos, cerrando los ojos ante la vida.

Creo que no es necesario decir que siempre estuvo ausente. Por las mañanas, cuando aún tenía conciencia, solía tomar con amargura una taza de café antes de salir a la calle: para él era un sufrimiento constante encontrar gente, hablar.

Contaba historias que nunca sucedieron, aunque de niños las creíamos a pie juntillas: todavía me sorprendo argumentando que es posible que, durante las noches, los gatos remontan el vuelo hacia un país en el que reinan y son felices.

Era un soñador y, como tal, hacia cosas extrañas. Un día dejó de comer, porque eso le producía un desconcierto innecesario. Si tenía hambre, remontaba hacia el sueño para alimentarse de cualquier cosa que su imaginación le ofreciera.

Nadie lo dice, pero los sueños son la droga más poderosa y adictiva que existe. Alteran la visión de la realidad, nos distancian del mundo, nos separan de la vida. Pero, al mismo tiempo, hacen que valga la pena vivir.

Tiene algunos años que no he visto a mi padre. La última vez lo vi caminar, con la mirada quemada, atento al suelo, como buscando algo que perdió. No me reconoció, o eso creo, y siguió su camino. Yo lo vi, a lo lejos, elevándose entre las nubes y mezclándose con el cielo sin darse cuenta.




Esperar

Fri, 15 May 2015 07:39:56 PDT

Quien espera está envenenado, pero posiblemente no lo sepa. El que espera sueña, tiene una certeza fundada sobre las nubes, sabe que la incertidumbre ronda. Quien espera está condenado.

Sabe que las cosas llegarán, a su debido tiempo. Tiene la palabra de un músculo mecánico, de una idea. Pero las ideas sólo son aire caliente que se acumula, que ciega a aquel que lo contiene por mucho tiempo.

Suelen fumar durante las tardes lluviosas, mirar al cielo, callar. O hablar de mas, bromean, parecen despreocupados, confiados en que siempre tras un minuto habrá otro, y en aquel instante decisivo estarán preparados para tener razón.

Se los ve solitarios, taciturnos, acechantes a veces, a la espera de la menor distracción del destino para cambiar al mundo según sus condiciones, según sus sueños. ¡Oh, maravillosos cardos que se creen juncos!

También suspiran, porque piensan que ese aliento llegará, en forma de inspiración, al pecho de la persona que se espera. Quien espera suele vivir de sombras, suele soñar de más.

Quien espera no recuerda que, en la caja de los males del mundo, el último que salió fue la esperanza.



Casa

Wed, 13 May 2015 07:47:35 PDT

Abrir los ojos para verte, para verle. Analizar cada espacio, y en cada espacio encontrar un paso, una mirada, algo que cuente lo que fui.

Lo que fui, esa gran ficción. Recordamos por voces de otros, pertenecemos sin recordar. Nuestro nombre es una convención de la costumbre, todos nuestros pasos, mamá y papá.

Esa pareja extraña llena de sueños. Impresiones en papel amarillo, hecho de tiempo, que cuelga de una pared blanca en la que también colgará, eventualmente, la foto de la mujer que ame.

Y amar, ya se sabe, es subjetivo. Porque, por ejemplo, amo esta casa, aunque no haya vivido lo suficiente en ella, aunque muchos libros, películas, recuerdos, sigan esperando su turno en cajas que se agolpan, como los recuerdos.

Aquí sólo pasa mi familia. También alguien tan especial que quiera recordar, que quiera que permanezca entre las paredes difusas de mi memoria. Mi casa es una metáfora del tiempo y el corazón, y como tal la defiendo, contra todo, contra mí.

La luz va envolviéndolo todo; las cosas negras adquieren cierto fulgor dorado que hace flotar las flores que siguen sobre la mesa. No necesito más para sentirme vivo.




Catedrales

Mon, 05 Dec 2016 11:25:56 PST

Nunca lo pensé como un método, como un lugar seguro dónde esconderme. De hecho, a lo largo de mi vida la Catedral ha sido escenario de algunas anécdotas tristes que no logro recordar del todo.

La primera imagen que viene a mi memoria -como sabes, hecha más con imágenes ajenas que propias-, fue la de un Cristo negro que, según la leyenda, absorbió el veneno que mataría a un obispo.

No soy religioso, y suelo dudar mucho de las historias que me cuentan, pero, ¿y si fuera una metáfora, si pudiéramos absorber el mal del mundo y sacarlo, aunque terminemos negros en el intento?

