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PERDER PAISES



Un blog de cultura, bicicletas, viajes y literatura



Updated: 2018-03-06T06:34:15.496-01:00

 



El sendero de hielo

2018-02-25T09:43:56.538-01:00

Muchas veces cuando me preguntan por qué hago estos viajes de larga distancia la gente seguramente se imaginará que soy de extremos. Debo decir que siempre me ha gustado retar a mi cuerpo por más frágil que sea y andar como los antiguos, en busca de nuevos descubrimientos.
Creo que vivimos en una época en la que está 'casi' todo descubierto. Los europeos ya conquistaron los 'nuevos' continentes, y nosotros vivimos ahora en un mundo emancipado. Nos es fácil viajar a la China que descubriera Marco Polo, a las Galápagos de Darwin, incluso al polo norte de Amundsen. Sin embargo, nosotros los seres humanos aún tenemos esa sed , ansias, pasión por el descubrimiento. Queremos ser nuestros propios héroes. Conseguir conquistar un fin. Sólo necesitamos de un acicate que nos guíe y motive para hacerlo.
¿Viajes extremos? Pienso que siempre hay gente mucho más extrema que uno / -a. Si yo crucé el Desierto del Sahara en bicicleta, pues hay quienes lo han hecho a trote: corriendo.

Hace poco vi este esta video-crónica de un ciclista extremo. Partió desde Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina, para conquistar el punto más nórdico del continente americano, un pequeño pueblito al norte de canadá. Y no lo hizo en verano, sino en invierno. Quiero compartir con ustedes este documental para que vean lo que es pasar frío, oscuridad y miedo. Esto es para los de piel gruesa, acostumbrada al frío. Prefiero mil veces el calor de cincuenta grados del Sahara.

Espero les guste.

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The Frozen Road (Full Film) from Ben Page Films on Vimeo.





"No soy un dios, simplemente escribo"

2018-02-10T21:53:32.110-01:00



"Die we niet zijn,
die we zelf zijn"
Cees Nooteboom


Así empieza el gran Cees Nooteboom (La Haya, 1933) una serie de poemas titulados Una huella sobre la arena blanca, que hoy mientras paseaba por las calles de Utrecht, encontré en una pequeña librería del centro; librería acogedora, de aquellas pequeñas, con dependientas realmente dedicadas a la lectura.

Si tradujera los dos versos que cito, serían así:

"Aquel quien no somos,
aquel quien somos nosotros"

(De mi propia traducción)

Poema que pasó desapercibido cuando leí la versión traducida al español por Fernando García de la Banda. Debe ser difícil traducir el neerlandés, sobre todo la poesía, al castellano. Pero me llama la atención. Porque cuando leí el poema en holandés logré percibir la voz del poeta y, además, aquello que sugiere en el corto texto: Aquel que está al lado de la página en blanco no es el mismo que aquel que deja una huella en la arena blanca de una página. El narrador y lo narrado. Y aquel que lo explica, que lo disecciona, y termina por darle la vuelta a las palabras.

Cuando a Nooteboom le preguntaron en el Hay Festival en Arequipa 2017 qué sugieren sus poemas, simplemente respondió que aquella pregunta la deberían de contestar los lectores, y ellos mismos interpretar sus palabras. Como bien dijo: "No soy un dios, simplemente escribo".

El poema se encuentra en la antología Luz por todas partes (Colección Visor de Poesía, 2018).



Por lo menos, uno malo

2018-01-10T21:48:23.328-01:00

Pequeño comentario nocturno antes de irme a  dormir. Escribir no siempre, hay días que me atoro, que me arden los ojos, que parece que careciera de vitaminas.  Hoy toda la tarde sentada delante del ordenador, para qué?  Para escribir un párrafo malo. Pero por lo menos escribi un párrafo malo.  Algo escribí.  Libro de viajes en camino,  novela estacionada en la estantería. A seguir trabajando en mi buhardilla roermondina. Y pedirle a la paloma que me viene a visitar todas las tardes que bata las alas.



Cuando la frontera cruza la calle

2018-01-07T14:06:59.085-01:00

Viajamos para perder fronteras, pero ¿qué pasa si en uno de aquellos lugares a los que llegaste, en los que alguna vez decidiste quedarte, en los que por una fantasía de la infancia idealizaste, te hace sentir como si vivieras en un embudo, en el cuello de una botella? : Hay lugares que te hacen sentir así, encerrados, por no decir, agobiados, y no es que uno esté rodeado de fealdad, sino de absoluta belleza. Pero es que en este lugar, diría uno de mis personajes, no hay un horizonte al qué mirar. Por lo menos, explicaría, cuando uno vive en los valles, se ves las montañas, o en las costas, el océano batiéndose y lamiendo la arena, o si estás en una ciudad grande, el bullicio de la gente que pasa, los edificios que huelen a café y chocolates, o a la amarga cerveza, pero en aquel lugar al que decidió llegar mi personaje, una tarde de abril del 2004, el espectáculo es tan plano que lo único que ve a través de su ventana en invierno es al vecino de enfrente, ¿y qué hace el vecino de enfrente? nunca sale. siempre para metido dentro de su casa. y si sale lo hace cuando no hay nadie en la calle, como si se tratara del ratón que ingresa a mi casa en los otoños a cobijarse porque afuera hace frío, y lo descubro después husmeando mi sala a altas horas de la noche. ¿Y el vecino de al lado? Tampoco sale. Y lo peor de todo es que uno está tan metido en sus deberes, tan inmerso en sus obligaciones que poco respiramos, tenemos una ansiedad y un deber de contestar inmediatamente los mails porque sino tu amigo al otro lado del mundo se enoja, de mantener tu casa limpia, a tu hijo bien vestido y comido, a tu suegra contenta, a tu tía feliz de la vida porque la llamaste por teléfono, a las visitas recontentas porque les serviste un plato de cinco estrellas cuya receta encontraste en la revista de algún supermercado europeo, o a tu jefa informada de tus quehaceres con los estudiantes del colegio de la esquina que nunca contestan tus preguntas ni hacen los deberes porque paran todo el rato chateando en whatsapp, mandándose caritas, presentes en la plataforma digital en lugar de estar en la vida, aquí y ahora. El espacio se nos ha zafado, señores, les digo a mi personaje, por eso te sientes cuello de botella, embudo de supermercado barato, una gallina embolsada en plástico, porque tienes demasiados deberes y encima del trabajo de 8 horas diarios te sientas a escribir un libro, te metes a organizarle viajes a tus amigos, estás pendiente de las noticias del ex-presidente Fujimori, a quien sacaron de la jaula hace una o dos semanas, y te dices, que claro, viajamos para perder las fronteras, pero ya las fronteras a pesar de que existan, están sólo en papel, en un mapamundi o en un pasaporte lleno de estampillas, nombres de países y regiones yermas, y en la mente de la gente, pero todos nos enteramos, así estemos escalando el Himalaya o cruzando a galope el Sahara de lo que acontece en la China o en Palacio de Gobierno del Perú, y no es que nosotros estemos conectados con el mundo sino que es el mundo quien se conectó a nosotros a través de un telefono, gran ventaja para la humanidad, sin embargo, muchas veces nos sucede que estamos más ocupados atendiendo los mensajitos de whatsapp o los likes del facebook antes que mirar al frente y tocarle la puerta a nuestro vecino para preguntarle qué es lo que le pasa, que no lo vemos salir de su casa, y sólo él le responderá a mi personaje de novela, que estaba ocupado en su network digital, y olvidó conectarse con el mundo que es su casa, la calle, la vecina de enfrente.Vivimos una ansiedad mayúscula en el mundo de hoy. Sólo deseamos, queremos, ansiamos TENER, pero olvidamos perder los países, superar nuestras fronteras, claro está.Publicado en www.perderpaises.com[...]



¡Viajar, perder países!

2018-01-03T20:47:14.916-01:00

Camboya, 2007 (Foto: Carlos Pastor)Empiezo este 2018 escribiendo en este blog que ya cumplió más de diez años. Diez años desde que abrí blogger y se me ocurrió en uno de los ordenadores de la biblioteca de la U de Leiden teclear las palabras "perder países". Perder países, las dos palabras las había leído en un libro de Enrique Vila-Matas, en donde un personaje parafrasea al gran Fernando Pessoa, perder países se me quedó grabado en la memoria.Hace muchos años que llevo perdiendo países. Si los recuento no caberían en los dedos de mis manos ni en los de mis pies. La frontera la crucé antes de mi nacimiento, fruto de un amor trasatlántico, peruano-holandés, que decide en una noche de copas procrear el amor, ha sido desde entonces un subir y bajar de aviones comerciales, buses interprovinciales, cruzar desiertos en bicicleta, andar como exploradora recorriendo los caminos incas, subiendo a las crestas de las montañas patagónicas en busca de violas y especies florísticas de nombres extravagantes y raros como el ranúnculus o los nototriches (en Perú). Borrar fronteras durante mis viajes.Allí en Leiden, ciudad en la que estudié, teclee perder países en blogger, creé y armé esta web, y desde entonces escribo de rato en rato en el blog. Muy de vez en cuando. El 2017 sólo postee dos veces -es como si los años nuevos me recuerdan de que tengo un blog al que hacerle caso- mientras que el 2007, hace más de diez años, uno después de inaugurar este espacio, escribí más de cincuenta artículos, entre cuentos, diarios, crónicas y ensayos. Era el tiempo del blog, y sí que tenía más tiempo y ganas para escribir -ganas que no se pierden.Acabo de terminar de leer MOKUSEI ! en su traducción al inglés, una novela corta del holandés  Cees Nooteboom. Este autor -a quien tuve la oportunidad de conocer en Arequipa en noviembre del 2017- no sólo sorprende por la gran variedad de libros que tiene escritos, entre poesía, novelas y relatos de viajes, sino también -y quizá esta sea una sintaxis demasiado fácil- por como une en esta novela corta, de once capítulos, el tema del amor y del odio, las dos polaridades, en dos personajes, un holandés y un belga, que mantienen una conversación sobre Japón, y en el que se narra sutilmente, a partir del capítulo seis, una ardorosa historia de amor, y a pesar de que el inglés no sea mi lengua materna, siento de algún modo la voz suave del narrador relatar el enamoramiento, la pasión. Gracias Cees, por este libro.Perder países, y aquí les dejo el poema de Fernando Pessoa. Y sigo prometiendo.¡Viajar! ¡Perder países!Fernando Pessoa¡Viajar, perder países!ser otro constantementepor el alma no tener raíces,de vivir de ser solamente¡No pertenecer ni a mí! ¡Ir al frente, ir siguiendo la ausencia de tener un fin, y el ansia de conseguirlo!Viajar así es viajePero lo hago sin tener míoMás que el sueño del boletoEl resto es solo tierra y cieloPublicado en www.perderpaises.com[...]



Mochilas colgadas de un asta de bandera

2017-06-14T19:43:22.810-01:00



Todos los años alrededor de estas fechas aparecen mochilas colgadas de un asta de bandera en las urbanizaciones de las ciudades holandesas. Muchas de ellas son comunes, la típica mochila marca Vans, de diversos colores: marrones, celestes (como en la foto), grises. Cuelgan desde la ventana de un segundo piso, anunciando algo que en mis primeros años en este país jamás había tenido idea de lo que representaban. Es como si el 28 de julio, durante las fiestas patrias en Perú, se izaran las banderas acompañadas de una mochila, y todos los tejados estuvieran adornados por banderas mochileras. Algo así.

La primera vez que las vi fue en Leiden, la ciudad en la que estudié. Todos los días caminaba por una avenida que se llamaba la Hooigracht, una de las principales de la ciudad, que me llevaba por unos pasajes peatonales de losetas de ladrillo. En una de esas callecitas, perfectamente diseñadas para un cuadro costumbrista, apareció de un día para el otro una mochila colgada de una bandera (con la bandera incluida). ¿Lo habría hecho algún bromista?, me pregunté.

Una cuadra o dos más allá encontré otra mochila. Eso ya no podía ser casualidad. Dos casas con mochilas colgadas de bandera no era algo que me pareciera casual. Como parte de mi curiosidad quise saber de qué se trataba este cuento, pero así como me suele suceder lo olvidé y continué mi caminata rumbo a la universidad.

La mochila que cuelga de un asta de bandera, la frase suena a título de cuento, es la celebración de un momento importante en la vida de un estudiante holandés: su graduación, haber aprobado el examen final de la secundaria, haber concluido la etapa escolar.

Yo recuerdo ese momento como muy lejano en mi vida, mi graduación. En Perú le llamamos "promoción". No lo celebré colgando una mochila del asta de una bandera, hubiese sido quizás, en nuestro asentado patriotismo un símbolo de sacrilegio. Lo celebramos con una fiesta y una ceremonia en la que nos entregaron un diploma y cantamos el himno nacional. Aquel día, el de mi graduación del cole, marcó el final de una etapa importante de mi vida: mi niñez, y el comienzo de otra, adultez, que llegaría tardía.

A esa edad, la de los diecisiete años, las etapas de la vida están marcadas con un principio y un final claros, como las fronteras de algunos países. Uno sabe que en quinto de secundaria (depende del país en el que uno está) se terminan todos aquellos años de 'chacota' en la escuela, compartidos con un grupo de 'amigos' durante cinco u once años, y empieza la universidad o el instituto, a contruir uno mismo su propio futuro.

Aquí en Holanda, la mochila en el asta de bandera es una tradición, simboliza el honor, la alegría, el orgullo, de los estudiantes y sus padres de haber llegado a una meta. Hoy, la calle en donde vivo está teñida de fiesta. Los vecinos se visitan unos a otros para felicitarse, incluida yo, que camino, toco las puertas y les doy la mano, algunos ponen música a alto volumen, algo que no se acostumbra aquí, otros invitan a su familia a tomarse un trago.

Después del colegio continué usando mi mochila del Prescott. A mí se me dio por llevarla siempre de los hombros. La mochila es un bagaje de conocimientos que nos servirán toda la vida. .