Desde entonces -tendría, quizá, unos cinco años-, la Catedral tiene una carga simbólica diferente para mi. Es el lugar en el que pienso, más aún que en cualquier otro lado, es donde puedo descansar del correr del tiempo, es donde puedo soñar.

Y soñar, ya se sabe, es tan nutritivo como el pescado. De esos sueños, delirios gozosos, han nacido las grandes decisiones de mi vida, de ese contraste raro entre un lugar frío, pero lleno de luz. La poesía nació de un juego de luces que nadaba en la pila del agua bendita, por lo regular siempre seca; la foto también es un regalo de la luz que se filtra en los rincones más oscuros, las capillas pequeñas...

Me gusta observar, y la penúltima banca es el mejor punto para hacerlo. Allí puedes ver a la gente con sus máscaras: algunas barrocas, otras de piedra o porcelana y, las menos, tan transparentes que su duelo o alegría es casi contagiosa. Me gustan las máscaras.

Desde que comprendí las formas en que la luz inspira en ese punto específico, entendí que somos una metáfora del mundo y que el corazón debería ser nuestra catedral portátil, un lugar que no importa el sitio en el que nos encontremos, siempre será un refugio.

A veces, cuando no puedo sentarme en algún rincón de la Catedral para contemplar la vida, y me siento agobiado o triste, cierro los ojos y remonto el vuelo. Llego con la imagen de alguien que ha caminado por años -y lo he hecho: te sorprendería saber desde dónde vengo-, llego triste, cargado de la sombra propia de la vida.

Esa es otra imagen: degustar sombras. Terminar con la parte triste del sueño, ver cómo ha dejado de llover y disfrutar el aroma que deja la vida tras de sí. Dejar de pensar en el tiempo, vivir finalmente dentro del corazón, sin temor de ningún tipo.

Siempre he ido solo a la Catedral; es un espacio importante para estar callado, para contemplar. Por eso sería un sueño ir, alguna vez, a compartir la ausencia del tiempo, a limpiar las lágrimas; en fin, a compartir ese silencio especial que antecede a la vida.



Insomnio

Mon, 04 May 2015 15:10:26 PDT

Despierto a la hora en que, supongo, piensas en mí. A partir de allí, dormir es imposible.

Por lo regular, tomo el primer café de la madrugada y miro al techo o a la ventana: a esa hora, con las estrellas adormiladas, es casi lo mismo.

Ayer fue diferente: tuve un sueño. En él caminaba por una plaza, bajo un sol potente y sin nubes en el porvenir. Caminaba sin moverme, pero tampoco se puede decir que eso me incomodara.

A lo lejos, apareciste tú en una fuente. Estabas sentada, tomando un café y mirando a ningún lado. Supe hacia dónde tenía que ir en ese instante.

Me señalaste un lugar junto a ti, sin verme. También me diste un agua tan cristalina que la luz se doblaba en colores cuando la golpeaba. Tenía sed y no lo sabía.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí, bien visto, jamás nos hemos movido. Es tiempo, te dije, y de buena manera te preparaste para andar el camino.

No me sigas, camina conmigo. No sé quién lo dijo, porque en ese momento regresé a mi cuarto, donde la luz del día se arrastraba perezosamente.

Más o menos a la hora que, supongo, piensas en mí me despierto. Y desde entonces es imposible no soñar.




Mirando al cielo (I)

Wed, 06 May 2015 06:45:00 PDT

No las veía con envidia: era más la sensación de buscar eso que tenía sobre la cabeza siempre, mirar más allá de esto.

Tampoco soy un poeta: sólo que, algunas veces, me gusta imaginar que hay algo más que esto en la vida, que el camino nos lleva a algún lado.

De hecho, caminar ha sido mi vida. Era simplemente hacer surcos que otros llegarían con semillas, regarían y cosecharían. Para ese tiempo, yo estaría en otros surcos, otras tierras.

Mirar al cielo, vaya pérdida de tiempo. Pero no lo hago por envidia, o por distracción, es porque estoy seguro que allá, muy lejos, alguien puede ver lo que estoy pensando, alguien cansado que hace surcos entre las nubes.




Viajar

Mon, 13 Apr 2015 05:11:15 PDT

Nadie sabe por qué viaja el hombre. Por hastío, por conveniencia, por aburrimiento. Seguro es por aburrimiento.

Justo ahora, mientras espero que un aparato, nacido de una especie de sueño que me llevará lejos en poco tiempo, he pensado que siempre estamos viajando
Porque el viaje no es sinónimo de distancia, es sólo un largo recorrido.

Mucho tendría que ver quien quisiera conocer mis viajes, la mayor parte de ellos para intentar descubrirme. Pero de poco han servido, suelo llevar mi propia isla interna a todos lados.

Viajar es dejar atrás cosas, sitios, personas a las que se sabe que volveremos, de una u otra forma. Es saber que es imposible huir de la vida.

También es un reto, una manera de abrir de nuevo los ojos para sorprenderse. Y hacerlo con tanto gusto.




El camino de la cabra

Thu, 09 Apr 2015 17:15:27 PDT

Llegamos a la última estación del metro sin resuello. Con las últimas fuerzas, mi hermano sacó una moneda de 20 pesos de su bolsillo.- Compra los boletos para regresar.Me molesté un poco. Habíamos caminado durante cinco horas por la ciudad, bajo el rayo del sol, sin tomar agua, cuidándola y corriendo cuando se nos escapaba, ¡y tenía dinero para pagar el pasaje!En medio de mi indignación, saqué un billete de 50 pesos y compré los boletos. Entramos con el sigilo que nos viene de herencia, como buenos escritores vasco judíos, y pasamos los tres por el umbral de la estación. Un balido justo antes de pasar el torniquete nos heló la sangre.- Ella también paga, 'mai'- nos gritó, desde el fondo de la estación, un policía chaparro y gordo que no separaba los ojos de su móvil. Tuve qué salir a comprar otro boleto.IDebo aceptar que el cuadro era bastante exótico: dos escritores judíos, uno de ellos excepcionalmente inteligente y el otro apenas crítico de cine, ambos con buena plática y cierta afición por el café. Entre ellos, una cabra -no una cabra grande, ni chica, sino una cabra como suelen ser las cabras.Sigo sin comprender dónde se nos pegó. No sé si fue a la salida del periódico en el que paso horas vegetando, destripando películas románticas, porque justo afuera había una manifestación de campesinos pidiendo más abono para sus granjas, ubicadas en medio de los pantanos de Tabasco; también pudo ser mientras comíamos birria en un mercado cercano y que, viéndonos como los gallardos y veloces caballeros que podemos ser, si nos sentimos amenazados, nos vió como sus salvadores...Lo más probable es que se nos haya unido al salir de la función de prensa de la nueva película de Angelina Jolie, a la que suele ir todo tipo de fauna: desde blogueros hasta reporteros de espectáculos, desde 'intelectuales' que andan siempre con el Resnais en los labios, pero que se echan también todas las de Martha Higareda, hasta los que vamos obligados por el hambre.Seguramente era la mascota de alguno de ellos que, cansada de su plática que aburre hasta a las ovejas, decidió cambiar de aires. El hecho es que, de pronto, nos encontramos afuera de un cine con una cabra en brazos y sin un rumbo fijo.IIChalco. Eso fue lo que se nos ocurrió cuando pensamos en un lugar donde podríamos liberar a la cabra en un ambiente natural, lejos de taqueros que amenazaran su vida. Así que decidimos ponernos en marcha.La cabra nos seguía de muy buena gana. Quizá sea por los granos de café que le dábamos, o porque íbamos deshojándole la última novela de Xavier Velasco para que tuviera algo que rumiar -porque, merced a su buen gusto literario, no la tragaba-, pero iba de lo más tranquila, caminando rumbo al Circuito Interior.Teníamos poca información biográfica de la cabra. Sabíamos que era blanca, balaba, tenía cuatro patas y, a ojo, unos 10 kilos de peso. También tenía una plaquita de identificación, donde se decía que su nombre era Bellie y venía de Nueva Zelanda, pero no tenía la dirección de sus dueños, entrenadores o engordadores. Incluso, a pesar de sus protestas, la pusimos de cabeza para ver si no tenía algún dato que nos ayudará a llevarla a su casa: allí nos dimos cuenta que era toda una dama.El punto es que, supongo que por la relación amistosa que durante siglos hemos guardado judíos y cabras, no nos dejaban subir en el metro. También supongo que el hecho de que mi hermano se dejara crecer la barba y que yo estuviera vestido completamente de negro, le hizo pensar al oficial en turno que haríamos algún rito satánico entre Zapata y Coyoacán.Lejos de reclamarles su poca sensibilidad, salimos del metro e intentamos infructuosamente abordar un taxi; incluso algún infame ruletero nos gritó[...]