La lámpara de Aladino

2017-02-08T19:58:07.856-01:00

Hace algunos días entré al consultorio de mi coach -pues sí, tengo una coach como casi la mayoría de mis conocidos-, a punto de reventar del delirio. No sabía exactamente qué era lo que me pasaba. No entendía qué era lo que se cocinaba dentro de mi cuerpo fértil lleno de magulladuras. Sentía una tensión difícil de describir, de aquellas tensiones que llevan al galope al corazón y a las sienes a sentirse aprisionadas y al pensamiento a quedarse estancado allí. Llegué al consultorio de la coach con el corazón estancado.Mientras montaba la bici en dirección a su consultorio analicé mi situación. ¿Por qué me sentía así? Este sentimiento es un sentimiento que suelo tener casi todos los inviernos holandeses. Que me priva en mi quehacer relajado tranquilo aparsimoniado de mis actos. No sé si es la oscuridad: aquí amanece a las 9:00am y oscurece a las 5:00pm; no sé si es al encierro al que uno -de alguna manera- está obligado a ejercer: quedarse en casa o dentro de la oficina sin salir a la calle (por el frío), o ese estrés tan holandés cargado en el ambiente.Holanda es un país en el que me agrada vivir (en verano). pero como dice einstein o quién sé yo, un protón afecta a otro protón (y perdónenme si me equivoco, ustedes me entienden). Lo que quiero decir es que para mí Holanda es un país tan perfecto tan perfecto tna perfecto, que por más de que uno lo evite se ve afectado por ese estrés general que se vive en el ambiente. Ese estrés del que hablo significa: vivir acartonado a horarios, agendas, presiones sociales.Una de las leyes del holandés común es: no perder el tiempo. Si tienes cinco minutos libres tienes que utilizarlos para hacer algo útil, sino lo haces eres un vago, un tipo que no se amolda al sistema. Por ejemplo, mi suegro. No sé cuántos años lleva ya jubilado. Siempre me pregunta: ¿Y qué has hecho hoy? Él siempre tiene un programa cada día: podar su jardín, el del vecino, el mío, el del señor de al frente, el de la señora en el Donderberg. Para él escribir es algo que no termina de entender, para él es una pérdida de tiempo.Lo mismo para mi pareja: llamar por teléfono a un amigo al otro lado del charco y hablar con él o ella por más de cinco minutos es ya un tiempo desperdiciado. O un ejemplo más: si le digo que estoy escribiendo una novela, esa novela tiene que tener sí o sí publicarse (en eso tienen razón).  Aquello de emplear correctamente tu tiempo, de forma útil, me obsesiona. POr más de que evito caer en el juego de esa mentalidad holandesa, me atrapa. Cada vez que tengo tiempo libre y no lo empleo correctamente me siento culpable. Creo que no soy justa conmigo misma. Me hace sentir mal, políticamente incorrecta. Volviendo al tema es que ese día llegué al consultorio de la coach y le expliqué todo esto que describo arriba. Analizamos mi situación de una forma cuasi perfecta. Sí, podría ser mi propia terapeuta, cómo no! Le hablé de mis deseos, de mis historias con la literatura, de mi alucinante encuentro con Varguitas, del retrato que pintó el acuarelista Luis Palao, de mis aventuras por los caminos de los Incas, ¿y saben ustedes lo que me dijo? No me lo van a creer. Que me compre una lámpara gigante que irradie la luz del sol !y que me siente frente a ella todos los días!porque me faltaba vitamina D! Jamás había imaginado que la coach vendría con esa solución. Para ella toda la solución estaba encerrada en una lámpara. Todo ese rollo existencial de sentirme nerviosa después de Navidad era facilísimo de resolver. COn una lámpara. Y no estamos hablando de una lámpara de Aladino,  sino de una lámpara con la luz del sol. ¿Será que nuestro mundo anda loco de remate?Me cuesta a imaginar a un africano inmigrante en holanda con el mismo problema, y que le digan: "cómprese una lámpara que irradie la luz del sol". [...]



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2016-12-27T14:46:29.525-01:00

Suele ocurrirme que cuando camino aparecen los mejores temas, ideas, definiciones para escribir. Brotan de la nada mientras ando entre las tiendas de una ciudad o pedaleo entre los árboles macizos de algún bosque o degusto de un café en la cafetería más rascuache de cualquier avenida.

Ahora que me acabo de sentar a escribir con la mente puesta en esa idea... se me ha ido, se fue por alguna parte, me obliga a teclear cualquier cosa, a buscar redefinirme.

Sí, redefinirme, reinventarme, rehacerme. No es que ando mal definida, ni tampoco desorientada, me va muy bien, pero en esta sociedad en la que vivo -en la que no crecí- me obliga a pensar en mi identidad. Y a repensarla.

Llega un momento en la vida -la crisis de los cuarenta, le dicen- en la que uno necesita volver a ser sí misma. No es que yo no lo haya sido antes, pero inconscientemente uno siempre anda ocupado en adaptarse. En eso ha consistido mi vida en los últimos quince años. Adaptarse y adaptarse.
Y luchar por un lugar.

He dejado de luchar como lo hacía antes, ahora es de otra manera. Creo que he encontrado mi puerto por el momento. Tengo una casa, una hija, una familia, un marido hermoso que me da estabilidad emocional y me deja ser. Un trabajo que es libertad y me permite hacer lo que más me gusta: dar clases. Vivo además en uno de los países más estables de la tierra, ¿por cuánto tiempo? no lo sé.

Pero siempre llevamos carencias, es verdad. El patio del vecino suele ser siempre más brillante que el de uno mismo. No evitamos compararnos con la vida de los otros. A veces vienen los olvidos de "de dónde venimos". Hasta nuestro idioma materno lo tarareamos de diferente manera. Y nos tomamos las cosas con demasiada seriedad, los sueños que tuvimos de niños por ejemplo.

Hay que dejar fluir, fluir para ser, para que la vida nos lleve, no resistirnos, aceptar los cambios.
Por eso he decidido que en este 2017 yo también voy a cambiar para mejor. Empezaré por seguir agradeciéndole a la vida lo mucho que me da, y por redefinir aquello que siempre he querido hacer. Escribiré sin contratiempos. Me entrenaré para aprender a estar quieta con mi escritura. Me suele costar demasiado esfuerzo sentarme a conversar con ella, generalmente necesito una taza de café. El internet no es buena compañía, tampoco estar en casa en mi estudio. Aprenderé a desaprender, mi misión este año, mi nueva definición. Ahora se me viene una canción de Charlie: ¿cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo? No lo sé. Cambiaría ese "morir" por "caer", la salvedad del caso.

!Feliz 2017! Les prometo que seguiré perdiendo países por siempre, hurgando en los límites de mi geografía.






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2017-06-14T17:45:20.718-01:00

Continuamos con el diario. La última semana he escrito poco, casi nada. Combinar mi vida de 'escribidora' con la de docente y madre de familia es una tarea que implica una buena organización. Dentro de todo, lo sé combinar y sacar tiempo para leer, sobre todo. Creo que no hay nada más importante que leer. Si uno quiere hacerse escritor tiene que leer, es como la gasolina que se le echa al auto.

La semana pasada terminé un libro de Delphine De Vigan, extraordianria escritora francesa de la actualidad. Me identifico mucho con ella. Me encantó su libro "Basada en hechos reales". Relata la relación de la autora con una amiga que conoce por casualidad en una fiesta en París. Su amistad es como muchas amistades que alguna vez seguro nosotros hemos vivido: tormentosa, fraternal, obsesiva, banal, literaria, (a)sexual, sin límites, que nos hace daño. En un momento dado, la amiga de la autora desaparece del mapa. ¿Dónde se metió L.? Había ya hecho mucho daño. Al final resulta ser un personaje que se acerca más a la ficción que a la realidad.

De Vigan aborda el tema de la delgada línea que existe entre la realidad y la ficción. A partir de una autobiografía le da una vuelta de tuerca a esa tentación que el escritor siente al escribir un relato basado en hechos reales. ¿Hasta qué punto es un escritor fiel a los hechos y no los transforma? ¿Hasta qué punto un lector se cree todo lo que un escritor ha escrito en primera persona, utilizando su nombre propio?

Ahora, desde que terminé de leerla he empezado un libro de Mircea Cartarescu "El ojo castaño de nuestro amor". Cartarescu, un autor rumano, autor de El Ruletista, un cuento tremendamente impresionante, es autobiográfico también. Es un poeta a la hora de describir el escenario que le rodeó en la infancia. La descripción de su Bucarest natal se confunde con un cuadro de la segunda guerra mundial: una ciudad en ruinas. Compara el Danubio con una catarata en horizontal. Su gran desdicha es ser heredero de la ruina, dice. Su mundo está en ruinas después de la posesión soviética. La Ideología que destruye la Historia de una nación. La ficción, la literatura, es lo único que puede salvarlo de ese desasosiego.

Estoy en una de mis cafeterías favoritas de Roermond, ciudad en la que vivo. Se llama Bagels and Beans, sirven un café de los dioses, el mejor capuccino XL. Todas las tardes en las que mi hija está en el nido vengo al Bagels a escribir. Hay veces que no me sale una sola línea, otras, muchas veces, como hoy logro concentrarme y escribir algo. Creo que me viene bien escribir un diario, también mis relatos de viajes, sólo que a veces hay días en los que me pongo gris como el invierno, necesito un poco de motivación para seguir escribiendo, y de cafeína.