El Año Pasado en Marienbad

Fri, 03 Apr 2015 12:54:08 PDT

Existe un lugar en el que el deseo y la memoria se unen, confundiéndose. Y si no existe, es seguro que alguien ha soñado en algún momento con encontrarlo.

La anécdota cobra un valor diferente cuando esta memoria del deseo tiene la forma de alguien que debe honrar su palabra, aunque esta resida en la memoria de alguien más.

Más o menos este es el conflicto que existe en esta obra maestra del poeta Alan Resnais, en la que todo se confunde en una historia que, en apariencia, carece de diálogo.

Como todo, hay historias que llegan en el momento adecuado, y esas son las mejores. ¿Hasta qué punto Él tiene razón, y cada una de las cosas, los lugares que narra, las acciones, pasaron en realidad?

Ella es la otra parte de la ecuación. No lo conoce, o eso parece, y todo lo que el dice no pasó en realidad. O quizá...

Ese es el mayor logro de esta película, ¿qué tanto nos pertenecen las memorias, cuánto son en realidad deudoras de los deseos, propios y ajenos, y que tan fieles son?

Todo es una ironía: Él lo recuerda todo, o eso parece, pero no sabe su nombre. Ella no tiene memoria de nada, pero desea saber su nombre, en todo momento, quiere conocerlo de algo más que su memoria.

¿No será así la vida, que quienes todo olvidamos queremos aferrarnos a un nombre amado, que nos diga algo, y quien todo recuerda reinventa la historia?




De lo que hablo cuando hablo de correr

Thu, 02 Apr 2015 08:32:02 PDT

Para mis hermanos.

Aunque parece algo natural, no siempre lo es. Es una de esas maravillas cotidianas, como respirar o abrir los ojos y percibir que alguien dispuso un mundo lleno de colores para tomarlo, para vivir en armonía con él.

¿De qué escapa cuando el corredor pone los pies en el piso? ¿De la rutina, de sus propios fracasos, de sí mismo?¿Avanza hacia algún estado del alma, para alcanzar sus sueños, para no quedarse inmóvil, muerto?

Es curioso cómo empieza todo. Te preparas desde antes de despertarte, calculando cuánto avanzaras hoy, sintiendo cómo las fuerzas se van acumulando en las piernas y el corazón. Antes de salir, descubres cada uno de los músculos de tu cuerpo, respiras, te sientes vivo.

Instantes antes de empezar, la sangre se agolpa en las manos, en las sienes; el mundo late bajo la batuta de tu corazón. Aparecen algunos viejos dolores, como miedos traicioneros, para desalentarte: muchos abandonan en ese momento la idea de correr sin aparente motivo.

La música ayuda, claro. Pero también el silencio, el canto de los árboles y los carros pasando al lado, el jadeo de otros corredores que también se enfrentan a sus propios demonios, pero tienen el tiempo de desearte buena suerte a la distancia. Aunque corra para él, un corredor nunca está sólo.

Correr no es acumular kilómetros, al menos para mí. Ni medallas, aunque importan, desde luego. Es sentirse parte de algo mas grande, es agradecer por poderlo hacer. Es convertirse en una fuerza de la naturaleza, como el viento o las nubes, y pasar lo más rápido posible por el mundo, para que tenga mas tiempo de recordarnos.




Wed, 01 Apr 2015 22:28:05 PDT

La de ayer no fue una noche grata. Se colaron entre mis sueños algunos miedos viejos, algunas incertidumbres que creí enterradas en el pasado.

Entraron sigilosamente, sin hacer ruido, se posaron en mis ojos, en mi boca, no dejaron que la realidad o el sueño me salvara, me sacara de ese laberinto hecho de brea. Tuve miedo.

Y es que con los temores no hay de otra: o te vencen o los vences, o te matan o ,os haces desaparecer. Pero al desaparecer estos miedos, vendrán otros a ocupar su lugar, quizá de una forma más tiránica, quizá más dramática.

Entre los ruidos de la noche se coló la piel de un gato que parecía llevar varios días de muerto. Los zumbidos de los mosquitos tenían un cierto tono de amenaza, la casa se hizo amplia como boca de lobo. Me sentí sólo.

Me levanté y tomé aire. Fui por un poco de agua, y el camino parecía inmenso, sin sentido. Di vueltas por el cuarto, tratando de encontrar el grifo que no se ha movido en milenios. En lugar de agua, me bebí de un sólo golpe todas las lágrimas que he derramado en silencio.

Respiré. Mis manos aparecieron en la oscuridad, como dos luces pálidas entre las sombras. Me aferré a ellas, mi herramienta de trabajo. Me sentí pequeño, vulnerable.

Es difícil para un hombre sentir miedo, no es lo que se espera, pero sólo reconociendo los temores podemos vencerlos. Un hombre valiente no es el que vence todos sus miedos, sino el que los conoce y los enfrenta por defender a quien lleva en el corazón.

Creo que me estoy haciendo valiente. Pero aun tengo miedo.



Cartas

Wed, 01 Apr 2015 08:59:02 PDT

Cuando era pequeño, me gustaba escribir cartas. Mientras los demás niños jugaban fútbol durante los recesos en la escuela, yo me sentaba junto a la ventana a mirar largamente, hacia ninguna parte, y escribía.

Desde luego, de esos primeros intentos epistolares nada queda, cuando mucho una libreta llena de borradores. Nunca las enviaba, aunque entonces me inventaba destinatarios en destinos fabulosos, escribía cursilerías con tinta de colores y las cerraba.

Pensaba que, llegado el momento, les saldrían alas y llegarían a donde deberían estar. Porque para eso se escribe: para que una sola persona evoque algún sentimiento, para que se empoce y se haga parte de su memoria.

Con la adolescencia quizá perdí ese don. Prefería la inmediatez de lo electrónico, su impersonalidad; es práctico y conveniente: no se gasta papel, no se invierte casi tiempo y cumple la misma función, al menos en apariencia.

Ahora, a tanto tiempo de distancia, siento un poco de nostalgia por la letra escrita con mis manos (lo digo en plural porque soy ambidiestro). Detener el tiempo y dedicárselo a alguien en particular, dejar un reguero de luz en el papel, como sangre de luciérnaga en la noche, esperar en la oscura incertidumbre de la respuesta, si la hay.

Quizá vuelva a escribir cartas. Pero en esta ocasión, tendrán motivo y destino.



Esperar

Tue, 31 Mar 2015 20:05:38 PDT

La espera es un arte que no domino. Nunca he sabido cuándo, cuánto es debido, y pasa con todo en la vida: no importa si es un café, un sueño o una promesa, a veces espero de más... y otras tantas espero de menos.

Supongo que será más fácil para las piedras, pues su función primordial es esperar por ver cómo acaba el mundo. Eso o esperar la mano que las levante, que las haga cimiento de algo o que las lance lejos, en un juego de niños, para alcanzar el infinito.

He conocido a gente que sabe esperar. Se le nota en los ojos, que son calmos y, por lo regular, apagados, acostumbrados a latir con un fuego sereno, que ilumina y no consume. Se sientan al borde de la vida para levantarse, una sola vez, y al parecer para siempre.

Nunca he sabido si fallan o no, parecen tener atado al corazón un cronómetro tan preciso que las cosas se acomodan al tono de sus suspiros. Saben cuándo hablar y también cuándo callar, cuándo las cosas son suficientes y cuándo deben esperar un poco más, aunque los años se les caigan de las manos.

No me gustaría imitarlos, no podría. El fuego de mis ojos no suele servir para calentar una noche tibia: abrasa cuanto puede, no esperan mis labios o mis manos para dar las palabras que creo necesarias. Soy, ante todo, un hombre acostumbrado a resolver o agravar las cosas al instante.

La gente que espera tiene la sombra firme, y por donde pasa deja huella. Me sé efímero y latente, sé que no puedo esperar algo que no puedo ver. Y en ello me va la vida.



El Cielo Sobre Berlín

Mon, 30 Mar 2015 23:49:22 PDT

Creí haber visto decenas de veces esta película, pero hasta hoy pude comprenderla. Será que, como todas las cosas, llega el momento adecuado para comprender, para sentir que lo que está en la pantalla es algo que nos habla, que nos habita más allá de la simple anécdota.

Desde la primera vez que vi la película, la atesoré entre mis favoritas. No sabía bien por qué, quizá es que la veía desde el lado superficial de la belleza -y es que, como a Damiel, todos nos sentimos atraídos por las cosas bellas.

Pero hay algo más: la sensación de saber que hay alguien que nos mira, nos escucha de forma anónima, comprensiva, atenta; saber que nunca estamos solos, que siempre existe algo pendiente del paso que damos, es algo que consuela y entusiasma.