Despertar en Cusco

2016-11-03T20:01:45.800-01:00

La madrugada de un sábado de enero llegamos a una calle en el centro del Cusco llamada Ataúd. En la parte más alta hay una casa vieja con un zaguán y puertas de madera. Es una casona antigua con varias habitaciones, tres perros y una familia generosa, que alquila habitaciones a los turistas y los viajeros empedernidos como yo a ocho soles. Bastante barato para un mochilero. El hospedaje se llama Ataúd.Aquella mañana habíamos llegado de Arequipa muy temprano. "¿Dónde nos vamos a alojar?", preguntó mi hermano. "En el Ataúd", le dije, Me había quedado dormida en el bus desde la noche anterior. Cuando desperté alivio de madrugada, ya estábamos en el Cusco. Moría por caminar por sus calles, beberme un mate de coca, sentarme en su plaza, tomarme jugo en el mercado y subir a Sacsayhuamán; La ilusión era tan grande que no tuve reparo en coger la mochila y subir las enormes cuestas de la ciudad. Sólo quería divertirme y disfrutar del aire en esos cinco días en el ombligo del mundo.Eran las seis de la mañana, dejamos nuestras cosas en El Ataúd y nos encaminamos hacia la Plaza de Armas. Era un espectáculo verla vacía, sólo con gente que iba al trabajo. Estar de nuevo allí frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía era un despertar de los sentidos. Caminamos por sus portales, detuvimos la mirada en cada tienda, admiramos cada vitrina, piedras perfectamente pulidas que encajan una con otra. Algunas mujeres caminaban en polleras por sus calles. Los restaurante estaban cerrados, sólo algún quiosquito o tienda abierta con olor a periódico. Horneaban pan fresco. Olía a albahaca.El mercado del Cusco queda cinco cuadras más arriba de la Plaza. Hay que cruzar otras dos plazas, un colegio y un portal con motivos coloniales, para llegar allí. Algún lustrabotas ya nos ofrecía sus servicios. Un viejito tocaba su flauta andina en una calle empedrada, con paredes de piedras incas. Metros más allá, el mercado abre sus puertas a los primeros compradores. Es un recinto rectangular de techo de calamina y ventanas de fierros verdes, habitado por vendedores de cuyes frescos, mujeres preparando jugos y viejos leyendo la hoja de coca.Mi hermano y yo buscábamos a las jugueras; ellas estaban en fila, con mandiles celestes y guindas, licuando mangos, papayas y granadillas, con zumo de naranja y limón. El bullicio de la madrugada entre los vendedores nos llevó por un pasillo de abarrotes y maíz, terminamos sentándonos en un puestito de venta de café y mates con ricos sánguches de queso y huevo frito. La mujer que atendía hablaba quechua, rimanallan mamay, nos reímos un rato con ella y después fuimos a la feria de Túpac Amaru a averiguar precios de trenes y tickets para Machupicchu. Días después saldríamos para el valle.***La vida en el Cusco es cara, no cabe negarlo. Si uno tiene cara de gringo es más caro aún. Pero si uno es peruano y gringo a la vez, miras las diferencias. Yo soy así, una gringa peruana, mi hermano también. En lugares turísticos confundimos a la gente. Al final, todo sale bien.Al mediodía comimos nuestros chichirimicos en el balcón de un restaurante en la calle Procuradores. Una recatafila de vendedoras de menús nos empujaban como sea a sus restaurantes. Habían vegetarianos a veinte soles, pitucos a treinta o más, la única que nos convenció era un menú de a diez en un restaurante con balcones que miraba a la calle. Era el menú más barato de toda la cuadra: un chupe de maíz, tallarines rojos y refresco, sentados bajo el sol serrano con límpido cielo azul. Desde allí se ve la Iglesia de la Compañía interrumpido por unos cables de electricidad que cruzan la calle desde los techos. Desde allí vimos cómo un lustrabotas atrapó a un gringo y le cobró veinte soles por pasarle el trapo a sus zapatillas recién bajadas d[...]



Mi primer viaje a mochila : el pueblo de las iglesias olvidadas

2016-10-12T12:38:16.252-01:00

Era un pueblo pequeño, de unos veinte mil habitantes, a orillas de un lago. Llegué allí en una autobús atestado de gente que seguro vivía allí o iba a comerciar sus verduras o a visitar a algún familiar. El terminal terrestre estaba en la parte alta del pueblo, y desde allí, como en un mirador, se veía un océano azul perderse en su intimidad. No recuerdo muy bien cómo era el centro. Caminé hacia allí con una mochila y el queso que me había comprado dos días antes en el mercado. En esa época trataba de ahorrar, de estirar el dinero lo máximo posible. Mi misión era quedarme varios días en Puno. Conocer bien la región, sin imaginar que terminaría visitándola con regularidad.Juli era un pueblo del que jamás había escuchado hablar en los relatos de mi familia. Nosotros no teníamos ningún lazo con Puno, ninguna historia de haciendas expropiadas -como la tenían otras familias- durante la dictadura de Velasco Alvarado. Tampoco conocíamos a alguien que tuviera ascendientes allí. Ni siquiera Mamá Benita, que en sus narraciones extraordinarias, nunca mencionó el nombre de Juli.-¿Juli? -se preguntó cuando le mencioné mi descubrimiento.-Sí, Juli, Benita.No, jamás había escuchado hablar de ese lugar.Lo primero que me llamó la atención al caminar fue una iglesia impresionante de la época colonial, construida enteramente en granito. Estaba parada al lado de un terraplén. La iglesia tenía diez metros de altura, un campanario y una nave que podría ser del tamaño del Arca de Noé. Caminé un poco más. Una cuadra o dos, se levantaba otra iglesia que parecía una catedral. No era la única. Habían muchas iglesias más en ese pueblo de cien almas. Cuatro iglesias en cinco cuadras, una de ellas en ruinas, sostenida con vigas, que había sido destruida por un rayo en 1914, rodeada de un muro de piedra, y un arco que miraba al Titicaca.Estas iglesias habían sido construidas por los Dominicos a principios del siglo dieciséis, concluídas por los Jesuítas en el diecisiete. Catequizaron la región a través del lenguaje y el arte, hoy parte de la Escuela de Pintura Cuzqueña. Eran cuatro iglesias. Una escuela para los Indios Nobles, y un convento. Juli es recordada como "La Roma de América".Caminé hacia el lago por un camino entre cultivos de coca. Sus aguas eran transparentes, y mansas. Habían dos o tres embarcaciones meciéndose a la luz del atardecer. Me pregunté cómo viviría la gente de allí, qué comerían, qué pensarían de la vida. Seguí una trocha a lo largo de la orilla por varios metros, quizás dos kilómetros o más, tomé fotografías y saludé a los lugareños que trabajaban sus chacras, casi todas con cultivos de hoja de coca, papas y habas. Me quería quedar allí a vivir. Me imaginaba alquilando una habitación para escribir las mejores historias jamás imaginadas. Las ranas gigantes que nunca vi. Las embarcaciones que navegaban sin horizonte. Los campesinos trabajando la tierra. Las mujeres aymaras con sus sombreros a lo Charles Chaplin. La lengua puquina que habitó esa región, y que después, sin dejar huella, desaparecería de la faz de la historia.Juli era un pueblo ahora medio abandonado. ¿Las iglesias oficiaban misa? No vi ningún cura caminar por allí, ni monjas, ni sacristanes, ni siquiera un museo que describiera los años en la colonia. Entré a una tienda a comprarme unas galletas. La señora que atendía parecía estar aburrida mirando una telenovela pasada de moda. Me vendió unas galletas de naranja marca chomp que las degusté en el camino. En el centro del pueblo no había ningún alma que recordase aquella época histórica de Juli, "La Roma de América". Sí, ese es el apelativo de Juli. La Roma de América. Durante la colonia inspiró el arte de la Escuela de Pintura Cuzqueña.Recuer[...]