Las reflexiones son profundas, los poemas que construyen esta cinta con apenas diálogos, son fundamentales para conocer, comprender el porqué los niños y los artistas podemos percibir ese más allá pleno, eterno, lleno de alegría.

Durante años observé la vida desde afuera, pues pensaba que para crear habría que aislarse de la gente, de las cosas comunes. Pensaba que la mejor forma de interpretar un sueño -toda la vida bajo el sol es sólo un sueño, se dice en algún momento-, era materializándolo, haciéndolo un objeto de estudio.

Pero no se puede desear el agua sin sentirla, el abrazo cálido sin alguien que lo espere, que lo vea. Los colores, la vida cotidiana, morder una manzana o un pan -y vivir sólo de ello, encontrar un ángel entre los miles de rostros de cada día... ¡Eso es la poesía!

Nunca estamos solos, los artistas, de alguna manera, somos ángeles caídos que sentimos con una mayor pasión el mundo, porque todo es nuevo y fascinante. Somos actores, como Colombo, trapecistas, como Marion, niños, como los que se preocupan por saber qué pasa cuando Damiel siente miedo de no encontrar lo que busca.

Por eso nos fascinan los colores vivos, por eso amamos los sabores, por eso esperamos el abrazo. Por eso veo cotidianamente al cielo, lo retrato con cautela, lo sueño: por eso vivimos anhelando, deseando como no lo puede hacer cualquier otra persona, porque es nuestro deber mostrar qué bello es el mundo y qué importante es disfrutarlo.

Sabía que esta película tenía algo qué decirme. Lo dijo hoy y soy feliz.



La vida imaginada

Mon, 30 Mar 2015 08:20:32 PDT

Se asoma
Tímida como un rayo de sol
Por las oscuras calles de la madrugada
Si puede, desliza un pie
Una flor o una mirada
Se torna sol impertinente
Se asoma

Es anuncio del fin de la batalla
Escampe absoluto de la tormenta
Que hace siglos se agolpa en el muelle
Que es el corazón
Es palabra y es silencio
Premonición del mañana

¿Qué aroma de nueva memoria
Nos presenta la vida imaginada,
Qué color nuevo
Qué nueva presencia?

Se asoma
Tímida como aroma a pan tibio
Ganado por años de sombras
Como flores pequeñas y eternas
Como recuerdos que no debemos fingir

Será que es el fin de un camino
El paso monótono de una piedra
Será que es amenaza
De la invasión de los sueños
Del regreso del futuro

La vida imaginada
Se asoma, tímida
Y yo la espero
Porque no quiero espantarla




Preocupaciones

Sun, 29 Mar 2015 09:59:08 PDT

Nunca he entendido muy bien cómo funcionan las necesidades humanas. Será que comer, como lo que sea, duermo en cualquier lugar, amo en el momento que se presenta la ocasión. No hay más allá.Será que tampoco tengo aspiraciones más allá de esto. Si hoy hace calor, busco la sombra hasta que siento el frío, y si hace frío, corro para calentarme, no necesito más.Pero que no se me malinterprete: claro que tengo sueños. Como dicen, yo fui el que sobresalía en mi camada: no sólo era rubio, también era inteligente, aunque las casas, los lugares cerrados, no eran para mi.Por eso tomé este camino y andando lo encontré: parecía un perro viejo, sarnoso y con el aroma de quien no ha tocado el agua en años. Con todo, fue el primero que me dio un pedazo de tortilla luego de vario tiempo sin comer.Aunque no comprendo muchas cosas, sí que entiendo de lealtad: es algo que la familia valora mucho desde hace siglos, sin exagerar. Así que me quedé con él, quizá menos por ayudarle que porque era una mascota divertida.Cada mañana salíamos de debajo de un puente, donde teníamos nuestra casa. Allí se duerme realmente bien, con el calor de los cartones que se parece tanto al de mamá. Caminábamos aparentemente sin rumbo, pero siempre dábamos a la misma iglesia, con su huerto lleno de árboles tan atractivos para, ahm, ya saben.Siempre se quedaba viendo a la puerta, muy serio, como si esperara algo. En cuanto sonaban las campanas, corría muy rápido, será que lo espantaban. Sé qué es eso: si estalla un petardo no hay galgo que me gane.Luego de eso vagábamos un poco más, buscando entre los botes de basura. Mi olfato es muy fino: sé determinar con precisión cuanto falta para que algo se descomponer, así que jamás corrimos peligro de morir por envenenamiento.Se sentaba en un portal, estirando la mano, viendo hacia arriba a los que pasaban, con una cara tristísima. A veces lo acompañaba, no faltaba un buen cristiano que nos diera algo que estaba comiendo, aunque la mayoría nos daba monedas.Cuando me aburría, que era la mayor parte del tiempo, me gustaba meterme en la fuente que estaba en una plaza cercana, corretear a las palomas o las burbujas que tiraban los niños. Al principio me veían con recelo, lógico, pero luego me hice tan familiar que hasta un nombre me dieron.Luego de comer, venía la mejor parte del día: solía pasarse las tardes contando historias de una familia y una casa en el campo, que dejó luego de no sé qué drama, que luego tuvo problemas con el alcohol y la soledad y que entonces llegué yo.No sé quién dijo que los niños y los borrachos dicen la verdad: siempre contaba una historia distinta (¿o serían porciones diferentes de la misma?), pero siempre terminaba igual: algún día volveré a mi casa, estaré con mis hijos, seré feliz.Si eso pasó o no es algo que no puedo decir. Lo que sé es que una noche, más lluviosa que lo normal, se quedó dormido en el puente y no se movió, por más que lo intenté. Como la lluvia apretaba, corrí hacia el único lugar seco que recordaba, la iglesia.Luego de arañar la puerta, se apareció allí, vestido todo de blanco, con la mirada serena, ¡y bañado! Me dio mucho gusto ver que sí había vuelto a casa[...]