Mi primer viaje a mochila: el germen, El Titicaca

2016-10-02T11:44:00.162-01:00

El Titicaca, el Lago navegable más alto del mundo, quería ser partícipe de su grandeza, por eso tomé el bus hacia Puno, para poder tocarlo.Al principio no tuve mucha suerte, imaginaba que podría verlo desde el autobús. No había tomado en cuenta los postes de alta tensión a lo largo de la carretera, el tráfico vehicular, los camiones con remolque y las lomas que interrumpían la vista hacia aquello que debiera ser el lago navegable más alto del mundo. Llegué a ver una lengüeta de agua entrar apaciblemente a una bahía atestada de plástico, lo que parecía un espejo de agua, pero del Titicaca propiamente dicho, nada.A mi llegada a Puno solo un musgo verde que flotaba en su orilla. Tuve que caminar varias cuadras cerro arriba para lograr capturar una imagen con mi teleobjetivo. Subí al Mirador de Manco Cápac (sin Mama Ocllo) y me senté allí en una banca para contemplarlo. El lago era una media luna azul que colindaba con otras montañas. No era tan grande como solían describirlo, tenía un final en un horizonte cercano. Aquella era sólo una parte del Titicaca, un diez por ciento, nada más. El lago era mucho más extenso.Aquella era sólo una parte del Titicaca, un diez por ciento, nada más. El lago era mucho más extenso.Aquella primera noche regresé melancólica al hotel. Intenté cocinar avena en una hornilla eléctrica que había llevado en mi mochila. Para mi mala suerte, la avena se me quemó; terminé comprando un pedazo de queso en el mercado, y deambulando por las calles de Puno. Comparsas tocaban música en la Plaza Pino. Betuneros embadurnaban los zapatos de los transeúntes en la Plaza de Armas. La calle Lima era como túnel mal iluminado.*Al día siguiente desperté con la firme idea de ver el lago de más cerca. Caminé en dirección a una construcción en forma de barco clavada en la Isla Estévez, a un kilómetro de la ciudad. Era un hotel cinco estrellas al que me avergonzaba entrar, pues mi bolsillo no me daba ni para tomarme un café. Ese hotel era una atalaya desde el que se lograba divisar el horizonte perdido del Titicaca. Sí, era evidente, el lago era un océano azul que se extendía hacia el infinito. Me quedé allí contemplándolo absorta. El charco de agua dividía en una frontera a dos países.No sé exactamente por qué, el Lago Titicaca nunca había sido parte de las historias en mi familia. Jamás había escuchado relatos de la boca de mi padre. Mama Benita, nuestra cocinera, que trabajaba con nosotros desde que tuve uso de razón, me contaba historias de sapos gigantes. Lo solía hacer cada vez que habían apagones, consecuencia de algún atentado terrorista. Encendíamos velas para alumbrarnos durante la noche. Mama Benita no podía evitar narrarnos la historia de su viaje al Titicaca.Habían ido a la Isla de Amantaní, recordaba, en una lanchita que roncaba sobre el lago. Tardaron algo de un día y una noche (¿tanto?), pero al llegar a la isla, ellas estaban allí: "Era gigantes, mamita, del tamaño de un plato de sopa"; de color negro, otras verdes cachaco. "¡Mira las ranas!", le había dicho su papá. Ellos se quedaron idiotas al verlas allí. Por las noches se las escuchaba croar; eran como perros roncando. ¡Gigantes! "No nos podíamos bañar en la orilla", la gente decía no se los vayan a comer los sapos, por eso Benita nunca aprendió a nadar.Aquella historia la mantuve guardada en mi memoria durante mi viaje al Titicaca. No sé si era verdad. La leyenda decía que sí, que en los abisales del lago habían sapos gigantes, una ciudad Inca y algas 'marinas'. El agua era tan fría que nadie, absolutamente nadie, nadaba en ella. Alguna vez vi en un documental de Nathional Geographic a unos buzos aventurarse a bucear. Buscaban los restos de una ciudad Inca. Nu[...]



Mi primer viaje a mochila : Puno

2016-09-26T09:22:02.387-01:00

Puno, una ciudad a la que le tengo cariño, me acogió en mis inicios como viajera.Viajé allí sola. Tomé el autobús más barato desde la ciudad de Arequipa, con la idea de explorar el Lago Titicaca y de escribir una crónica sobre el carnaval. Yo sabía que quería viajar, asumir la metáfora del poeta portugués Fernando Pessoa, de "perder países" y de borrar de alguna forma mis fronteras. Llegué allí con una mochila cargada con suficiente ropa para un mes o más: una cocinita eléctrica de una hornilla, comida que había sacado de la despensa de la casa de mi mamá, un botiquín y varios libros de lectura.Cuando bajé del bus un gélido aire me congeló el rostro. Estaba en el Altiplano a unos tres mil ochocientos metros de altura. El aire era frío a la sombra, mientras al sol era capaz de quemar mis entrañas. Caminé algunas cuadras con mi mochila al hombro, por la avenida El Sol en dirección al Estadio Municipal en busca de un hotel. Me sentía como si fuera una extranjera de esas que exploran su país sin saber adónde van. Me alojé en el primer lugar que encontré; era un edificio de unos cinco pisos de color amarillo. Se llamaba El Dorado, como casi todos los hostales del Perú. Estaba situado en medio de un pequeño laberinto de tenderetes que invadían las calles aledañas: fruteros, verduleros, ropavejeros, yerbateros, abarroteros, gritando a diestra y siniestra los precios de sus productos.Yo era tímida entonces, todavía lo sigo siendo, era un poco extraño para mí llegar sola a una ciudad que desconocía. Recuerdo que me tumbé en la cama de mi habitación a descansar, pero así como le sucede a todos los viajeros que llegan por primera vez a una ciudad, me sentía incómoda; afuera gritaban. "Sandía, sandía" por un magnetófono, así que sin poder pegar el ojo, salí sin rumbo conocido."Nunca me había atraído conocerla. La única vez que tuve la oportunidad de visitarla fue en una excursión con el colegio."Sí, Puno, esa ciudad de la que siempre se hablaba en mi natal Arequipa, era vista por mis paisanos como una ciudad serrana y poco desarrollada. Nunca me había atraído conocerla. La única vez que tuve la oportunidad de visitarla fue en una excursión con el colegio. Ninguno de mis compañeros se puso de acuerdo a la hora de la votación. ¿Puno? Todos preferíamos ir a la playa más cercana a emborracharnos que conocer el mágico Lago Titicaca.Salí del hotel con un mapa de la ciudad en mis manos. Subí por una calle en la que habían cómicos ambulantes rodeados de corros de gente que reía de cualquier disparate. También habían vendedores de huevitos de codorniz y ancas de rana, y uno que otro chocolatero ofreciendo chicles y caramelos. Llegué al Parque Pino en un suspiro, habían varios escolares lamiendo helados, correteándose en sus uniformes, bajo la supervisión de sus mamás. Atravesé la peatonal Lima, la más turística; zampoñas estallaban de unos parlantes, y al final, la Plaza de Armas que se abría en un terraplén, con una iglesia imponente, de estilo cusqueño, mirando al Lago Titicaca. Me senté en las gradas de la catedral a fumarme un cigarrillo. Canillitas venían a preguntarme si quería limpiar mis zapatillas. "No tengo dinero", les repetía.No sé por qué durante ese viaje sentía melancolía. Estaba sola. Era mi primera vez sola en una ciudad de mi país, en una ciudad que desconocía. Sin sentirme satisfecha con mi caminata decidí andar más allá, subir la cuesta del Jirón Déustua hacia el Mirador de Manco Cápac. Quería ver el Lago Titicaca.*Siempre me ha gustado explorar ciudades. Digo "ha gustado" porque todavía me sigue gustando caminar por las calles más escondidas de las ciudades del mundo. Antes de [...]



Chomp, Chomp, Chomp

2016-09-19T18:40:56.995-01:00




Hoy mientras paseaba con mi hija por las calles de esta ciudad, recordé unas galletas que formaban parte de mi niñez, y que eran el snack perfecto para llevar en la lonchera. Sí, las galletas Chomp, eran y siguen siendo una marca en mi vida, una compañera que viajaba conmigo de niña al colegio o de adulta a alguna excursión. Sí, ¿qué peruano no ha crecido con estas galletas?, Venían y siguen viniendo empaquetadas en papel aluminio, cuatro en una envoltura, redondas con rayas en zigzag, y un aroma a chocolate o naranja.

El hambre me lleva a los recuerdos de mi infancia, enciende el motor de la memoria. Eso nos sucede a menudo a quienes hemos migrado a un país en donde los snacks son las papas fritas y las croquetas (que no están nada mal), pero en donde no hay nada como mis galletas Chomp (o Casino o Morochitas).

En los supermercados y las tiendas venden paquetes de veinte galletas tipo María bañadas en chocolate, que también están buenas, o las Oreo que del mismo modo vienen en tamaño kingsize, pero la dificultad y el peligro de estos es que no son fáciles de llevar en el bolsillo ni en la cartera, y que, además, son propensas al engorde. Si como cuatro, puedo comer veinticuatro, ¿verdad?

La gracia de las chomp, es que vienen cuatro unidades por envoltura y son fáciles de llevar en el bolsillo. Recuerdo que en la secundaria las compraba en la tienda de la esquina y , luego, sin que se dieran cuenta mis papás me las llevaba al colegio. Qué rico me las comía en los recreos. Rara vez las compartía, lo hacía a escondidas, o durante las clases de historia que eran aburridas, me las comía camufladamente para que nadie, absolutamente nadie, se diera cuenta.

Mi chomp. Cuántas veces no me han salvado del hambre en mis caminatas por Piura, Cajamarca, Cusco, Arequipa. Al subir el Misti me dio el hambre ¿y quiénes estaban allí?, las chomp, ¿y al pedalear por Cerro de Pasco batallando contra la altura? Mis chomp.

Esto ya parece una oda a las Chomp. Lo único que sé es que las extraño cada vez que quiero un snack dulce aquí en Holanda. Eran el recurso fácil que llevaba en el bolsillo junto a un Sublime -el chocolate peruano por excelencia- de quien podría escribir otro relato.

Susana Montesinos (2016)



GFP y la Iglesia de San Sebastián: ¿En dónde estamos?

2016-09-18T20:21:47.091-01:00


Me sorprende esta última semana cómo algunos periodistas peruanos -que yo suelo seguir por varios medios y que siempre han merecido mi respeto- se hayan 'encantado' por una noticia de "acoso sexual". Admiro que todos ellos se hayan unido para defender a su compañero Gustavo Faverón Patriau, a quien solía seguir en facebook. Sin embargo, no tolero que estos periodistas se dediquen solamente a hablar de ello por los medios, y a hacer un análisis de varios párrafos de por qué GFP fue denunciado por "acoso sexual", además, de su repentina salida de facebook, medio en el que publicaba regularmente sus agrias opiniones. A mí me importa poco la vida íntima y sexual del señor Faverón. ¿Acaso no hay hechos en el Perú que sean más importantes que hablar sobre él?

No tengo nada en contra de GFP. Siempre lo sigo por facebook, leo sus columnas. Me parece una de las personas más lúcidas de mi generación, sus opiniones y críticas respecto a la política de mi país son acertadas el 80% de las veces. Sin embargo, aquel hecho: "el acoso sexual", que claro, se usa como comidilla en los medios de información, vende, pues, vende, o hace a los amigos periodistas más cómplices; se ha convertido en la aburrida 'crónica' del facebook, de la prensa escrita, y no sé si la TV. Lo que me molesta de esto es que se olvide lo verdaderamente importante. Y que aquellos periodistas que consideraba de alguna manera mis 'informantes' sobre lo que pasa en el Perú, parecen ahora (sin ofenderlos a ellos) un grupo de chismosos de la prensa amarilla.

No quiero caer como moralista, sólo que ayer llegó a los medios -incluídos los holandeses, país en el que vivo- la noticia del incendio de la Iglesia de San Sebastián en el Cusco. El 80% del patrimonio de esa iglesia, incluidos retratos de la Escuela Cusqueña, están hechos cenizas. Era una de las iglesias más emblemáticas del barroco. Era además Patrimonio Cultural de la Nación desde 1972. Una de esas iglesias que nadie debía perderse en visitarla a su paso por la capital de los Incas.

Es lamentable. Es triste. Es chocante.
Y casi nadie lo comenta, pero sí el acoso sexual del señor Faverón.

Aquí vemos cómo se tergiversa la realidad: lo más importante es borrado del mapa por lo que vende, atrae la curiosidad y hasta el espíritu sadomasoquista de la gente. Aquello que vende opaca el arte, la historia, la arqueología, la literatura, la cultura de las ideas y los valores. Estamos en crisis, sí. En una crisis fatal, queremos mantenernos distraídos por los medios, ser entretenidos por cualquier cosa con tal de que se nos pase el tiempo, y al parecer todos caen en el juego de este espectáculo.

Susana Montesinos (2016)



La invasión de las moscas

2016-08-23T12:46:39.487-01:00



I

y de pronto el cielo se cubrió de nimboestratos esponjosos y grises, de aquellos que podrías tocar con los dedos, y salieron las moscas de los campos de cultivo, los jardines, el estiércol de vaca a invadir cocinas, patios, baños, lechos matrimoniales, cortinas, lámparas, cubrecamas, y heme aquí con un matamoscas lista para la lucha !

II

y ese mismo día, la batalla terminó: cuarenta y cinco moscas con las patas arriba sobre el piso naranja de la sala. La lucha había sido cruel, ellas intentaban escaparse del golpe, habían varias que tomaban la merienda, otras que volaban en círculos, algunas hacían el amor sobre los sofás, unas se dedicaban a rescatar a las otras, mientras que las más ávidas se hacían las muertas. Al final de la noche la casa era un matadero. y el matamoscas un baño de sangre.



Mi lugar geográfico: Salta

2016-08-18T18:21:19.159-01:00

¿Soñar alguna vez con un lugar geográfico? ¿Imaginárselo a través de los textos y los mapas, la música y los relatos de viajeros? ¿Viajar es acaso una especie de enamoramiento o simplemente un traslado de un lugar a otro?

La música me llevó a Salta.

Creo que estaba enamorada de un lugar que no conocía. Venía desde mi niñez, enamorarme de lo imposible, cuando en las veladas en la casa de mi padre se escuchaba Los Chalchaleros a alto volumen. Yo era pequeña, una niña de cuatro o cinco años, mi padre organizaba fiestas, la música estallaba de los parlantes en la sala, la voz de Atahualpa Yupanqui, el charango de Jaime Torres, los coros de la Misa Criolla, se mezclaban con el jazz y el chachachá.

Yo crecí con esa música bailando en mi habitación.

Crecer. Con los años viajé al norte de la Argentina en bicicleta. Pedaleaba aferrada a los manubrios por la Quebrada de Humahuaca a mi territorio imaginado. De pequeña alucinaba con las letras de las chacareras, las zambas, el carnavalito, aquellos paisajes de Catamarca desde la cuesta de un Portezuelo mirando abajo parece un sueño. Me detenía a mirar los mapas en busca de las ciudades que los cantantes nombraban como si fueran alegorías. Estas melodías me llevaban a recrear esas regiones en mi mente, y a anticipar mi viaje; a vivir dentro de un mundo imaginado mientras descendía la quebrada de los siete colores de Humahuaca hacia Yala con un viento en contra de los diablos.

Ahora estoy aquí escribiendo esta historia en mi casa, en una ciudad holandesa, una noche de verano. Escucho la música de mi padre, que ahora es mía, heredada. Recuerdo así cómo llegué aquella primera vez al mapa del norte argentino: en bicicleta, muerta del calor, cantando alguna chacarera, con los audífonos puestos.

¿Estaba enamorada?

Seguro que lo estaba. Descenlace: Me terminé quedando varios días en Salta, vagando por sus calles del centro, leyendo a Vila-Matas, escribiendo la historia de mi padre que escucha música en el estudio de su casa a Los Chalchaleros, pero esta vez con los audífonos puestos, como si fuera un aviador , A los bosques yo me interno.