Ciudad

Sat, 28 Mar 2015 14:19:17 PDT

Con sus ruidos,
Respiración cansada de fábricas y obreros
Agitados murmullos de amantes rezagados
Memorias de una noche más que acaba

Con sus aromas
Siempre diluidos en la bruma
Ignorados por trascendentes, terribles porque nos recuerdan nuestra humanidad

Con su textura,
Piedra que sentí contra mi espalda cuando niño
Alfombra de jacarandas tantos años después,
Con su mano suave que hiere cuando acaricia

Con su cielo sin chiste que nos mira
Que pude colores prestados
Eternamente gris y a punto del llanto
O de la lluvia, que remojar miserias
Y concede el perdón

Con sus huellas,
Mis propios pasos en su memoria infinita
Con su mañana mejor que ayer,
Pero negado por los recuerdos
Materia servil del deseo,
Con su historia y con quienes la relatan
Con la mujer a quien espero,
Con la certidumbre de quien nada pierde
Así amo a esta condenada ciudad.




Los muertos no salen bien en las fotos

Sat, 28 Mar 2015 10:06:39 PDT

No lo había tomado en cuenta hasta que vi su foto en la televisión: no era precisamente guapa, ni fea, ni tenía un rasgo distintivo: era una muchacha como cualquier otra.

Pensé en que, quizá, la hubiera conocido en el supermercado o quizá pagando algún servicio en la oficina de gobierno en que trabajo. Quizá la habría saludado y tal vez hasta me habría dicho su nombre.

Claro que saldríamos. Iríamos por helados -de vainilla para ella, de menta para mi-, pasaríamos lentamente por las calles del Centro y, quién sabe, quizá quedaríamos una vez más.

En esa ocasión llevaría mi cámara -soy un poco miope y mi memoria es muy mala-, y le robaría un retrato mientras mira con desparpajo al cielo. Ella se enojaría un poco, luego menos, arrugaría un poco la nariz y se echaría a reír, quitándome la cámara de las manos.

Luego de un par de cafés y helados -de vainilla para la dama, menta para el caballero-, nos despediríamos antes de que perdiera el vuelo. Yo aprovecharía para imprimir su retrato y guardarlo secretamente entre los archiveros del trabajo.

Lejos de ella me sentaría, como cada mañana, a echar un ojo al periódico, otro al noticiero y uno más al café que hierve -cosa rara esta multiplicación de los ojos en la mañana-. Me sorprendería su foto en las noticias, junto con la de tanta gente que, sin consultarnos o desearlo, simplemente desaparece.





Thu, 26 Mar 2015 22:27:10 PDT

¿Qué se ha perdido en la sedosa indiferencia de la noche?
¿Una obvia moneda de plata, gotas de leche estelar,
El futuro que no veré?

¿Se han perdido las palabras
Que nombraban las cosas por su alma
Y no por lo que son,
Se han perdido las memorias
De todo aquello que éramos
Un poco perdidos, sin vernos?

¿Se ha perdido la conciencia
La necesidad de vivir
Los descubrimientos -los pequeños, los indispensables
Que necesitamos tan obviamente como respirar?