Amor y literatura - Lila Azam Zanganeh

2017-06-14T17:58:25.599-01:00

Uno de mis descubrimientos este año es Lila Azam Zanganeh. Una mujer joven iraní que vivió en Francia, en Londres, y ahora en Nueva York. Es la nueva voz de las letras estadounidenses, quizás la nueva voz de las letras mundiales. Habla más de cinco idiomas, entre ellos el español, y escribe tanto en inglés como en francés. Tuve la oportunidad de compartir con ella un encuentro de jóvenes en el Nexus Instituut en Holanda, antes de su conferencia "Amor y literatura". El Nexus Instituut es una de las pocas instituciones en este país de tulipanes que se dedica a promocionar la cultura con letras grandes desde todas sus disciplinas. Tiene invitados de la talla del escritor y crítico literario George Steiner; del violinista Joshua Bell, heredero del Stradivarius de 1703, que le perteneció al violinista Huberman y, entre ellos, la iraní, Lila Azam Zanganeh.Lila Azam Zanganeh (LAZ) es una apasionada por Vladimir Nabokov, el escritor de origen ruso, famoso por su novela Lolita. Ha escrito un libro llamado The Enchanter: Nabokov and Hapiness. Nunca he visto a nadie con una pasión tan ardiente por la literatura ni por Nabokov. La conferencia a la que tuve oportunidad de ir se titulaba "Amor y Literatura". El título de su conferencia era tan general que podía caer en la atracción pero también en la banalidad. Me inscribí por el simple hecho de asistir, pues no conocía a LAZ. El año anterior había visitado el Nexus Instituut para ver a Mario Vargas Llosa, el Premio Nóbel de Literatura 2010. Dio una conferencia titulada “The Future of Humanism”, la traducción al inglés de su libro ensayístico "La civilización del espectáculo". Lamentablemente, la conferencia de MVLL no gustó a la mayoría de la gente. Muchos de los jóvenes asistentes dijeron que su visión pesimista del futuro de las artes no tenía lógica. “He is too old”, indicaron.La conferencia de LAZ, fue todo lo contrario. La iraní tiene un carisma que llevó al auditorio a sentir sus palpitaciones, amores, íntimidades, como si fuese una vieja amiga que le viene a hablar a uno como le gusta a uno. Elevó al público al nivel de la pasión. No utilizó ni papeles ni frases hechas. Citó a autores de la talla de Leon Tolstoi, Marguerite Yourcenar, con un conocimiento impresionante, como si los hubiese leído la noche anterior. Además, su estilo informal de llevar la conferencia, a la que se le llamaría de postmodernista, contraria a la solemnidad de la conferencia de Vargas Llosa en la que el público estaba prohibido de hacer preguntas, le dio una simpatía y acercamiento como ninguno.Creo que hoy en día hace falta aquello que llamaría “el acercamiento del artista con su público”. Creo que la informalidad de LAZ permitió al auditorio sentirse partícipe del proceso de creación, a aquello que llamamos cultura como arte, término de por sí difícil de delimitar. Hace falta ese tipo de iniciativas en el mundo de hoy, en el que se acostumbra a ver al creador como un ‘dios’ intelectual, intocable, impalpable, inasequible, difícil de acceder. Hace falta acercar el receptor al creador, no sólo al mensaje. Creo que esa sería una de las principales tareas de quienes se dedican al arte de escribir, pintar, moldear, fotografiar. Hacer que el público se involucre con sus ideas, que se sienta un creador dentro de la misma obra de arte. Su  conferencia versó sobre cómo la literatura es el primer amor del ser humano. Nosotros somos narradores de historias por naturaleza, a pesar de vivir en la era audiovisual en [...]



Rumiar pensamientos

2014-10-13T16:32:40.341-01:00



Aquí volvemos con el diario después de algunos días en la nada. La nada, nada. Viajé al norte a visitar a mi madre, luego llegó mi hermano. Me costó muchísimo concentrarme en los entretantos, encontrar la paz para escribir sin parar, revisar la novela y además pensar en cómo mantener mi motivación sostenida por un instante. Hago lo mejor y lo posible. Doy todo de mí, aunque –con esa naturaleza crítica que tengo- sé que puedo dar más.

Hoy me levanté directo al ático de mi casa a corregir. Se me ocurrió seguir una dieta de verduras y sopas. No para bajar de peso, pero por pura limpieza del organismo. En fin. No hace nada mal. Dentro de esa a-litariedad me metí en lo literario y trabajé sin descanso en la corrección de mis textos.

No puedo evitar pensar y pensar, recordar y recordar. El silencio, la soledad que me da vivir en este lugar a veces me corrompe y me hace verme demasiado adentro. Mala justiciera, fanática y banal.

Escribir. Me cuenta mucho creer en lo que hago. Regresé del Perú con todas la creencia puesta y después de unos días entro en una rutina que me hace rumiar pensamientos, como diría Camus, olvidarme de mi foco. Mi meta.


Aún lo que es peor, no es olvidarla, la meta, sino más bien dejar de creer en ella. Es mi naturaleza. Hay que mantener el estado de ánimo y darle al teclado. Y tocar puertas cuando el texto esté listo. Los pendientes no me dejan avanzar.





Aquí y allá

2014-10-07T08:38:30.231-01:00

Estar en un lugar y no querer estar allí es un sentimiento descentrado; cuando una persona pisa una tierra y quiere estar en otra ¿qué siente? ¿añoranza o aburrimiento?Les pasa a los inmigrantes que aunque voluntariamente están aquí, emocionalmente están al otro lado, a los refugiados que tuvieron que escapar de su patria y hacerse en otro país porque tiene futuro; a los mendigos que preferirían verse en la limousine que suelen ver todos los días pasar por la avenida, a los tiranos que prefierían estar jugando a la ruleta rusa.Hay muchos personajes en este mundo que no quieren estar aquí sino allá. Las mujeres que miran las telenovelas en sus casas; los encorbatados que van todos los días al trabajo a sentarse detrás de una computadora; los hombres viejos que echan de menos tiempos pasados; a los que se mueren de aburrimiento por la vida que tienen. "Ay qué aburrimiento"La vida es aburrimiento para muchos. Lo veo a diario. Una rutina que el común de los mortales o está acostumbrado a vivirla siempre igual, en 'sana' monotonía, o que le desespera hasta la médula espinal: no está en su sangre vivir sentado como un maestro zen en un sólo lugar, le gustaría en sueños vivir aventuras a lo Marco Polo o a lo Alexander von Humboldt, andar caminos por remotos desiertos, vivir experiencias como los corsarios. Es contradictoria esta idea del no-querer-estar.Hablo del espacio, del lugar, de lo geográfico; no del tiempo, de los cronómetros o los relojes. Del espacio como físico, de aquello que en los Andes llamamos la Pachamama o que en África, ardhi o en Europa, mi país; sí, todo depende de cómo lo mires y de cómo lo tomes.Estar aquí y no allá tiene sus conjeturas. A veces me siento en mi computadora a escribir unas líneas y a pesar de que me encanta mi trabajo, no quiero estar aquí, pues preferiría estar allá a cinco mil metros de altura sufriendo en la bicicleta, o tomándome un helado en El Sahara. Sin embargo, amo escribir. Pero dejémonos de ideas y frases repetitivas. A qué voy con esto, a esa idea de insatisfacción total que suele tener el ser humano, sobre todo en días como estos en los que tenemos todo al alcance de la mano, si uno tiene dinero, claro está, puede hacer lo que se le da la gana, y si no lo tiene, también; con la tarjetita de crédito alcanzamos el sueño de la casa propia, el coche del año, el televisor de "x" pulgadas, la nueva refrigeradora, la nueva lavadora, ni qué decir del ipod y los androids, esclavizantes. Estar aquí hoy en día implca estar en todos lados, excepto aquí, buscando satisfacer deseos temporales que después de seis semanas de uso del nuevo telefonito, ya me aburrí, a comprarme algo nuevo. Prikkelen le llaman en la lengua de mi madre, aquella holandesa que llegó a tierras peruanas en los setenta. Prikkelen que significa pinchar la atención. ¡Lo que hace internet! A no estar satisfechos con nuestras vidas. Decirnos allá en lugar de aquí. Estamos aquí pero soñamos con cruceros transatlánticos, seguimos vidas privadas en facebook, envidiamos las fotos de las vacaciones de nuestro vecino, hasta miramos pornos, juegos, triple xxx, o, lo que es mejor, un chat con el amigo de afuera a veinte mil kilómetros. Aquí y allá, ese concepto. Seguimos dándole a la vida, andando como transeúntes, deseando más cosas de las que deseábamos antes. ¿Por qué entonces gente con deficit de atención temporal, por qué entonces niños que miran la televisión y a la vez juegan su nintendo, por qué entonces tanto psiquiatra y psicólo[...]