¿Qué se le ha perdido al cielo
Que en tus ojos mora
Que grita desde el fondo
Con una luz inconfundible?

¿Se le habrá perdido mi inspiración,
Su duelo,
La nostalgia sin la que sencillamente
Es imposible la tristeza?

¿Será solamente
Que ya no estás en él?



Deudores

Thu, 26 Mar 2015 08:10:09 PDT

Cuando, a pesar de estar despejado, comenzaba a llover, mi abuelita me decía que era porque los deudores ya habían saldado sus cuentas con Dios, y que era momento de alegrarse por ellos.

Como con muchas cosas que nos dicen en la infancia, pueden pasar dos cosas: o las olvidamos hasta que las necesitamos, o las necesitamos olvidar. En este caso yo me imaginaba a miles de personas en fila, vestidas de blanco, recibiendo la misma lluvia con nosotros, salpicados de alguna manera de gracia.

No hace falta decir que era un niño extraño. En esos momentos solía aferrarme a la mano d mi abuelita, que sonreía y se quedaba callada, viendo hacia cualquier lado, pensando. Supongo que ella recordaba a quien le había contado eso, que sentía nostalgia. Pero yo no sabia lo que era la nostalgia.

Alguna vez le pregunté que necesitaba hacer para que Dios me perdonara y lloviera, de la manera tan especial en que lo hacía en esos días. Ella se reía mucho, era muy alegre, y me decía que necesitaba pecar mucho y arrepentirme aún más, porque Él es muy bueno y muy sabio, y perdona a quien se arrepiente de corazón. Que yo no tenía oportunidad, porque era un niño bueno, incapaz de pensar en el mal.

Ayer, al salir del trabajo, empezó a caer una lluvia menuda, iluminada por el sol de la tarde. Aunque iba solo, pensando, sentí la mano de mi abuelita sosteniendo la mía, mirándome desde el cielo, perdonándome todo.



Gonzalo

Tue, 24 Mar 2015 16:58:16 PDT

Cuando hace calor, Gonzalo se refugia en la sombra, como todo el mundo. Camina lentamente por debajo de un sol que derrite todo, como en un sueño de Dalí.Y eso es importante porque, si en algo se especializa Gonzalo, es en soñar. Sus imágenes traspasan sus ojos, se vuelven árboles, arroyos, cosas que aún no tienen un nombre.Cuando se cansa, Gonzalo busca un sillón, tan grande como mullido, y desde allí ve pasar el tiempo. ¿Se preguntará qué es el tiempo, estará hecho de algo que pueda beberse, comerse?Tiene hambre. Lo hace saber y de la despensa vuelan dos palomas que le sirven, por la mañana salmón, por la tarde ternera. La vida es eso, jugar, correr un poco y mirar como el oro del sol lo inunda todo.Sus ojos descienden al fondo del recipiente lleno de agua; ve su cara rubia, la de toda la vida, ¿y su hermano?, ¿qué será de él?De pronto todo se vuelve un poco gris: la comida -salmón para la mañana y ternera para la tarde- se amarga un poco. Como sea, sabe dónde encontrarlo.Remonta aguas arriba en el sueño, hecho de tanta memoria, que parece imposible que se necesite la vigilia para vivir. Se reconocen al instante, se siguen, se cuentan la vida. La Vida.Cuando llega la noche, Gonzalo se prepara, como todos, para salir de cacería: la noche no conoce de propiedad, se dice, y salta con agilidad sobre una barda, sobre las tapias y los árboles. Encima de ellos domina la ciudad que duerme.No comprende las luces que titilan, a lo lejos, como decenas de ojos insomnes; ¿quién podría necesitarlas si lo urgente ahora es el sigilo, el paso silencioso?Los amores de los perros se ven, de los gatos se escuchan y de los hombres se saben, escuchó alguna vez. Tanta noche vivida le permite validar esa afirmación. El amor, la vida, el hermano perdido -¿dónde estará mi hermano, qué será de él?Llega exhausto al alba, cinco minutos antes del desayuno -salmón, no falla-, y me mira con una sonrisa oculta. La noche ha sido especialmente difícil: un surco rojo le atraviesa la cara, pero pasará, como todo en esta vida.Cuando termina de comer, sube al sillón y duerme. Y sueña porque, como cualquier otro gato, es lo que mejor sabe hacer.Esta, la noche eterna, tiene dos luceros...[...]