La pasión de San Mateo según René Jacobs

2014-10-03T20:12:59.872-01:00

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Uno de mis últimos descubrimientos, digo del último año, es la Pasión de San Mateo de Johan Sebastian Bach. ¿Qué quiero decir con eso? Es la Pasión de Cristo en su camino al Calvario relatada por San Mateo en la Biblia. No soy del todo creyente. Hace mucho que dejé aquellas inclinaciones eclesiásticas, sin embargo, tengo un familiar que tocó en la sinfónica del Perú y que es descreído, que admira por sobre todas las cosas esta obra de arte. La interpretación por Rene Jacobs es excepcional, de las mejores. Es sobre la muerte de Jesús, pero también sobre nuestra propia muerte y el cómo llegamos a ella. Ahora, en este preciso momento, estoy escuchándola mientras escribo-describo varias escenas de una vida. 



El ordenador, la cafetera y Edgar Allan Poe

2014-10-03T20:20:42.293-01:00


"...las víctimas de su tiranía no tenían alternativa 
que la muerte con sus más crueles agonías físicas, 
o la muerte con sus más abominables torturas morales" 


Hoy es un día en el que todo funciona bien. El ordenador, la cafetera, la música de fondo. Me senté por la mañana a escribir y continúo aquí en mi pequeño ático escuchando el murmullo de la noche en la ciudad. 

El texto que estoy escribiendo me ha llevado a navegar por la memoria de internet y sin querer me llevó a buscar a Edgar Allan Poe. El pozo y el péndulo. Lo leí de una sentada. Me lo habían enviado a leer en el colegio y en aquel tiempo ese autor no me interesaba nada, era una adolescente que se quedaba horas leyendo a los del boom y no le paraba bola ni a Poe ni a Maupassant ni a Chejov. 

Hoy volví  a redescubrirlo. Un prisionero de la Inquisición que es condenado a muerte vive la angustia de su muerte, un vaivén de sensaciones que es perfectamente descrita con el movimiento constante del péndulo y la profundidad del pozo. Extraordinaria metáfora que me ha dejado pegada a la pantalla, buscando definiciones, sinónimos, alternativas, la magia del internet. 

También he logrado hoy volver a meterme en mi novela, aquellos personajes de doble moral, la ancianita que se debate frente al cucú y el tipo que le enseña un revólver a un chiquillo de trece años que no es su hijo. Escenas de una vida no tan cotidiana.

Y en las noticias encontré una nada alentadora para el Perú. Diego García Sayán, representante de Perú ante la OEA, renunció a ser candidato para presidente de la Organización de Estados Americanos. Según los medios, no obtuvo el apoyo de la Cancillería peruana, que de haberlo aprobado, hubiera causado estragos en el Ejecutivo. ¿Intereses políticos? 

Aquí les dejo un apunte de Poe de "El pozo y el péndulo": 





Caparrós, trotamundos

2014-02-24T19:50:49.158-01:00



Revisando por allí me topé con el gran Caparrós, el cronista de este siglo en Latinoamérica, comparado con Kapucisnki (incluida en la amistad) y con Tomás Eloy Martínez. Aquí una reciente entrevista en Jot Down sobre los libros, la fama y el oficio de ser un escritor confundido como reportero.


"Por eso, supongo, tanto viaje: porque no me resigno a olvidar la cantidad de lugares que hay además de este. Por eso, supongo, tantos encuentros y separaciones. Es un poco enloquecedor, pero no sabría vivir de otra manera; envidio la capacidad del maestro zen que va a la misma oficina cada mañana durante treinta años y vuelve a la misma casa cada tarde; la envidio y me aterra."


Aquí el link para seguir leyendo:

http://www.jotdown.es/2014/02/martin-caparros-nadie-puede-estar-cerca-de-borges-sarmiento-en-cambio-si-era-humano/



I just feel like writing

2013-11-13T21:01:20.926-01:00

Navegando por internet encontré una excelente entrevista al escritor estadounidense S. Elliott en The Believer. Nada más alentador que escuchar estas palabras: "siempre que te sientas bien escribiendo no te preocupes qué tan importante son las palabras, si va a gustar o no, lo importante es que fluyas y que te dejes llevar, eso es escribir" (mi traducción). Y aquí algunos extractos interesantes de la entrevista (en inglés):"You just gotta write what you feel like writing. When the words are really flowing, that's a gift. It doesn’t matter what the words are. Whatever your paint is, just use it and paint. Whatever you feel like writing, you don’t ever want to worry about whether or not it’s important, or whether or not people will like this kind of writing. The fact that the words are flowing, you just have to go with that. I don’t teach very often, but when I do, I always talk about the importance of easy writing. If it’s coming easily, that’s not a bad thing. Don’t let that inhibit you. Go there."..."And you know, whatever you feel about Bukowski, I don’t really care. At the time, it gave me permission to write a certain way. I said, ok, it is interesting to just write your experiences. And valid to write your experiences. As long as you don’t bore people, as long as you don’t make the mistake of thinking the reader actually gives a shit about you, then it’s ok. It changed my life. I read everything he wrote multiple times. I still read his novels. I read Women a few weeks ago. I’m actually talking to a class at Brooklyn College about it tomorrow"...."I worry about that. I’m always in a race against my own enthusiasm.It’s like I have to finish something before I lose my enthusiasm for it. Which is kind of the same thing as what you’re saying. As long as I’m enthusiastic I’ll have things to say. Twice I’ve worked on a novel for an entire year, where that was the main thing I did for that year. And twice, at one point I just looked at it and said, “Ah, fuck it.”Stephen ElliottLa entrevista completa se puede descargar aquí : http://logger.believermag.com/post/66877506202/the-reader-does-not-give-a-shit-about-you#notesPublicado en www.perderpaises.com[...]



Maleantes o artistas, Limonov

2013-11-10T09:11:20.557-01:00

Y así se pasa el tiempo y uno no publica nada en su página de blogger, pero aquí tengo algo para ustedes un día domingo como hoy que llueve a cántaros en mi ciudad y que me tiene enclaustrada bajo la luz de una lámpara leyendo un libro llamado Limonov. Mi anotación de la semana. 

"Maleantes o artistas, Eduard piensa que ninguno de los que han transformado al fundidor Savienko en el poeta Limónov tiene ya nada que enseñarle. Los considera a todos unos fracasados y no se priva de decírselo. En uno de los libros sobre su juventud que más tarde escribió en París, cuenta con su honestidad habitual una conversación con una amiga que, con delicadeza y un poco de tristeza, le dice que esta forma de dividir el mundo en fracasados y no fracasados es algo inmaduro y sobre todo un modo de ser siempre infeliz. '¿No eres capaz, Eddy, de concebir que una vida puede ser dichosa sin el éxito y la fama? ¿Que el criterio del éxito sea por ejemplo el amor, una vida familiar tranquila y armoniosa?'. No, Eddy no es capaz de concebirlo, y alardea de ello. La única vida digna de él es la de un héroe, quiere que el mundo entero le admire y piensa que cualquier otro criterio, ya sea la vida de familia tranquila y armoniosa, ya sean las alegrías sencillas, el jardín que cultivas al amparo de las miradas, son justificaciones de fracasados, la sopa que Lydia le sirve al pobre Kadik para tenerle sujeto. 'Pobre Eddy', suspira su amiga. Pobres vosotros, piensa él. Y sí, pobre de mí si llego a ser como vosotros."

Emmanuel Carrére, Limonov. Anagrama, 2013.